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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Lunes, 11 de diciembre de 2017

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Trece historias de la soledad (2005)

 

Trece historias de la soledad, Altorrey Editorial, Madrid, 2005 

 

El recurrente tema de la soledad existencial, con distintos puntos de vista, informa las trece historias, o relatos, que reúne esta plaqueta, primera de una experiencia que espero que se desarrolle en trece series, con trece trabajos en cada una de ellas.   

 

Estepa

 

I

 

En el centro -parece- de la llanura en sombras, espera. Es como un plano inmenso de piedras gigantes. Una bruma le oculta el horizonte. Apenas cree ver algunos árboles sin hojas, incoloros; siente el suelo brillante, el silbido del viento. Se estremece en su ropilla negra. Tiene los párpados hinchados, el ansia en la garganta y frío, mucho frío.

 

Está inmóvil. Su postura es vigilante, responsable, como si de ella dependiera la suerte en la batalla. Porque eso sí se sabe: una gran batalla está en marcha, y en ella se decidirá definitivamente la suerte del ejército. Frente a frente, las fuerzas desde siempre enemigas deben decidir el futuro incierto.     

 

A veces da unos pasos convulsos hacia el frente, lanza un débil grito al aire. Solo le responde el eco en su cerebro. Ahí afuera están las sombras, la bruma incierta, el blanquinegro campo desolado.

 

Esta es una guerra siniestra, reflexiona. Los clamores terribles se amortiguan en la niebla espesa, los fulgores de las armas apenas destellan. Ve a lo lejos el encuentro terrible entre dos máquinas de guerra, los mensajeros que pasan veloces sin detenerse en sus infernales carreras que cruzan la llenura. Incongruentes, dos caballos se enfrentan, hacen fintas, caracolean. ¿Por qué no se aniquilan uno al otro de una vez?

 

Sus compañeros le hacen señas: hay que seguir a toda costa. No les queda otro remedio que avanzar, avanzar siempre, aunque se saben abocados a una muerte cierta, pues poco se pueden defender unos a otros.

 

Recuerda los días cálidos antes de la batallas, apretado junto a sus compañeros. Entonces no había apenas distinción de clases. Incluso a veces los generales, los más altos jerarcas eran grata compañía. Ahora no; cada uno sigue rígidamente los códigos militares, la autoridad es inflexible e implacable. Al menor desliz le aguarda la pena máxima.    

 

II

 

Un zumbido continuo martillea. Tiene miedo, escucha imaginarios aullidos muy lejanos y pasos a su espalda. Desvaría. Las formas en la bruma apenas sí se mueven. En su desvarío, cree descubrir grietas sutiles abriéndose y cerrándose en el suelo que pisa. Le parece que las enormes piedras son oscuras o claras, según a donde mire. Largos silencios ominosos, suceden a quejidos, a pequeños temblores.

 

En sus momentos lúcidos, el hombre se atormenta, no sabe por qué la batalla se libra en esta llanura incomprensible, por qué todo es silencio, todo helado. Una vaga intuición le dice que hay un bárbaro objetivo en su presencia allí, que es más importante, más útil de lo que de continuo piensa.. Muy pronto se pierde su conciencia en los jirones de la niebla.

 

Circulan rumores entre los suyos. El enemigo está cerca, y será aún más inflexible que sus propios mandos. Pero, ¿por qué? ¿No está él hecho de la misma materia que ese enemigo? ¿Qué importa que haya pequeñas diferencias? ¿Por qué no pueden vivir en paz, vivaqueando en los mismos lugares como en el pasado hacían? Él sabe que esas reflexiones le pueden hacer reo de traición. El ataque, lento y metódico, o fulgurante y  violento, es lo único que importa. En eso tienen razón sus superiores. Hay que acabar cuanto antes esta lucha. Le han imbuido esa extraña urgencia. No se puede perder tiempo en derrotar al enemigo. De lo contrario, pueden ellos mismos sufrir el descalabro, la ruina definitiva.   

  

III

 

Hay un sonido. Ahora se da cuenta de que estuvo allí siempre. Sordo, insistente, a golpes, Se tapa con fuerza los oídos; es inútil. A través del suelo y de la propia vibración del aire, cada vez más intenso -le parece-, llega un toc-toc profundo y monstruoso.

           

Se pregunta qué extraña máquina de guerra causa el sonido. Sabe que es urgente no prestarlo atención. De alguna extraña manera, ese rumor ominoso marca el ritmo de la contienda. Los años de entrenamiento se lo han metido en los huesos, en la sangre.

 

Quiere tirarse a tierra, mas una extraña laxitud le ataca y le obliga a seguir en pie, temblando, asustado y hambriento. Además, ese sería un desfallecimiento impensable, una cobardía inusitada. Él y todos sus compañeros han sido educados, adiestrados más bien, en el ataque ciego y valeroso. Y hay leyendas de que un día, alguno de ellos con más arrojo y suerte que los otros fue cubierto de honores, llegó a los puestos más altos y ganó él solo la batalla.

  

IV

 

Ha cesado el sonido. Como muerto de golpe, de un hachazo. El silencio le aplasta, el terrible silencio. Un terror inaudito le oprime: sabe que él es culpable, que por él se podría perder la batalla, que ha dado un paso en falso.  

 

Sus compañeros le miran con reproche, con rabia, con lástima. Pero él no hace sino seguir órdenes. ¿Por qué ha de ser responsable de sus consecuencias?

 

Quiere rebelarse contra la injusticia. Su oficial debería defenderlo. Nadie intercede, todos miran hacia otra parte.

 

Y repentinamente, sin que nada lo anuncie, algo aparece en el aire. Una sombra inmensa cae velozmente sobre él. En seguida, la fuerza, el caos absoluto, la noche y el vacío.

 

V

 

El maestro, contrariado, pone de nuevo en marcha su reloj, mientras las blancas quitan del escaque al triste peón negro.

 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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