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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Jueves, 27 de julio de 2017

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El cenicero de plata (2009)

Una persecución frenética en la noche de Salamanca. Paco escapa borracho de casa de Raimunda tras cometer un crimen y ella le hostiga hasta la extenuación. ¿Por qué dos profesores respetables de la Universidad han llegado a este lamentable estado? El cenicero de plata relata una historia de odio, amor y venganza en el ambiente universitario de esta ciudad encantada.

El robo del cenicero, una joya de la Universidad, en el Colegio Mayor Fonseca desata una ávida investigación por parte de un profesor que tiene por modelo el Quijote, mientras que el Rector y los académicos más poderosos intentan ocultar la verdad. En el curso de la investigación aparecen el gusto por la literatura y la música, la amistad, los sueños, la muerte simbolizada por la calavera y su rana, así como la mediocridad y el ahogo de las frustraciones en el alcohol, todos ellos ingredientes genuinos de la vida universitaria.

Con un análisis profundo de los personajes, El cenicero de plata es una novela cervantina que nos anima a seguir luchando por hacer triunfar la justicia.

Madrid, Sial Ediciones, 2009  187 páginas  ISBN 978-84-95140-65-4

 

El cenicero de plata

 

Capítulo 1

12 DE MARZO DE 1993

 

Se ha hecho justicia, pero a un precio muy alto.

La venganza ha sido dulce pero amarga.

Maldita sea esta noche.

¡Qué dolor!

Son las tres horas, diez minutos y cuarenta y siete segundos, cuarenta y nueve, cincuenta, cincuenta y uno, dos ...

No puedo dormir. Tengo la garganta seca y la cabeza sigue dando vueltas. Las piernas están rígidas como cristales.

¡Uf! La manzanilla que he terminado entre temblores ha calmado las náuseas y creo que ya no voy a vomitar.

Pero no consigo dormir. Desde que volví a la una y media he estado deambulando de la cocina al salón, del baño al sofá, todo el tiempo pensando, preguntándome por qué lo he hecho. 

¿He actuado bien?

Las tres y doce. Las tres y trece minutos. Me gustan las horas capicúas.

“Ahora ya está todo decidido. Esta noche me despido de este mundo”, decía Manolo en su carta.

Ella es la culpable de todo, decía siempre Manolo.

Ella es el diablo.

Llego a su casa a las diez en punto, vestido como un pincel. Mi plan es exacto, nada puede torcerse. Pero su reacción ha sido brutal.

Al principio estoy muy simpático, ocultando mis intenciones, negras y frías como los fondos abisales. Vengo de trabajar, miento, fíjate, traigo la cartera llena de libros. Hablamos, bebemos. Ponte cómodo, dice ella, prueba este jamón de Guijuelo y este vino.

Bebo, y bebo más. Bebo hasta la extenuación. Por eso su ataque despreciable me pilla por sorpresa. Quizás mi error es reír a carcajadas. Cuando, después de una ejecución perfecta del plan, a las doce y diecisiete minutos recupero el abrigo y la cartera de nuevo, una primera risa nerviosa se transforma en carcajada. No puedo evitarlo. Floto en el aire, la cabeza vuela entre nubes de vino. La risa es un desahogo necesario después de la tensión acumulada mientras planeaba y realizaba mi acción. Uno no hace esas barbaridades todos los días.

Manolo tuvo la culpa. Él me pidió que cuidase de su memoria.

Ya en la puerta, saliendo de la casa hacia el ascensor, siento por detrás un gran golpe. Un saco de patatas se descarga violentamente contra mi espalda. Caigo de bruces y la nariz y los nudillos de la mano izquierda rozan la pintura rugosa de la escalera. Del dorso de la mano brotan gotitas brillantes color cereza. Ese color invade mis ojos, y el olor recuerda a las bodegas de la niñez. Siento como si todo mi cuerpo estuviera empapado de vino y mi espíritu nadase en efluvios de alcohol.

 Aturdido, vuelvo la cara y desde el suelo compruebo que ella misma da patadas llenas de furia contra mis riñones.

Doy media vuelta enrollado en mi propia embriaguez por el suelo. Mientras, mi anfitriona de la noche, una dama respetable de sesenta años, embutida en un traje de chaqueta rojo pasión con grandes botones dorados y zapatos de tacón negro charol, está empeñada en abrir un boquete sobre un punto preciso de mis costillas, con los labios apretados y sin hacer ruido, quizás para acabar así con mi vida.

Aunque todo está confuso en mi mente, acierto a incorporarme a trompicones y comienzo a bajar la escalera dando tumbos por el efecto de la bebida, porque la misma risa salvaje surge a veces y porque ella sigue golpeándome por la espalda con los pies, con los puños, como malamente puede.

Al llegar al primer descansillo paro en seco. Muy serio, le planto cara y le grito: “¡Raimunda, basta ya!”, mientras ella responde con una mirada cargada de ira. Entonces, recordando la confianza que me ha hecho en el salón de su casa unos minutos antes, me detengo, levanto el dedo y pregunto cortésmente: “¿o debo llamarte Munda?” Mis labios tiemblan, los músculos del rostro chirrían y la mitad del cerebro que no ha perdido la razón hace esfuerzos para evitarlo, pero esta noche pertenece a la otra mitad y una nueva carcajada sale despedida entre mis dientes como un escupitajo hacia sus gafas.

Raimunda se lanza contra mí como un cohete impulsado por toneladas de queroseno y, levantando los brazos, clava sus uñas afiladas en el cuello. Aún duelen las nítidas heridas en forma de media luna que sus garfias han dejado impresas encima de la camisa. Verdaderamente la cosa iba en serio. De haber sido más corpulenta, me hubiera estrangulado o degollado con sus uñas de halcón.

De un empujón seco y un rodillazo la aparto de mí. Lo mejor es dejarse de conversaciones y huir rápidamente por la escalera.

Si alcanzo a salir corriendo del edificio, pienso, la pierdo de vista. En la entrada, a través de la puerta de cristal, veo a un anciano que vuelve de pasear al perro e intenta meter la llave en la cerradura. Guardo el equilibrio un momento y con la mayor dignidad posible, carraspeo y me encamino hacia la puerta. Desde dentro abro y digo buenas noches muy educadamente al viejo, quien me mira de arriba a abajo con expresión hosca.

Sin explicación posible, los dos volvemos la vista al pie de la escalera. Raimunda aparece allí como una exhalación. Se detiene un segundo, duda fugazmente al ver al hombre. Lleva el vestido rojo, los zapatos de tacón, el pelo compuesto y las alhajas de toda la noche, pero se ha transformado. Su cara resplandece, su cuerpo es el de un atleta tenso en posición de salida. En ese momento recuerdo las corridas de toros en las tardes de verano. Dicen que los toros bravos mueren en el centro del platillo y sin abrir la boca. Raimunda tiene la boca apretada, en los ojos relumbran centellas y su expresión destila instinto animal.

El perro del viejo se estira, gruñe y comienza a ladrar como un loco. El animal o su dueño tendrán algún asunto pendiente con ella. La noche y su silencio se rasgan de repente. Los ladridos producen un ruido ensordecedor al multiplicarse en la caja de resonancia del hueco de la escalera. El viejo intenta sujetar al perro, que tira, jadea y resbala sobre sus uñas. Mientras, yo consigo escapar hacia la calle.

El fresco de la noche me sienta bien, respiro profundamente y pienso cuán providencial es el obstáculo que acabo de sortear, ya que sin duda la presencia del hombre y del perro obligará a Raimunda a volver a casa. Veinte metros. Treinta pasos. Cuarenta metros, cuarenta y uno, vuelvo la cara, y ella me persigue, frenética, hocicuda, calle abajo.

Aprieto el paso, estoy borracho. Sin poder asimilar la sorpresa, torno la mirada de vez en cuando para comprobar que ella continúa tras mi estela. No hay más remedio que despistarla. Bajo como un río de vino la calle de San Pablo, y tomo a la derecha la cuesta del Tostado, que es muy empinada. Ella hace la misma ruta para seguirme como una máquina, con el aplomo de una locomotora laboriosa e insensible.

Desde la cuesta del Tostado, ¡zas!, la plaza de la Catedral abre sus brazos.

 

Dos catedrales se yerguen

en medio del barrio antiguo,

 

A un lado, la Catedral Nueva, de cuyos muros sobresalen increíbles adornos de piedra dorada, contrafuertes, arbotantes y pináculos. Al otro, el Palacio de Anaya que, a pesar de su solidez, parece suspendido en el aire. Los cipreses afortunados que viven en el centro de la plaza pasan la vida contemplando la fuerza del Palacio y la elegancia de la Catedral, sin saber a cuál de las dos imitar.

Esta noche, con la borrachera, la luz amarilla se desprende de las farolas y vuela. En lugar de permanecer alrededor de los cristales, las esferas de luz escapan y flotan en el espacio, desplazándose a su antojo, chocando contra los muros y haciendo juegos caprichosos en la plaza.

Por allí cruzamos los dos, perdidos entre los monumentos, diminutos ante tanta historia, yo delante, ella detrás, con ese paso rápido e inútil de los perros vagabundos.

Instintivamente, para escapar, busco el rincón más oscuro. Al fondo, bajo la sombra amenazante de la torre cuadrada de la Catedral Nueva, giro a la izquierda y me hundo en la calle Tentenecio, siempre con la esperanza de dejarla atrás.

 

Dos catedrales se yerguen

en medio del barrio antiguo,

cuarenta males acechan

desde el mismo principio.

 

Entre la Catedral y el río se halla la parte más misteriosa de la ciudad. A la luz de la noche, las casas bajas transportan al pasado. Las calles retorcidas conducen donde ellas quieren porque no guardan ninguna lógica. En ese mundo mágico de piedras dormidas, ocres y grises, los versos del poeta local Jesús Sarmiento van cayéndose de mi memoria al pasar, rebotan, quedan sobre los adoquines, enganchados en las rejas, esfumándose en la oscuridad.

 

Salamanca, Salamanca,

tus iglesias se levantan

sobre poesía sagrada

horadada de una mina,

nadie sabe dónde acaba.

 

Lo turbio de la calleja tampoco me da alivio.

Ella me sigue de cerca. No comprendo el motivo de esa loca persecución: ¿qué hace si me alcanza? ¿Reproducir la escena de golpearme y arañarme con ahínco, esta vez en la calle?

 

Negra nube hacia dentro,

en la tierra no termina.

Se retuerce y amenaza,

luego se eleva y estira,

reta al cielo dorado

la Peña Celestina.

 

Comienzo a trotar más seriamente por ver si así ella desiste. Raimunda vuela. Con falda y tacones, se desliza encima de las losas de granito como una intrépida patinadora sobre hielo. Se ha convertido en mi sombra, una sombra amenazante a la que no puedo engañar.

 

Amor, tu muerte mi muerte

espera en el barrio antiguo.

Pero …

 

Lo absurdo es que ninguno de los dos proferimos palabra. En su dolor o indignación, ella puede gritar, puede insultarme desde lejos. No, su venganza tiene que ser una cuestión de hechos.

 

Pero…

Antes de llegar mi hora,

déjame  vivir contigo,

orgullosa Salamanca,

con el fulgor de tus piedras,

con tu sabor ambiguo.

 

Frente a la Puerta del Río, el Puente Romano se esconde en la bruma. Desecho esa ruta, y prefiero encaminar mi atropellada marcha hacia el paseo de Canalejas porque, pienso, de nuevo es subida. Perseguido y perseguidora pasamos junto a un grupo de jóvenes que beben y hablan en voz alta a la puerta de un bar de copas. Esta ronda la pago yo. El profesor de Química Orgánica tiene mala leche. Has hecho el ridículo: ella no te quiere. Prueba con Elena.

 

Impasible Salamanca,

compendio de la grandeza

y la miseria humanas.

 

Al atravesar el semáforo de la carretera de Madrid, Raimunda se pone a chillar como una posesa. Yo no he visto, ella sí, una pareja de policías nacionales que estaban haciendo la ronda cerca de ese cruce.

  “¡Al ladrón, al ladrón!”, a la muy ladina no se le ocurre gritar otra cosa. Al escuchar esas voces, reacciono de manera equivocada y, creyendo que la distancia que me separa de los policías es suficiente, comienzo a correr por el paseo de Canalejas hacia arriba como alma que lleva el diablo. Los policías gritan también y uno de ellos se lanza a perseguirme como un galgo. 

A toda carrera me dirijo al Parque de los Jesuitas, donde voy a hacer deporte un par de días a la semana. A mis cincuenta y un años, hago lo que puedo por mantenerme en forma. Al fin y al cabo, pienso en mi delirio, es como si hoy hubiese cambiado la hora de la carrerita. Desde el paseo de Canalejas supero el puente sobre la vía del tren y entro en el parque por la puerta del sur, para seguir corriendo por el camino central flanqueado de rosales con brotes a punto de reventar.

El policía acorta distancias y me sigue de cerca, por lo que durante unos minutos corro al límite de mis fuerzas. Los glóbulos blancos se disparan como perdigones de plomo dañando cada recoveco de los pulmones y, si no son glóbulos blancos, alguna otra partícula sería, que todas cumplen un papel necesario en un delicado equilibrio.

Hasta que llego al Parque, la caminata es más o menos saludable, pero después de un rato corriendo comienzo a sentirme mal. La gran cantidad de alcohol ingerida  se rebela dentro de mi cuerpo. Además, trotar esta noche es bien difícil. El abrigo, la chaqueta y la corbata, bastante desaliñados por la pelea y la precipitación, ondean como capa de superhéroe, pero estorban más que contribuyen a vencer la resistencia del aire. Pero, por supuesto, no voy a dejar caer mi abrigo color camello.

  Esto pienso mientras corro, con el policía pisándome los talones, cuando me doy cuenta de que algo falta en la mano. En una reacción estúpida corro abriendo y cerrando la mano para recordar. Sí, he perdido la cartera en el rudo golpe recibido por la espalda al salir de casa de Raimunda y no la había echado de menos.

Entre la ingesta de alcohol y el ejercicio forzado, las piernas y los pulmones comienzan a doler de verdad. Como ya llevamos unas dos buenas vueltas al parque y ya no puedo con mi alma, intento despistar al ave de presa saliendo bruscamente hacia la parte más desconocida, al otro lado de la ciudad. Esto nos ocurre a veces: por evitar una mala situación nos lanzamos a otra peor.

  En plena carrera, con un viraje tan brusco como permiten mis fuerzas mermadas, salgo del parque a una barriada en la que están construyendo nuevos edificios. El policía nunca me pierde de vista a pesar de ser noche nublada. Sin embargo, al doblar una bocacalle, puedo colarme a través de un hueco en el bajo de un edificio en obras y allí quieto le doy esquinazo. Escondido entre columnas de cemento fresco y montones de arena, lo más duro es contener la respiración agitada y los resoplidos después de la carrera.

Por una rendija entre tablones de madera veo al policía pasar, volver, pararse, mirar las calles vacías y, tras un rato de duda, finalmente alejarse. El policía es joven, de cara morena y alargada, y también está agotado.

Después de extinguirse sus pisadas tomo aire un momento. Lo necesito. Hemos estado corriendo más de media hora y he terminado exhausto.

Con mucha precaución salgo a la calle. El guardia podría volver con refuerzos, por lo que lo mejor es regresar a casa cuanto antes. Soy un ciudadano corriente, me digo a mí mismo, que esta noche ha salido a tomar unas copas y no ha hecho nada malo. Tengo que aparentar normalidad.

No obstante, al empezar a caminar, siento dolores por todas partes, estoy mareado y las náuseas revuelven el estomago. Por si eso fuera poco, tengo unas ganas tremendas de orinar.

 Aunque quiera convencerme de lo contrario, esta noche no soy ni mucho menos un ciudadano ejemplar y hago algo que nunca antes se me hubiese ocurrido. Cuando la luna asoma entre unas nubes, abro la cremallera del pantalón y orino en medio de la calle.

No puedo entender por qué no he buscado un rincón, o un árbol, por qué lo he hecho en el mismo centro de la calle a riesgo de que alguien me viera. Pero tengo que admitir que orinar de esta manera produce una sensación indescriptible de libertad. “De perdidos al río”, me decía mientras observaba avanzar el arroyo caliente y espumoso sobre el asfalto fresco del fin del invierno.

Esta manía de ser el Quijote de causas perdidas me llevará al final al desastre. Lo que ha ocurrido es tan espantoso que necesito reflexionar. Tengo que escribir. Debo poner en orden mis ideas.

Hace un rato he oído las cinco en el reloj de la catedral. Deben ser las cinco y cuarto por lo menos.

Quijote de causas perdidas.

Son las cinco y treinta y cuatro minutos y ya no veo los segundos.

Parece que comienzo a sentir el dulce abrazo del sueño.

 

 

 

 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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Escritores complutenses 2.0. es un proyecto del Vicerrectorado de Innovación de la Universidad Complutense de Madrid
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