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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Jueves, 23 de marzo de 2017

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MUESTRA MÍNIMA DE NARRATIVA

Muestra de narrativa corta

Estoy preparando hace tiempo 13 series de 13 historias / relatos / cuentos cada una; en total, 169, que daré a la luz cuanto tenga tiempo para darles forma final. Ya han aparecido tres series, y otras están a medias.

- "Historias raras", en un volumen publicado en San Salvador con 39 relatos de tres autores (conmigo, David Escobar Galindo y Alejandro Moreno Romero): Casi todos los ángeles tienen alas y otras historias raras, Edit. Delgado, San Salvador (El Salvador), 2008, 210 p.;   

- "Historias de Pepe" (a partir de un cuaderno llamado Berenguer tiene 7 años, de 19XX): reúne "cuentos", historias de un niño, desde el punto de vista narrativo de un amigo del propio niño;

- "Historias de la soledad" (a partir de los poemas del mismo nombre, incluidos en Poesía para sobrevivir, cfe 1980);

Otras series, como indico arriba, están en proceso; algunas de sus historias están publicadas.

Otros ejemplos de narrativa están en Por poco no lo cuento (101 pequeñas historias personales) y en País con islas (novela "travelog" de mi heterónimo Fumío Haruyama); ver secciones correspondientes. 

Por otra parte, publiqué en los años ochenta, en el diario El Día, de Toledo, la novela por entregas Artapatis. Diario de un joven persa del siglo V a.C.; es un trabajo que quiero (¿cuàndo?) reasumir y reescribir.  

 

 

El ascensor 

(2008, Casi todos los ángeles tienen alas y otras historias raras)

 

Ciego de furia, entró en la aldea con el fusil ametrallador en la mano. Recordaba a tantos camaradas muertos y no sintió piedad alguna por los aterrados aldeanos, que corrían a esconderse inútilmente dentro de las chozas. Con sus compañeros, los fue atrapando uno por uno, acribillándolos. Ellos gritaban, pedían favor en su lengua gutural, pero él no escuchaba, no quería escuchar.

Tras la casa mayor del poblado, una mujer se tapaba la cara con las manos. Junto  a ella, se acurrucaba una niña pequeña. Se acercó en tres zancadas, y le dio un culatazo violento a la mujer, que cayó fulminada, y se dispuso a acabar con la niña. Pero, ante su sorpresa, ella se acercó y se refugió en él, abrazando sus piernas y cogiendo su mano libre.

De pronto, se sintió sin fuerzas para golpearla. Soltó el arma, alargó su mano y le acarició el pelo, con una extraña sensación en la garganta. En ese momento, explotó la bomba.

 

Se encontraba en una sala inmensa, de techos altísimos; en realidad, no alcanzaba a verlos. Sólo la luz dura, intensa, sobre el suelo blanco y reluciente.

Frente a él, una puerta metálica, evidentemente la de un ascensor. A lo largo de la larguísima  pared, muchas otras puertas daban al parecer a otros tantos ascensores, y frente a cada una de ellas, largas filas de personas, sin forma ni rostro.

La puerta del ascensor se abrió, en muda invitación para que entrase. Y aunque sentía confusamente que había otros tras él, ninguno intentó acompañarlo cuando entró en la cabina.

La puerta metálica se cerró. Un letrero parpadeó en la pared: "Espere". No había más que dos indicadores, señalados con flechas, arriba y abajo.

En un momento doloroso, supo que se encendería la flecha hacia abajo; su vida no merecía otra dirección.

Y esperó. Esperó, mientras su pasado lamentable pasaba tras sus ojos: la miseria del barrio natal, los pequeños hurtos a su madre, el colegio odiado, las pandillas, los robos con violencia, la primera pistola, el primer muerto. Y luego, el alistamiento voluntario en el ejército de mercenarios, los crueles años de botín, de muerte, de despilfarro, de droga y extorsión.  

Hasta este final, frente a una niña que una vez "¿cuándo fue eso?"  se refugió junto a sus piernas y le cogió la mano libre de fusil.

Esperó. Lleno de dolor, lamentó por primera vez la pena que había causado. Recordó a sus padres, a su hermana, a sus pocos buenos amigos que le abandonaron hacía tanto tiempo.

Esperó. Contempló su vida inútil, y decidió que era hora de rendirse. Desde sus estudios incompletos, le llegó una confusa frase: "Abandonad toda esperanza".

Pero la frase de Dante no le rindió. Por primera, por única vez en su vida, deseo que ella hubiese sido distinta, porque él tenía algo que podría haber ofrecido a los otros, y lo lamentó con todas sus fuerzas.

En ese momento, el ascensor empezó a moverse suavemente, Inequívocamente, hacia arriba.

 

 

 

Yopongo y Pajitas

(1986, Historias de Pepe

 

 

Por marzo, más o menos, aparecieron dos golondrinas en el porche de la casa. Entraban y salían vertiginosamente, reposaban un momento en el farol, mostrando sus pechos blancos, y volvían a salir, siempre juntas, a toda velocidad. ¿Qué querían? Pronto se descubrió que habían decidido hacer su nido en un rincón alto del porche.

 

Pepe no entendía cómo iban a conseguirlo, pues el cemento estaba completamente liso, pero ellas, con gran paciencia, iban trayendo los piquitos llenos de barro, paja y ramitas, que pegaban en la pared.

 

Al principio, el barro se caía al suelo, que pronto se puso hecho un asco, con gran enfado de la mamá de Pepe. Aunque curiosamente, fue ella la que decidió hacer de madrina de la pareja, y con paciencia limpiaba lo que caía. Cada vez menos, porque las golondrinas, con sabiduría y como si fuesen arquitectas, iban haciendo crecer el nido a gran velocidad.

 

A la semana, ya tenían una casita como de dos manos de grande. ¿Era para vivir en ella? ¡Qué va! De inmediato una de las golondrinas, a la que dieron el nombre de Pajitas, se instaló para poner sus huevecillos, mientras su consorte, al que llamaban Yopongo, le traía gusanillos, moscas y otros jugosos alimentos.

 

Ahora, a incubar los huevos. No tardaron mucho en nacer tres, cuatro, hasta cinco polluelos, que armaban un alboroto tremendo.

 

Todo el día iban y venían Yopongo y Pajitas trayendo comida a sus hijuelos, que no se hartaban nunca. Por la tarde, los siete, parecía imposible, se acurrucaban en el nido juntitos, hasta la mañana siguiente. En cuanto clareaba, allá que se iban los padres a buscar alimento para los insaciables pajarillos.

 

Pepe, con la máquina de su mamá, hizo fotos de la familia, y en ellas se veían sólo los grandes picos de los golondrinitos, engullendo cuanto les traían Pajitas y  Yopongo. No por mucho tiempo, porque una mañana el nido apareció vacío.

 

¡Los pequeñuelos ya sabían volar! Qué listos, sin entrenamiento ni nada. Volvían por las tardes a dormir, y a veces se quedaban un rato todos juntos colgados del farol.

 

A los pocos días, Yopongo y Pajitas los echaron al ancho mundo, y pusieron otra tanda de huevos.  Vuelta a incubarlos, hasta que nacieron más golondrinitos, ahora cuatro. Pepe estaba asombrado: ¡Al paso que van, se va a llenar el mundo de esta familia!

 

A mediados de agosto, cuando todavía hacía mucho calor, toda la familia, once en total, desapareció. ¿Se habrían muerto? Un señor muy sabio, amigo del papá de Pepe, explicó que las golondrinas dejan España muy pronto porque tienen que hacer un larguísimo viaje hacia el sur.

 

El porche quedó muy limpio, pero la casa sin las golondrinas parecía vacía. La mamá de Pepe ordenó que nadie tocase el nido. Y ahí está, esperando el regreso de Yopongo y de Pajitas la próxima primavera. Trabajaron tanto en su construcción que tienen derecho a volver a habitarlo cuantas veces quieran.

 

 

 

Hotel

(2005, Historias de la soledad)  

 

Pulsa el botón del ascensor. Rostros impasibles le acompañan hasta la planta cero. "¿Por qué no se llamará aquí como en todas partes, 'planta baja'?" El gran vestíbulo ¾perdón, el 'hall', vaya palabra estúpida¾ está bastante lleno de gentes que van y vienes, mozos con  maletas, hombres  y mujeres, sobre todo hombres, siempre vestidos de gris o azul oscuro, corbata, maletines. Ejecutivos como él mismo, desde luego.

 

Indeciso, visita el puesto de diarios, hojea unas revistas, va a la conserjería, pregunta si hay mensajes, deja la llave de su cuarto. "Y ahora, ¿qué hago yo? Debería haberme ido con los colegas a cenar y a un cabaret con música. Pero qué aburrimiento. No soporto ni las comidas copiosas, ni el alcohol, ni el ruido. Mañana estaría fatal." Decide llamar a un antiguo amigo, mejor, un conocido. "Ni se va a acordar de mí".

 

Busca una cabina por el 'hall'. Y unas monedas en el bolsillo. "Yo tenía veinte céntimos por alguna parte". Acaba yendo de nuevo al puesto de la prensa; tampoco tienen cambio, o no se lo quieren dar. Era de esperar: antes ha ojeado media docena de revistas sin comprar ninguna. Y ahora le da vergüenza hacerlo.

 

Mete una moneda de dos euros en el aparato. "Ahora solo falta que se la trague". No: el tono le invita a llamar a su amigo. Marca cuidadosamente el número que guarda aún en su agenda. "Este número no corresponde a ningún abonado", le espeta el auricular en varias lenguas. "¿Y ahora qué hago? No voy a ponerme a buscarlo en la guía. ¿Y cuál era su apellido? Porque cierto que no era Roy. Seré idiota. Tenía que haberme ido con los otros." 

 

"¿Luisa? ¿Que no está? Ah, que ha salido a merendar con unas amigas. Hija, le dices que he llamado, que si quería que comprase algo en el aeropuerto mañana por la mañana. Sí, ya sé que me dijo que no necesitaba nada; era por si acaso... Ah, que te vas. Estupendo, que lo pases bien. ¿Que qué es este ruido? Estoy con unos amigos, en un restaurante muy bueno, para cenar. Hay que aprovechar que paga la compañía, hija mía. No, cenaré poco, ya sé que luego lo paso fatal. Un beso, hasta  mañana".

 

Por lo menos ha hablado con su hija, con alguien. Vuelve al salón, se sienta en un sofá, bajo la lámpara. Un camarero pasa, sin verle, varias veces. Del grupo en el rincón llega el vago sonido de una charla inaudible; parece alemán. Algunos pasan, se encuentran, salen juntos.

           

Hay en el sillón contiguo una chica bebiendo algo oscuro con hielo y limón. No parece nada mal. Está sentada, indolente, y muestra más de media pierna envuelta en seda. Él la mira de reojo. Ella se vuelve hacia él y le sonríe. "Oh, no, 'flor de hotel'. Qué lástima.  ¿Y si...? No, de ninguna manera. Cualquiera sabe luego..."

 

Después de bostezar, se pone en pie, como animado. "Hay que ponerse en marcha, no voy a quedarme aquí toda la noche. Como si yo no tuviera recursos, por muy extraña que me sea la ciudad. Puedo ir a cenar algo ligero a la cafetería  del hotel. No, mejor me doy una vuelta por los alrededores, seguro que hay un montón de sitios interesantes. Estoy en uno de los lugares más cosmopolitas de Europa. O, ya está, me voy  al barrio viejo, que dicen que es animadísimo. Allí seguro que lo pasaré estupendamente. Un par de horitas, y a la cama, que hay que madrugar. Tendré que coger un taxi. Bien, se lo pido al conserje. ¿Y qué le digo al taxista? No, hombre, se lo preguntas al conserje, esos lo saben todo. Me da vergüenza. Venga ya, están acostumbrados, ni que fueras un adolescente. Va a creer que le pido "ciertas" informaciones. No, para eso está la pelirroja del sillón. Vale, pues le pregunto al conserje. Y luego, ¿qué? Luego coges el taxi, te vas al  barrio viejo, buscas un sitio simpático... Y que veas bien lo que vayas a comer. Bueno, con buena luz. Cenas tranquilo... De acuerdo, lees una revista, que ahora sí tienes que comprarla ahí enfrente, y mientras la lees en tu mesa con tu filete bien hecho y tu cerveza, oteas el horizonte y seguro que algo simpático surge. ¿Tú crees? O ya me dirás la alternativa: subirte al cuarto, encender la televisión y acabar buscando el canal porno. Ni hablar, nunca  lo he hecho. No será por faltas de ganas. En el fondo, eres un puritano del carajo. Por favor, sin insultar. ¿Qué estoy haciendo? ¡Estoy hablando conmigo mismo! Hasta aquí podíamos llegar. ¿Podíamos, o puedo? Tienes razón. ¿Otra vez?".

 

Conforme al plan, compra una revista. "De economía, por lo menos que me sirva para algo lo que cuesta, el doble que en Madrid". Se acerca el conserje. Traga saliva. "¿Podría pedirme un taxi? Ah, en la esquina hay una parada. ¿Y ya ha dejado de llover? Qué bien, muchas gracias."

 

Rápido, va hacia la calle. Le da paso el imponente portero, vestido con un largo terno de terciopelo azul con dorados.

 

La noche, afuera, es como un enemigo tenebroso. En la distancia, las lucecitas de los taxis de la parada.  "Del punto", se decía antes.

 

Duda. Vuelve al conserje, musita algo entre dientes, pide su llave.

 

Llama de nuevo el ascensor.

  

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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