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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Lunes, 23 de octubre de 2017

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País con islas (2003)

País con islas, Edit. Verbum, Madrid, 2003.

 

Novela de Fumío Haruyama, filólogo japonés graduado en España, que a ella regresa para poner orden en sus ideas. Todos los capítulos van encabezados por un dístico, como los que  el propio Fumío envió a Ruiz de Torres para varios de sus libros, desde Crisantemos (1982) en adelante.

Fumío Haruyama es un heterónimo de Juan Ruiz de Torres.

 

 

Introducción

País con islas es un ensayo sobre varios aspectos de España, aunque sin insistir en los históricos, geográficos o costumbristas, como hace muy bien el admirable Iberia de James Michener. Bajo una delgada urdimbre novelesca, expresa Fumío Haruyama, mi heterónimo amigo japonés, su punto de vista como extranjero sobre las cosas y casos de los españoles, aunque sin entrar en el terreno estricto de la política. Bien es verdad que Fumío tiene, tras largos años fuera del país, el suficiente alejamiento para  verlo un poco desde ese ángulo.

El libro, distribuido entre amigos y nunca en librerías, tuvo buena fortuna. Recibí muchos comentarios; casi todos los imprimí con anuencia de sus autores en folleto que les envié, a ellos en exclusiva, claro. País con islas me sirvió de anticipo a otro ensayo más abiertamente personal, Por poco no lo cuento.

Precede a cada capítulo un dístico de Fumío, más o menos alusivo al texto.

 

Madrid, 1982. 

 

Palabras previas 

 

Pido disculpas por estas modestas reflexiones sobre España, resultado de mi deambular por sus tierras durante casi un año. Quizás sean aquellas distintas de las de algunos conocedores de ese singular país, puede que inaceptables para otros. Mi perspectiva hacía imposible y seguramente no deseable la coincidencia. 

No es éste un libro de viajes; los suyos por España ya los narraron otros muy bien. Ni historiador ni sociólogo, soy tan sólo un apasionado por la lengua española y, en general, por las gentes que la hablan. En cualquier caso, este diario recoge las sensaciones y el desvaído peregrinar de un lamentable enamorado.

También espero que se perdone mi atrevimiento de encabezar las 52 páginas fechadas del diario con dísticos míos, escritos para la ocasión.

Deseo agradecer las sugerencias que he recibido de buenos amigos en España sobre este diario; menos obvias, las de la profesora Kayoko Takagi y los del Dr. Otto Vélez.

                                                                                          Fumío Haruyama

Takamatsu, Mar de Harimá, 2001

 

 

7 de abril de 2000                                      

                                                                           

                                                                                A las flores caídas

                                                                                no acuden las abejas.

 

Había una vez un hombre1. Durante su año sabático en la universidad, llegó hasta el remoto mar Mediterráneo.

 

* * *

 

La luz lo invade todo. No hay sombras; en este país no conocen las sombras.  La luz te deja anclado. Desde Shikoku, me arrastró hasta Barcelona mi suerte, que esta terrible luz poco a poco va lavando. Lamiéndola, como perra a su cachorro recién nacido.

Lloraba mi fiel Masako cuando subí al gran navío. Creía que no volvería a verme. El frío macareo del Mar del Harimá2 es violento a todas horas. A la de incierta luz en que embarqué, ensordecía. Masako tiritaba en su ligero kimono. Se inclinaba una y otra vez, más bajo la losa del presentimiento que ante el niño-hombre que desaparecía de su vida.

Siempre amé los barcos. Mi abuelo Terúo me llevaba con él de pesca siendo yo muy niño. Y jamás me molestó el balanceo, por violento que fuese.          

En las largas jornadas de mi viaje, mojé en agua salada mi pincel y resumí lo que mi vida ha sido hasta ahora. Treinta y seis largos años de arrastrarme de un lado al otro. Y aún no sé qué quiero hacer de los próximos.

Cierra mis ojos la luz de Cataluña. Pero ella se insinúa bajo los párpados. Aprieta hasta descoyuntar el débil músculo. ¿Cómo recalé en este país amarillo, entre salvajes que adoran a un dios que la violencia ensangrentó? Un amigo español que escribe versos, dice: «Fumío, tu país es demasiado verde para ser hermoso». ¡Qué sabe él, comedor de pescado cocido!  ¿Cuándo vio los pálidos amaneceres sobre una loma que cubren crisantemos?

Regreso a España, a esta España que amo, que me dio un título universitario, algunos amigos y una clara lengua. También amo, por supuesto, a mi tierra y sus gentes, corteses y frías en apariencia, llenas de pasión por la belleza. Y en esa confusión afectiva llego a la costa mediterránea.

Aquí, la gente lanza carcajadas, no sonríe; grita, no habla. La amistad se expresa a golpes en la espalda, por banquetes interminables. Lo extremado reina; así, esta luz, madre de las más moradas sombras.

 

1. Así se inician los tradicionales "Ise manogatari" (Cuentos de Ise).  

 

 

8 de julio                               

           

                                                                       Sólo es maestro el que algún día

                                                                       llega a aprender de su discípulo.

  

Estoy en Salamanca, gran ciudad universitaria.  Me reúno con varios profesores que, como en Valladolid, no acaban de aceptar mi exigente definición del haiku. No es mía; ya Bashóo, Buson y otros la transmitieron, no que la descubrieran. El haiku ha estado siempre ahí, antes de los poetas.

Porque es su carácter tan elusivo, es un prodigio escribir un haiku que lo sea verdaderamente. Pocos lo lograron como Bashóo:

                                  

                       Furuike ya

                       kawazu tobikomu

                        mizu no oto.

 

¡Ese rumor del agua en el viejo estanque, que rompe la tarde y la hace aún más silenciosa!  No hay metáfora o alegoría, tan sólo instantánea fotográfica. La primavera sugerida, la permanencia y el cambio cara a cara. Y de esos contrastes surge la iluminación zen.

Me atrevo pocas veces a enfrentarme a este haiku.  Quizá estoy contaminado con el mundo físico, y no me es dado alcanzar la gracia del "haimi".

Por eso escribo dísticos, más simples y directos porque "quieren decir" algo.  El haiku debe ser, no describir, no caer en el mensaje o en la imagen.

Me lleva José Antonio, joven doctorando, a ver los verracos9 de piedra, junto al río Tormes. El descalabrado Lázaro condujo por aquí cerca bajo la lluvia a su ciego hacia un descomunal golpe, y a sí mismo a la libertad. Hablamos largo rato de los méritos y oscuro significado de Lázaro de Tormes, la mejor novela picaresca del castellano. Cuando esa lengua culminaba su viaje para convertirse en el universal español.

Regresamos a las callejas que rodean la gran plaza plateresca, y nos sumergimos en el mundo de las tapas de cocina. En verdad, la mayor parte de las que José Antonio me recomienda me producen repulsión. Pero, ¡los boquerones en vinagre, las anchoas en aceite, los berberechos escabechados, la sepia a la plancha! Sin poder evitarlo, pienso en mi tierra con nostalgia.     

Un gran invento de estas gentes: la siesta. Recomendada por la medicina para una vida equilibrada. Ahora, sólo en verano la practican. Los españoles pierden sus valores ancestrales. Menos en Barcelona, donde acaban de inventar los "siestorios". Son lugares donde uno puede dormir un rato, digamos una hora, por mil pesetas. Geniales catalanes: hasta de las ganas de dormir son capaces de sacar partido.

 

* * *

 

De Salamanca me envían a la Universidad de Castilla-La Mancha, en Cuenca.  Paso de nuevo por Valladolid, para saludar a mi profesor mecenas.  Y para tomar un café con Paquita, mi ex-patrona.  Está hecha un mar de lágrimas: ha descubierto que su novio "para casarse" se entiende con una compañera de la Diputación.  «No hay derecho a que un hombre destroce a quien tenía tanta fe en él.  ¿Qué te parece?».

A mí no me parece nada: no soy, desde luego, el más indicado para opinar del tema, ni menos para juzgar.

En Cuenca, busco el campus de la Universidad. No hay tal campus. El edificio está en la ciudad alta, donde no hay sitio para parques, ni casi para que las cabras posen sus pezuñas. Es un lugar impresionante. Se habla de las Casas Colgadas, o de la Ciudad Encantada: el verdadero tesoro de Cuenca es su parte antigua toda.    Hago la visita al Museo de Arte Abstracto que me sugirió el crítico de Portugalete.  Gozo de una experiencia única y personal; por un par de horas estoy en otro mundo. Casi me convierto al arte moderno.

Conozco a Enrique Domínguez Millán, caballero a la antigua usanza, expresidente de la Academia Conquense de Letras. Me ayuda en mi búsqueda de información.  «Quizás le convenga mirar en la biblioteca del Ateneo de Madrid; es de las mejores».  Mucha amabilidad para mi pobre empeño, la de este poeta, esposo y padre de poetisas. Prometo enviarle El Jardín de las Horas; tendré que buscar en alguna librería, porque no me queda ni un ejemplar.

-Si está Vd. escribiendo un libro de viajes, debe conocer a Alfredo Villaverde, que le puede ayudar a publicarlo. Es un fino escritor que ha hecho mucho por la crónica de turismo. Y él mismo ha editado varios libros sobre España, con estupendas fotografías.

-No, yo no creo que deba poner fotos, porque el mío no será en rigor un libro de viajes, sino un 'travelogue'.

Enrique no sabe qué es eso. Más bien un resumen de sensaciones, explico, no una descripción de lugares. A veces, de modo verbal, con diapositivas; en mi caso, escrita, y creo que mejor sin ilustraciones. De todas formas, trataré de encontrar a Villaverde en Madrid.

 

* * *

En Madrid estudié Filología, parece que hace mil años.  De cuanto leí, sólo me ha quedado, y no es poco, mi inmensa curiosidad por esta lengua. ¡Tiene tantas palabras bellas e innecesarias!  Me sobran tres cuartos de los adjetivos, por ejemplo.

Sí, hay que ir a Madrid.  En España, siempre hay que ir a Madrid. Antes, por centralismo, ahora para buscar equilibrio, hecho trizas por el acné autonómico. Madrid, dicen, es la menos nacionalista de las ciudades españolas. La única en la que a nadie se le ocurre preguntar a su interlocutor: "¿Y de dónde es usted?"

Quiero reencontrar los barrios cutres, el tinto peleón.  Y los churros con chocolate, indigerible y delicioso invento, como de españoles, dice Michener.

Y quizás, a Yuki.

 

 

8 de septiembre                               

                                                          

                                                               Esconde entre sus hebras el pincel

                                                               la historia más hermosa.

 

Perezoseamos. Hacemos vagos proyectos de  ir a las islas Columbretes, o ver en Valencia la copa de ágata que llaman de la Ultima Cena del Cristo. Mas los tibios atardeceres nos anclan en la arena.

            A hurtadillas, observo el mejor espectáculo de la playa: el de la mujer que se quita el traje de calle y queda en bañador. Apenas unos segundos, pero valen la pena, porque durante ellos  se convierte en algo nuestro y personal. No lo saben ellas, ni seguro podrían comprenderlo. Y menos, cómo el estruendo de su repentina pérdida de pudor me sobrecoge.

            Yuki y yo vivimos en un mundo personal y fantástico. Llenos de gozo, nos descubrimos secretos del cuerpo y, sobre todo, rincones del alma. En mi amiga se revela una inesperada capacidad para los juegos de palabras. Surgen de su mente metáforas absurdas, atrevidas imágenes en nuestra lengua. Le digo seriamente que debería escribir, como insinuó hace unos días. Ella me da una lamidita maliciosa en la nuca: «Cuando mi cuerpo no me permita pasar modelos. Ahora gano diez veces más dinero que tú con tu pincel»

            No le diré que mi pincel consigue en nuestra tierra menos que mi bolígrafo en la prensa occidental.

            Una prensa que, en España, encuentro curiosamente pacata, pese a las diferencias de matiz. Que en general son producto de intereses del grupo de presión que la controla, pero no de concepciones distintas del periodismo. Así, la veo bastante uniforme, sin las estridencias germanas o anglosajonas. Quizás menos divertida, eso sí. Pero los asuntos realmente escabrosos se soslayan o se tratan con guante blanco.

            Me fascina la apertura en los temas relativos al sexo mercenario. En cualquier periódico pero sobre todo en las grandes capitales, páginas y páginas de anuncios de masajes, contactos, encuentros. En un lenguaje muy explícito, ofrecen toda clase de paraísos a tanto la media hora, o el minuto si la sesión  es telefónica. Está claro que los españoles siguen aferrados a carencias ancestrales: "español: individuo pequeño y enfadado, porque cree que no hace el amor lo suficiente". Bueno, pues ahora tiene todas las oportunidades que imagine, de cualquier edad, condición y nacionalidad, a precio de saldo. Los tratantes de blancas (que muchas veces no lo son) deben proliferar como hongos.  Y con ellos, los lamentables chiringuitos de carretera, muchas veces auténticas cárceles para las inmigrantes engañadas.

            Las páginas de deportes, por otra parte, revelan la razón de ese encumbramiento de ciertas figuras, sobre todo del fútbol. Las cifras que se dedican a los traspasos entre clubes dan escalofrío. Pronto oiremos que se elevan a los 5.000 millones de pesetas. Cada una de ellas, claro, producida por la publicidad en TV.  Que a su vez se sabe rentable: las masas de aficionados acuden a la "caja tonta" buscando la catarsis en la contemplación de piernas tan valiosas.

            En cuanto a las revistas "del corazón", son iguales que en todas partes. Igualmente anodinas. Igualmente dedicadas a la artificial fabricación de diosecillos y  diosecillas sin el menor mérito. E igualmente reflejo de una escasa cultura general.

            Cultura en la prensa española:  como dijera Don Quixote a Sancho, «más vale no meneallo». El vergonzante trato a que la someten no es de recibo donde grandes ensayistas, cuentistas, poetas, se dieron a conocer a través  de los diarios.

            En la playa, debajo del castillo, un arroz abanda, joya de la culinaria valenciana. Aunque la paella huertana, la ensalada mixta, la anguila con pimientos, la horchata y aun la absurda fideuá no le vayan a la zaga.

            Por cierto, encuentro en los recetarios, en los menús, y sin que acaben de decidirse, "arroz a banda" y "arroz abanda". Tengo que estudiar el asunto.  

  

Género al que pertenece la obra: Poesía,Narrativa
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