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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Viernes, 24 de noviembre de 2017

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Ti estí? (1992)

Ti estí? (Homenaje a la Filosofía), Col. Ariadna, Altorrey Editorial, Madrid, 1992.

 

Inicialmente un trabajo de curso en la Universidad Autónoma de Madrid, acabó convirtiéndose en una obra que se representó en el Centro Cultural del Conde-Duque, de Madrid, en espectáculo poético-dramático-musical, en 1992; intervinieron, con el autor, Enrique Gracia Trinidad, Elena María Ruiz de Velasco y Rubén Tobías; también, el prof. Ángel Gabilondo, autor del prólogo. Se preparó un video de la sesión, que estuvo ilustrada con fragmentos musicales seleccionados por Carlos Vicente.

 

 

Introducción

He querido recoger en estos trece poemas las impresiones -relámpagos en el espíritu- que la lectura de algunos filósofos singulares de todos los tiempos me ha producido.  Enriquecedora experiencia, que merece, más, exige mi respuesta como lector poeta: deseo devolver a la memoria de esos  hombres extraordinarios algo de lo que ellos nos aportaron con sus mentes dedicadas al poco remunerador oficio de la Filosofía.  No sé si he conseguido mi propósito, sobre todo el de intentar "hablar como ellos".  Pero lleven estos versos el testimonio de mi admiración y de mi deuda de gratitud -aunque en algún caso me haya dejado llevar por la culpable ironía-. En todo caso, ser  evidente para el lector que no son estos poemas intentos de 'filosofar'; ello no es ni mi profesión ni mi vocación.

Seguramente, también habrá quienes no estén de acuerdo con mi selección de filósofos; no ser n ellos los más importantes en la dilatada y compleja carrera del hombre hacia la Filosofía, pero seguramente son mis favoritos, sin que en modo alguno excluya a los otros; sencillamente, por razones completamente ajenas a la Filosofía, yo había decidido que serían trece, y trece elegí; pido perdón a los amantes de Aristóteles, San Agustín, Erasmo u Ortega (a quienes, por cierto, también amo y admiro).

Aún más: este poemario no está dirigido a quienes son 'profesionales' o 'expertos' (si tal género existe) en el arte o la historia de la Filosofía; quizás pueden por el contrario contribuir a despertar el interés por esa rama de lo humano entre quienes no transitan por sus veredas habitualmente.

En fin: debo advertir que las pequeñas notas que preceden a cada poema no pretenden ser ni biografías ni exposiciones rigurosas sobre esos filósofos, sino esbozos preliminares de su personalidad, como yo las veo.

Debo mencionar aquí mi gratitud por el estímulo y los muy válidos consejos recibidos de amigos y colegas; mención especial entre tantos merecen tres profesores de Filosofía: Ascensión Millán, Antonio Rivera (que inspiró el trabajo), y Ángel Gabilondo (a quien debo la introducción, "Verso, versión, vértebra").

 

Prólogo

 

Verso, versión, vértebra

(1982)

 

Siempre hay algo que hace decir. Y siempre que se dice algo, aquello que nos da que decir no se agota en lo dicho. Entonces, ¿no ser  mejor callar? Pero, ¿cómo hacerlo? Cuando no se puede menos que decir es cuando, por fin se sabe que ya está decidido que cuando uno calla está haciendo que algo se diga. Entonces, ¿no es posible el silencio? Preservado y sostenido por la palabra dice como nunca oído humano oyó. Tal parece que, así planteado, el problema decisivo es escuchar más que hablar, o mejor, hablar como quien escucha. Esta posición, este 'pathos' sostiene y domina la actitud filosófica que es, siempre, una toma de posición poética.

 

Amar un texto es no hipostasiarlo. Se trata de restituir su carácter de versión, de mediación, de reactivar su decir, esto es, de reponerlo en acción. Fluidificar su posición endurecida únicamente es posible con un acto apasionado de apropiación. Sólo si se toma el camino del pensamiento abierto por el texto, si se atiende a su advenir, se produce el fantástico acontecimiento del disenso, ese acto del texto mismo que denominamos interpretación. En el ir y venir a lo más propio se incita a la recomposición permanente que es gesto de hospitalidad y de alteridad profundas, de acogida del texto desde la propia habitancia y habitáculo que es mi mundo. Por tanto, lo mejor que cabe hacer con un texto, lo único serio, es leerlo, reescribirlo en el acto. Este acto literal de lectura es un acto de lectura literal, que atiende al estado del texto mismo, y no se emborracha con la intención del autor, sino que se sumerge en el mundo de dicho texto. Ya se sabe que no sólo el autor es el primer lector, sino que el lector es el último autor.

 

Si comprender un texto es proseguir su movimiento, es decir, en verdad es siempre 'versión' que posibilita que "lo que hay" se 'vierta' de modo 'diverso'. Tal 'diversión' en verso resulta una adecuada 'perversión'. Esta apropiada labor iconoclasta favorece el rechinar de los huesos de Hegel, mientras resuenan de nuevo, como nunca sonaron, sus palabras. Sin este advenir (el de la versión) no tenemos porvenir (el de la diversión). El porvenir es la recreación del advenir, la acción poética y trágica de leerlo y de leernos en él. Otra vez lo decisivo no es quién lo dijo y cuándo, sino cómo funcionan los enunciados y qué efectos producen.

 

Resulta interesante que, puestos en verso, en este Tí estí? de Juan Ruiz de Torres, se produce una cierta presocratización de los filósofos, que juntos parecen retornar al 'proemio' del Poema de Parménides, como retazos y retales de un libro perdido, quizás nunca escrito. Allí convocados se confían a una experiencia que es la del advenimiento del decir, y cumplen su destino que es, siempre, la lectura. Así conversan silenciosamente y se articulan como vértebras de acuerdos interesantes y fructíferos, si bien no necesariamente útiles. En este 'Banquete' platónico, los textos dicen su versión en verso, y soportan otras vertientes de modo erótico. Se reconocen ligados y confiesan su 'philía', en ocasiones airadamente, con una oposición adecuada, sin otra reconciliación posible que la de esa fecunda oposición. Ninguna interpretación parece agotar este acontecimiento.

 

No hay lugar entonces para una nueva galería de figuras de cera en la que los filósofos nos ofrezcan su mejor pose. La recolección que aquí se nos ofrece repone en acción el decir, que ya no queda reducido a lo dicho. Fiel a su transmisión, Ruiz de Torres nos recuerda  que pensar es traducir y reincorpora los textos a la comunidad de las lecturas. Así se produce la articulación, que es un desmembramiento y una nueva recomposición. No se trata, sin embargo, de una ecléctica y caleidoscópica mezcla, sino la puesta en quiebra de la propia palabra en su posición de corte y hendidura, esto es, en verso. Retorna como fractura fracturable, vértebra que articula y nos sostiene. La palabra se hace en verdad, carne, regada y nutrida con el ritmo de la sangre.

 

En este sentido, es curioso comprobar que las 'biografías' que acompañan, mejor, preceden, a los versos, buscan también, como éstos, un narrador. Confirman, en todo caso, que el verdadero sentido de un texto no se reduce a la reiterada intención del autor ni al del contexto y auditorio que tuvo. Tales biografías se sostienen también en una opción y una decisión permanentes. Sin ellas, no hay filosofía. Su 'objetividad' es por tanto la de un relato, y si fechan y determinan un espacio lo hacen para favorecer aún más la transgresión. En ellas el autor funciona como un efecto de los propios textos y a la par que ofrecen información, liberan a éstos de su permanente remisión al filósofo-excusa. Al no zanjar deliberadamente el asunto, ponen punto final a la pretensión de dar con el sentido de los versos en las biografías de los filósofos. En ellas quedan vivos en la definitiva forma de alguien muerto.

 

El título mismo del trabajo, Tí estí?, no sólo pregunta por el 'esto', pregunta por el ser de 'esto', y viene a decir "Pero vamos a ver, ¿se puede saber qué es esto?". Y lo dice negando que así formulado ése sea el asunto. Más bien, en él se escucha que lo que hay es siempre permanente cuestión, y que la seriedad de la diversión exige una toma de posición, un texto que articule, vertebre y decida. En esa escucha, toda respuesta se sabe siempre insatisfactoria. Los filósofos pierden así su rostro y el ritmo de los poemas nos lo vierte en su permanente y fecunda desaparición. El ser del lenguaje retorna. La audaz y fecunda tarea de Juan Ruiz de Torres desvela todo tipo de afectos y convierte siempre, en ocasiones explícitamente, sus poemas en postales remitidas a los filósofos. En última instancia, ya alguien señaló que no otra cosa son los textos de historia de filosofía: 'cartas de amor a Sócrates". Dialoga con sus autores, los hace conversar entre sí, escapar de reprimendas y de aplausos, siempre cautivado por la pasión, por la verdad de aquellos. Esta fascinación está sin embargo al servicio de una mayor, la que siente por la palabra, mejor por el ser del lenguaje que siempre se escurre entre cada verso, como corte y quiebra, como versión, pero que vertebra, en cada caso, nuestro decir.

 

Tí estí? nos invita a hacer la experiencia de los límites, confirma el misterio presente en el seno del lenguaje y que se dice cada vez en su intemperie como una epidermis impenetrable que no remite a otra profundidad; epidermis que es ya carne felizmente mortal y silenciosa, como un espectáculo que te deja sin habla, pero sobre el que es imposible callar.

 

Angel Gabilondo

 

 

Tres poemas

 

 

Francis Bacon

(1991)

 

No me traigas a la memoria a Essex.

 

Él fue mi amigo, protector y amigo,

pero infiel a Inglaterra y a su Reina; ¿podía

obrar yo en otra forma? Deja, pues, su recuerdo

en donde debe estar: entre los libros.

Esos libros que, ahora,

con el papel de Egipto y el invento de Guttenberg,

ser n más para todos. No diría mejores:

son pocos los que sirven para el gusto,

menos, los que hay que devorar,

y, en fin, ¡tan escasos aquellos

que deban masticarse, digerirse despacio!

Lo que las "ciencias" muestran, las más veces

son sólo datos, datos sin enjundia ni tino:

¿de qué sirve el saber si no se aplica?

Vaya muy noramala, la herencia de Aristóteles:

dos mil años perdidos por las sendas

de la sola razón al Universo,

discutiendo del sexo de los ángeles.

¡Sólo hay verdad entre las cosas,

haciendo experimentos, uno, y otro,

que en las maravillosas

alas de la inducción, vendrá Verdad!

Mi "Nuevo Organon" lo hará ver;

aún no está pronto -¡pasa raudo el tiempo!-,

pero, ahora que puedo, ya lejos de la Corte,

trabajar día y noche, he de acabarlo.

Si las fuerzas no fallan...; ¡este viejo reloj

a veces desfallece!

                               Pero tú, mi querido

discípulo y amigo, no lo olvides:

hay que empezar matando, destruyendo

los engañosos 'ídolos':

los de la tribu ¾nuestros errores generales¾;

los de la cueva, esa cueva en que cada mente vive;

ídolos del mercado, debidos al lenguaje;

en fin, los del teatro, ese teatro absurdo

de las cien mil escuelas filosóficas.

Libra dura batalla, y no te ciegues,

que en cada esquina intentar n la trampa.

 

Estoy cansado, Rupert. En Highgate

reposaré unos días.

                              Acércame la manta;

por la infiel ventanilla de este coche

entra un frío de muerte.

¿De... muerte? ¡Escucha esto!

¿No podría emplearse

el frío que entumece, embota y mata,

para matar, entumecer

los míseros demonios que pudren la comida?

Si eso fuera posible, durarían

las carnes, los pescados, o las frutas,

más allá de su tiempo y su lugar...

¡Parémonos: hay nieve, y de seguro un pollo

aguarda el sacrificio por la Ciencia

en esa venta que asoma entre los árboles!

 

   

Immanuel Kant

(1991)

 

Pasad, pasad, muchachos.

Sé que, confusos, trae

vuestra presencia a mi modesta casa

este libro que decís 'difícil',

mi Crítica, después de quince años

penosos, en pobreza, en oscuro silencio,

nacida por vosotros y en vosotros.

Leed despacio. ¿No os he dicho

que hay más que los sentidos?

De lo contrario,

esos Locke, Berkeley y Hume

razón tendrían; su consecuencia absurda,

como que nada existe, mas la mente,

envenenaría las almas de los hombres.

 

Escuchad. Hace años,

cuando apenas se abrían en la mía

las primeras ideas de esta nueva doctrina,

cayó en mis manos, que tiempo lo esperaban,

ese libro asombroso, Emilio, del francés

Juan Jacobo Rousseau ¾lo conocéis, lo sé:

os hice repasarlo

en las horas tediosas de lecturas¾.

Y esa tarde

tan absorto leía, que olvidé

mi diario y puntual paseo, que los buenos

burgueses de esta Königsberg comentan.

Más allá de razón, que apenas sirve

para el conocimiento vulgar, en superficie,

una fuente 'a priori' es verdadera:

la eterna construcción de nuestras mentes.

Habréis de contemplar espacio y tiempo

como las formas puras

de la intuición sensible

que asimilan las sensaciones múltiples

llegadas en tropel, confuso y necio.

Y luego,

coordinemos esas percepciones

aplicando los modos

de concepción: nuestras 'categorías'.

Las percepciones, hijos,

sin esas concepciones, son ciegas, no son nada,

como son los fenómenos distintos

de las 'cosas-en-sí'.

Hay una moral universal y unánime,

un 'imperativo categórico'

que nos ordena hacer como si fuera

universal necesidad el acto.

 

Ah, veo que os perdéis.

Volvamos a empezar. Decía...

Pero ved mi reloj:

las dos y veintinueve. Perdonadme.

Debo dar mi paseo, no hay escape

-la boca bien cubierta-,

bajo los tilos blancos.

  

 

Friedrich Nietzsche

(1991)

 

Zarathustra estaba en las afueras del poblado, y aquellos que a sí mismos se llamaban sus discípulos se acercaron, y le preguntaban:

 

"Maestro, ¿cómo entenderemos que nuestra moral no es recta?"

 

Y con un gran suspiro de cansancio, respondióles:

 

"Ah, vosotros habláis de 'nuestra' moral, como si la moral fuera una.

 

En verdad os digo, que hay una 'pequeña moral' de la horda, y una 'Gran Moral' de cada uno de los seres superiores, de los 'Señores'.

 

Porque mucho se habla de 'lo bueno' y de 'la humildad', pero lo que el mundo precisa en su devenir fasto no es bondad sino fuerza, humildad sino orgullo, altruismo sino decisión. Aún más: masas sino genios, justicia sino poder."

 

Y los discípulos retrocedieron aterrados. Pero él continuó:

 

"¿No os he dicho, una y otra vez, que en la lucha terrible que iniciaron los griegos, entre Dionisos, que viene de la tierra, y Apolo, el dios equilibrador, vencer  Dionisos? Sócrates, el gran razonador, ese es el culpable de la decadencia helena.

 

No podréis encontrar la gran Justicia, contando las narices de los tontos y de los ineptos. Porque sólo el hombre superior, el Superhombre, tiene sus razones que van más allá de lo justo y de lo injusto; sólo en su visión abarcadora se salvar n los pobres, los pequeños, de su pobreza y de su pequeñez."

 

Mas, aún ellos insistieron:

 

"¿Acaso, Zarathustra, no hallaremos esa visión en los poetas?"

 

"Si viniere el gran Poeta, aquel que bucee con pasión en el mar de las ideas, no en las playas poco profundas de lo inane; si viniere ese Poeta limpio, que no enturbie deliberadamente el que debiera ser fresco manantial que da de beber a los humanos, entonces sí: de los Poetas puede venir la salvación.

 

Pero ME HE CANSADO DE LOS POETAS, DE LOS VIEJOS Y DE LOS NUEVOS.  Ni limpios, ni profundos, ni tan siquiera honestos los encuentro.

 

Y ahora, dejadme descansar, porque mi alma está llena de tristeza."

 

Así habló Zarathustra.

 

Género al que pertenece la obra: Teatro,Poesía
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