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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Viernes, 21 de julio de 2017

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Las sirenas del alma (2009)

Valencia, Algar, 2009

La protagonista de esta novela de misterio y acción, es Nuria, una estudiante de Historia. Por recomendación de su director de tesis, se traslada a la Gomera para documentarse sobre brujería en la isla durante el siglo XVI. Aparentemente la espera un trabajo de investigación aburrido entre libros antiguos. Sin embargo, como el director de tesis advirtió, el pasado es sólo un prólogo.
Al estudiar la figura de Ibaya, la jefa de unos seres semejantes a vampiros llamados airam, descubre que su poder sigue vivo. De hecho se han producido algunos crímenes que responden a las características de actuación de los airam. Pero siendo esto terrible, no es lo peor. Nuria siente que es atraida especialmente por la legendaria Ibaya. Incluso encuentra una sortija que perteneció a la jefa de los airam. Dentro de la estudiante luchan fuerzas contrapuestas: la llamada del mal frente a su deseo de hacer el bien. Eduardo, un joven de oscuro pasado, la acompaña en la aventura donde tendrá que lidiar con peligros externos y conflictos interiores.

Guia de actividades en pdf propuestas por la editorial

 

Capítulo 1  (fragmento)

 

Ten cuidado con tus sueños; son las Sirenas del alma. Ellas cantan, nos llaman, las seguimos y jamás retornamos.

 GUSTAVE FLAUBERT

 

1

El fotógrafo sintió una mirada tras él. Se estremeció.

Pero... ¡qué bobada! Alfredo estaba solo en la habitación de un segundo piso sin balcón. ¿Quién podía haber escalado hasta esa ventana? Nadie. Eso no tenía sentido. Sin levantarse de la silla, giró el cuello. Detrás del cristal únicamente apreció la negrura de la noche. Ni siquiera la luz de la luna. ¡Bah! ¡Qué sugestión más tonta! Continuó de espaldas a la ventana, sentado ante la mesa. Hojeó un poco más la guía Descubriendo La Gomera. 25 rutas a pie. Aquellas fotos carecían de fuerza. Eran mejores, mucho más atrayentes, las que él estaba haciendo durante esos días para la nueva edición.

Cerró la guía con una sonrisa de orgullo. A pesar de su juventud, estaba demostrando que se situaba entre los fotógrafos más brillantes de las Islas Canarias. Era un artista. Vaya que si lo era.

Cogió su agenda electrónica. En ella se encontraban los comentarios que había escrito para sus fotos. La conectó e introdujo su contraseña en la PDA.

Sin embargo, la máquina vibró en sus manos, emitió un chasquido y se apagó.

- ¡Oh, no! - exclamó fastidiado.

Aquello era muy raro. Las agendas electrónicas no se averían así. Estaba seguro de que no había recibido ningún golpe, ni se había mojado... ni nada. Iba a intentar conectarla de nuevo, cuando oyó unos ruidos en la ventana. Parecía como si alguien golpease el cristal con los nudillos. Volvió medio cuerpo. Tras la ventana, había un rostro. Un rostro repulsivo. Alfredo se levantó de un salto de la silla.

- ¡Dios!

Aquella cara se parecía a una calavera pero recubierta de piel y con pelo largo. Los ojos blancos como medallones de nieve carecían de pupila e iris, aunque en su fondo destellaba un punto de luz rojiza. Los dientes largos y afilados, destacándose con nítido relieve bajo la palidez de las encías. Colocó sus manos huesudas, acabadas en uñas punzantes, sobre el cristal pero no hizo fuerza para romperlo.

Alfredo se frotó los ojos. Tenía que ser una visión producida por el cansancio de todo un día fotografiando La Gomera. Pero no. Aquel ser continuaba allí, de cuclillas sobre el alféizar. Salvo la cara y las manos, el cuerpo era el de un ser humano. ¡Hasta llevaba ropa vaquera! De repente, soltó una risita femenina, casi infantil.

Al fotógrafo se le había ido el calor del cuerpo. El corazón le latía en la garganta. Aquello debía tener una explicación. Una broma. Claro, de eso se trataba. De una broma macabra.

Cuando se recompuso un poco, dio varios pasos hacia la mujer. Mujer, sí. Porque tras aquel disfraz, se escondería una joven divertida. Su propia risa la había delatado. Seguramente había escalado por el canalón de la fachada.

Quedaban un par de semanas para el 24 de junio, la fiesta de San Juan. Quizás los jóvenes habían empezado la diversión. En este caso, un susto para el único turista que pasaba la noche en Antijana. Sus amigos estarían abajo esperándola y riéndose. Seguro. No podía ser otra cosa.

Alfredo se abalanzó hacia la ventana pero la calavera desapareció del alféizar. Al abrirla, no se encontró más que con la noche. Deseó sorprender a la joven bajando por el canalón a la calle y a sus amigos carcajeándose. Pero no. Tampoco oyó la carrera de nadie, ni una palabra. La casa que había alquilado estaba alejada del pueblo y aquella ventana daba a un palmeral. El viento siseaba en ráfagas intermitentes. La luna se ocultaba tras un nubarrón con forma de pájaro. La oscuridad sobrecogía. Tan sólo a la derecha una farola iluminaba pobremente el camino asfaltado que llevaba a la Plaza de las Monjas.

¡Vaya broma! Casi le había dado un ataque al corazón. Ahora se avergonzaba de haberse asustado tanto. Y encima, por culpa de un disfraz. Él mismo se vistió de mujer en los carnavales de Tenerife el año anterior. Bueno, no pasaba nada. Había que saber encajar una broma. Bajó la persiana para no ser molestado más y cerró la ventana.

Se sentó de nuevo ante la mesa. Resopló al coger la agenda electrónica.

- Por favor, enciéndete.

En vano procuró conectarla. La avería debía de ser grave. Se habían perdido los comentarios que había escrito para las fotos. En fin, se la llevaría a algún técnico para que la arreglara. Además, lo importante eran las imágenes y éstas se hallaban en la cámara digital. Al fin y al cabo, la nueva versión de Descubriendo La Gomera. 25 rutas a pie llevaría sus nuevas fotos pero el texto sería prácticamente el de la anterior.

La imagen más espectacular que había tomado era la del mar de nubes. Se asemejaba a la morada de seres fantásticos. Abrió la guía y leyó el comentario, que iba a ser idéntico al de la siguiente versión:

 

 

                                            Mar de nubes

 

El viento alisio, de componente Noreste, afecta de forma constante a La Gomera, sobre todo en el verano. La capa inferior del alisio, fresca y húmeda por su recorrido sobre el mar, asciende al entrar en contacto con la orografía insular. En su ascenso, el aire se condensa dando lugar a nubes que se encuentran con la tapadera de la capa superior del alisio, más cálida y seca. Esta línea de inversión térmica es el límite superior de lo que se conoce por mar de nubes, que puede estar entre los 950 y 1500 metros, por término medio.

 

 

 

Ya había sacado fotos del Parque Nacional de Garajonay y del Valle del Gran Rey. Al día siguiente debía fotografiar los alrededores de donde pernoctaba: Antijana. En el texto de la guía se afirmaba que Antijana era un retirado pueblo del sureste, ideal para descansar, pasear por sus pinares y palmerales. En muchos aspectos se conservaba igual que cuando Cristóbal Colón lo visitó antes de soltar amarras rumbo a la inmortalidad. El descubridor citaba en una de sus cartas las antiquísimas ruinas del pinar de Antijana, el escuálido río, el puente de las Madres, el sendero que llevaba a los acantilados... Las casas actuales respondían a una arquitectura canaria moderna y alegre. También la guía hablaba del comercio en la Plaza de las Monjas, de las posibilidades para practicar senderismo, del encanto de la ermita de la Piedad Gomera sobre el acantilado... En la página inferior un recuadro en azul aludía al pasado misterioso del pueblo. Su jefa le había pedido que fotografiara algún rincón que ambientara ese texto. Alfredo lo volvió a leer:

 

 

 

 

 

 

 

Un pueblo de brujos

 

 

Durante los siglos XV y XVI el pueblo de Antijana fue el escenario de abominables ritos por parte de los brujos gomeros que adoraban al diablo.

La perversa divinidad era representada por un ser entre hombre y macho cabrío, completamente velludo y abominable. Lo llamaban Hirguan[1]. En su honor los brujos sacrificaban niños menores de doce años, raptados previamente entre los vecinos más humildes de los pueblos gomeros. Varias crónicas recogen que en 1486 fueron asesinados 66 niños en toda la isla de La Gomera, aunque algunos historiadores creen la cifra exagerada.

Cuando la Corona de Castilla terminó de conquistar la isla a finales del siglo XV, abundaban las celebraciones satánicas. Desde el asesinato de Hernán Peraza en 1488 por parte de los gomeros que protestaban por su gobierno despótico, los gobiernos extremaron su vigilancia para intentar controlar cualquier reunión que se produjera en Antijana. Gracias a ese control, se descubrieron sacrificios de niños para adorar a Hirguan en las ruinas que todavía existen en el pinar de Antijana y que, desde antes de Cristo, fueron utilizadas por los gomeros por motivos religiosos. En esos ritos los brujos libaban sangre de sus víctimas.

Entre la leyenda y la historia, se sitúa el fenómeno del airam[2], condición en la que los brujos servidores del diablo quedaban tras su muerte. Se trata de una variante de vampiro, tal y como lo conocemos en la tradición centroeuropea. Pero el airam tiene una nota característica: durante el día lleva una existencia normal como un vecino más. Nadie deduciría su auténtica naturaleza viéndole comprar en el mercado o comer en una taberna. Sólo cuando anochece, se dedica a atacar a los seres humanos a los que mata para beber su sangre.

 

 

No resultaría fácil encontrar algún rincón de Antijana que cuadrara con ese texto. Su jefa le había recomendado ir al cementerio y no a las ruinas del pinar, para recoger una atmósfera siniestra... En cualquier caso, lo mejor sería tomar la foto a la caída de la tarde del día siguiente.

Unos toques nerviosos en la persiana interrumpieron sus pensamientos. Sin duda, la bromista no se había dado por satisfecha. Se habría vuelto a subir al canalón y otra vez a dar el latazo. Estaba claro que había escogido el disfraz de airam para divertirse en las noches previas a San Juan. Hasta cierto punto era comprensible: pertenecía a su folclore.

Los golpes se hicieron más fuertes. Casi eran porrazos.

- Pero, muchacha, vale ya.

Fuera estalló una carcajada femenina. El fotógrafo tomó aire y se encaminó hacia la ventana. Subió la persiana. La mujer ya no estaba. Sólo la oscuridad se apoyaba pesadamente contra el cristal. Asomó medio cuerpo. Ni rastro suyo por la calle. Una risita se alejaba extinguiéndose. Una broma, sin duda. Pues resultaría divertido conocer a la del disfraz. Sería una joven simpática, graciosa. Podría pasar un buen rato con ella y sus amigos, ¿por qué no?

Sin pensárselo dos veces, Alfredo salió a la calle. La luna no se liberaba de la nube en forma de cuervo. La luz pobre de la farola apenas alumbraba. A la izquierda se encontraba el pinar. A la derecha, el camino que conducía a la Plaza de las Monjas, la plaza más importante del pueblo. Por allí había unos cuantos bares. Quizás la joven estuviera en alguno con sus amigos. No sería de extrañar que llevase puesta alguna parte del disfraz, como las manos huesudas con uñas afiladas o los dientes de vampiro... Probablemente Alfredo y los jóvenes terminarían riéndose juntos.

Empezó a caminar hacia la plaza cuando le detuvo un silbido largo y grave. Alfredo sabía que los silbos en La Gomera eran una forma habitual de comunicación. Se podían oír a tres o cuatro kilómetros a través de los barrancos. Los niños de la isla los aprendían en el colegio.

Se produjo otro. Y otro. Procedían del pinar. La bromista lo llamaba desde allí.

Alfredo volvió sobre sus pasos y se dirigió hacia el puente de las Madres para poder pasar al pinar. Bajo el puente, el riachuelo se deslizaba murmurando. Poco después le llegó el olor de los pinos. Le encantaba aquella fragancia porque le recordaba su infancia en la vecina isla de Tenerife. A cambio le incomodaba la oscuridad. Las nubes flotaban en cenicientas bandas. Entre sus jirones se deslizaba con dificultad algún ocasional y furtivo rayo de luz. Un ave nocturna protestaba insistentemente por la presencia de Alfredo. De vez en cuando, el viento arrancaba un susurro a los pinos.

Se imaginó que, en cualquier momento, la bromista saldría de detrás de un árbol. Tal vez para presentarse o tal vez para continuar la broma. Pero Alfredo ya no era un niño para asustarse con esas tonterías. Oyó la risita de la mujer.

- ¿Estás ahí? ¿Por qué no sales?

Avanzó unos metros más. Tropezó con una rama caída. Trastabilló, pero consiguió no caer. En el corazón del pinar una música empezó a sonar. Se trataba de un conjunto de voces fúnebres, que parecía salir del seno de la tierra e irse elevando lentamente. Entonaban un himno tétrico de palabras incomprensibles para Alfredo, acompasado por golpes sordos y regulares, seguramente producidos por palmadas. Poco a poco el ritmo de aquella cadencia se fue acelerando. El crescendo era vertiginoso. Las voces se tornaron especialmente roncas. Alfredo se imaginó una caterva de Sirenas infernales que pretendían envenenarle el alma con su música.

De repente, callaron. Un silencio denso e incómodo sustituyó al himno.

Pero, ¿dónde estaban aquellas personas?

Alfredo tuvo que caminar bastante más hasta divisar una luz. Resplandeció a lo lejos, entre los pinos. Quizás se trataba de una linterna. También podía ser que los jóvenes hubieran encendido una hoguera. En la isla de La Gomera había pasión por el fuego. Especialmente en la noche de San Juan. Entonces se levantaban piras de madera de sabina, rivalizando los asistentes a la hora de saltar sobre ellas.

Guiado por la luz, Alfredo llegó hasta la hoguera, formada por unos pocos maderos. Entonces se hizo el silencio. No había nadie alrededor. Una festiva ronda de chispas danzaba en la cúspide de las llamas. El fotógrafo tardó en darse cuenta de que estaba junto a las ruinas que citaba la guía. Por lo que acertaba a ver no eran más que unos grupos de grandes pedruscos en disposición circular. Una majestuosa luna en cuarto menguante se hizo un hueco entre las nubes. Su luz espectral transformó en fantasmagórico el pinar.

Un chasquido le hizo mirar de nuevo a las ruinas. Allá la oscuridad se removía ahora en cortinajes de bruma. Tras una de aquellas rocas salió el ser que vio en su ventana. Un rayo de luna le encendía el rostro. Se acercaba con una mueca que dejaba ver el brillo maligno de sus colmillos. ¡Qué disfraz tan horrible! Detrás de otros pedruscos salieron otros seres similares. Lo cadavérico de los rostros contrastaba con la fiereza que emanaba la luz rojiza de sus ojos. Fueron formando un círculo en torno a él. El infernal himno volvió a nacer de sus gargantas.

- Hola, me llamo Alfredo - dijo y, de inmediato, se sintió ridículo.

Mientras entonaban aquella repugnante melodía, estrechaban el círculo. Los latidos del corazón de Alfredo le golpeaban el pecho. La irradiación purpúrea de los ojos de aquellos seres taladraba su cerebro. No se trataba de disfraces. Ni de bromas. Alfredo lo supo con la misma claridad que entendió que iba a morir.

El fotógrafo quiso correr y romper el círculo, pero ningún músculo del cuerpo le obedeció. Se había quedado paralizado, con los brazos caídos, las piernas temblando, la mente en blanco. Sus dientes chocaron, agitándose con una convulsión imposible de reprimir. La que creyó que era una mujer disfrazada se adelantó para darle un beso en los labios. Aquello fue sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo. A continuación, le mordió en el cuello. Alfredo no consiguió levantar ni un dedo, ni articular una palabra. Estaba como hipnotizado.

Su sangre le fue abandonando despacio, con cierta complacencia. Tardó en desplomarse.

Sobre el cadáver de Alfredo, el lúgubre himno se mezcló con unas risas histéricas.

 


 

[1] En la vecina isla de Tenerife, el diablo era llamado Guayota. En La Gomera ambas denominaciones para el Mal coexistieron.

[2] Este vocablo en la lengua guanche, que era la utilizada en las Islas Canarias hasta la conquista, viene a significar río de fuego

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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Escritores complutenses 2.0. es un proyecto del Vicerrectorado de Innovación de la Universidad Complutense de Madrid
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