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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Miércoles, 26 de abril de 2017

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Dekatrisfilía (1983)

 

Dekatrisfilía (con Ángela Reyes), Col. Edic. de Autor, A.P.P., Madrid, 1983. 

 

Introducción

Continúa esta plaqueta las prometidas series de trece sonetos. En ella hay un par de trampas, pues dos de los sonetos los compuse "al alimón" (un verso ella, un verso yo) con Ángela Reyes (con toda seguridad, los dos mejores de la trecena).  Una técnica de composición ésta que tendría continuación en otras publicaciones, como se verá.

Dekatrisfilía (amor al trece, usando la palabra del griego moderno para ese guarismo) incluye algunos sonetos que creo importantes en mi producción, pues suponen un cambio substancial sobre los anteriores: "Autobiografía", "Muerte de una flor en Lanzarote", sobre todo "Paseo Marítimo 29D", que tienen acusada influencia de la característica forma de escribir del maestro Jorge Guillén. Por otra parte, los "Tres sonetos del Egeo", compuestos en la isla griega de Éyina (o Egina, pronunciada a la española), trabajan sobre las tres etapas del día, como multitud de poetas anteriores a mí.

El soneto "Lago Lemán", compuesto en clave surrealista con Ángela Reyes, daría pie más tarde a un inolvidable trabajo conjunto con ella, Labio de hormiga, dentro de ese género esplendoroso aunque rápidamente agotable.

 

 

Cinco sonetos

 

 

Autobiografia

(1980)

 

Juro olvidar, y una emoción levanto.

Miento, me miento a mí, miento contigo.

Resbalo poco a poco, y en mi ombligo

Un karma pienso hallar que me haga santo.

 

Iluso. No me encuentro y no me aguanto.

Zoco imposible soy; haré testigo

De mi inútil mercar al Enemigo

En el juicio final que temo tanto.

 

Torpísima mi angustia. Debo hundirla

O enterrarla debajo de la sombra.

Romperla en mil pedazos, y una esquirla

 

Recoger y plantármela de nuevo.

Éste era yo. Aquél que no se nombra.

Sólo seré otra vez si al Sol me elevo.

 

 

Muerte de una flor en Lanzarote

(1980)

 

                                    A Jorge Guillén, maestro

 

La luz junto a la luz. Abajo, sombra.

Al rumor del crecer, la flor se estira

¾renueva cielo el Sol¾, vive, respira,

afirma la estatura que la nombra.

 

Un mar de espigas secas. Una alfombra

de pómez sobre un lago que es mentira.

El halcón, siempre abierto, gira y gira.

Un volcán de ceniza el campo escombra.

 

La flor, ya con esfuerzo, se endereza.

Duele vivir. Se dobla su cabeza.

No logra iluminar su corto aliento.

 

A golpes de amargura, a paso vivo,

se muere porque sí. Y antes cautivo,

su polen, al fin libre, se da al viento.

 

 

La corrida

(1981) 

 

                                   A Rafael Morales, maestro

 

Han llegado al final de su andadura.

En la arena, ya solos, hombre y toro

-oh, manes de cretense, ibero y moro-

empeñan, cara a cara, su estatura.

 

Orgulloso, compuesta la figura,

el maestro y su espada, frente al coro.

Salta el chorro brutal y mancha el oro.

Acaba el juego, llega la tortura.

 

¡No excusen esta muerte por un arte

donde prima la ley de la moneda!

Traga el toro su sangre, tiene miedo,

 

no puede comprender. Y al cabo parte

al cielo de los toros. Sólo queda

su huella ensangrentada sobre el ruedo.

 

 

Tres tiempos del Egeo (1)

(1983) 

 

Ábreme el mar su sólido celeste

y yo lo aspiro, ciego. (Doria tierra,

Éyina verde, víctima en la guerra

con Atenas. De aquí partirá el Preste

 

Juan al centro abisinio. Y al oeste

sus colonias anidan, donde cierra

el Mar de los Atlantes, y se aterra

de Odiseo la peregrina hueste).

 

Aquí me trajo la melancolía.

A tientas busco rutas a la tarde,

que mi alma ya no es alma y ya no es mía.

 

En este restaurar mi vida rota

debo empeñar un fuego que mal arde

y que la hiel apaga, gota a gota.

 

 

E.T.

(1983) 

 

                                  A Arthur Clarke, autor de Childhood's End

 

Llegaron en silencio. Grandes aves

fueron, como pavesas, lentamente

cayendo sobre el mundo. Negro puente

desde el caos. Lejanos vientos suaves.

 

Dudaban largos años. Pero graves

decisiones tomaron, que a la mente

humana escaparían. y el torrente

del futuro quebraron con sus naves.

 

Ya no importan sus imposibles nombres

o la precisa altura de su ciencia.

Ni cuentan nuestras guerras y rencores.

 

En silencio llegaron. Y los hombres,

con un postrero gesto de impotencia,

miraron cara a cara a sus Señores.

 

Género al que pertenece la obra: Poesía
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