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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Viernes, 18 de agosto de 2017

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Casa del Tiempo (1997)

Casa del Tiempo. Poema dramático de la era que viene (Casa del Tiempo, 1998; Col. El Foro de la Encina, Asoc. El Foro de la Encina, Altorrey Editorial, Madrid, 1999).

 

Poema dramático representable urdido sobre poemas relacionados con las postrimerías y sobre la idea de un hipotético "juicio" a la Humanidad antes de permitir el paso a la Era de Acuario.

 

 

Presentación

 

Aunque Casa del Tiempo (mi única producción dramática publicada) pertenece al género teatral, la realidad es que fue concebida como un "collage" en el que se integran muchos poemas míos anteriores, casi todos inéditos; seguramente esperaban esta oportunidad para darse a la luz.

 

Debo reconocer el esfuerzo de varios amigos míos, buenos poetas todos (y luego resultó que también buenos actores) que me han acompañado en el experimento, no sólo con su participación personal en sus varias presentaciones, sino incluso con textos que he incorporado al original.

 

La preparación, la publicación y, desde luego, laa repetidas representaciones de Casa del Tiempo me hicieron feliz. Aunque un buen corresponsal de allende los mares me escribiese, en respuesta a mi envío del libro: "No entendí ni una palabra". 

 

En los programas de mano aparecía la siguiente reflexión, que sigo haciendo mía:

"El drama simbólico Casa del Tiempo tiene antecedentes tan diversos como la medieval Danza de la Muerte o el musical de Andrew Lloyd Weber, Cats.  Como en aquélla, presento el juicio a los humanos; al igual que Cats está compuesto en exclusiva con poemas de T.S.  Eliot, en Casa del Tiempo he reunido 83 poemas míos (uno de ellos no inédito), con un dístico de Fumío Haruyama como punto de partida. Y he querido incluir en el texto ocho prosas poéticas de mis compañeros del Octógono, los poetas Juan Calderón, Carmina Casala, Lola Méndez, Ángela Reyes, Jesús Riosalido, Carmen Rubio, Milagros Salvador y Enrique Valle.

La visión apocalíptica que muestra la obra, de una estirpe que no ha conseguido, tras doce mil años de civilización, superar los estigmas de la violencia, el despilfarro y la alienación, permite imaginar muy creíblemente que estemos a punto de desaparecer.  Una chispa en la existencia de la Tierra, nuestra historia, frente a la de especies como los dinosaurios que vivieron veinte mil veces más que la humana.

¿Merecemos más que desaparecer?  ¿No es mejor dejar que sobre la Tierra se haga otro experimento de seres pensantes, digamos dentro de un millón de años, un instante en la vida del planeta?  El Vendedor de Flores o la Vendedora de Libros, la Ermitaña o el Vagabundo o el Soldado, la Ditera o la Peregrina o la Cazadora deberán convencer al Tiempo y a la Tierra de que los seres humanos deben sobrevivir, al menos otra era, la de Acuario."

 

 

                                               Soy un huésped, apenas bienvenido,

                                               en la Casa del Tiempo

                                               Fumío Haruyama

                                               (1983, Las trece Puertas del Silencio)

 

 

Diez poemas (no incluyo fragmentos de diálogo, que son el tejido conectivo entre los poemas, aunque formen el esqueleto dramático).

 

¿'Cerrar' los ojos?

No es esa la palabra.

Más bien,

'retroceder', 'negar' toda presencia.

'No-ser' más parte de ese ser humano

que rompe, aterra, mata.

Lees en los periódicos,

oyes noticias, ves

imágenes atroces en la caja-más-tonta.

Y un día, ya no puedes

soportar a esa bestia

que, lo quieras o no, es de tu misma carne.

 

A no ser

que te quemes la punta de los nervios

con el alcohol, la droga,

el 'pasotismo' a ultranza...

 

Bueno,

después de todo,

la cosa no es tan seria.

Todavía te quedan el auto deportivo,

tus discotecas favoritas

y una cena elegante

como puerta a la noche con el tipo de turno.

(1990)

 

 

cierro los ojos

nube de fuego    chispas

      

la cascada constante

me ahoga    caigo

en el vacío

 

cierro los ojos

nube de fuego    chispas

 

piedras ardientes

arena    sequía

niña toda huesos

hambre infinita

 

cierro los ojos

nube de fuego    chispas

 

ausencia    duele

el corazón    lágrima

espesa pastosa

tristura mortal

 

cierro los ojos

nube de fuego chispas...

      

(transición)

 

Y pasan años, y años,

y siempre esa pesadilla.

(1992)

 

 

cada vez que me ausento de la piedra

rozando sensaciones o releyendo a Kempis

desnortan seriamente mis gaviotas

cómo haré yo que el viento gris antártico

se acune una y otra vez sobre el silencio

y permita al Homúnculo

inclinarse sobre la tierra dura

 

en el Jardín Real apenas primavera

se veía brillar sobre el Pentélico

espejo incomparable quebrado por Pericles

el mármol día a día que se llevan

a retretes y bares de hoteles pretenciosos

por ejemplo en New Orleans,

                                        donde ruge

marea incontenible

de negros y mulatos

de muchachos muchachas gruesos como toneles

nos empuja y desborda

nos lanza hasta el arroyo sobre flamantes coches

 

me decía mi madre canta "Dos Arbolitos"

te dejo sin cenar

pero había aprendido aquellos días

el dudoso placer de detrás de las puertas

y nada era importante

                                  ya sólo me quedaba

acompañar triste a mis hermanos

y lo que el cirujano dejara de mi padre

hasta el ángulo norte en la Almudena

le clavé bien la aguja

mi padre nos pidió que lo jurásemos

no quería que lo enterrasen vivo

y luego el humo gris

y el no saber qué hacer con las cenizas

 

así tras cada noche cada otoño

permanente caída en los pasados

que no quieren seguir bajo olvido y cascotes

      

hasta que las gaviotas

con su criu-criu innoble e incesante

me obligan a esconderme temblorosa

en las grietas que el tiempo deja abiertas.

(1992)

 

 

Hermana, esta es la edad,

la de atlantes o sátiros.

Oscura edad,

en la que alienta

un resquicio de amor, que en el silencio

llega hablando de tiempos inmortales

y olvida que el traidor vuelve su rostro.

De nuevo son estrellas

las culpables;

de nuevo

la caricia

y el desdén absolutos.

Me preguntas:

¿es nuestra sombra ajena

a la luz proyectada?,

¿deben los dioses pausa,

amor los despreciados?

No cesas de acusarme

de amanecer escéptica

tras una ingenua noche.

Pero, hermana,

¡nada es nunca ni nadie!

Para vivir, olvidas,

asistes al declive,

a la muerte minúscula;

si todo fue probado,

es desechable todo.

Cuando la noche acude,

un azulor de labio no es deshonra.

No,

no hay pausas, tú lo sabes.

Y que bajamos dando tumbos

por la maraña de los días,

mientras clava sus uñas

en nuestros vientres desvalidos

el aullido más agrio del futuro.

Un resquicio, me pides.

Quizás. El muro es viejo.

Puede que entre sus grietas

un mundo diferente esté gritando,

pugnando por nacer.

(1995)

 

 

¿Nosotros?

Los que suerte acosamos en cupón y quinielas,

negocios instantáneos,

adelanto en rasantes,

cervezas para el niño...

 

Nosotros,

héroes de sillón blando,

alquimistas de la aliteración:

Virgo, Violencia,

Videocasete, Viajes,

Vivienda de alto 'estandin'...

 

Nosotros,

juiciosos en política -sin riesgos-,

afanosos de nuestro afán privado,

tarados por el miedo del costo del petróleo,

lamentables esquirlas del consumo...

 

Nosotros, ¿qué valemos?

¿Qué precio alcanzaría

nuestra mezquina oferta en la Bolsa del Cosmos?

(1990)

 

 

Sé de algunos

que perdieron el rumbo

una vez

                  tras

                               otra,

pero cuya brújula los arrastraba inexorable

hacia un norte que no abandonarían.

 

La voz, ronca y ululante,

surgiendo entre la bruma

que cubría las tierras,

los llamaba:

          venid,

                 venid.

Y ellos,

color que busca su equilibrio,

hambre insatisfecha,

dolor que se conoce refractario al paliativo,

llegaban

a oleadas,

a empujones de voluntad,

erráticos pero incansables,

aferrados

a una confusa suerte

que conocían lejana.

         

Pero no cejarían. El mundo

era un ancho pañuelo,

y ellos lo recorrerían

de doblez

                        a     

                                 doblez.

(1994)

 

 

Esconder tras excusas

los que la mente sabe golpes de hombre;

desconcertados,

esquivar los ataques que te asedian;

orillar los insultos

que nuestra cobardía recoge mansamente;

vivir, llamamos eso.

         

Y un día te das cuenta

de que estás aferrado a ese tiovivo

de la abyecta renuncia,

sientes la rebeldía,

quieres huir, saltar

sobre el abismo -¡qué Gran Salto!-

a un futuro sin fin, desconocido...

 

(¡Desconocido!

Quizás no es tiempo aún,

cuidado,

quién sabe qué hay allí...

Es mejor que lo olvides:

saltar en el abismo es peligroso).

(1982)

 

 

Y fue un día, el sexto.

Y entre las bestias que no piensan

(pero sienten, y anhelan, y agradecen),

surgió una nueva,

más terrible que ninguna otra.

 

Los sumos sacerdotes de cien credos

la hacen hija de los dioses

(una hija rebelde, a buen seguro);

algunos sabios aseguran

que fue obra de una casualidad irrepetible.

 

Los de esa estirpe,

a veces

nos avergonzamos de nuestra vesania

y de nuestro eterno suicidarnos,

y a veces también

nos sentimos orgullosos de supuestas proezas,

que en pocas generaciones nadie recordará.

(1994)

 

 

En la esquina, carteles y banderas,

que te llaman a dividirte en trozos

según edad, color,

lugar de nacimiento de tus padres.

Un arco iris de proclamas

que te ofrecen identidades nuevas,

confortable aislamiento, nichos bien protegidos.

Las escucho, perplejo:

yo, que me siento de Madrid,

digamos, un minuto;

cinco o seis, castellano;

español, cierto que algunas horas.

 

Pero grecolatino, al menos dos semanas;

como un mes o algo más, un europeo;

hispanohablante, años...

         

Y ser humano, lleno

de huesos tristes, rojas venas,

angustias y esperanzas,

todo el tiempo, mi dura vida toda,

la que arrastro y me duele y sabe a poco.

 

Una vida que nadie

-y una proclama, menos-

puede encerrar en límites.

 

No,

ningún nacionalismo vale un muerto,

una esposa lisiada,

una niña sin piernas.

Así,

no me habléis de la patria

si no es bajo la sombra de una hilera de patrias

más y más frutecidas,

más altas para todos.

         

Al final de esa larga

avenida de abrazos,

me ciega el brillo de un millón de hombres,

mujeres, viejos, niños.

Con hablas y colores que mi lengua se niega

a llamar extranjeros.

(1992)

 

 

Cerca de esos mojones

 que limitan tozudos la tierra donde habito

 me acoge la alta encina.

 

 Cómo gusto de su pulida sombra,

 su presencia amigable, su estatura.

 Sólo ella es capaz de sustraerme

 a ese monólogo enfermizo que es hijo de los años,

 a la conciencia de la soledad,

 a la delgada ausencia

 que te van construyendo los relojes.

 Para la encina -gusto imaginar-

 somos viento inconsciente, vagas formas,

 ingrávidos testigos de su presencia augusta.

 A veces, la ignorancia de nuestro afán salvaje

 quizás destruya un tronco, veinte, mil.

 No importa. Ella sabe -sigue mi soliloquio-

 que cuando sean polvo los huesos de los hombres

 y el mundo, muy despacio, se reponga del caos,

 aún renacerá, hermosamente sólida.

 

 Mas, ay, esto es apenas el reflejo

 de mis ansias, mis posos culturales.

 En realidad, y tan seguramente

 como el sol sale, y sube, y acaba por perderse

 allá al fondo, detrás de las montañas,

 esta encina se está pudriendo viva,

 el aire entre sus hojas es impuro,

 contaminada el agua en sus raíces.

 

 Ella soy yo; apenas aventura

 que casi no merece un pie de página.

 (1992)

  

Género al que pertenece la obra: Teatro,Poesía
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