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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Jueves, 19 de octubre de 2017

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Tres cuentos de hadas (2003)

 Premio nacional de Literatura infantil y Juvenil, 2004

 

Madrid, Siruela, 2003

Hubo un mundo en el que convivían los hombres y los animales. Había bosques frondosos y árboles llenos de pájaros, y duendes y elfos y gnomos y hadas bondadosas y hadas malvadas. Es en ese mundo donde tuvieron lugar las historias que cuenta Gustavo Martín Garzo, historias donde una niña se hace amiga de un ruiseñor que acaba salvándole la vida; donde un hada que envidiaba la vida de los hombres habitó en el cuerpo de una niña muerta, haciendo de su madre una mujer feliz; donde un labrador que encuentra en una cesta a la hija que había deseado, la que logra hacerse amiga de un dragón y casarse con un príncipe que encuentra en el monte...
Y todo esto sucede porque, como dice el autor, haciendo suya una antigua enseñanza de las hadas, "No hay nada, si se desea con suficiente fuerza, que no llegue a cumplirse".

 

Inicio de "El hada que quería ser niña"

No es cierto que las hadas no existan. Es difícil verlas, eso es lo que pasa. Y si queréis que
os diga la verdad, casi es mejor así, ya que las hadas suelen aparecer cuando los niños no son felices. Por eso todos los cuentos de hadas son tristes, lo cual no quiere decir que no nos guste escucharlos. Y este cuento también lo es. Es un cuento tan triste que he tenido muchas dudas antes de empezar a contároslo. Incluso había renunciado a hacerlo. Ya me había levantado del sillón, había cogido mi abrigo, mi bufanda y mi paraguas y me disponía a marcharme cuando os he oído protestar desde el dormitorio.

-No, por favor, no te vayas.
Estabais sentados en la cama y me hacíais todo tipo de aspavientos para que me quedara. Sobre todo las niñas, a las que siempre les ha encantado el teatro.
-Puede que os amargue la cena -he vuelto a insistir, aun sabiendo que sería inútil.
-Nos da igual. Queremos que nos lo cuentes.
De forma que he vuelto a colgar el abrigo en el perchero y a dejar mi paraguas junto a los bastones, y aquí estoy empezando otra vez.


2. Cazadoras de almas
Antes os dije que cualquier historia en la que apareciera un hada tenía que ver con los pesares de la gente. Bueno, esto es, entre otras cosas, porque a las hadas les encantan las lágrimas. No sé si alguna vez habéis probado las vuestras. Tienen un sabor sabroso y silvestre, algo así como una mezcla de sopa de pescado y de agua de lluvia, que es una mezcla que enloquece a las hadas. Por eso las hadas suelen andar cerca de los que tienen preocupaciones. Nunca de los que viven muy bien, y son ricos e importantes, sino de todos los que son débiles, los niños, las muchachas enamoradas, de toda la gente que ama con locura algo y teme perderlo o lo ha llegado a perder.

Pero aún hay algo que gusta más a las hadas que las lágrimas: el alma de la gente, especialmente la de los niños. Y ésa es la razón de que en nuestro mundo las hadas se vean menos que antes. Antes estaban alrededor de las casas a todas las horas, porque los niños morían a millares. Podéis preguntar a vuestras abuelas, a quienes les tocó vivir en ese tiempo tan triste. Un tiempo en el que nacían muchos más niños que ahora, pero en el que sólo unos pocos tenían la fortuna de crecer sanos y de llegar a hacerse mayores. Todavía no se había descubierto la penicilina, ni las vacunas, y las enfermedades hacían que los niños murieran como moscas, llenando de tristeza a las familias y a los pueblos donde habían nacido. Por eso las hadas se pasaban el día abandonando el bosque donde suelen vivir y yendo a las casas de los hombres, donde estaban las mujeres llorando. Lo hacían de una forma silenciosa, imperceptible, y se llevaban el alma de los niños que morían. ¿Queréis saber cómo? Pues estad atentos.
Poco después de la muerte de alguien suele formarse a su lado un pequeño charco de claridad. No nos fijamos en él porque aparece debajo de la cama o en algún lugar escondido de la habitación, detrás de los muebles o de los cuadros, y, en las horas siguientes, se va disolviendo hasta que deja de existir. Ese charco es su alma, que abandona el cuerpo de los hombres justo en el instante de su muerte, y que, antes de alejarse para siempre, permanece aún unos segundos a su lado como despidiéndose del mundo y de todas las cosas que llegó a conocer y a amar. Nadie sabe adónde van las almas, cuando esto sucede. Algunos dicen que llegan a juntarse en algún lugar del bosque, formando una gran corriente que discurre entre las copas de los árboles, como un río sin peso en el que los pájaros se sumergen como lo hacen los peces en los ríos reales; otros, que descienden al interior de la tierra, aprovechando los pozos y las grutas, y que se unen allá abajo en grandes lagos tranquilos, y que a través de las raíces de las plantas regresan al bosque en forma de brotes nuevos, flores y semillas. Otros, que se transforman en pequeñas llamas, que siguen ardiendo por un tiempo en los lugares más recónditos, y que es imprescindible que siempre haya alguna encendida, pues, si todas llegaran a apagarse a la vez, la vida del mundo cesaría con ellas. Y otros, en fin, aseguran que las almas ascienden por el aire y que se reúnen en un lugar remoto que hay por encima de las nubes. Un lugar lleno de seres bellísimos, blancos y mansos, como los copos de nieve, que se encargan de recogerlas, y que las guardan en grandes cajones, como hacen las amas de casa con los manteles, las toallas y la ropa de cama. ¿Quién puede saber cuál de ellos tiene la razón? Puede que la tengan todos, y que cada alma tenga un destino diferente.

Lo que está fuera de toda duda es que allí donde hay un niño que enferma es seguro que un hada anda husmeando. Las hadas son cazadoras de almas. Buscan el alma de los niños, la recogen en unas bolsas que fabrican con hojas de higuera y se la llevan al bosque. Lo hacen porque les gusta su sabor, que no recuerda a ninguno de los sabores conocidos del mundo; pero, sobre todo, porque, al probarla, experimentan como propios los pensamientos, sueños y recuerdos del niño que la tenía. Y es esto lo que les gusta más, pues no hay nada en el mundo que se pueda comparar en delicadeza y atrevimiento a los pensamientos de los niños.

Veréis, las hadas no son tan especiales como suele decirse. Viven en el bosque, y se confunden con el viento, el agua y el rumor de las hojas, pero no son demasiado complicadas. Hacen algo y se olvidan enseguida de ello. No hay nada en su mundo comparable a los recuerdos. Por eso siempre andan alrededor de los niños, y les gusta apropiarse de todo lo que pasa por sus pensamientos. Especialmente cuando están tristes o melancólicos. Un niño alegre se parece a los pájaros, a los conejos que saltan en la hierba, al agua que corre por los torrentes, pero un niño triste no se parece a nadie ni a nada. Nada en el mundo, ni el atardecer más hermoso, ni las auroras boreales o los fuegos de San Telmo, se le puede comparar, porque es como una isla que guarda en su interior un secreto. Suele decirse que las hadas son unos seres ordenados que andan por el mundo concediendo favores a los niños obedientes y un poco cursis, pero esto no es cierto. Hacedme caso. La verdadera historia de las hadas es la que os estoy contando yo...

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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