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El buen árabe

El buen árabe

Yoram Kaniuk es un animal literario. Sacó a la luz su particular visión del holocausto judío cuando el tema aún era tabú en la literatura en hebreo (El hombre perro, traducida al inglés como Adam Resurrected, y así también su versión cinematográfica, de la mano de Paul Schrader).Empapada de un humor negro para el que la sociedad judía no estaba preparada en ese momento, convirtió a su autor en un renegado del panorama literario hasta que, años más tarde, la generación de Etgar Keret y compañía le recuperara como su padre artístico.

¿Un hombre adelantado a su tiempo? Quizás. O quizás se trata de uno de esos autores que están fuera del tiempo y, simultáneamente, profundamente enraizados en su propia época. ¿Cómo explicar si no la rotundidad aplastante con la que comprende el conflicto que le vio nacer? El buen árabe es un ejemplo magistral de esta capacidad para bucear en la compleja realidad que le rodea. En esta novela el conflicto árabe-israelí se presenta como un desgarro profundo a través de su protagonista, Yosef Rosenzweig - o Sherara, o ibn Azouri, según el momento -, hijo de una judía y de un árabe, pertenecientes a mundos vecinos pero distantes, enfrentados, ahogados por la pasión visceral que los consume y para los que sólo hay un desenlace posible: «[...] la conclusión que sólo hoy empezamos a comprender, la de que no hay esperanza en absoluto, la de que la tragedia empieza mucho antes de que los historiadores puedan localizarla, que todo parece ordenado de antemano, que el fanatismo era inevitable, que el país era extraño a ambas naciones, las cuales inventaron movimientos nacionales que no surgieron directamente de sus historias respectivas, sino sólo de sus sufrimientos». La existencia de Yosef está dividida desde dentro, desde el nacimiento hasta la muerte, está condenado a ser siempre un extraño, enemigo de sí mismo.

 

Todo objeto se mantiene en estado de reposo y su movimiento uniforme y recto, a menos que una fuerza actúe sobre él

Todo objeto se mantiene en estado de reposo y su movimiento uniforme y recto, a menos que una fuerza actúe sobre él

El salvaje son dos historias paralelas que acabarán cruzándose. Una, la de Juan Guillermo, un muchacho devastado por la muerte en un barrio miserable de México Distrito Federal: la de su hermano, primero, asesinado por una banda de jóvenes ultracatólicos, conocida por Los buenos muchachos, protegidos por gente poderosa y adinerada y por la mafia policial; tres años después, la muerte de sus padres y de su abuela, asolados por la desaparición del mayor de los hijos. Huérfano, hundido y solo, Juan Guillermo decide vengar el asesinato de su hermano querido, que era su héroe y modelo a seguir e imitar, y honrar la memoria de sus primogénitos y de su abuela, cuya única razón de vivir era su adorado Juan Guillermo. Sólo el amor por Chelo, a pesar de los celos, consigue salvarle de la desesperación.

La otra historia, inspirada en La llamada de lo salvaje, de Jack London, es la de Amaruq, un indio mestizo de Canadá, empecinado en cazar al lobo más fiero de todo el territorio inuit, Nujuaqtutuq -"salvaje" en esa lengua-, macho alfa de la manada al que ningún otro lobo puede enfrentarle.

Ambas historias tienen en común al lobo como personaje esencial de la novela, quintaesencia del salvaje: el lobo Nujuaqtutuq, y Colmillo, hijo de éste, que por azar del destino fue a parar a manos de Juan Guillermo. Dos lobos y dos clases de violencia: la que ejercen aquéllos, obligados por la supervivencia, y por tanto, bajo el signo de la nobleza porque no es violencia vengativa sino digna, y la violencia descarnada, cruel, despiadada, ésta sí, bajo el dominio de la venganza, que sólo puede ser humana: la que ejerce la banda de ultrarreligiosos contra quienes no comulgan con su verdad fanática, y la del propio Juan Guillermo para conjurar la muerte cruenta de su hermano mayor a manos de aquéllos. La suya se confunde y se identifica con la de Colmillo, su lobo salvaje que los anteriores dueños nunca lograron domesticar y él intenta desesperadamente.