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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Viernes, 15 de diciembre de 2017

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El cuarto de al lado (2007)

Barcelona, Lumen, 2007

Martín Garzo ha transformado en literatura un "ramillete de momentos valiosos" vividos entre 1988 y 1991, anotados entonces en cuadernos escolares y que en los últimos meses ha modelado hasta convertir en este libro. "El cuarto de al lado" reúne, en palabras del autor, "instantes significativos en que uno descubre cosas desde lo cotidiano, desde el misterio de lo próximo, de lo que tenemos alrededor y que, precisamente por tenerlo tan a mano, a veces olvidamos. Hay que volver los ojos a lo más inmediato porque las circunstancias y las personas nos miran y nos hablan".  

 

Adelanto del libro

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Estos apuntes proceden casi en su totalidad de unos cuadernos escritos entre los años 1988 y 1991. Todos ellos tienen que ver con ciertos momentos especiales de mi vida, momentos en que apareció algo que me hubiera gustado proteger y guardar. Pequeñas epifanías que unas veces tuvieron lugar a través de la lectura de un libro o la visión de una película, y otras de sucesos o encuentros casuales o de pequeñas escenas familiares. Su escritura procede de un tiempo en que nuestros hijos eran aún pequeños, y mi vida y la de mi mujer estaban felizmente marcadas por el hecho de tener que cuidarlos. Ese es el poder de los niños, transformar la vida en un manojo de pequeñas historias. Historias que surgen cuando menos te lo esperas y que te obligan a poner la oreja en la puerta para escuchar, pues con los niños siempre se está en el cuarto de al lado. Al escribirlas quise dejar constancia de ese misterio, el misterio de la proximidad. No se trata de un diario; de hecho, no hay un yo. O si lo hay, como quería Montaigne, no es como posición, sino como espacio. El espacio donde algo aparece, donde algo empieza a decirse. Donde se recibe a los invitados. Por eso sus protagonistas toman las ropas de la ficción, y por eso me gustaría que se leyera como un libro de pequeños cuentos (raccontini).
Al trabajar en él y seleccionar los textos que debían formarlo me sorprendió su melancolía. Ni una sombra de infelicidad amenazaba entonces mi vida, y, sin embargo, en sus páginas se habla a menudo de la desdicha, pues ahora sé que mis pensamientos ya eran entonces indisociables de la premonición del mal. Pero en ellos se habla sobre todo del gozo humano, un gozo algo pesaroso, extraño. Así somos: portadores de un mensaje que no comprendemos, ni sabemos a quién llevar. Los mensajeros de un mundo desaparecido. Así es nuestra vida. Al dolor de no saber lo que somos se sobrepone el asombro de descubrirnos portadores de algo precioso. Algo que no debe perderse, parecido a una pequeña llama. Eso es vivir, llevar esa llama de un lado para otro, aunque no sepamos para qué.
Y la escritura es una forma de persistir en esa absurda tarea: «Escribir -dijo Canetti- hasta que, en la dicha de la escritura, uno deje de creer en su propia desdicha.» Escribir hasta que una llama brote sobre la mesa. Cuando abras este libro, querido lector, serás tú quien tenga que cuidar de ella. Ya te lo aviso.

GUSTAVOMARTÍN GARZO
Valladolid, enero de 2007

Las preguntas del naturalista

Fay Wray recuerda en una entrevista su época dorada como actriz en el Hollywood de los años treinta. Entonces en las calles aún había geranios y olorosas naranjas, los estudios eran construcciones hechas de madera y el dinero no era el único mandamiento. Refiriéndose a su participación en King Kong cuenta cómo ella siempre prefirió (frente a la interpretación mítica) la idea de King Kong como un ser que arrancado de su medio se defiende aturdida y oscuramente. En la célebre escena en que la sostiene en su mano y la va desnudando, ella misma se había roto el vestido para facilitar la labor del rodaje y durante el tiempo que duró en el estudio reinó el silencio más absoluto. El milagro de la escena está precisamente en esa atención demorada, en el cuidado que el gorila pone en sostener a la muchacha, como si se tratara de una flor delicada y extraña, venida de otro mundo, con la que no sabe qué hacer. Igual que habría hecho el más atento de los naturalistas.

Los sonidos del silencio

Es, a pesar de lo avanzado de la fecha, la primera madrugada de invierno. El frío es intenso y la escarcha cubre los bordillos de las calles y las carrocerías de los coches. Al llegar a la catedral un rumor te hace detenerte a escuchar. Te das cuenta de que nace allí mismo, de la hierba blanca. Está empezando a deshelar y los cristalitos de escarcha emiten al condensarse un ligero chasquido. Son infinitos y un rumor unánime se eleva del suelo y llega inconfundible hasta ti. Piensas en el curso de los ríos subterráneos, de los recuerdos que aún conservan el oscuro fulgor de la carne.

Lo que arde

Poemas como hogueras, como fogatas en un descampado. Donde la palabra no es el lugar del saber, ni siquiera de la experiencia o de la memoria, sino del fuego. Donde todo lo que hemos vivido, lo que somos, debe arder. Poemas como el humo de las hogueras, como las pavesas, como el fuego y la escoria.

El país de los pájaros

Primer paseo en bicicleta. El encuentro con los pájaros. Los activos gorriones, la levísima pajarita de agua, posada sobre las algas que flotan en la corriente, la focha huraña y esquiva, escondiéndose entre los carrizos; las palomas, los negrísimos grajos; el vuelo acunado del pájaro carpintero... Y luego, ya en la plaza del pueblo, los veloces vencejos, cruzando el espacio bañado de luz, haciéndolo en rachas, en grupitos rápidos y chillones, que asemejan vacuas formaciones deportivas.

Género al que pertenece la obra: Ensayo literario
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