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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Jueves, 19 de octubre de 2017

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El jardín dorado (2008)

Barcelona, Lumen, 2008

 

Hubo un tiempo en el que en la isla de Creta existió el minotauro, un monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de toro que vivía en un laberinto y se nutría de la sangre de los jóvenes que le eran entregados en sacrificio. Sólo el valor del joven Teseo y la astucia de la hermosa Ariadna, que le entregó un ovillo de hilo para que se adentrara en el laberinto y pudiera luego volver, lograron acabar con la vida de esta criatura y liberar a los habitantes de la isla.
Eso cuenta la leyenda, pero Martín Garzo tuerce los hilos de la tradición para darnos su versión de la vida de Bruno, el monstruo. Así descubriremos el palacio de Creta, un lugar donde todo era posible y el deseo se casaba con la abundancia. Ahí conoceremos a Ariadna, la hermana gemela de Bruno, y a las otras doncellas que alegraban los días del joven. También sabremos de Artífice, el constructor del laberinto, y de Nómada, el contador de historias. Así, desde el nacimiento de Bruno hasta su muerte, vamos a oír de la boca de Ariadna una historia donde los vivos dialogan con el más allá y los animales hablan, los muñecos tienen corazón de hombre y las mujeres siguen el rastro de su propia locura por un jardín dorado donde el tiempo no tiene ley y el dolor descansa.
Con estos elementos tan dispares Martín Garzo vuelve al mundo mítico de El lenguaje de las fuentes y nos cuenta historias mágicas donde el horror y la ternura andan de la mano gracias a su gran talento de narrador.

 

1. La casa muerta

No ha podido existir un niño más hermoso. Era el sol cuando se esconde, era el potro que se encabrita en el prado, era el becerro negro. Sus ojos eran bravíos y reservados como los de las fieras y cuando corría a tus brazos las antorchas arrancaban de su mirada reflejos de oro. Fuimos hermanos mellizos. Nuestro nacimiento tuvo consecuencias fatales para mi madre, que murió del parto unas semanas después. Se ha dicho que, tras ver a su hijo, pidió que arrojaran su cuerpo a las fieras, pero esto no es cierto. Estaba enferma y apenas podía mantenerse en pie, pero iba al cuarto donde dormía mi hermano y se quedaba mirándolo como habría hecho con el cachorro de un león.

Quién sabe qué pasaba entonces por su cabeza, en qué oscuros hechos de su pasado se detenía. Puede que en su colección de autómatas, puede que en su trato con las hechiceras de las montañas, o en aquellos animales blancos de los que le gustaba estar rodeada, puede que en alguno de sus numerosos amantes. Nuestra madre era caprichosa, como todas las mujeres, como todas las reinas. Eso es ser reina, que te sean concedidos los caprichos. ¿Quién renunciaría a la luna si tuviera el poder de hacérsela traer? Ella tenía ese poder, y no se cansaba de pedir. Pedía a los hombres caricias, al corazón palabras, a la vida deleites y maravillas. Pero pedir es exponerse, y mi madre sabía que la vida es extraña, que los deseos son extraños. ¿Por qué ha- bría de sorprenderse de que naciera de su vientre un ser como Bruno? Es verdad que no se parecía a los otros niños, pero tampoco los reyes son como el común de los mortales y sin embargo son venerados por ellos. Mi hermano era un ser extraordinario, no importa lo que luego se dijera de él.

Bruno, ese fue el nombre que le di. Desde que era niña me gustó inventarme los nombres. A un esclavo muy dulce, cuyo aliento recordaba el aroma de las guirnaldas, le llamé Azafrán; a un viejo chambelán, con la barba pulida y blanca, Tiempo; a una criada ladrona, cuya boca se abría como una bolsa vacía, Morral. No me gustan los nombres propios porque nos separan del mundo, nos hacen creer que somos distintos a las cosas y a los seres que viven en él. Y eso no es cierto. Todos los animales tienen su lengua secreta, y hasta los objetos más minúsculos, la cuchara, por ejemplo, con que tomamos la sopa, o el toro de cristal que las muchachas llevan al cuello y que consideran su talismán, están llenos de vida. Y eso hago yo, dar a hombres y mujeres los nombres de las cosas. Recoger esa vida que no nos pertenece y transformarla en palabras que podemos guardar u ofrecer. Llamé Bruno a mi hermano porque nació con el rostro cubierto de vello. Era un vello muy suave que con el tiempo se fue volviendo negro, hasta oscurecerlo por completo. Es eso lo que significa su nombre, moreno, oscuro, negro. Sin embargo sus ojos eran dulces, brillantes, con destellos dorados. Recordaban los de un gato, perezosos y sin malicia hasta el instante mismo de la acometida. No nos separábamos nunca. Era como si fuéramos en un carro que avanzaba por el sendero de un bosque y uno viviera dentro de la luz y el otro dentro de las sombras. Recuerdo que una tarde nuestra nodriza le compró a un nubio una jaula de pajarillos de los lagos de brillante plumaje y la dejó en su cuarto mientras dormía. Teníamos entonces tres años y, al despertarse, mi hermano se quedó mirando aquellas preciosas criaturas como preguntándose de dónde podían venir. Pero la puerta de la jaula estaba rota y esa misma tarde los pajarillos se escaparon. Nunca he visto mayor desconsuelo. Se quedó una semana entera sin comer, tirado en el suelo, apretando la jaula contra su pecho, y todo lo que intentábamos para distraerle resultaba inútil. Creo que se pasó la vida esperando que aquellos pájaros volvieran, que esa jaula vacía era su propio corazón.

 

 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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