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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Miércoles, 26 de abril de 2017

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Presencia (1998)

Presencia, Col. Palabra Nuestra, Cuadernos de Poesía Nueva, A.P.P., Madrid, 1998

 

Contiene mis (escasos) poemas de carácter religioso. Pocos, no porque sea antirreligioso, sino porque me parece un tema demasiado serio para banalizarlo con poemas. ¡Ya sé, ya sé...! 

 

 

Palabras previas 

 

Presencia recoge casi todos mis poemas (no muchos) de contenido o carácter religioso, escritos a lo largo de mucho tiempo y aparecidos en poemarios anteriores o en revistas (cuatro son inéditos); varios han tenido ligeras modificaciones para esta edición.

 

Quise dedicar esta colección a algunos de mis amigos alrededor del mundo, y en particular a mi entrañable tío don Julio Pérez Torres, excelente, activo pintor, y fino intelectual, que en 1998 alcanzó pintando los 102 años.

 

 

Dios, allá en el fondo

(1997)

 

Cuánto duele llegar a pensar así. Porque el hombre quiere, necesita sentir la seguridad que dan el calor del padre y de la madre, y eso es Dios para los que creemos en un ser necesario, más allá de nuestro tiempo y ser falibles. Pero, desoladora duda: cuando me ausculto con dedos duros e intransigentes, encuentro sólo un fondo chato de inquietudes no sostenidas, unas aristas no limadas por la piedra pómez de la reflexión. No, no he encontrado aún a Dios dentro de mí, seguramente porque aún no me atreví a remover el limo, depositado por décadas de trato superficial con el mundo que me rodea. Me ocupan, sí, los temas de ese íntimo yo.

 

Pero, ¿me pre-ocupan?  ¿Doy cabida en mi quehacer a esa mínima búsqueda que cada día reclama esa profunda sima? Y sigo sin dar respuesta a la inefable llamada que algunas veces en mi vida he creído oír, atado a una deuda, a la vez urgente pero imposible de pagar. ¿Qué hacer, pues? Quizás, aprovechar una de estas veces que me haga esa pregunta y coger el toro del encuentro conmigo mismo, con mi llamarada honda y secreta, por los cuernos de la exigencia y del amor que recibo desde Más Allá con cada minuto de vida.

 

 

Muda presencia, inevitable

en las pequeñas horas, cuando el alba se acerca

y estamos tan desnudos.

Me preguntas: ¿qué has hecho,

hombre avaro conmigo,

de esa luz, ese fuego, esa palabra

que te di?

 

Dulce presencia, ahora

que recuerdas al hijo, muñeco que reía,

a la esposa durmiente, amor y regocijo,

que ves libros cerrados que te esperan.

 

Fuerte presencia, Dios, en esos ojos

de la pequeña hormiga,

tras las fuerzas eternas que hacen girar los átomos

en imposible danza,

en la cadena mágica desde el horno del sol

a este latir sin pausa que sostiene mi vida.

 

¿Cómo hacer que perdones, duro y dulce Señor,

esta falta de aliento,

esta inconstancia de mi búsqueda,

si me has hecho que coma,

que goce, duerma y sueñe?

(1989, Verano, verano)

 

  

Panayía, Santísima

Madre, que buscas dulcemente

¾bajo el oro, el esmalte, la turquesa¾

un corazón amable,

un pobre en el espíritu.

 

Panayía, que traes ¾suave carga¾

un Hijo amado al sacrificio,

la infamia y las injurias...

 

Panayía, dormida

a la violencia y a la sangre,

¿en qué volcán, en qué playa perdiste

tu batalla de siglos?

(1986, Calendario helénico)

 

  

Puerta de Dios 

(1983, Las trece Puertas del Silencio)

 

                Y examinando la hormiga, dijo Dios:

                "En verdad, soy todopoderoso".

                Fumío Haruyama

                (1983, Las trece Puertas del Silencio)

  

Bajo la sombra

de Aquél que nos tiene confinados

en ceguera absoluta,

soy yo, Luzbel, con mis hermanos en orgullo,

nadir de la esperanza.

 

Fuimos joya,

cima de la Creación entera,

seres magníficos, nacidos herederos.

Apenas granos de luz frente a nosotros

los astros que colman las galaxias,

y cascada brillante

los pensamientos mágicos

-como nadie los tuvo o los tendrá-

que de nosotros nacían de continuo.

 

E impacientes de ser segunda fila, no escuchados,

un día -malditos in aeternum- decidimos

que era llegado nuestra turno.

 

¡Cómo debes aún reírte de nosotros,

en Tus tronos, oh, Dios aborrecido!

 

Pero, ¿no fuiste Tú también

fuera de los límites soberbio?

¿Acaso te aviniste

a luchar contra quienes

te hicimos frente en la noche del tiempo?

¡Mil veces no! Mandaste a tus secuaces

-Miguel, Gabriel, tus ángeles y arcángeles sin número,

ni siquiera a Querubines o a Dominaciones:

éramos 'poca cosa'-.

"¿Quién como Dios?", gritaban

como si de tu Nombre fueran dueños.

Y después, el destierro, la vergüenza,

la terrible desesperanza.

¡Siempre vences, Infame!

 

¿Por qué te eran precisos

el sarcasmo y la burla

de ocultar a tu Hijo bajo la piel humana?

¡Qué ridículo

de mí, Luzbel, hiciste

en la Montaña de las Tentaciones!

¡Siempre vences, Infame!

 

Y si Jones en Guyana llevó a centenares al suicidio

entregándome

algunas pobres almas que desprecio,

siguen brillando

esos Pablos, Mahatmas y Teresas

y tantos otros héroes, de luz intolerable

con las espléndidas virtudes que te ofrecen

-y que yo sólo encuentro imprácticas e inútiles-.

¡Siempre vences, Infame!

Pero un día de días, quizá tenga

una debilidad que no imagino

(mas que Tú, inescrutable, quizás ya me adivinas),

un punto de esperanza,

de humildad y nostalgia por Ti, que me creaste.

 

Y aunque te odie hoy, Señor de la Misericordia,

mi triunfo habrá llegado:

te obligaré a curarme de mi eterna ceguera

y a llamarme contigo.

 

Y dejaré en Tu Seno

la lágrima que escondo desde siempre.

 

Género al que pertenece la obra: Poesía
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