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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Jueves, 23 de marzo de 2017

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Casi todos los ángeles tienen alas (2007)

 

Casi todos los ángeles tienen alas y otras historias raras, David Escobar Galindo, Alejandro Moreno Romero, y Juan Ruiz de Torres, Edit. Delgado, San Salvador (El Salvador), 2007.

 

Dos cuentos

 

Casi todos los ángeles tienen alas 

(2007)

 

Mi nombre es KEJ-1037. O algo parecido: los nombres de los ángeles tienen una estructura muy compleja. Dependen del idioma local y del sistema de numeración del universo del que se trate. Quizás más propio sería decir que mi nombre es San KEJ-1037, pero eso es innecesario, pues claro que todos los ángeles somos santos, por definición. Pero nombres especiales, como Gabriel, o Uriel, los tienen sólo los ángeles importantes.

Ahí está el quid de la cuestión: que todos somos igual de santos, pero no somos igual de listos. No siempre hemos tenido igual éxito en nuestra labor.

Ah, el éxito. No en el sentido humano, claro; esto es, lo que nos contabilizan a los ángeles son los fracasos, que sí tienen mucha importancia en nuestras eternas vidas. Bueno, no son eternas, sino que no tienen fin, que no es lo mismo. Como cualquier hijo de vecino, todos hemos tenido un principio, pero ninguno tendremos un final. Una vez creado por Él, la esencia de todo ser vivo persistirá por los siglos de los siglos (que yo sepa; no estoy muy seguro en lo relativo a ciertos tipos de bacterias).

Vuelvo a lo del éxito. Nuestro problema, quiero decir el de los ángeles, es que, como mensajeros que somos para los millones de  millones de tareas que nos cumple afrontar, a veces no conseguimos el objetivo previsto. Y en ese caso somos castigados. ¿Cómo? Ah, perdiendo una "pluma" de nuestras alas.

No es, por cierto, que tengamos "alas" físicas,  blanquitas, que nos sirvan para ir de acá para allá. Pero sí las tenemos "virtuales", como dirían los humanos; son un signo distintivo, como un aura, que distingue a los ángeles entre sí. Aquellos que han tenido más éxitos, o triunfos, o eficacia (no tengo ni idea de cómo traducir la palabra celestial para ello), gozan de mayor prestigio, o "alas-más-grandes", para dar una imagen incorrecta pero aproximada del caso.

Y ese es el quid de la cuestión. Que los fracasos en nuestros objetivos se traducen en pérdida de plumas, o espesor de las alas (hay que reconocer que los idiomas humanos son bastante imperfectos para denominar nuestros atributos).

No soy muy listo, como arriba dije. Oh, según los baremos humanos, mi Cociente Intelectual debe ser algo así como 650. Pero, aunque parezca muy alto, no lo es ni mucho menos. Me han dicho que el Arcángel Rafael, que no es, desde luego, la mayor luminaria del Empíreo, tiene un I.Q., o C.I,, de  casi 3.000. Pero por eso es arcángel, claro...

Esa falta de listeza mía se traduce en que suelo cumplir bien mis misiones, pero sin ese fino toque final que consiguen mis colegas más avisados. Y, válgame Él, a veces cometo errores. Y como consecuencia, me suelen asignar labores de poca importancia: por ejemplo, movimientos orbitales de planetas -jamás a escala estelar, desde luego-. O a nivel humano, pequeñas catástrofes. como la del tsunami de 2006, o tornados descontrolados, y así.

Vuelvo a explicarme ¾qué difícil es hacerlo en un idioma terráqueo¾: no es que tengamos la responsabilidad de lo que ocurra en esos casos, de ninguna manera. Son manifestaciones de algo fundamental en el universo: la aleatoriedad imprescindible para que el Plan se cumpla. Lo que tenemos que vigilar es eso precisamente: que no haya desviaciones de esa aleatoriedad mayores de los márgenes previstos, que en general son del 0,004 por ciento.

¿Y qué pasa si no lo conseguimos? Bueno, no exageremos. Nunca dejamos de cumplir lo ordenado. Lo que a veces ocurre es que, por descuido o incapacidad ¾no somos infalibles¾, se sobrepasan los márgenes aprobados, digamos en un dos por mil.

En ese caso... Ay, en ese caso perdemos una pluma. Para siempre. Definitiva y totalmente, sin remisión ni recuperación posible. Y algunos se van quedando "pelados", con un aspecto -a nuestro género de vista- lamentable.

Insisto: no tenemos alas visibles, como en los cuadros de los conventos. Pero para nuestra vista angélica, el efecto es el mismo.

Bien. Resumo la situación: mis alas se están quedando... sí,  "peladas". No es nada bueno, aún después de que hayan pasado millones de años; los ángeles fueron creados ¾no importan lo que piensen los judíos o los creacionistas protestantes¾ hace como veinte mil millones de años, sólo un poco antes que el universo. Quiero decir, que el universo actual. O en términos de eternidad, anteayer.

Yo no he tenido el éxito esperado en unas cuantas de mis misiones. He perdido muchas, muchas plumas: casi los mil trillones que el Plan nos otorga a cada ángel. No puedo arriesgarme a perder ni una más.

Hoy me han asignado, seguramente por piedad hacia mis "alas", una misión fácil. En la próxima catástrofe motivada por los hombres, sea donde sea, no deberá haber más de 12 víctimas mortales. Por cada una  que pase de esa cifra, perderé una pluma. Así se ha decretado para este día de hoy. Porque es inaceptable para el Plan Supremo que haya mayor desperdicio de vidas en esta fecha, destinadas a alabar durante años Su Nombre y Su obra.

Seamos optimistas. Supervisar, aunque sea el mundo entero, para este tipo de desastres producidos por el propio hombre, no es muy complicado, si se tiene práctica. Y de aquellas con las que fui creado, afortunadamente aún me quedan 179 plumas. Hoy, 11 de marzo de 2004.

 

 

La noche es para dormir 

(2007)

  

Pierre bajó de su catre sigilosamente, para no despertar a la abuela. La anciana Francine dormía boca arriba en su amplio camastro, roncando de modo intermitente, como de costumbre. Pierre se vistió rápidamente, calzó sus mocasines y se acercó al portón. Dudó un instante, y echó un leño a los rescoldos de la chimenea. Luego, se puso su amplia zamarra y salíó a la escalera del edificio.

Sin hacer ruido, descendió los seis tramos hasta llegar al portal. Los cubos de basura, ya vacíos, se alineaban junto a la pared, dejando el sitio justo para llegar a la entrada.

Al salir, el frío lo golpeó con fuerza. La calle, completamente desierta, terminaba en el campo. Un campo gris y árido, salpicado de montones informes de escombros, de toda clase de desechos ¾muebles rotos, latas, plásticos, cartones¾. Las afueras de Lyon tenían un aspecto deprimente.

A Pierre no le importaba. Allí se sentía a sus anchas, porque a esas horas no había nadie que fuera incómodo testigo de sus correrías.

Miró a lo alto. La Luna, en avanzado cuarto creciente, lo contemplaba impasible. Vaya sonrisa de gato tenía. Pierre echó a andar hacia el grupo de matorrales que conocía bien.  Una vez lo alcanzó, buscó entre las ramas y la hojarasca. Y encontró la mata de Glycinus mysticus que le había mostrado, dos meses antes, el viejo Loui (claro que él no conocía el nombre botánico de la planta; la llamaba, simplemente, "la raíz").    

Porque era su raíz lo que buscaba. Escarbó con las uñas, hasta descubrir los enterrados filamentos, ya muy escasos, ay. Con sumo cuidado, arrancó unos pocos, hasta medio llenar su palma izquierda. Luego, cubríó de nuevo las raíces expuestas del Glycinus, se incorporó y se alejó con un suspiro.  

Detrás de un montón de detritus alejado, se detuvo. Después de limpiarlas someramente contra sus pantalones, empezó a romper, a desmenuzar lo más posible las raícillas en la palma de su mano. No dejó de hacerlo durante un buen rato, hasta dejarlas casi convertidas en polvo, De sobra sabía que los fragmentos debían ser lo más pequeños posible. Y de modo solemne, empezó a llevárselos a la boca, masticando despacio.

Cuando estaba acabando, hizo un atado con sus ropas y lo tiró detrás del matorral. Se sentó sobre unos ladrillos, y esperó. Al cabo de unos minutos, llegaron las familiares sensaciones: el mareo, la boca que se proyectó hacia delante, las manos que se le alargaron y se llenaron de pelo. Levantó la cabeza hacia la luna y lanzó un largo quejido. Al cabo de un momento, echó a correr sobre sus cuatro patas.

 

* * *

 

Tenía frío, a pesar del espeso pelaje.  Necesitaba urgentemente comer. Comer carne. Sin embargo y pese a su agudo olfato, no parecía haber presa alguna en los desolados arrabales. Todo estaba muerto en derredor. Le llegó, muy débil, el olor de una rata. Lo dejó pasar: no estaba él para comer ratas. Y seguramente emponzoñadas, le dijo su instinto humano.

Siguió buscando. Ya había recorrido casi tres kilómetros en quince minutos sin encontrar nada,. Se movía deprisa, tanteando aquí y allá. Sabía que, de no comer pronto, su cuerpo no lo resistiría, pues llevaba ya cinco noches en la misma situación.

No estaba resultando nada divertida la experiencia de ser Pierre-Loup. Cuando Loui le habló de ello, parecía que el precio a pagar ¾separar sus dietas alimenticias como hombre y como lobo¾ sería insignificante. Pero ahora pensaba, intuía más bien, que podía perfectamente morir de inanición si persistía en transformarse cada noche con la maldita raíz que le había enseñado el viejo.

De nuevo le llegó el olor de una rata. Sin poder contenerse, corrió hasta que la atrapó. No duró más que un par de bocados. Estaba grasienta y le resultó repugnante.  Más allá, consiguió también, al cabo de una buena media hora, un escuálido conejo.

Trotó, más calmado, de nuevo hacia el barrio donde vivía con su abuela. Era peligroso, aun a altas horas de la noche, porque alguien podía verlo y no creerlo un perro; su pelaje gris plata era inconfundible.

Miró a la Luna, ya muy baja sobre el horizonte, entre los escombros. Aulló suavemente, tres veces, con su larga práctica. Al empezar a sentir el ansia de la transformación, se tumbó sobre las piedras, lleno de dolor. Y perdió el conocimiento.

Cuando despertó, se levantó tiritando. Recogió sus ropas, se vistió. Luego, con determinación, llegó hasta el matorral y localizó el Glycinus. Escarbó, recogiendo concienzudamente cada raicilla; apenas un par de puñados, que se metió en ambos bolsillos del pantalón de pana.

 

                                                      * * * 

 

Subió los seis tramos de escalera y entró sin hacer ruido. Francine seguía durmiendo. Se inclinó sobre ella y la besó suavemente en la frente. Por la ventana, asomaba el claror del alba.

Y con deliberación, sacó las raices de los bolsillos y las echó al rescoldo de la chimenea, donde ardieron fugazmente.

Entró en su catre, se cubrió con la manta y quedó dormido instantáneamente. 

 

 

Sobre "Casi todos los ángeles tienen alas" 

 

Cualquier prologuista debiera simpatizar con el maestro del cuento de David Escobar "Siempre faltan palabras". Y no porque, como él, deba sentirse obligado a pensar que sobran las palabras ajenas, sino porque seguramente juzgará que son superfluas las propias si el texto literario tiene la virtud de explicarse por sí solo, sin necesidad de aclaraciones. Unas aclaraciones, por otra parte, que, cuando existen, muchos prefieren (preferimos) leer después de haber hecho lo propio con lo prologado, quizá porque nos parece un acto de justicia hacia el autor del texto que realmente importa, o acaso porque no deseamos realizar una lectura ya condicionada. Si, en cualquier caso, unas páginas introductorias, por modestas que sean sus pretensiones, sirven para que algún lector, antes o después de leído el texto que realmente importa, complete su conocimiento y disfrute de él... sea.

La idea generatriz de Casi todos los ángeles tienen alas, libro titulado de la misma manera que tres de sus cuentos, es digna de contarse. La explicación resulta pertinente, aunque no por ello sea imprescindible para la comprensión de los relatos. Uno de los tres autores, La esposa de Juan Ruiz de Torres, Ángela Reyes, excelente novelista ella misma, ideó los títulos a partir de los cuales habrían de desarrollarse unos textos entonces aún por escribir. Con Juan, otros dos escritores amigos, David Escobar Galindo y Alejandro Moreno Romero, se sumaron al empeño de construir edificios diferentes, y de distintos gustos en cada caso, sobre un cimiento idéntico y ya fabricado: el título. Nació así esta singular construcción literaria que, pese a ser tres los arquitectos, no carece de características en cierto modo comunes.

De entrada, lo que a priori podría parecer un pie forzado resulta ser un eficaz pretexto para que todos los cuentos cobren autonomía, sin verse constreñidos sus argumentos por el cuerpo mayor de la letra del título. Lo cierto es que todos los relatos aquí recogidos encuentran su justificación en el título propuesto antes de la redacción del texto: el lector no avisado por estas líneas no sospecharía que el título precedió en todos los casos a la escritura del relato.

Por su brevedad, el cuento es un género literario de convenciones más codificadas que otros. Es, por ejemplo, poco complaciente con esos alardes lingüísticos experimentales a los que tan proclive fue en el siglo XX su, en tamaño, hermana mayor, la novela. No hay en este libro veleidades formalmente innovadoras. El discurso muy moderadamente deslavazado del primer cuento de Alejandro Moreno es una excepción (que seguramente ni siquiera merecería ser considerada como tal) que se aparta de la norma de un conjunto muy respetuoso, en el plano lingüístico, de la tradición.

Puesto que leemos a tres escritores distintos, leemos también tres estilos igualmente variados. En la prosa de Ruiz de Torres ha echado raíces un estilo austero, despojado de adornos, tal como podría utilizarlo, por ejemplo, el japonés Fumio Haruyama en que se escudó para escribir País con islas. El español de David Escobar introduce unas claves lingüísticas americanistas que, en cualquier caso, únicamente en "Obstat" (probable reflejo, dicho sea de paso, de la actividad del propio cuentista como mediador en el proceso de paz de El Salvador) se dejan sentir de manera clara, porque en el resto de los relatos apenas vocablos aislados dan fe del origen de un escritor que tiene la evidente intención de hacer que su mensaje trascienda más allá de lo terrenal. En cuanto a Alejandro Moreno, dos claves lingüísticas (si es que en el fondo no son la misma) merecen ser señaladas en estas apresuradas notas: la preponderancia del coloquialismo y el homenaje al magisterio de Camilo José Cela.

Desde el punto de vista temático, posiblemente el aspecto en el que más claramente coincidan los tres escritores sea el juego que se permiten con la cronología, con el presente y el pasado. La realidad social tiene muy poco peso en estos relatos, aunque no está ausente en aisladas alusiones de los tres y, específicamente, en el tratamiento pormenorizado de algunos cuentos de Alejandro Moreno. Éste se acerca a la cotidianidad con una intención humorística, independientemente de que dicha aproximación se plasme en personajes frecuentemente extraídos de la marginalidad. Una marginalidad que, sin embargo, es simpática y no patológica, pese a su inserción, en algún caso, en submundos degradados sobre los que planea, también en este punto, una influencia celiana perceptible, por ejemplo, en la elección de los nombres de los personajes y en la peculiaridad de sus comportamientos.

Pero Moreno escribe también, como los otros dos autores, cuentos que rebasan las fronteras del realismo. Tan trillado como ha sido el concepto de realismo mágico, quizá carece de sentido, a estas alturas de la Historia, recurrir a él para clasificar ese tipo de relato que tanto se prodiga en las páginas de Casi todos los ángeles tienen alas, especialmente en las escritas por Escobar Galindo y, sobre todo, por Ruiz de Torres. Dejemos la cuestión, pues, en un término, fantasía, menos comprometido y acaso más apropiado para proteger bajo su paraguas una buena parte de los textos del libro. Cabría, sin embargo, precisar esa idea, porque ello nos permite acercar a Moreno Romero a un concepto emparentado más o menos vagamente con el surrealismo, y tal vez el mismo vocablo, fantasía, no nos resulta del todo inútil para instalar a Ruiz de Torres en los límites de lo fantacientífico. Desde luego, nos serviría para centrar a David Escobar en el terreno de lo sobrenatural o, si se quiere, en lo religioso, adjetivo este que probablemente quienes saben algo de su trayectoria literaria no tendrían inconveniente en admitir. Son, dicho sea de paso, muchos los cuentos de Casi todos los ángeles tienen alas que incitan a algún tipo de reflexión sobrevenida, pero de vez en cuando esa reflexión le viene ya dada al lector por la vía de la afirmación expresa. Sucede así, por ejemplo, en "Lección de sábado", de Escobar Galindo: "La vida siempre está ganada: lo que hace falta es vivir de veras la ganancia de tenerla". La inclinación de este autor a elevar los pies por encima de la tierra es, seguramente, el rasgo más notable de su escritura.

Los relatos de Ruiz de Torres tienden a la misma máxima concisión buscada por esos haikus por los que, en su faceta de vate, tanto interés muestra desde hace tiempo: los dos cuentos más breves del conjunto están firmados por él. Ambos comparten con casi todos los demás escritos por Ruiz de Torres una de las características clásicas (pero en absoluto necesarias) del cuento: el final sorpresivo. El lector, engañado a lo largo del texto, se ve asaltado, cuando queda muy poco para llegar al final de sus líneas, por un desenlace que lo devuelve a la realidad de la que hasta entonces lo había mantenido alejado el autor. De los tres narradores, es también Ruiz de Torres quien acostumbra a precisar, y casi siempre en términos de notable alejamiento (África, Grecia, Estados Unidos...), el espacio de sus argumentos. He ahí otra forma de evasión de la realidad.

En fin, en los cuentos de este autor lo más habitual es que, como parte del juego entre pasado y presente que antes señalaba como nota temática relevante en el libro, se produzca una discontinuidad cronológica que tipográficamente viene marcada por un número, unos asteriscos o, simplemente, un espacio en blanco que indican el salto temporal que distancia los tiempos. Ruiz de Torres se aparta en este punto de una norma habitual (que no de obligado cumplimiento) en el cultivo del género: la instantaneidad, la tendencia del cuento a retratar un instante, un momento de vida.

La literatura es, entre todas las posibles maneras de huir de la realidad, la que más puede interesarnos a quienes rendimos algún culto a esa "religión depurativa de las palabras" de que habla Escobar Galindo en el cuento que citaba al principio de estas páginas. La metaliteratura tiene su espacio aquí en el homenaje oculto, pero evidente, de Moreno a Cela, en la alusión de Ruiz de Torres a Ambrose G. Bierce, un sombrío escritor estadounidense poco conocido en España y que, como se apunta en su cuento, murió de manera misteriosa, y, sobre todo, en las referencias que Escobar desperdiga, aquí y allá, a escritores de literaturas varias: Rubén Darío, Dumas, Montaigne, Nietzsche, Roth...

Hay más en este libro. Hay, por ejemplo, motivos para la sonrisa, razones que inducen a poner a la vida del lector, cuando menos durante el tiempo que dura la lectura, ese punto de humor para el que el género cuentístico parece ser especialmente apto. Aunque... Faltaría a la verdad si silenciase el hecho de que la lectura de estas estimulantes treinta y nueve historias dejan, como casi todo lo que es literatura, un poso de tristeza, un regusto melancólico. Siempre queda dibujada, con mejor o peor trazo, con más o menos precisión, la tristeza detrás de una historia de soledad. Y lo cierto es que no escasean las historias de solitarios en este libro. Marta Camino, Apuleyo Marchena, Dalmacio Mediavilla, la madre de Alfredo, Pierre, don Filo y doña Filo, Cándido Sigüenza, Fabricia Rebollo, el Curioso o Tímido o Rápido... Todas sus historias son historias de soledades similares a la del protagonista de "La noche es para dormir", de Escobar Galindo: "Vivía solo, dormía solo, despertaba solo. Y la soledad era aquel pantano en el que el sueño sólo podía ser un ancla inútil".

Soledad, sí... Pero también, y quizá sobre todo, ternura, no poca ternura, porque los tres autores sienten y muestran afecto incluso por la más vil de sus criaturas: hasta el protagonista de "El ascensor", de Ruiz de Torres, merece una salvación que la justicia humana le negaría, pero que la divina no puede dejar de concederle. Siempre hay esperanza, aunque a lo mejor no quepa esperar que proceda del hombre. En cualquier caso, y en último término, las miradas de David Escobar, Alejandro Moreno y Juan Ruiz de Torres convergen en un ser humano que, con sus debilidades y alguna que otra miseria, es merecedor de compasión, de caridad, y hasta de alguna que otra sonrisa.

Prof. Óscar Barrero Pérez

 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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