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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Jueves, 23 de marzo de 2017

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Herencia (1999)

Herencia,  Edit. Verbum, Madrid, 1999, 116 p.

 

Poemas dedicados a las distintas regiones españolas; desde luego, representan vivencias y no descripciones, que se encuentran en las guías de turismo.

 

 

Introducción

En 1999 decidí que era hora de recoger en una publicación los muchos poemas escritos sobre mi patria, yo que he llamado segunda patria a Colombia, a Chile, a Grecia y aún a Italia, yo que escribí el poema "Patrias" en el que me afirmo español, pero por encima de ello hispanohablante y desde luego ser humano. Pero no me cabe duda de que me siento cada vez más cerca hijo de mis antepasados, de los ser humanos magníficos que España ha nutrido, de su arte, su literatura, su historia y sus costumbres. Ya sé que, lamentablemente, hoy no está ello "de moda"  entre ciertas gentes, ciertos grupos, ciertos modos. Bien: yo no quiero renunciar a llamarme y sentirme español, ni a la lengua griega que hablo con mi hija, ni a la cultura latina, ni a los sonetos de Shakespeare, ni a mis amigos en Ankara, en Estocolmo, en Caracas, en Santiago de Chile.

Los poemas, pues, que recoge este libro, junto a mis opiniones en País con islas, por más que escritas bajo el disfraz deFumío Haruyama, forman un todo indisoluble. A veces son contradictorios entre sí, como lo son los españoles muchas veces. Afortunadamente.

De los cincuenta y dos poemas del libro, veinticuatro ya habían aparecido en otras puvblicaciones. Todas las regiones de España están representadas, aunque no todas las conozca perfectamente. Por supuesto, también está la América que habla mi lengua.

Hay bastantes poemas dedicados; ninguna de esas dedicatorias es aleatoria o gratuita..

 

 

Diez poemas 

 

Castilla

(1980; fragmento de "El poeta siente en Grecia la llamada de España", Poesía para sobrevivir)

  

Altiplano español, dura meseta,

doscientos mil kilómetros cuadrados

de obstinación y polvo,

de viña, mies y adobe,

de pueblos en subasta,

de hielos y secano.

 

El de los pies ligeros,

Aquiles, no hallaría

una meta precisa en tu horizonte.

 

La cólera de un dios

engendró tus distancias.

Un castigo verían otras gentes

en tenerte por cuna de sus hijos.

 

Pero, tierra inflexible,

en ti guardo raíces y cadenas.

Tómame.

Hazme ganar a pulso

esa herencia de hierro,

de sed y mediodía.

Que no me sienta débil

y me acomode un sol menos brillante.

Que mi mano castiguen tus ortigas,

mis ojos tus resoles,

mi olfato la acritud de tus establos.

 

Haz que empape mi boca

el sabor de la hogaza

y acompañe mi tumba

el antiguo silencio de tus noches.

 

 

Di, Sebastián

(1988, Herencia

          

                       'San Sebastián', de Berruguete

                       Museo Nacional de Escultura, Valladolid

 

Di, Sebastián, que te han herido

la triste estupidez, el frío

de las almas vacías,

el color desvaído y torpe

de tantos siglos de pasiones

sin frenos y sin bridas.

 

Y dilo recia, netamente

(boca dolida ya de muerte),

mientras apenas rozas

el tronco infame y esos nudos

que casi olvidan ya tu pulso,

ángel hacia la sombra.

 

Al fin, nada dijiste. Pasas

al reino de los cielos (nada

conoces de San Pablo

ni de sus dogmas inauditos).

Santo inocente, sorprendido

por diez flechas y un árbol.

 

 

Patio de Escuelas

(Salamanca, 1988, Herencia

 

Digo versos para no llorarlos,

y las gentes pasan sin mirarme.

 

Rescata mi voz el viejo aljibe

de memorias torpes por la ausencia,

y las gentes pasan sin mirarme.

 

Pido un solo minuto

a la Historia, y ella me lo niega,

ni Unamuno ni Fray Luis acuden,

o una manta antigua o un abrazo,

ni las gentes que huyen sin mirarme.

 

Junto a un muro

que el musgo y los vítores soportan

mi guitarra llama tercamente.

 

Y las gentes pasan sin mirarme.

 

 

Madrid, esto y algo más

(1980, fragmento, Poesía para sobrevivir)

 

ahora no podemos

por mor del chocolate y el chute de caballo

passa tío la vida hay que vivirla

y no voy darle al body hamburguesas indefinidamente

para la bomba y la contaminación

ahora no podemos estar seguros dije digo

de que Madrid sea capital de nada

que con el rollo del cambio y las autonomías

colega ahora tenemos diecisiete

ya ves para escoger

y ningún forastero se queda con la boca abierta

ante nada porque el Retiro es una mugre dicen

y la Casa de Campo sólo para hacer futin

que para piscinas las Martiánez del Puerto de la Cruz

y para enrolle

la calle Salamanca de Valencia

o el Abades de Sevilla

así que los madrileños estamos desconcertados

dicen que lo del garbo y el piropo es de carrozas

y eso que el Alcalde sigue dictando bandos

que hay que estar al loro

que los lees colega y demasié

vamos que alucinas

(me cae bien el Profe de eso sí

que no tienen por ahí fuera)

caramba tronco que me mola

que ya no nos envidien ni nos copien

total ni copirrái ni nada

te digo primo que de centralismo paso

que todos los que vienen de provincias

perdón de comunidades autonómicas

a pasárselo guay

es a lo mejor que también pasan

que está claro vamos digo

que Madrid es eso y algo más.       

 

 

A una gallega desconocida

(1980, Poesía para sobrevivir)

 

                   A Matilde Albert Robatto y Pepa Nieto

 

Te he visto deslizarte por la Plaza

de Platerías, hija de Santiago,

estéril al abono del halago,

subida a tu tacón, gata de caza.

 

Mujer que de indolencia se disfraza,

galaico fruto de perfume vago,

turgente y angular, torrente y lago,

destilado soberbio de tu raza.

 

Pero intuyo que sabes de memoria

tu Tratado de la Jaculatoria.

Que mil refranes usas a tu antojo.

 

Que, en conjuros, tu cofre está completo.

Que, en fin, para ahuyentar el mal de ojo,

a tu 'meiga' pediste un amuleto.

 

 

Sanz y Forés, 2

(1987)

  

Hay una calle corta, que cada noche pierde

Oviedo entre su niebla. Después, a la mañana,

turistas, visitantes la buscarán de nuevo,

querrán localizarla en los mapas que cubren

manchas de pan y hormigas y aceite y tantos codos.

 

Hay una calle breve, con una sola casa

que numerara el dedo de un edil que se ha ido

y allí dejó su herencia. Ventanas, escaleras,

cuatro pisos, rincones, gentes que van y vienen,

tiene de todo esto la casa numerada

que olvidan en Oviedo, nadie sabe por qué.

 

Cuando acaba la búsqueda, y a la casa llegamos,

abres mucho los ojos, y miras en silencio,

asombrado, la casa que nadie reconoce,

fantasma sin alcurnia de presencia imposible,

pañuelo inencontrable, alfiler de corbata

caído tras los pliegues del sillón afelpado.

 

A la tarde y envuelto por la bruma, desciendes

lentamente a las viejas sidrerías y bares,

y, de pronto, tortura nuestra memoria un hueco,

la angustia de una pérdida, la tristeza 'post coito'

que sientes cuando de algo nos hemos olvidado.

 

 

Auditorio del Brocense

(1998)

 

                        En memoria de Luis Rosales, en Cáceres

 

Apenas noche, y ya es Cáceres.  Viajeros de la incertidumbre, se nos abre una puerta, apresuramos el abrazo, sorteamos el obstáculo del hambre.

 

En la fresca penumbra, la piedra es más rosada.

 

Bajan premoniciones, surtidores de aliento.  El rumor es eco secular, la madera huele a cera antigua.  Los poetas ofrecen la palabra.  La noche se repliega y atrasa su partida.

 

Un Luis Rosales llora en su recuerdo, y el viejo escalofrío nos invade.

 

Antiguos muros consiguen el milagro: hacer firmes las voces titubeantes.

 

Cumplido su deber, las puertas se repliegan y descansan.

 

A nosotros, sin saber por qué, el aire en la cancela dice amor.

 

 

El moro en la Feria de Sevilla

(1998)

 

Está sentado, hierático, solemne.

Un pañuelo blanquirrojo lo recubre

atado con el beduino cordón negro.

Ha venido al fin a la tierra de Al-Andalus,

la que fuera patria propia siete siglos.

 

En torno suyo, se agolpan los infieles,

gritan, le piden dinero, se arrodillan

para beber de sus dólares oscuros.

 

El no los oye. Con la mirada fija

y el odio fijo, los vuelve hacia la Meca

y se augura que pronto, sí, muy pronto,

el Islam ha de cubrir de miel y dátiles

la ciudad donde Averroes escribió,

y han de yacer junto al río en que reinara

los huesos de Al-Mutamid, el rey-poeta.

 

 

Hija de la Frontera

(1992)

 

            Para Ángela Reyes

 

De alba vestida,

crece en adelfas nuevas

cada mañana.

 

Su correría:

caminos sin retorno,

sendas amadas.

 

Sabe de encinas

en noches de verano,

sabe de escarchas.

 

Jimena arriba,

se despeña su fuerza

torrente y gracia.

 

Ella es la hija

de esas primeras sangres

que hay en España.

 

Y Andalucía

yace en el blanco fino

de sus palabras.

 

 

España

(1997)

 

Ansia fatal, que ilógica me aplasta,

por esta tierra que mi tierra llamo

sólo porque su gente es mi vecina.

 

Mas ella guarda el rastro de mi casta

y una lengua me dio. La tierra que amo,

la tierra que me acoge y adivina.

 

Género al que pertenece la obra: Poesía
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