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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Viernes, 15 de diciembre de 2017

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El hilo azul (2001)

Madrid, Aguilar, 2001

"El hilo azul" recoge los artículos escritos para los diarios 'ABC' y 'El País' a lo largo de una década, y dedicados en su totalidad al mundo de la literatura. El titulo es una metáfora con la tinta de una pluma estilográfica que represente el hilo que une la escritura con la vida, porque para Gustavo Martín Garzo no hay un punto claro que separe los dos dominios. En el prologo, que sirve de declaración de intenciones, Garzo confiesa que aunque tiene un pensamiento más bien disperso, y sus lecturas han sido siempre desorganizadas y azarosas, han sido los escritores comentados en este libro (Kafka, Carson Mc Cullers, Emily Dickinson...) quienes que le han deparado alguna de las pasiones más intensas de toda su vida. "El hilo azul" es un canto a la literatura: se divide en seis partes. El mundo de la infancia (La calle del paraíso), el impulso creativo (La pasión de contar), la pasión por las buenas historias (El secreto de la literatura), el trasunto de los cuentos (En contra del lobo), el poder de la fabula (Recuperar lo perdido) y el homenaje a los escritores (El corazon hipotecado): distintas banderas bajo las que Martín Garzo homenajea y hace publico su amor por la literatura.  

 

UN CUENTO DE NAVIDAD

La tía Mari era una de las instituciones de la familia. Era hermana de mi padre, y se había quedado soltera por no carecer de pretendientes, que según decían fueron varios y de distinguida condición, sino por estricta vocación al celibato. De hecho, quiso hacerse monja, aunque no pudiera resistir la dura disciplina del convento y a los pocos meses tuviera que abandonarlos por enfermedad. Sólo a medias, pues hasta el final de sus días siguió viviendo como una monja. Una monja, claro, con todos los votos menos el de pobreza. Toda la vida le sirvió una mujer llamada Pilar. Pilar era una mujeruca de escasa talla, rostro redondo y encendido y pelo canoso recogido en un sempiterno moño. Casi todos los días se pasaba por casa, pues a nosotros nos quería con locura. Era muy divertida y tenía un increíble talento verbal. Eran proverbiales, por ejemplo, sus motes. A una de las chicas que estaba sirviendo en casa le llamaba el Orón, por su cara redonda, perpleja, como un sol a punto de ponerse a rodar, tan parecida por tanto al as de oros de la baraja; a mi hermano Joaquín, Penicilina. En la familia hubo otros dos familiares, hermanos de mi padre, que se llamaron así, y ambos murieron de niños. Mi hermano rompió la aciaga racha, y creció sin grandes contratiempos. Pilar lo atribuía a aquel descubrimiento -la penicilina- que había logrado impedir la muerte de tantos niños, devolviendo la alegría a las mujeres, pues en su opinión no había mayor desgracia para una mujer que ver morir a los niños que había traído al mundo. Pero las visitas de Pilar, siempre tan celebradas por todos, lo eran aún más cuando venía con su hermana Juliana. Juliana era aún más pequeña que ella, de hecho casi una enana, y una singular fabuladora. Además, y era un detalle que nos subyugaba, en una de sus manos tenía seis dedos. Lo enseñaba orgullosa, la pequeña falange a la altura del pulgar, como si fuera la señal de su pertenencia a otra especie, a un pueblo distinto que se había visto obligado a sobrevivir mezclándose con el resto de los mortales. Y algo de esa secreta dignidad dimanaba de cada uno de sus gestos y de las historias que solía contarnos. Por ejemplo, la que se refería a las contrafiguras. Ésa era su expresión, y su teoría, tan extraña como inesperada, teniendo en cuenta que era casi analfabeta, era que cada uno de nosotros teníamos un doble, una contrafigura. La figura de otro que, siendo igual que nosotros, nos complementaba, dejando el mundo preparado y conforme, porque el mundo, para no desbaratarse, debía mantener en equilibrio todas sus partes. Ambas figuras estaban secretamente relacionadas, y cada acción de una se prolongaba en la otra, donde adquiría al instante valores contrarios. De forma que si una era rica, la otra tenía que ser pobre; si ésta buena, aquélla mala. O, por ejemplo, si una perdía una cosa, era su contrafigura quien la encontraba en el otro lugar. De dónde pudo sacar una teoría así es algo que no aún hoy no alcanzo a entender, pero aquellas hermanas tenían ese extraño don, el de hacer pasar por natural lo que no parecía posible. O tal vez, después de todo, existiera aquella otra dimensión de nosotros mismos. No sólo existiera, sino que Juliana y Pilar fueran capaces de mantener con ella frecuentes contactos. Y así, si en un lado eran casi analfabetas, en el otro eran sabias; si de esta parte apenas habían tenido contacto con otros alimentos que los más elementales, de la otra con los más refinados y sus combinaciones más sublimes, lo que había terminado por hacer de ellas unas magníficas cocineras. Porque ése era otro de sus enigmas, cómo habían podido aprender a cocinar en aquel medio de absoluta escasez del que provenían como se hacía en los restaurantes más caros. Por ejemplo, de dónde había sacado Pilar la receta de la merluza rellena, que en la comida de Navidad hacía las delicias de todos. Pero, a ver, Pilar, le preguntaba mi madre, ¿tú de dónde has sacado una receta así? A lo que ella se limitaba a sonreír.

Nosotros íbamos al colegio de San José, que era de los jesuitas. Era un colegio de pago, adonde iban los hijos de la burguesía local. Había en él una curiosa institución, el Grupo Escolar. Se trataba de una escuela para niños pobres, a los que, por supuesto, sólo se enseñaba lo más elemental. En el colegio se les conocía con el nombre de los gratuitos, y vivían y recibían clases aparte, en una de las zonas más secretas del colegio, la puerta por donde entraban los alevines de los poderosos. Recuerdo que a veces nos cruzábamos con ellos. Veíamos sus filas extrañas, fantasmales, y sus rostros como asustados, en la distancia. Ése era el único contacto, pues también los recreos eran a horas distintas de las nuestras, y no había posibilidad alguna de coincidir con ellos en ningún lugar. También que yo, a partir de aquella teoría de Juliana, daba en pensar una cosa. Que mi contrafigura, mi doble estaba tal vez allí. Y que uno de los niños del Grupo era como yo. Y todos los días iba al colegio como lo hacía yo mismo, sólo que entrando por una puerta distinta, y luego regresaba a su casa, donde le esperaba una madre como la mía, pues no podía concebir que la madre de ese niño no fuera a su vez sino una contrafigura de mi propia madre. Que sería como era ella, sólo que muy pobre, mal vestida y con las manos llenas de sabañones por toda la ropa que tendría que lavar con el agua helada.

Pues bien, en unas navidades sucedió un altercado. Alguien trajo unas cocadas riquísimas, de las que enseguida dimos cuenta en los postres. Uno de mis hermanos, más pausado que los demás, reservó parte de su ración y la llevó a su despensa privada (guardaba dulces en lugares escondidos como las ardillas guardan las nueces). Pero esa misma tarde su despensa apareció vacía. Se quejó a mi madre y ésta nos preguntó quién había sido. Nadie contestó, lo que hizo que se enfadara de verdad, pues nada la molestaba más que la dijéramos mentiras. Entonces, y en una intervención que me llenó de orgullo, se me ocurrió algo tan sencillo como arriesgado, según se revelaría luego. El ladrón no podía haberse comido todas las cocadas de una vez, y por lo tanto era previsible que antes de dar cuenta de ellas se las hubiera guardado en los bolsillos del pantalón, que sin duda debían conservar rastros del cuerpo del delito. La idea era digna de los mejores detectives, y mi madre nos hizo enseñar los bolsillos. En los de uno de mis hermanos aparecieron las migas delatoras, e inmediatamente fue castigado por mentir. Todo habría quedado ahí si no fuera porque esa misma tarde eché en falta mi navaja. Era una navaja preciosa, con las cachas de nácar, que me había regalado mi padrino, y como es lógico culpé a mi hermano (debo decir, en su descargo, que él no tenía arte ni parte en el asunto y que la navaja aparecería semanas después entre los cojines de uno de los sillones). Pero él, en venganza por lo de las migas, aprovechó la situación para hacerme rabiar. Llegó a sacarme de quicio. Fingía que conocía el paradero de la navaja, y me provocaba una y otra vez dándome pistas falsas sobre cómo podía encontrarla. Al final de una de aquellas búsquedas, perdí por completo el control, llevando a cabo uno de esos gestos impulsivos cuyo recuerdo todavía hoy me hace palidecer. [...]

Este relato se publicó por primera vez en "El País",el 24 de diciembre de 1997.

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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