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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Sábado, 24 de junio de 2017

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La suma imposible (1968)

La suma imposible, Ateneo de Santiago de Chile, Santiago (Chile), 1968.

 

La primera edición de La suma imposible se presentó en la sala "Ictus", de Santiago de Chile (Chile), en 1968. La actual es la revisión realizada sobre la edición conjunta con otros poemarios en Poesía, Volumen I (1965-1979), Col. Apanta, Altorrey Editorial, Madrid, 1989.

 

 

Introducción 

En 1968 decidí, durante mi residencia en Chile, publicar los poemas escritos a partir de La luz y la sombra (1965). Seguía sin decidirme a trabajar sobre mis viejos cartapacios, aunque sabía que allí había poemas que podrían publicarse (ello hubo de esperar hasta 1975, cuando salieron, con el título Un camino al futuro, en la República Dominicana.)

 

El libro, en realidad, es un pot-pourri, o cajón de sastre, como el anterior (y como la mayor parte de los que he publicado). Ello responde a mi convicción, nunca alterada, de que cada poema es un ser único y distinto; no creo que sea una buena idea de escribir un montón de ellos relacionados entre sí, como es lo habitual hoy en día. En el pasado ello fue mucho menos frecuente, salvo en casos especiales, como en San Juan de la Cruz. De mis casi sesenta libros y plaquetas principales, podría llamar "unitarios" sólo siete: Tiempo prestado, Crisantemos, Las trece Puertas del Silencio, El hombre de Ur, Ti estí?, quizás ¾con algo de trampa¾ Casa del Tiempo, y Copa de amor.   

 

Así, La suma imposible tiene un pequeño núcleo que le da nombre ¾una historia de amor y desamor¾, pero a la que sólo corresponden nueve de los cincuenta y ocho poemas.

 

Muy heterogéneo, siempre en clave de ensayo de formas y modos: muy divertido escribirlo y releerlo, en suma.

 

 

Ocho poemas

 

 

A todas las mujeres

(1965)

 

A todas las mujeres

regalo el agridulce de mis sueños.

 

De todos los colores. Todos nuevos.

 

De un bello azul celeste

¾que es un color bastante socorrido¾

es mi sueño para la soñadora,

y a falta de otra cosa,

con mi sueño debiera contentarse.

 

Para la pródiga

ese sueño será  de color carne.

Que lo aplique a su cuerpo: le hará falta

donde el beso del hombre lo desgaste.

 

Sueños a listas, para complicadas;

sueños violetas, verdes, agrisados...

 

Los sueños que soñé treinta y tres años

y que -uno tras otro- me han dolido.

 

Y que definitivamente

rechaza hoy mi hastío.

 

  

Póker

(1966)

 

Estábamos ya solos,

sin atrevernos a expresar nuestro común deseo.

Oíamos el paso de los átomos

y reíamos juntos

(quizás como esperando que bajase un ángel

para apuntarnos

un papel que sabíamos de siempre.

Pero el ángel estaba ocupadísimo).

 

Cuando las yemas de los dedos

estaban ya quedándosenos frías,

te pedí que jugásemos al póker.

 

De algún lado surgió nuestra baraja

¾la que usábamos tan de tarde en tarde¾

y mientras la peinabas, me dijiste:

¾Esta vez, ¿qué apostamos?

 

Sabías cuál sería mi respuesta:

"Juego fuerte, el de siempre", contesté.

Sin comodín, como prefieres,

repartiste las cartas en la mesa.

Yo temblaba,

me estremecía de emoción.

Tú estabas firme; parecía

que nada te importara el arriesgar

tanto contra tan poco.

 

Los segundos pasaban; al fin, me preguntaste:

¾Decide, ¿cuántas quieres?

Yo tres. Y tú una sola.

No me atrevía

a levantar mis cartas.

En cada una de ellas estabas esperándome,

reina de la pasión y la aventura.

 

Tú las miraste apenas, sonriente.

Por fin,

con un esfuerzo enorme, examiné mi juego.

"¡Perdiste! ¡Tengo póker de ases! ¡Tú perdiste!"

 

Tanto tiempo esperando.

Ya estabas cerca y nada se opondría

a mi triunfo. Veía junto a mí

tus ojos de color indescriptible,

la turbadora gracia de tu carne morena.

 

Entonces,

con una mueca extraña,

quedaste como muda un largo instante,

para arrojar después tus cartas al tapete:

 

"Yo gané. Escalera de color", me dijiste.

 

Llena de ira,

de tristeza y de ira,

me miraste un momento.

 

Y rápida, sin un adiós siquiera,

saliste de mi vida para siempre.

 

  

La suma imposible

(1968)  

 

Hasta aquí hemos andado, amigo mío.

Hasta el pie de este monte tan notable

que viste de impoluto blanco.

 

(Un penacho de nubes

sobre el volcán Osorno).

 

Pero en estos tres años

nos hemos demostrado

que ya no estoy para jugar al fútbol,

que el día tiene veinticuatro horas,

que en mi pelo también crecen las canas.

Que la mujer es siempre imprevisible

y azul el cielo en todas partes.

 

(Hay un trozo glorioso de ese azul

encima de su cresta).

 

También hemos probado

que nos hace llegar a todas partes

lo mismo un bus que un auto deportivo.

Que Dios nos quiere más que le queremos.

Que aún somos felices

oyendo buena música,

charlando con amigos,

comiendo mermelada con yogur,

bailando el 'pata-pata',

viajando en el estribo de los trenes.

 

(Allá arriba, el reflejo

del sol sobre la nieve inmaculada).

 

Sabemos, además,

que nos siguen dejando indiferentes

las vidas de los otros,

las quinielas del mundo deportivo

y la crónica roja,

los filmes pornográficos,

el tabaco, el licor, la ruleta y afines

y otro montón de cosas que no digo.

 

(Lamento

no tener tiempo de escalarte).

 

Y en fin, nos hemos convencido

de que al sumar hay que seguir las reglas;

al intentar violarlas,

he tenido un fracaso tras de otro.

Porque uno y dos son tres, y nunca dos.

 

(Adiós, volcán Osorno.

Te dejo con tu cresta y con tu blanco.

Otro día hablaremos de otras cosas.)

 

 

Arlington

(1965)

 

Loma verde, loma dulce.

(Hija mía, ven conmigo).

 

Una larga fila

de flores y rostros.

Una llama ardiendo.

Washington, lejana,

se quema en la tarde.

Hay cuatro soldados.

 

Loma verde, loma dulce.

(Hija mía, escucha esto...).

 

La pareja mira

como embelesada.

Una mujer llora.

Campo y blancas cruces

hasta el mismo borde.

Hace sol y frío.

 

Loma verde, loma dulce.

(Hija mía, casi un año).

 

No se toman fotos,

no parece serio.

Todo el mundo calla.

Los rostros reflejan

una rabia triste.

Avanza la fila.

 

Loma verde, loma dulce.

(Hija mía, Padre nuestro...)

 

 

La izquierda

(1967)

   

La derecha, la izquierda.

Me quedo con la izquierda.

 

A la izquierda, me queda el corazón

y quedan las ventanas.

A la izquierda estás tú (¡qué coincidencia!).

 

A la izquierda, las faldas son más cortas,

las hojas de los árboles más verdes,

más rojos los tejados.

 

A la izquierda, el pulso es más violento.

 

A la izquierda, en donde tú te hallas,

a la izquierda de mi sorpresa muda.

 

Estás ahí, tan sólida, fumando.

 

Tus zuecos amarillos

y, detrás de tu piel, tus dos pulmones,

tus papilas linguales, y tu páncreas.

 

A la izquierda,

a la izquierda de mí, siempre a la izquierda.

 

  

Donde nacen los ríos olvidados

(1967)

 

 Donde nacen los ríos olvidados

y es siempre luna llena,

donde los sueños crecen 

y las flores conservan su tersura,

allí escondo mi amor.

 

Donde nadan los peces arco iris,

donde la nieve nunca se derrite

y no hay hambre de pan y de justicia,

allí guardo mi amor.

 

Mi amor es un gigante-niño

al que cuido en silencio;

mi amor es malmimoso y delicado

en las horas del alba,

y va creciendo con el sol creciente

en fuerza arrolladora,

para, en fin, recalar entre mis brazos

cuando llega la noche

y dormir suavemente en el recuerdo

hasta su nuevo día.

 

Así , tan diferente,

es mi amor, el que oculto

donde nadan los peces arco iris.

Mi amor, el que yo escondo

donde nacen los ríos olvidados.

 

 

Yo te amo, decimos

(1967)

 

"Yo te amo", decimos

cuando al azar se encuentran nuestras manos.

Amor que late en la caricia,

en la mirada absorta, en el abrazo.

 

Y con esta ilusión hemos henchido

una vibrante catedral de anhelos,

donde ambos lloramos y reímos,

donde los dos vivimos tantos sueños.

 

(Los árboles se agitan.

El aire huele a lluvia, y hace fresco.

¿Volvemos hacia casa?).

 

 

Antipoema

(1968)

 

Ya sé que mis amigos

(sobre todo esos que escriben libros

de los cuales se publican unos pocos)

y también los que hablan de política

y los que viven lejos

de donde les gustaría estar prácticamente,

ya sé que algunos de ellos

están harto irritados, aunque no dicen nada

y soy ¾a veces¾ pasto de sus charlas,

en cócteles y alcobas

(al menos, esos que se acuerdan de mí,

[y se lo agradezco).

 

Les preocupa y alarma

que mis poemas suenen deshuesados,

sin fuerza, dicen ellos, sin objeto,

porque no me acabo de decidir a utilizar

mi I.Q. de 138, o el que ellos creen que tenga,

para defender o atacar sus cosas importantes:

el Viet Cong       el napalm       la píldora

las iglesias    los yanquis       el régimen de España

la cultura occidental      los derechos de los negros

los derechos de los blancos

el Che Guevara      Dubcek y sus amigos

los chinos o las pruebas de la bomba en Eniwetok.

 

Lo siento, pero no.

Por el momento,

quiero seguir hablando

de la mujer, del hombre y del amor,

de este dulce vivir,

de las cosas que pasan cada día...

 

Porque a mí me parece

que escribir poesía es otra cosa

que ponerse muy serio y enfadado,

que hilvanar una línea y otra línea.

Porque creo

que, en efecto, las cosas de que hablan

sí son muy importantes.

 

Lo son tanto

que no puedo meterlas en mi verso.

 

En todo caso, debería

coger una escalera y echar unos discursos.

 

O bien una pistola

y unirme a la guerrilla.

 

Género al que pertenece la obra: Poesía
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