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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Lunes, 20 de noviembre de 2017

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Iris y el Rey Boabdil de Granada

Iris y el rey Boabdil de Granada

Este pequeño cuento es una historia fabulada, sobre como la inspiración le llega al escritor Pablo Neruda, tras leer un viejo libro sobre el Rey Boabdil de Granada. Tras la lectura escribe uno de los poemas de amor más bellos de la literatura española.

 

Iris y el Rey Boabdil de Granada

 

El hombre cerró el viejo manuscrito y lo dejó sobre la mesa. La escasa luz del atardecer que entraba por la ventana, apenas si bastaba para leer el título escrito con una primorosa letra, antigua y artesanal: "Historia del rey Boabdil de Granada".

El hombre observó durante unos instantes el viejo libro, cerró los ojos unos segundos, y respiró profundamente. Luego tomó su pluma y sin dudarlo escribió sobre el cuadernillo de notas que tenía junto a él:

"ME GUSTAS CUANDO CALLAS PORQUE ESTÁS COMO AUSENTE,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca".

Luego dejó la pluma sobre su escritorio y miró de nuevo el libro. Le había impresionado fuertemente la historia que acababa de leer. Era un libro con aspecto viejo y deslustrado que contaba la vida, que no parecía muy rigurosa desde el punto de vista histórico, del Rey Boabdil el Chico, expulsado de la península, después de la toma del Reino de Granada en 1492 por los Reyes Católicos.

En uno de los capítulos del libro se contaba como el rey Boabdil se había enamorado de una cristiana, nacida en Sevilla, de la que tuvo una hija llamada Iris.

La mujer no había querido abjurar de su religión y mantenía sus firmes creencias cristianas, a pesar del recelo que su fe despertaba en la corte granadina.

El rey la había desposado y convertido en una de sus favoritas, pero los nobles de palacio pronto vieron en la joven sevillana un peligro por la influencia que podía tener sobre el soberano. De esta forma pronto empezaron a circular una serie de rumores sobre una supuesta infidelidad de la esposa, que llegaron a oídos del rey, que empezó a enfermar de celos, y en lugar de hablar con su esposa, se enfurecía, se encerraba en sí mismo y hacía vigilar a la mujer a todas horas.

La situación se fue deteriorando hasta el punto de cambiar por completo el carácter del rey que empezó a desatender sus tareas en el trono y a estar más pendiente de descubrir a su mujer en un desliz. Pero como nunca llegó a poder comprobar con sus ojos la supuesta traición, y no pudiendo soportar por más tiempo la incertidumbre, mandó llamar a su esposa y le comunicó que iba a ser condenada por supuesto adulterio.

Los notables de la corte habían pedido su cabeza, pero el rey, como no tenía pruebas suficientes, había decidido mandarla al destierro, a ella y a su hija. La mujer imploró piedad para las dos, pero el rey obcecado por los celos, no atendía razones. La orden se cumplió inmediatamente y las dos mujeres abandonaron el palacio de la Alhambra en silencio y con los ojos anegados de lágrimas.

El rey a partir de entonces cayó en un estado lastimoso de tristeza. La melancolía y la pena se alternaban con terribles ataques de ansiedad. Se pasaba las horas paseando por los jardines del Generalife, pensando en su mujer y sobre todo en su hija, la pequeña Iris, que era una niña con un corazón de oro. Era afable y sencilla, siempre sonriente y dispuesta a ayudar a todo aquel que lo precisara.

Cuando Iris era aún muy niña, descubrió un día mientras daba un paseo, a una vieja gitana, atrapada bajo las ruedas de su carromato. Gracias a la pequeña, la anciana salvó la vida.

La gitana agradecida regaló a Iris un antiguo medallón y le dijo que cuando se viera en apuros frotara el medallón contra su pecho y pidiera un deseo. En el acto el deseo se cumpliría, siempre y cuando no pidiera nada para ella y el deseo fuera para hacer el bien. De esta forma podría llegar a formular un máximo de tres deseos.

Semejante joya en poder de la niña, no podía permanecer mucho tiempo con los poderes intactos. A los pocos años, volvía a encontrarse con su padre, que destrozado y con lágrimas en los ojos abandonaba Granada, tras haber sido derrotado y expulsado del último reino moro de la península Ibérica.

Iba acompañado de su severa madre, que había de inmortalizarle para la historia con su frase: "Llora como mujer lo que nos has sabido defender como hombre". Junto a una larga comitiva se disponía a abandonar su reino, pero antes quiso despedirse de su mujer y su hija y se acercó hasta el pueblecito donde vivían.

La niña se conmovió ante el deplorable estado del rey y sin dudarlo ni un instante frotó el medallón contra su pecho y abrazándose a su padre le dijo que pidiera un deseo.

Boabdil, pidió a Iris y a su esposa que le perdonaran por no haber tenido confianza en ellas y haberse dejado llevar por los comentarios y rumores de palacio. La madre y la hija se fundieron en un abrazo con el rey, le perdonaron y le desearon suerte en la nueva vida que se abría ante él.

La comitiva partió poco después y la pequeña Iris vio como el cortejo real desaparecía bajo el horizonte de Sierra Nevada.

Algunos años más tarde Iris volvió a hacer uso del medallón, cuando uno de sus mejores amigos enfermó de forma súbita y ni médicos ni curanderos podían aliviar los fuertes dolores abdominales del muchacho.

En pocos días, el chico dejó de ser un alegre jovenzuelo y se convirtió en un amasijo de carne retorcido sobre sí mismo y preso de horribles dolores.

La madre del muchacho buscaba a Iris todas las tardes y se desahogaba con ella. La joven poco podía hacer para calmarla y un día especialmente triste, en que los gritos de su amigo rasgaban el aire puro de la sierra granadina, Iris tomo su medallón lo frotó contra su pecho y le dijo a la mujer que pidiera un deseo.

El deseo de la madre solo podía ser uno: ver a su hijo restablecido de su enfermedad, y el amor de aquella mujer se vio colmado cuando a los pocos instantes los gritos desaparecieron y vio a su hijo correr hacia ella radiante y feliz.

Los años fueron pasando y la muchacha se convirtió en una hermosa mujer, no tanto por la belleza física, que no la faltaba, sino por el halo de paz y tranquilidad que irradiaba. La sencillez, la humildad y el deseo de ayudar a los que la rodeaban eran sus más valiosas joyas, que hacían palidecer ante ella a las más hermosas y deslumbrantes jóvenes del lugar.

Iris se enamoró de un hombre de su pueblo, todavía joven, pero recién enviudado y con tres niños huérfanos. La ternura y la piedad pesaron en su corazón más que la diferencia de edad y prometieron casarse en cuanto el periodo de luto hubiera concluido.

En ese tiempo, y debido a un auténtico cúmulo de casualidades, Iris entabló amistad con un joven, de origen moro, que estaba preso en una cárcel cercana.

Los guardianes de la prisión, que conocían el carácter bondadoso de Iris, la dejaban entregarle cartas y mensajes en los que trataba de levantar el ánimo del prisionero, y así mismo permitían que éste contestara a las misivas de ella.

Entre los dos se creó una sincera amistad que se fue consolidando con el paso de los meses y de los mensajes.

Un día algunos prisioneros se amotinaron, prendieron fuego a la cárcel, mataron a los guardianes y libertaron a los restantes presos. El joven, que no había tenido nada que ver con la revuelta, se vio implicado en ella y huyó, yendo a refugiarse a la casa de la madre de Iris, que le acogió como si de un hijo se tratase.

El fugitivo permaneció allí algunos días, y pasaba el tiempo hablando con Iris, recitando poemas, contando cuentos y disfrutando de una felicidad que le había sido prohibida hasta ese momento. Los minutos se desvanecían entre Iris y su amigo, que disfrutaba de su amistad con renovado gozo.

Esta situación empezó a provocar las dudas, los miedos y los celos del prometido de Iris, que a pesar de ser buena persona, no podía entender la naturaleza de aquella amistad.

Un día en que había bebido demasiado, se dirigió en busca de los guardias que perseguían a los fugitivos y les dijo donde podían encontrar al joven moro. Los guardias se aprestaron a seguir sus indicaciones y cercaron al fugitivo cuando éste se bañaba con Iris en un río cercano.

La primera flecha le dio en la pierna, la segunda en el pecho y cayó abatido. Iris, sin dudarlo ni un solo instante, tomó su medallón lo frotó contra su pecho y se lo entregó a su amigo para que pidiera su más ansiado deseo: Recuperar la salud y la libertad.

El joven disimuló el dolor que el acero producía en su pecho, tomó el medallón, cerró los ojos y consumó el tercer deseo. Pero la sangre seguía brotando a borbotones de la herida y su rostro era cada vez más pálido y afilado.

Los guardias llegaron enseguida dispuestos para apresar al fugitivo, pero al comprobar su estado agónico decidieron que ya no era necesario. Iris se abrazó al moribundo llorando y le besaba y le maldecía al mismo tiempo por no haberla hecho caso.

- ¿Qué has pedido? - preguntaba desesperada - Por Dios, ¿qué deseo has pedido?

- He pedido - dijo con un hilo de voz - que lo último que mis ojos vean, sea tu rostro, feliz y silencioso, dormido sobre mi pecho. Siempre soñé entre aquellos húmedos muros con tenerte así algún día entre mis brazos.

Ella rompió a llorar con estrépito, sacudida por violentos estertores, y sus lágrimas se mezclaban con la sangre de su amigo. Poco a poco, se fue calmando, sin dejar por eso de llorar, pero ya más tranquila y resignada.

La visión de él se hacía borrosa por momentos. Su frente estaba fría y sudorosa, sus labios azules, los ojos vidriosos y la vida se escapaba de sus labios con cada entrecortada respiración. Ella seguía tendida a su lado, con la cabeza apoyada sobre su pecho, sintiendo en sus oídos, el galope cada vez más desbocado del débil corazón de su amigo.

Iris ya no lloraba, estaba tranquila, disfrutando el último aliento de su compañero, cerró los ojos y sintió como una oleada de paz la embargaba y después se quedó dormida.

- Por fin mi deseo se ha hecho realidad - dijo el moribundo con un hilo de voz y una leve sonrisa en los labios, por donde se escapaba la última chispa de vida.

Y ella nunca llegó a saber si lo que oyó fue su voz o el eco de sus sueños, pero nunca podría olvidar aquéllas últimas palabras, que llegaron hasta lo más profundo de su corazón:

"ME GUSTAS CUANDO CALLAS PORQUE ESTÁS COMO AUSENTE,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca."


El hombre volvió a tomar de nuevo la pluma, acarició el manuscrito, que descansaba como un lagarto viejo sobre la mesa y se concentró en la tarea que tenía por delante.

Aquello sin duda, debía ser el principio de un poema, un poema en honor de Iris, la hija del rey Boabdil de Granada.

Pablo, que así se llamaba el hombre, no podía imaginar que esas breves líneas que acababa de escribir, pasarían a formar parte de uno de los poemas más famoso de la literatura castellana. Meses más tarde, el poema se publicaría en un hermoso y aclamado libro de poesía:

Veinte poemas de amor y una canción desesperada (Pablo Neruda)

- 15 -

ME GUSTAS CUANDO CALLAS PORQUE ESTÁS COMO AUSENTE,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.

Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.

Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
déjame que me calle con el silencio tuyo.

Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

 

Género al que pertenece la obra: Literatura digital
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