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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Viernes, 23 de junio de 2017

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Por poco no lo cuento (2005)

Por poco no lo cuento, Altorrey Editorial, Madrid, 2005.

 

Un centenar de relatos muy breves que recogen anécdotas o sucedidos verídicos, pero en clave amable; ninguna de las experiencias negativas de una vida -no pocas- se ha incluido. Bastante tuve yo con padecerlas.

  

 

Palabras previas

Creí que podría ser curioso contarle, querido lector, algunos casos de mi vida que me parecen interesantes, o divertidos. Desde luego, no aquellos oscuros que forman el contrapunto personal; no es este un volumen de memorias. Sin ellos, no puede ser completo el ser humano, mas no creo que se deba importunar a lectores desconocidos. Quizás, a los amigos, y lo menos a menudo posible. Vivir es la gran aventura, la única que vivimos todos, y como tal es intransferible e irrelatable. Sólo se pueden contar con alguna certeza de no engañar ni engañarnos los "hechos", no las vivencias internas.

 

Elegí no hacer ejercicios de estilo, de los que a estas alturas abomino, excepto en trabajar las frases hasta que no pasasen de dos líneas. No creo en escribir prosa sin puntos ni comas, sino sometiéndola a la férrea luz de la comunicación, Si comas y  puntos fueron buenos para Cervantes y para Galdós, no pretendo ser más original que ellos. A lo más, adapté mi lenguaje a las situaciones.

 

No es casual la aparición de personas, lugares, entidades. Todos ellos forman parte de mi existencia. Lástima que aparezcan sólo parte de cuantos debería citar o recordar. No me extendí en detalles previos o sucesivos a cada "historia", que ni a mí mismo importan. Hay cien de ellas; mejor, ciento una. Podrían haber sido cincuenta, o doscientas; cada vida tiene mil casos y casualidades (sobre todo, la de seguir vivo). Sé que estas mías no son espectaculares; hay lo que hay.

 

En lo que empeño mi palabra es en que nada de lo que cuento es inventado. Y en que todo me ha ocurrido personalmente.

 

Ahora, abra el libro por donde quiera y lea. Que Vd. lo pase bien.

 

 

El barco de papel

(1938, Madrid)

 

 

Hubo un niño y una guerra. Una guerra muy mala, casi tan mala como las de las películas. Ya sabéis que esas no son de verdad; en ellas no se muere nadie, y los tiros y las patadas son de mentirijillas.

 

En esa guerra de que hablo sí que había tiros y gente que se moría. Qué pena. Por suerte, yo no estaba donde se peleaban los mayores. Vivía en una calle pequeñita, con árboles y gatos. A veces se oían  grandes ruidos: eran los cañones y las bombas, decía mi madre.

 

En esos años, sólo me preocupaba jugar con los vecinos, sobre todo con la niña de arriba, que tenía muchos libros de cuentos. Una vez se escapó por las escaleras abajo, hasta la calle; yo lo hacía en cuanto podía.

 

Un día de esos, a pocos pasos, encontré a unos cuantos chicos que trabajaban afanosos. Con piedras, trozos de ladrillo y aserrín de colores, habían hecho un paisaje precioso sobre la misma acera, con ríos, montañas, pueblos. Soldados de plomo, coches de madera, hasta un tren había en ese mundo maravilloso como nunca había yo visto. En un lado de su construcción habían puesto el mar. Claro que no de agua, sino de aserrín azul. Pero era igualito que el de verdad, seguro, aunque nunca lo había visto.

 

En medio del mar, un barco hecho de periódicos que se movía despacito. Un niño tiraba de él con una cuerda, y el barco se iba alejando despacito. Los otros niños, junto a los soldados de plomo y al tren de hojalata, le decían adiós, adiós. Todos nos pusimos tristes, porque no nos íbamos en ese barco, lejos de los cañones y de los aviones que tiraban bombas.

 

En seguida, eché a correr escaleras arriba, a ver a mi amiguita.

 

 

Un peu juste

(1974, Bruselas)

 

 

Bélgica es bastante cara. Al menos, en comparación con los precios de aquella España pretransicional, de la que había salido sacudiéndome el polvo de los zapatos. Apenas unos meses en mi tierra, y de nuevo a la vida trashumante. Ahora pasarían casi siete años antes de regresar.

 

Y entre lo bastante caro, el precio de los taxis me parecía el colmo del abuso. No podía adivinar que no tardarían los de Madrid en ponerse a nivel europeo. Otras cosas no lo eran tanto: la ropa, los equipos de sonido, la comida o los tranvías. Los originales, limpios y rapidísimos tranvías de Bruselas.

 

Los restaurantes, de los que Bruselas - y toda Bélgica en general - está muy bien provisto, quizás sean clase aparte en lo que a precio se refiere. No obstante, si el consumo de vino durante la comida es limitado, esto es, si no se eligen "crudos" especiales o variados, tampoco la minuta se disparará.

 

A mí eso no me preocupa mucho, pues suelo comer sin vino. Eso, claro, a algunos belgas les saca de quicio. No conciben que se pueda comer sin el apoyo de un Beaujolais, por ejemplo. Recuerdo una tempestuosa cena que compartí - es un decir - con cierta belga, que llegó hasta el insulto cuando le dije que no había nada sagrado en acompañar la carne con vino. Y cuando declaré que "yo, personalmente, prefiero el sabor de un guiso sin desfigurarlo con el del vino", casi echa espuma por la boca. Fin de la cena, fin de la amistad. Bueno, cosas peores me han ocurrido.

 

A poco de llegar a Bruselas, regresaba una tarde desde el centro a mi oficina,  en la ciudad "alta". Ir en tranvía habría supuesto un par de trasbordos, así que cogí un taxi. Cuando llegué a la Tour Louise, el taxímetro marcaba 35 francos. Unas 150 pesetas de entonces; caro, pero dentro de un orden; de todas formas, pagaba la oficina.

 

Salí del taxi, y aboné - tenía dinero suelto - los 35 francos. Y añadí 2 francos de propina. Suficiente, desde luego, me pareció.

 

Pero el taxista puso el grito en el cielo. "No, señor, debe Vd. darme el diez por ciento". "Pero, ¿qué  me dice? Le daré lo que quiera, no faltaba más." "No, mesié, tiene que ser el diez por ciento."

 

Yo había tenido tiempo y ocio bastantes para leer las numerosas y detalladas instrucciones con que los burócratas belgas empapelaban el interior del taxi. "Lo siento, pero no tengo ninguna obligación de darle ninguna propina; está bien claro escrito aquí".

 

Ahí fue la de San Quintín. "Mais non, monsieur, il faut le dix pour cent!". Me empezaba a cabrear. En aquel momento vi a un policía cerca. Y me dirigí a él:

 

-El taxista insiste en que le dé el diez por ciento de propina. ¿Es eso legal? 

 

-Pues, verá Vd. No es legal, pero es la costumbre. Todo el mundo, desde hace muchos años, da el diez por ciento de propina en los taxis. Yo se lo daría, señor."  

 

Total: para no discutir también con el policía, regresé y le di al taxista 1,50 francos.  

 

-Ça va, maintenant? (¿Y ahora, vale?)

 

Y replicó el taxista, mirando el dinero:

 

-Un peu juste (Un poco justo).

 

  

Los cocodrilos del Pátzcuaro

(Néxico, 2004)  

 

Al final del verano fuimos a México. Mi hijo Juan Alberto y su esposa Abril me habían dado otro nieto: dos en dos años. Qué productividad.

 

La familia nos trató (íbamos Ángela y yo, con mi hermana María) como es habitual en México: con exceso. Viajes, cenas, encuentros. Y mis nietos Lara y Juan Camilo llenaron nuestros corazones.

 

Quise aprovechar el viaje ¾es una manía mía¾ para encontrarme con amigos poetas de allá. Así ocurrió: en Ciudad de México, en la Morelia/Valladolid colonial, en la inexpresable Guanajuato. Me reencontré con Federico Bonasso, Rocío González, Josefina Morales. Y con muchos a quienes sólo conocía por correo. Singularmente, en Guanajuato, con Benjamín Valdivia; él y su esposa ayudarían a hacer memorable la visita a esa sorprendente ciudad.

 

En la capital,  vimos a Fredo Arias de la Canal. Él me daría, al mes siguiente, una de las grandes satisfacciones de mi vida (ver "El premio"). Y se ofreció para ser nuestro anfitrión en Morelia.

 

En esa ciudad, notable por su catedral y su barrio colonial, permanecimos un par de noches. Lo suficiente para tomar otros tantos calditos, que Fredo nos ofrecía en cuanto llegaban las ocho de la tarde, en un suntuoso hotel.

 

Y con él hicimos, toda la familia, un viaje al lago Pátzcuaro y a la isla Janitzio.

 

Mientras corríamos por las verdes colinas hacia el lago, Fredo me previno sobre los posibles peligros que podrían acechar en la zona. Sobre todo, por la presencia de ciertos cocodrilos en el lago, muy traicioneros. Era mejor abstenerse de meter una mano en el agua, o dejar colgando una pierna por la borda del yate en que viajaríamos. Yo le manifesté mi preocupación, pues Ángela, María y yo íbamos con mis hijos y nietos.

 

Subimos al barquito, un precioso yate de unos doce metros de  eslora. El lago se veía sereno y azul, aunque amenazaba lluvia. Había islitas de hierba flotante aquí y allá, hermosas, pero con un aire poco tranquilizador.

 

Durante un rato, acordándome de mis aventuras en el Egeo, tomé el timón, bajo la atenta mirada del capitán. Yo procuraba esquivar las islitas verdes. Fredo me miraba de reojo.

 

Al fin, llegamos a Janitzio. Hicimos turismo, compré discos de rancheras y comimos un pescado blanco frito en aceite de aguacate, muy delicado.

 

Durante  el regreso, Fredo me hizo algunas observaciones sobre la conveniencia de atracar bien pegados al muelle, "por si acaso".

 

Nos despedimos con un abrazo, hasta Madrid. "Menos mal  que no hubo ningún problema", murmuró aliviado Arias de la Canal.

 

Y no le quise decir, para que pudiese contar lo sucedido a todo el mundo, que sabía muy bien que en el Pátzcuaro los cocodrilos están extintos desde la era terciaria. 

 

Género al que pertenece la obra: Periodismo literario
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