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Marcovaldo. El buen salvaje en la ciudad industrial

Javier Gimeno 1 de Junio de 2017 a las 13:44 h

Italo Calvino. Marcovaldo o sea las es taciones en la ciudad. Siruela, 2010

"En medio de la ciudad de cemento y asfalto, Marcovaldo va en busca de la Naturaleza. Pero ¿existe todavía la Naturaleza? La que él encuentra es una Naturaleza desdeñosa, contrahecha, comprometida con la vida artificial". Italo Calvino describe con estas palabras el sentido de este manojo de veinte relatos repartidos según las estaciones del año, protagonizados por un personaje urbano de una ciudad innombrada que podría ser Milán o Turín o cualquier otra metrópoli europea. Ciudades colmadas de edificios ennegrecidos por la contaminación, conquistada por miles de vehículos que surcan a diario sus calles en un ir y venir constante. Marcovaldo, al decir de su creador, "es un espíritu sencillo, padre de familia numerosa... la última encarnación de una serie de cándidos héroes pobrediablos a lo Charlot". Personaje inspirado en un almacenista que Calvino conoció en una editorial donde trabajaba, uno de cuyos relatos, Setas en la ciudad, es verídico: el almacenero había encontrado setas en una calle de su ciudad; ni corto ni perezoso se animó a probar una y acabó intoxicado.

Los relatos están contados a modo de fábula, de modo que los personajes tienen nombres propios de las leyendas medievales o de héroes de novelas de caballería, como Viligelmo, Diomira, Guendalina, o el del propio protagonista. En su estilo literario se alterna el tono poético con el prosaico de la vida urbana contemporánea. En todas las historietas domina la elaboración detallada de la prosa en la que nunca falta un trasfondo de humor sutil, con metáforas y comparaciones constantes en pasajes de enorme virtuosismo estilístico. Así, en La parada equivocada, a la salida del cine, Marcovaldo contempla la imagen de la ciudad cubierta de niebla mientras espera la llegada del tranvía que le llevará a su casa. La niebla le inunda de melancolía y se entristece pensando en los oscuros escenarios de sus días, los fogones de gas, su vivienda en un semisótano, la sección de embalajes de su empresa. Pero de inmediato cae en la cuenta de que es feliz y se refugia en la niebla que en ese instante le aísla del mundo que le rodea. Abandonado al vacío, conserva en sus ojos los colores del Ganges o de la jungla que acaba de ver en la película. "Llegó el tranvía, evanescente como un fantasma, campanilleando lentamente; las cosas existían en la mínima proporción imprescindible; para Marcovaldo hallarse aquella noche al fondo del tranvía , dando la espalda a los demás pasajeros, fijando la vista más allá de los cristales en la noche vacía, surcada sólo por indistintas presencias luminosas y tal cual sombra más negra que la oscuridad, era la situación ideal para soñar despierto, para proyectar ante sí y dondequiera que fuese una película ininterrumpida sobre una pantalla sin límites".

Estas historietas forman parte de la etapa literaria que ha venido en llamarse "posneorrealismo" italiano. No pretendió Calvino inmiscuirlas en el conocido neorrealismo literario y cinematográfico de su país, sino, justamente, en el período inmediato posterior, con el fin de no convertirlas en otro lugar común de la literatura italiana de posguerra, cuyas obras se caracterizaron por la sobrecarga de imágenes de familias hambrientas colmadas de padres, abuelos y tíos barrigones y malafeitados en camisetas blancas de tirantes sin dejar de morder la colilla de un puro maloliente, obesas mujeres gritonas con escotados vestidos floreados de faldas largas y niños famélicos con ojos saltones y bocas desdentadas por las caries y la falta de higiene. Por el contrario, Calvino pretende reflejar el surgimiento de una Italia próspera que trata de asemejarse a los países ricos en los que floreció el "milagro económico" de las sociedades opulentas donde las personas y las mercancías se confunden deliberadamente. La crítica de Italo Calvino en esta obra no es tanto la burla hacia la "alabanza de corte" o la "nostalgia de aldea", o el sueño de un paraíso perdido que nunca existió, como una mirada al mundo ciertamente crítica con las situaciones de injusticia pero cómplice con las manifestaciones de la vida y sus protagonistas, dejando al final de cada relato un resquicio a la esperanza, por muy desalentadoras que sean -lo son- las historias que cuenta. El hombre moderno se caracteriza esencialmente por la pérdida de su armonía con la naturaleza y la recuperación de este vínculo es una tarea ardua, no tanto por el esfuerzo que ello le supone como por la ausencia de conciencia ante tamaña pérdida.

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