Ir al contenido

Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Domingo, 24 de junio de 2018

Inicio | ¿Quiénes somos? | Editar mi portal

Sombras de la huella (2006)

Barcelona, Abadia Editors, 2006.

Prólogo de Miquel-Lluís Muntané

 

Reseñas y artículos dedicados al libro:

  • El Adelantado de Segovia, 2 de diciembre de 2006, p. 18
  • Aurelio Labajo, Boletín del Colegio de Doctores y Licenciados, nº 185, mayo 2007, p. 38
  • El Pont d'Esplugues, marzo de 2007, nº 153, p. 68
  • José Antonio Arcediano, Caravansari, nº 2, 2007-2008, pp. 91-92
  • Juan Manuel Prado Antúnez, "A la buena letra"

 

 

Ecce homo

 

 

 

Hay dolores que pesan como el mundo,

 

que arañan los pulmones de la noche

 

como gatos enormes que amenazan

 

mostrando los puñales de sus dientes.

 

Hay dolores que pierden sus aristas

 

sobre una huella inmóvil y perenne,

 

dolores que recuerdan que eres hombre,

 

dolores que se clavan como ortigas:

 

dolores repetidos, pertinaces,

 

dolores que no quieren más morada

 

que esa sombra de carne en la que habitas,

 

que a veces, asomándote al espejo,

 

te llama y te recuerda que eres hombre.

 

 

 

 

 

Del tiempo, gracias

 

 

 

Entró en el bar. Un bar. No importa dónde.

 

Tenía tanta sed.

 

                          Era verano.

 

Antes de hablar sus ojos se sumieron

 

en el recuerdo dulce que flotaba

 

sobre la espuma blanca, en la cerveza

 

que le hizo navegar en su nostalgia.

 

 

 

Y recordó su infancia, ya hace tanto,

 

cuando tras el partido de las doce

 

la voz de la cerveza convocaba

 

a la alegre reunión de la bodega,

 

donde los hombres y algunas mujeres

 

bebían la alegría del domingo

 

(Todo tiene su fin) si era domingo.

 

 

 

Y recordó también sus quince años

 

flotando en el olor de la cerveza,

 

señora de la risa en los guateques:

 

patatas fritas y sudor en celo,

 

primer amor urgente y clandestino

 

algún atardecer. Nights in white satin.

 

 

 

 

 

Y luego recordó aquel otro tiempo,

 

cuando en su facultad, a todas horas,

 

brotaba el homenaje a la cerveza

 

uniendo a profesores y estudiantes

 

en una comunión suave y rubia

 

bañada con espuma. I don't like Mondays.

 

 

 

Tenía sed. Tenía tanta sed.

 

Tenía tanta sed, y era verano.

 

 

 

Después de convocar a su memoria

 

en torno a la cerveza, no quedaba

 

sino beber, beber, y ya era hora.

 

Llamó con gesto ansioso al camarero

 

y casi sin aliento, en voz muy baja,

 

pidió un agua con gas (del tiempo, gracias)

 

porque era abstemio, sí, tiene delito.

 

Y tras beber su vaso con el ansia

 

de un náufrago agotado en su agonía

 

salió a la calle, y antes de fundirse

 

con la marea humana que pasaba,

 

miró otra vez adentro, y suspirando

 

pidió perdón a todos sus recuerdos

 

y luego se marchó. We can be heroes.          

 

 

 

 

 

                Thomas Cole, El viaje de la vida: madurez, 1842

 

 

 

Un hombre arrodillado en una barca

 

sostiene su destino en la corriente

 

sin remos, sin timón, sin otro rumbo

 

que el río desatado en su caída.

 

No puede detenerse. Su descenso

 

le aleja del consuelo de la orilla,

 

y la madera frágil que le aguanta

 

es su única certeza entre las rocas.

 

No puede detenerse, y en su vértigo

 

encuentra su refugio en la plegaria

 

levantando sus manos y sus ojos

 

hacia un cielo tomado por las nubes.

 

 

 

El mar y el horizonte quedan lejos.

 

Su barca entraña toda su esperanza

 

y en su rostro sellado por la angustia

 

se anuncia su camino sin retorno.

 

Atrás quedó el paisaje de su infancia.

 

El agua transparente es ahora turbia,

 

y de las flores breves de aquel tiempo

 

no queda más que un sueño en su memoria.

 

 

 

No puede detenerse. Ese torrente

 

que guarda su amenaza entre la espuma

 

dibuja el mapa incierto de su vida,

 

porque ahora ya no puede detenerse.

 

No cabe sino ser un hombre solo

 

entre un árbol desnudo y desgajado

 

y la lejana luz que en las alturas

 

hace posible a Dios en el silencio.

 

 

 

 

 

                        Certeza

 

Si ho decidim,

 

naixerà un cosmos a la nostra mesura.

 

Miquel-Lluís Muntané

 

 

 

Hay un mundo

 

que pide cosas con formas palpables.

 

Palabras fáciles. Construcciones. Papeles

 

con promesas. Medidas y relojes.

 

 

 

Ese mundo pretende distraernos,

 

confiscarnos la alegría peregrina

 

de decir "nosotros",

 

olvidando su peso, ese agobiante

 

cartón alzado sobre nuestro suelo,

 

y recordar, y construir

 

un mundo desde nuestra voz.

 

El mundo.

 

 

 

Yo ya sé

 

(no creas que lo olvido)

 

que tú y yo hacemos el mundo

 

a la medida exacta de lo nuestro.

 

Y si nos falta

 

materia, piedra, agua o instrumento

 

al sueño le pedimos

 

prestada la herramienta

 

y todo cobra un límite

 

exacto a nuestro paso.

 

 

 

No creas que lo olvido.

 

Yo ya sé

 

Que tú y yo somos el mundo.

 

 

Género al que pertenece la obra: Poesía
Bookmark and Share

Comentarios - 0

No hay comentarios.


Escritores complutenses 2.0. es un proyecto del Vicerrectorado de Innovación de la Universidad Complutense de Madrid
Sugerencias