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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Viernes, 24 de noviembre de 2017

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Poesía para sobrevivir (1980)

 

Poesía para sobrevivir, Col. Poesía Nueva, A.P.P., Madrid, 1980. 

 

Poesía para sobrevivir se presentó en el Ateneo de Madrid, con palabras previas de Luis Jiménez Martos, en 1980.

 

 

Introducción 

El libro, primero que en realidad publiqué en Madrid 1, como se observa por las fechas -poemas entre 1979 y 1980-, pertenece a los primeros tiempos de la Asociación Taller Prometeo de Poesía Nueva (hoy, Asociación Prometeo de Poesía), esto es, a una etapa de revisión de mis ideas sobre la poesía. Desde el 14 de enero de 1980, fecha en la que fundamos la asociación, pasé gran parte del año revisando algunos poemas escritos en 1979 y añadiendo otros, dentro de un contexto con hermoso título -dentro de mis concepciones de entonces de la poesía como "salvadora"-, Poesía para sobrevivir. Aunque creo que, visto desde hoy, el libro no tiene el nivel que señala el título. Pero le veo otros méritos: el de acercarse mucho, en algunos de los poemas, a lo que más tarde se ha llamado "poesia de la experiencia", algunos sonetos aceptables, y sobre todo una primera parte que más tarde aproveché para preparar mis Historias de la soledad en prosa.

 

Por lo demás, valga decir que la presentación de Luis Jiménez Martos en el Ateneo de Madrid señaló con afecto lo mejor del libro, cubriendo piadosamente lo menos válido. Y que esos poemas sirvieron de punto de arranque para lo mucho que a partir de entonces escribí, durante un cuarto de siglo.  

 

 

Cinco poemas

 

 

Kon-Tiki (1980)

 

Tendí a secar mis velas, empapadas

del vómito y la sangre de la huida.

 

Las anclas tengo prontas

para hincarlas en la desesperanza

cuando la rabia amaine.

 

Levantaré un abrigo a mis heridas

con llaves y silencios.

Y por el alambique del olvido

destilaré la esencia de mis horas.

 

Voy perdiendo las fuerzas marineras,

almadía en el Maelström de la angustia;

debo hallar un bajío, o un escollo,

y encallar mi aventura. Necesito

-aunque se quede inválida mi quilla-

clavarme sin piedad, llevar a término

mi vaga singladura en solitario.

 

 

La cáscara (1980) 

 

Cierra los ojos, reclina la cabeza.

No quiere ver.  Ni aún quiere saber que 'puede' ver.  Afuera, la lluvia golpea el cristal.  Siente el ruido de las gotas, se tapa los oídos, aprieta los dientes. Tiene frío, sed, hambre, pero le hastía moverse, buscar abrigo, beber un sorbo de agua. Los deseos le estorban, se entierra en su silencio, se repliega en sí mismo.

A veces, cuando le vienen retazos de recuerdo, se anima un tanto, piensa fugazmente en aquel mundo, hasta que el impulso pasa.

Se entera apenas de que lo transportan, lo desnudan, le visten ropas blancas, lo ponen sobre un lecho. Al fin está tranquilo, nadie le hace preguntas.

El mundo se cierra en torno suyo.  Como una cáscara, templada y blanda.

 

"La cáscara" fue musicalizado por el compositor Manuel Seco de Arpe, y estrenado en el I Concierto "Música y Poesía" de la A.P.P., en la Casa de Cultura de Caja Madrid, Alcalá de Henares, el 8 de junio de 1984.

 

 

Soneto desde Soria (1979, de Trece nuevos poemas)

 

Sin yo buscarlo, fui tu amante un día

y en tu voz encontré tanta ternura

y me dejó tan lleno tu hermosura,

que era ser inmortal saberte mía.

 

Mas no se engañe mi melancolía,

que ni lo bello colmará mi hartura

ni al traje de mi vida dejo holgura;

bien sé que la Sin Carne no me fía.

 

¡Ayúdame! ¿No ves que ya retraso

y que la Parca llega a mi vereda?

No le pido más cuentas al Acaso,

 

que, en la duda mortal en que me abraso,

he gritado mi "sálvese quien pueda",

mientras ardo, camino del ocaso.

 

  

Subasta (1980)

 

Cuando yo muera,

cuando tu risa pierda de repente

y de repente falte tu ternura.

 

Cuando yo muera, digo,

subastarán mis libros, mis papeles.

Y verán los impuros

mi palabra, para ti escondida.

 

No dejes que la compren,

la enmarquen y la ensucien.

 

Yo pondré en mi alcancía

cada noche las tasas de la holgura;

por favor, puja tú,

rescata mi palabra

y quema lo incumplido.

 

 

Verano (1980)

 

Hoy comenzó el verano,  amarillo y redondo.

Una cascada ardiente

me ha bañado hasta el fondo,

allí donde el deseo es impaciente.

 

Por la ventana abierta, la espesura

con el hambre brillante de la altura.

 

Al llegar a la trilla

te estiras en tu cuerpo ¾cuerpo humano¾

para apretar las mieses en tu mano,

y al frente, la semilla,

buscar sin pausa la presencia nueva,

el cielo que te eleva.

 

Dormir, hálito impuro

hasta la madrugada.

Y desear aún más, sobre la nada,

siempre implacablemente,

más allá de lo oscuro,

hasta el borde de la ceniza ausente.

 

¿Por qué sendero estrecho de montaña

caminas como extraña,

con los ojos cubiertos de rocío?

¿Qué ignorancia del frío

te vuelve fuente y río?

 

Mujer, llena de cal hasta los huesos,

de tu labio hasta el mío

un Gran Cañón con un millón de besos.

 

(Por la noche, las jaras

florecieron en blanco y amarillo.

Un olor, denso y acre, de tomillo

me llegó con las claras

del día. Y en mi tierra

el insistente, impar grito de guerra

de un solitario grillo).

 

Género al que pertenece la obra: Poesía
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