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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Lunes, 21 de mayo de 2018

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Cómo inventé la máquina del tiempo

-¡Atención niños! -anunció la maestra- Hoy viene a visitarnos el Profesor Oswald Dante, descubridor del viaje en el tiempo. Supongo que os preguntaréis... ¿cómo es posible que una eminencia en este campo venga a una escuela perdida en una colonia exterior, verdad?. Pues bien, resulta que el profesor es un antiguo amigo de la aquí presente, señorita Osiris,... ainch. -suspiró la anciana, con mirada perdida, regodeándose en algún recuerdo pasajero.

-En fin, ¡gracias a la gran nebulosa tengo público real presente! -añadió con un visible aspaviento.

-Os recuerdo que vuestras redes neurales y hologramas nunca permitirán tener una experiencia como venir al aula en persona; en particular lo digo por usted, señor Blanket. -dijo la mujer dirigiéndose a una de tantas webcams integradas en la pared, iluminándose un punto rojo en su monitor.

-Así que vayamos al asunto directamente sin andarnos por las ramas. ¡Pase profesor! -y los alumnos prorrumpieron en un aplauso (ya sea en forma de holograma, imagen en monitor o humano real).

El científico saludó a los presentes y dio dos sonoros besos a la señorita Osiris, como era costumbre en su planeta natal. La profesora, ante esta efusiva manifestación, enrojeció visiblemente ya que ese no era un saludo habitual en las aún tradicionales y arcaicas colonias. Entretanto algún que otro pícaro y divertido alumno sonreía desde su habitáculo.

-¡Hola chicos! y... gracias, señorita Osiris, por esta cálida presentación. Me imagino que estaréis deseando preguntar infinitud de cosas, entre otras cómo se me ocurrió la idea ¿verdad?. Pues bien comenzaré por el principio... hace tiempo me obsesionaba la paradoja temporal de los gemelos que asociaban a la antigua teoría de la relatividad de Einstein. Es decir, si un hombre se quedaba en la antigua tierra mientras su hermano viajaba por el espacio, a una velocidad cercana a la luz, a su regreso la persona que se quedaba en el planeta había envejecido mucho más que su pariente astronauta. Aparte de servir para ilustrar una teoría sobre la relatividad del tiempo en función del espacio y velocidad de la luz, se me ocurrió que, en cierta manera bajo el punto de vista del astronauta que va en la nave, hubiera sido como viajar al futuro. Así que, ni corto ni perezoso, me puse manos a la obra... ¿cómo podríamos alcanzar una velocidad tal, sin destrozar la nave, el astronauta y... ?

-...Y el tremendo gasto de energía que ello suponía -saltó de su asiento un niño sin poder refrenar su ansia.

-Jajjjaa. ¡Muy bien pequeño!, ¿cómo te llamas? -preguntó el anciano.

-Jacob -respondió enrojeciendo de golpe, siendo consciente de a quién había interrumpido.

-...y a ver, pequeño Jacob, ¿qué otro problema había? ¿lo sabes? -y el pequeño enmudeció de golpe.

-Jajjaa -rió de nuevo el anciano-. No pasa nada si no lo sabes. Ni los más grandes físicos del momento lo hubieran podido resolver. Se suponía que la masa era directamente proporcional a la energía y casi se duplicaba conforme la velocidad aumentaba, así que estábamos ante un gran dilema y parecía imposible el lograr movernos a través del tiempo.

-Sin embargo, en el 2064, tras la gran guerra... ¿alguien sabe lo que pasó en esa fecha? -y unas pocas luces verdes se encendieron en el monitor de la señorita Osiris a la par que unas cuantas manitas se levantaban.

-A ver... ¡tú! -señaló Oswald -¡la chica de las coletas!

-Pues... se descubrió el rayo de neutrinos, unas partículas que carecían de masa.

-¡Muy bien, pequeña!. De esa forma podríamos insuflar energía sin aumentar la masa pero aún había que estabilizarlo y gracias a las nuevas partículas que se descubrieron en el acelerador de la época, pudimos fabricar los anillos de metal exótico. Dentro de ellos, podíamos acelerar los neutrinos, electrones, quarks, etc, a velocidades increíbles sin necesidad de montar máquinas descomunales para tal fin. Eso revolucionó la era espacial.

-¿Y por qué estacionan las plataformas temporales en las colonias del vórtice exterior? -volvió a preguntar el impaciente Jacob.

-Pues... -respondió el profesor sonriendo- porque necesitamos un ambiente sin interferencias externas como: gravedad, constantes climatológicas, campos magnéticos etc. También, dado que viajamos a un futuro cercano, necesitamos reaparecer en un entorno seguro y sin cambios. ¿Os gustaría conocer un secreto? -añadió el científico con aire teatral- Estamos investigando la posibilidad e implicaciones que tendría viajar al pasado aunque hoy en día es algo imposible -y los niños pusieron los ojos como platos, dejando volar su imaginación.

-¿Alguien sabe por qué es imposible? -y solamente la niña de las coletas levantó la mano.

-¡Vaya! Sí que es una joven inteligente su alumna, señorita Osiris -en ese instante, la profesora hizo una mueca extraña y, con disimulo, se puso a buscar en el listado de la clase ya que no recordaba a esa niña.

-Pues porque de ser así, ya nos habría visitado alguien del futuro, cosa que nunca ha pasado... ¿verdad profesor? -y el profesor tras sonreír se quedó mirando fijamente a la pequeña, pareciéndole encontrar algo familiar en ella.

-Perdona, ¿me dijiste que tu nombre era...? -preguntó Oswald.

-Lucrecia Dante. Y he de admitir que ha sido un honor conocerte abuelo -al decir esto, la niña desapareció dentro de una gran aura de luz. Los enseres de la habitación volaron por los aires al desaparecer la gran bola de blanco fuego, dejando en el lugar una mancha negra y un intenso olor metálico a quemado. Todos los presentes se miraron entre sí, sin mover un solo músculo durante unos instantes. Tras lo cual, el profesor comenzó a reír con un paroxismo cercano a la locura.

-Bueno -dijo por fin la señorita Osiris- esto ha sido bastante... inesperado. -y el científico, mudando de repente su expresión,  salió como alma que lleva el diablo en dirección a la estación temporal.

 

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