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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Sábado, 25 de marzo de 2017

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Reflejos. Antología consultada (2003)

 

Col. Encina de la Cañada, Serie Mayor, Villanueva de la Cañada, Madrid, 2003.

 

Un trabajo realizado con la colaboración de 32 poetas y críticos de poesía (de España y América), que seleccionaron en 2002 por votación 54 poemas entre casi dos millares publicados hasta entonces; muchos de los antólogos comentaron la mayor parte de esos poemas.  

 

Palabras previas

He dado a la luz alrededor de un millar de poemas, en 45 publicaciones: demasiados y demasiadas con toda seguridad. Así, me ha parecido que preparar una corta muestra de ellos, mal llamada antología, evitará la exasperación de eventuales lectores. Y los curiosos no tendrán que leer esos mil poemas antes de decidir su olvido definitivo.

No he querido realizar yo mismo esa criba, pues de sobra conozco el peligroso amor que todos vertemos sobre nuestros hijos, aun los más feos. Y tampoco, como se ha hecho hasta hoy, que la llevase a cabo un colega crítico o poeta. Mucho pedir, y poca fe la mía en que fuesen del gusto general los así elegidos entre esos hijos míos.

Preferí encargar a un grupo de amigos - de estos sí creo tener, a falta de mejor amistad con la Poesía - esa labor de selección. Y a fuer de tantos años dedicados a la estadística, colocar en la selección final los poemas más votados.

Había que decidir, primero, cuantos poemas debería  haber en el libro. Puesto que la varianza estadística de mi poesía no creo que sea tan grande, aunque siempre me esforcé en escribir para que aquella aumentara, estoy seguro de que un 5% del total será bastante, o sea unos 50 poemas del millar original.

¿De qué fuente elegir? Impensable obligar a mis amigos, por mucho que lo sean, a releerse todos mis mamotretos. Ni debía imponer yo mismo el grupo de partida. Entonces, les pedí que los escogieran de un cuaderno (titulado Décadas, las cinco de mi escritura) con unos noventa poemas, los que han sido seleccionados más veces por terceros para antologías y revistas.

Después, había que pensar en el número y tipo de votantes, o antólogos: los elegí de América y de España, hombres y mujeres, 30 en total, todos poetas o profesores de literatura; en muchos casos, de ambas clases. Por mitades: 15 ultramarinos, 15 de cada sexo. A esos 30 añadí dos de los que en Estadística se llaman "odd-men out", esto es, no profesionales de la poesía, aunque sí buenos lectores: un americano, una española. Y pedí a mis 32 antólogos que emitiesen 26 votos como máximo entre esos poemas de Décadas, aunque podrían votar por otros poemas míos no incluidos en el cuaderno.

El resultado fue una masa de casi un millar de votos (algunos enviaron más de 26 nominaciones) y una selección final de 54 poemas (los que recibieron voto de al menos 8 de los "jurados", el 25%), bien próxima a los 50 previstos. Para mi sorpresa, fueron también nominados casi cien poemas no incluidos en Décadas, claro que sin votos para su selección. En este libro se dan detalles del proceso. A los poemas seleccionados, decidí añadir tres nominados pero no seleccionados, para que otros tantos libros que creo valiosos en mi biografía poética estuviesen representados; no habían tenido oportunidad de figurar en Décadas por ser muy recientes.

Perdone el lector la farragosa historia previa, pero la considero necesaria para mejor entender este libro, al que bauticé como Reflejos; ello de algún modo señala las varias formas con que realidad y sueños se muestran en mi poesía; así, el 40% de los poemas no están en primera persona. (eran ya el 37% en Décadas).

Es mi privilegio agradecer a todos esos amigos-antólogos su esfuerzo; es más, muchos de ellos han enriquecido la antología con comentarios (compartidos o no por mí, claro) a casi todos los poemas. De esos amigos es el mayor mérito de Reflejos; los poemas, al fin y al cabo, ya estaban publicados. No he querido que hubiese un prólogo o estudio previos al libro; creo que bastan sus comentarios a los poemas y los míos a las publicaciones..

Me hace feliz que el Ayuntamiento de Villanueva de la Cañada, donde resido hace 23 años, haya auspiciado la publicación de Reflejos, con halagüeño resultado. Una más entre las muchas aportaciones de ese singular consistorio a la cultura y, en particular, a la poesía. No sé si son estos mis mejores poemas; espero que en ellos lenguaje y vivencias recogidas se adecuen.

Sé que, para algunas personas avezadas en la lectura y apreciación de la poesía, las notas y comentarios estarán de más. Pero hemos creído, los antólogos y yo, que su presencia permitirá a otros, que no necesariamente tienen el hábito o la formación académica de aquéllas,  mejor apreciar o desdeñar los poemas que recoge la antología.  

Muchas personas han dedicado mucho trabajo a este libro. Ojalá el lector estime todo ese esfuerzo valió la pena.

Nuevo Pireo, Villanueva de la Cañada, 2002

 

Siete poemas con su comentario 

 

Cuida de mi recuerdo 

(1967, La suma imposible)

 

Cuida de mi recuerdo, niña mía.

Contigo lo he dejado;

cuando partí me vine de vacío.

 

Cúidalo, y no me llames

si lo pierdes, o acaso palidece

por negligencia tuya;

yo no podré enviarte otro de nuevo.

 

Que todo te entregué

cuando fuimos insomnio.

 

Solo tengo el dolor de la partida

y un cansancio infinito.

                          Sólo escucho

el terrible silencio del futuro.

 

Es, bajo una suerte de canción, un poema de amor transido por la pena, por las consecuencias terribles del amor cuando nos desgarra, como debe ser, a fondo. Pese a su temprana factura, y con una voz muy propia de la poética posterior del autor, algo hay en el poema de elegíaco, de ceremonia de adiós, en su lirismo sostenidamente confesional y triste, en su tono susurrante e íntimo donde podemos descubrir tanto romanticismo como perspectiva helénica y pagana: la separación no mata el amor pero acaba con un mundo que pensamos y deseamos absoluto, definitivo, al punto de que queremos que la memoria lo eleve a la categoría de lo invicto e inmortal, de dios definitivo y único. Por ello entre los amantes que se apartan el amor persiste como una herida. Se le quiere sostener en la memoria pero la única probabilidad es la del terrible silencio del futuro, donde ese amor ya no estará. Para el amor, el recuerdo es una habitación vacía y de silencio.

Joaquín Marta Sosa, 1967 (poeta, periodista, ensayista; miembro de número de la Academia Venezolana de la Lengua)

 

 

Ausencia: día 4                                                                        

(1973, Tiempo prestado)

 

Busco al fondo mi 'yo', y no lo encuentro.

El es mi gran ausente.

Mayor de edad, quizás. También un niño,

menos que un niño, un embrión apenas.

Donde estuvo el que fui, ya no está nadie.

Un hombre destrozado y apenas recompuesto,

al que le faltan trozos

y sobran huecos y ventanas.

'Meccano' ese mi yo, rompecabezas

que un hada mala, un viento,

un ansia y una ausencia dispersaron.

Y aquí me busco ahora y otro inquilino habita.

Mi fiel memoria no me reconoce.

Horas, días, semanas,

mucho tiempo será el que necesite

para hallar la costumbre en el espejo.

Quizás habría sido

mejor vivir en piezas sueltas.

Y no sentir la angustia de este parto,

de este nacer de nuevo en otra cuna.

 

Y entonces, un día cualquiera inadvertido, nos miramos y .no somos. ¿Quién puede ser siempre inalterable? ¿Aquel "yo" conocido, cotidiano, previsible.? Este Yo de cada uno, de pronto ausente, golpeado por la vida y los amores, puzzle sobreviviendo al viento de la angustia, abatido fieramente en los empeños, rendido ante el instante traicionero, sobreviviendo apenas, sin espejo y sin costumbres. Ah, ¿quién no se ha sentido extranjero de sí mismo algunas veces, apenas entrevisto aquél que fuimos, y luego, sin morirse, sonreír con lo que sobre, para de nuevo echar a andar penosamente y con coraje?

Marta de Arévalo, 2003  (poetisa, ensayista, directora del grupo editor BLANCO, de Montevideo)

 

 

Robinsón

(1980, Poesía para sobrevivir)

                                                    

Por la mañana

tiende sus anzuelos,

pesca un rato, escucha los teléfonos

pero nadie responde,

almuerza, duerme algunas horas,

medita, va a algún cine, vuelve a casa.

 

Se dirige a las sombras, les hace confidencias;

no le contestan nunca.

A veces oye voces, ve rastros de sonrisa

que en seguida se pierden

entre la multitud.

                   En el trabajo

rellena los papeles, cumple órdenes.

Levanta la cabeza,

pero nadie le hablaba.

 

A la tarde, recorre

paso a paso la playa, busca huellas,

un Viernes, alguien, algo.

 

Cada día su desaliento crece,

va un poco más a ciegas.

 

Para él, la ciudad

no es ni siquiera isla.

 

A muchos nos resulta familiar la práctica de la anacronía en la obra de Ruiz de Torres, mucho más gratificante que la tendencia ácrona, no siempre feliz, de tantos. Recuérdese su libro El hombre de Ur en la colección Adonais. Dicho recurso en la idea y en un mestizo lenguaje, genera en el lector fácil complicidad. El autor nos presenta un alter ego, no importa si en tercera persona, híbrido del ya arquetípico náufrago de Defoe y el actual "urbanita", con evidente feliz ventaja para el primero. El clásico enfoque del canto a la naturaleza ¾aquí sólo latente¾ frente a lo artificial y civilizado, nos lleva de la mano a teorías roussonianas. Otra referencia literaria inevitable es la del iniciático viaje de Ulises pero sin Itaca-consuelo donde concluir. El paisaje y el tiempo, aquí son más cercanos al remedo de Joyce que al original homérico.

Comenzar in medias res suele ser feliz recurso para un poema, acabar de igual modo constituye ya un hallazgo. Es el caso. Gradaciones originales como "...huellas, un Viernes, alguien, algo", el guiño intertextual, la constante irrealidad del indicativo verbal sin una sola fisura, la polimetría equilibrada.. son recursos voluntariosos (a veces surgen del inconsciente) que dan cuerpo al conjunto.

Destacamos, por lo dicho, el culturalismo literario del autor y sobre todo la capacidad de alojarlo en una estructura formalmente sencilla y de lenguaje fácil. Mucha sustancia en cuerpo magro es de agradecer frente a la habitual grosura que encubre tantas anemias.

Enrique Gracia Trinidad, 2003 (poeta, divulgador cultural)

 

 

Conjuro del poeta

(1985, Verano, verano

                                                          

Yo te conjuro, Belcebú,

con la ayuda de Solday, astro de la noche, Señor del Sábado,

a la hora propicia de la Luna,

yo te conjuro por primera vez,

protegido por el círculo cerrado con la vara verde

y la hoja virgen del cuchillo de blanco mango,

en el Sabbath de los poetas te conjuro.

 

Y te reclamo yo, el más humilde de ellos,

que a mis versos otorgues una pasión profunda,

una fuerza que conmueva a los humanos,

un calor penetrante que los haga hermosos e inmortales.

 

Por segunda vez yo te conjuro, oh Señor de las Moscas,

por la eterna potencia del Doble Sello y la Clavícula

en que ocultó Salomón su alto secreto,

y me obligo a entregarte todas mis otras Ciencias

-Química, Geometría, Física, Informática-

e incluso a renunciar a los humanos goces de la mesa o del lecho,

y sea mi renuncia,

a la sombra de tu malvada y potente Protección,

el tributo inaudito que te cobres por la fuerza en mi verso.

 

Oh Príncipe inmortal de los Infiernos,

yo te conjuro, en fin, una vez más,

con la prevención a que te obliga la obediencia

a Lucifer, tu Emperador y jefe,

a que no desoigas mi llamada,

a que desde este momento y por la duración de mi viaje

séame concedida mi demanda,

y que la belleza y la emoción que a los hombres lleven mis poemas  

no te sean excusas para omitir lo que demando y pido.

 

Oh, Belcebú, Maestro de la Orden de la Mosca,

por Azrael, Astaroth, Luzbel y Satanachia,

por el poder de Belial y de Asmodeo,

dame la Voz, la Magia y la Palabra,

que yo renuncio al resto.

 

El autor se proyecta hacia la búsqueda de lo inapresable, la Poesía, y lo hace desde ese puente mediador: el poema, que encubre en la metáfora de Lucifer quien, de todas maneras, no es más que el Ángel de la Luz en el exilio. El poeta ha elegido, precisamente, el símbolo de lo opuesto y de la rebeldía como una vía de acceso posible a la palabra trascendida queriendo significar, seguramente, que para llegar a esa palabra es necesario antes intentar otros caminos fuera de los comunes. El de la búsqueda no es un sendero fácil, ya se sabe. Quizá ese otro, el paralelo, el oculto, el más temido conduzca, finalmente, a la Fuente Reveladora. Lo percibimos en los dos últimos versos donde Juan Ruiz de Torres logra en la síntesis toda la sugerencia que encierra el título de esta bellísima poesía: "dame la Voz, la Magia y la Palabra, que yo renuncio al resto".

Beatriz Schaefer Peña, 2003 (poetisa argentina, directora del Grupo "Némesis", divulgadora cultural) 

 

 

Cayó la hoja

(1990, Verano, verano)

 

Cayó la hoja.

 

¿Cómo encontrar su angustia,

ahora que los vientos desnudaron

el corazón del árbol?

 

Este poema, en su brevedad, apuesta por una de las grandes vías que la literatura o, durante el siglo XX, también la arquitectura o la música, ha seguido a lo largo de los tiempos: decir mucho con pocas palabras. Lo que siempre se ha llamado conceptismo o esencialidad, ahora se llama minimalismo, pero la idea es la misma de siempre. "Cayó la hoja", punto. Para reforzar el verso, JRT lo convierte en estrofa, y con astucia concentra la atención del lector en este hecho minúsculo que deviene acontecimiento mediante un artificio poético.

Pese a todo, el poema sigue porque nada sucede en vano. La hoja persiste, continúa, quiere seguir cuidando del árbol al que le daba la respiración y la sombra, pero el otoño la arrastra lejos de la morada a la que había entregado su vida, su verdad, su verdura. Ya nada puede devolverla al trono de la madera, y en sus exilios siente crecer en ella el peso de la angustia.

El otoño es uno de los topoi poéticos más manidos, porque la hermosura directa de sus herrumbres ocres es evidente para los hombres generación tras generación, pero, como decía Rilke en su primera elegía de Duino, lo hermoso no es más que el comienzo de lo terrible, y el otoño también tiene sus lutos y sus devastaciones, y eso es algo que no saben ver los poetas exteriores.

¿Cuál es la misión del poeta interior, la misión del poeta a secas? Que nada se olvide. Se derrumbó la hoja, pero quedó instaurada en el cielo del poema. Para el que tenga cueros, ya es bastante.

Alvaro Fierro, 2003 (poeta español, director de la revista en internet "Aqueloo" y de otros espacios.

 

 

Lector                              

(1985, Sic transit)                                        

 

Con el libro en sus manos,

había estado absorto.

Pero a la tarde, cuando ya pensaba

que el empeño cumplía,

halló en blanco una página.

 

Y en su búsqueda está, con el terror

de que al fin no aparezca.

Ni tantas otras, que de pronto faltan 

a su memoria inútil.

 

La certidumbre

de encontrar en sus manos solo un libro vacío

atenaza su débil voluntad.

 

Quizás no se resigna.

O comprende que el tiempo

de la lectura fiel ha terminado.

 

De tres elementos importantes se nutre este poema: de otredad, magia y comunicación. Elementos más que suficientes para que llegue al lector, aunque éste no sea amigo de la poesía. Pero hablar de la otredad no avala el éxito del poema si ella no ofrece la pincelada misteriosa, la gota mágica y el hilo que comunica al poeta con los demás. Sabemos que, al abandonar el cálido intimismo y salir al exterior para contar lo que vemos a nuestro alrededor, corremos el peligro de caer en el poema-anécdota, o el poema-relato. Juan Ruiz, en silva blanca, parco en adjetivos, canta a la hoja en blanco de un libro. El tratamiento enigmático del lenguaje con que el autor reviste el poema y el acierto de comparar dicha hoja perdida para la lectura con lo mucho que perdemos a lo largo de la vida, son las otras claves que hacen de "Lector" un buen poema. No cabe duda de que la otredad es un campo infinito para el ojo del poeta, siempre y cuando que, claro está, esa otredad quede como aquí  revestida con los elementos propios de la poesía.

Ángela Reyes, 2003 (poetisa y novelista española; Secretaria General de la Asociación Prometeo de Poesía desde 1980).

 

 

La sombra

(1993, Poesía, Vol. 2)

 

Ha bajado una sombra hasta mi calle.

Gris impasible, rastro en el que pesa

un demonio fatal de alma traviesa,

un anhelo de hacerme fuente y valle.

 

Siempre sombra. No importa dónde me halle,

su fuerza me conmueve: lleva impresa

esa marca mortal que muerde, besa,

retuerce y no permite que lo acalle.

 

¿Soy la sombra yo mismo, triste cosa

que arrastra el corazón? ¿Tal vez aldaba

que tira eternamente de su losa?

 

(Anoche, en Nôtre Dame, algo reía.

Una gárgola negra se burlaba

de mí bajo tu sombra, Poesía).

 

A partir de dos anécdotas, se abre y se cierra el poema: "ha bajado una sombra hasta mi calle", y la burla de la gárgola en un espacio y tiempo definidos. La sombra, "marca mortal", se caracteriza mediante signos indicadores de tristeza, de cierta ironía, de impasibilidad. La sombra se burla del "yo poético", pero al mismo tiempo le despierta el deseo de escapar de su condición mortal y convertirse en "fuente y valle". Este rasgo de transformación se percibe en otros poemas del autor, característica, tal vez heredada de la influencia clásica. La contemporaneidad del texto se plantea en la indagación sobre sí mismo, en el desgarramiento interior: "soy la sombra yo mismo, triste cosa / que arrastra el corazón ..."

La sombra permea todas las dimensiones: el espacio, el tiempo y el ser. Es constante y presente: "siempre sombra", siempre sello indeleble. Su condición de "marca mortal" sustenta la semántica del poema. A esta cara de la significación se añade la de la ironía; la sombra es traviesa, burlona. Pero además existe la sombra de la misma poesía y ni siquiera esta nos rescata totalmente: "una gárgola negra se burla / de mí bajo tu sombra, poesía".

El poema fluye en su ritmo y lenguaje asequible y eleva lo coloquial al significado trascendente del desgarramiento existencial, a la condición de perecibilidad, significada en la sombra indeleble.

Rosalina García, 2003 (filóloga, ensayista, poetisa venezolana) 

 

Género al que pertenece la obra: Poesía
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