Ir al contenido

Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Viernes, 18 de agosto de 2017

Inicio | ¿Quiénes somos? | Editar mi portal

Todas las madres del mundo (2010)

Barcelona, Lumen, 2010

 

La relación de una mujer con sus hijos suele ser el reflejo de los mejores y peores trazos de su personalidad. En este manual poco ortodoxo, Garzo dibuja cincuenta retratos de madre, empezando por las "madres trapecistas", que no pueden abandonar el brillo de la carpa de un circo para dedicarse de verdad a sus hijos, siguiendo por las "madres niñas" que juegan con sus hijos como si fueran muñecas o las madres que finalmente no son madres, pues han decidido perder al hijo que esperaban, hasta las madres que ya no están, y desde el más allá se comunican con sus hijos. En estos espléndidos retratos, teñidos de ese punto de locura que distingue a Gustavo Martín Garzo en los mejores momentos de su escritura, se nos habla de todas las mujeres que han vivido o algún día vivirán la experiencia de ser madres, un hecho en apariencia simple pero que cambia el modo en que miramos el mundo y la vida.

 

Las madres trapecistas

Lo primero que pensaban las madres trapecistas cuando por fin tenían a su bebé en los brazos era que había llegado el momento de abandonar su profesión. Una profesión ciertamente envidiable y hermosa, pero también bastante insensata, que las forzaba a asumir riesgos poco compatibles con aquella nueva responsabilidad, ya que atender a un recién nacido durante las primeras semanas de vida era una de las cosas más absorbentes y llenas de incertidumbres que existían. De modo que, a su regreso del hospital, anunciaban a bombo y platillo en el circo su propósito de retirarse. Sus compañeros, especialmente los más experimentados, asentían con la cabeza, aun sabiendo, por otros casos como ése, que no debían tomarse demasiado en serio aquella decisión. Es difícil haber probado el aire del trapecio y olvidarse de él. Era como una droga, porque allí arriba, en el trapecio, parecías tener algo de lo que los demás no sabían nada. Y en efecto, pasados esos primeros meses de atenciones y dulces sobresaltos en que los cuidados de aquel bebé ocupaban todo el tiempo, las trapecistas volvían una tarde a dejarse caer por el circo, y unos días después, como el que no quiere la cosa, estaban de nuevo colgadas en el trapecio. Y, aunque durante las primeras semanas se mostraran demasiado cautas, rehuyendo los números más arriesgados, muy pronto sólo vivían para descubrir esas nuevas formas de hacer posible lo que no lo parece,
que es la eterna búsqueda del trapecio. Y poco a poco sus ojos y su piel volvían a adquirir ese brillo incomparable, en todo semejante al que se produce al hacer el amor, que era la causa de su indiscutible poder sobre los hombres. Como si allí arriba, junto a la carpa, llegaran a vivir una vida distinta, una vida que nada tenía que ver con aquella que llevaban en el suelo, ni estaba sujeta a las mismas obligaciones o leyes, y en la que incluso llegaban a olvidarse de sus propios nombres y sus propias familias. Tal vez por eso, cuando regresaban a sus casas y volvían a encontrarse con sus bebés, les embargaba un sentimiento de culpabilidad que las llevaba a hacer todo lo posible para mantenerlos apartados de aquel mundo lleno de riesgos y de estricta amoralidad que era el mundo vertiginoso del trapecio. Se volvían entonces extremadamente protectoras y los llevaban a colegios de frailes y monjas, tratando de que el día de mañana se inclinaran por alguna de esas profesiones -médicos, maestros, ingenieros de caminos o técnicos de telecomunicaciones- que quieren para sus hijos e hijas los padres y madres normales. Nada que tuviera que ver con aquel mundo de locos maravillosos, de criaturas extrañas y de dulces perversidades, que era el mundo del circo. Pero también esto duraba sólo un tiempo y, sin duda, el día más feliz de la vida de las madres trapecistas era aquel en que, al entrar en la habitación de su hijita para darle las buenas noches, se la encontraban dormida con toda naturalidad en lo alto del armario.

 

Las madres ciegas

Las madres ciegas habrían dado todo lo que tenían y eran por llegar a ver a sus pequeños, aunque sólo fuera un instante que no se pudiera repetir jamás. Es cierto que ellas tenían los deleites del tacto, los dones indefinibles del gusto y el olfato, que eran diestras en explorar los misteriosos desfiladeros por los que se propagaba el sonido, y que la naturaleza les había dado el arte de trazar esas formas secretas del mundo que componen el mapa de nuestros sueños. Pero ¿cómo eran sus niños de verdad? Cuando las otras madres hablaban de sus sonrisas encantadoras, ¿a qué se referían?
Aún más, ¿qué era exactamente una sonrisa? ¿Cómo eran sus ojos, y qué quería decir que brillaran sus lágrimas? Si ellas reían al verlos correr y moverse, ¿qué era exactamente lo que causaba su embeleso? ¿Llegaban los niños a volar, se subían a los árboles, andaban sobre las manos? La madre ciega iba guardando todas estas preguntas en su corazón, y envidiaba a las madres normales, que no necesitaban hacérselas, ya que para ellas todo era sencillo porque los podían ver. Bueno, así había sido siempre en su vida, desde que de pequeñas habían descubierto que las otras niñas tenían un sentido del que ellas carecían, y que el mundo no sólo se podía palpar, olfatear, gustar y oír, sino que también se podía ver, aunque no supieran exactamente en qué consistía esa posibilidad nueva. Pero se habían acostumbrado a vivir así, e, incluso cuando habían llegado a enamorarse, habían suplido, especialmente gracias a sus insospechadas aptitudes para el tacto, esa importante carencia. Pero ahora no podían seguir haciéndolo, pues era como si la imposibilidad de ver a sus hijos las privara de una parte de su ser, puede que la más encantadora e irresistible, y ya se sabe que el amor quiere la totalidad de lo que ama. Y eran muy desgraciadas por esta razón.
Lo que no sabían es que las madres normales, cuando se las encontraban, no podían dejar de preguntarse cómo se imaginaban ellas a sus propios bebés. ¿Ver con los ojos de una ciega, se preguntaban llenas de indefinibles anhelos, no era la forma suprema del amor? Es verdad que la vista proporcionaba numerosos deleites, pero ¿no era fuente también de numerosas limitaciones? Por ejemplo, las ciegas eran más libres, porque podían imaginar a sus hijos como quisieran y porque para ellas, sobre todo, no existía la fealdad. Por eso, y en la intimidad de sus habitaciones, muchas noches las madres normales cerraban los ojos y acariciaban y olfateaban a los niños preguntándose cómo sería ese mundo que se abría ante las yemas de los dedos y que sólo las madres ciegas eran capaces de recorrer. Cómo era ese mundo que hacía de su bebé algo parecido a un río sin orillas, a una duna en el desierto, a un golpe de viento cargado de aromas nuevos, al sabor de una fruta jamás probada, y cuyos gritos y parloteos se confundían con las llamadas de los animales ocultos. Y por qué la naturaleza no les había dado a ellas, como a las madres ciegas, la capacidad de perseguir ese cuerpo infinitamente moldeable, de indefinibles formas, que era el cuerpo siempre inagotable y nuevo que reclamaba el amor para cumplirse.

 

Las madres pulpo

Si en las sabanas africanas las madres más envidiadas eran las elefantas, en los fondos marinos eran sin duda las madres pulpo. No sólo por su gran inteligencia, que les permitía anticiparse a los numerosos peligros que comportaba la vida en un mundo tan fulgurante y libre como el acuático, sino porque nadie como ellas estaba hecho para ese tráfico de abrazos, succiones y estrujamientos que suponía el amor. En efecto, sus múltiples tentáculos, el juego de sus ventosas innumerables y su increíble velocidad en las corrientes marinas, hacían que nadie pudiera comparárseles en los raptos de amor, lo que convertía la crianza en una experiencia tan inagotable como subyugadora. Algunos decían que eran grandes observadoras y que gran parte de su extremada pericia en abrazos y succiones se debía al seguimiento de años que habían hecho de las madres humanas que se acercaban con sus hijitos a las playas, aunque ellas, claro, no estuvieran en absoluto de acuerdo y les pareciera que eran más bien las madres humanas las que hacían todo lo posible por enterarse de cómo era su comportamiento allá abajo cuando tenían a sus crías con ellas, para poder imitarlas en todo. La sola visión de sus tentáculos, de su cuerpo increíblemente dúctil, sin apenas estructura ósea, y de aquellas ventosas rosadas, insaciables como pequeñas bocas, hacía que se llenaran de súbitos ardores y que, cuando abrazaban a sus niños, trataran como fuera de parecerse a ellas. Y había que reconocer que las más fantasiosas y vehementes no lo hacían del todo mal. Aunque, al menos en opinión de las madres pulpo, aquel cuerpo tan ridículo que tenían, con sólo cuatro tentáculos, rígidos como estacas, sus movimientos poco gráciles y, sobre todo, su escasa y más bien previsible fantasía, fueran obstáculos casi insalvables para aspirar a esos altos refinamientos en los que ellas, las madres pulpo, eran las indiscutibles expertas.

 

 

Las madres pez

Lo que más hacía sufrir a las madres pez era la ausencia en sus cuerpos de tentáculos o brazos. Estaban dotadas de aletas, pero éstas, muy útiles para desplazarse con ligereza en el agua, y elegantes como ningún otro apéndice animal, carecían de la facultad de la prensión. Ellas tenían el poder incomparable de producir en una sola descarga de sus vientres miles de huevos, y de gozar del maravilloso espectáculo de aquel banco de pequeños alevines siguiéndolas a dondequiera que iban. Ningún animal terrícola era capaz de algo así, e incluso las camadas de los más prolíficos de ellos, los conejos por ejemplo, resultaban ridículas al lado de las suyas.
Capitanas de ese ejército diminuto, tenían sin embargo el problema de no disponer apenas de la experiencia del contacto, ni de esa intimidad suprema que sólo los abrazos y los lengüetazos eran capaces de crear. Es cierto que algunas de ellas podían retener a sus alevines en el interior de la boca cuando estaban en peligro, pero la boca era un órgano demasiado torpe para esas sutiles diferencias, sin hablar de que no podían evitar aquellos malos pensamientos de tragárselos, lo que, más de una vez, llegaba a suceder y era causa, como es lógico, de grandes sentimientos de culpabilidad. Ellas veían en las profundidades del mar a las madres pulpo, o en las orillas de los ríos y playas a las madres humanas y de los otros animales, absortas
en aquellos juegos inagotables con sus crías, y las envidiaban porque gracias a ellos parecían abrirse a un mundo de estremecimientos y dulzuras que no tenía parangón en el suyo. Sin contar que, con toda seguridad, era la ausencia de esos juegos lo que hacía a sus crías extraordinariamente despegadas, y la causa de que una y otra vez tuvieran que asistir al siempre doloroso espectáculo de su dispersión. Entonces, cuando veían alejarse al último de esos pequeños seres, hermoso y brillante como una gota de mercurio que se perdiera en la inmensidad del mar, se preguntaban por lo que tenía
que haber sido la vida a su lado si aquel reino de frías escamas, tensas aletas y afilados cartílagos que era el solo mundo que conocían hubiera podido transformarse en otro de cálidas crestas, tibias secreciones, lenguas interminables y tentáculos llenos de ventosas. Y algo les decía que por haber nacido peces se estaban perdiendo lo mejor de la vida.

Género al que pertenece la obra: Narrativa
Bookmark and Share


Escritores complutenses 2.0. es un proyecto del Vicerrectorado de Innovación de la Universidad Complutense de Madrid
Sugerencias