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La familia que construyo un imperio del dolor

6 sep 2017 - 19:10 CET

El gravísimo problema de muertes por sobredosis de opioides que afecta, por ahora, a Estados Unidos, se ha cobrado la vida de miles de personas: casi sesenta y cinco mil en 2016, en tan solo un año, cifra que supera a la de los soldados muertos en toda la guerra de Vietnam. En los últimos cuatro años, las muertes por sobredosis se han cuadruplicado y ahora son la primera causa de muerte, por encima de las debidas a problemas cardíacos, cáncer o accidentes de tráfico. Se están muriendo unas ciento cuarenta y cinco personas al día.
¿Cómo se explica esa escalada brutal que ha venido creciendo en forma exponencial, más en las áreas rurales, y que golpea a una franja amplia de la población entre los 18 y los 40 años?

El opio era conocido desde la antigüedad aunque los romanos ya la llamaban la sustancia "del sueño y la muerte", apuntando a su altísimo poder adictivo y destructor. Hoy, los opiodes, resultado de los desarrollos farmacéuticos del opio, son parte de varios medicamentos destinados a combatir el dolor, aunque bien lo señala un experto del campo de la medicina, "pocos medicamentos son tan peligrosos como ellos".
Una familia numerosa y a todas luces "ejemplar", los Sackler, filántropos por excelencia, es la propietaria única de una compañía, Purdue Pharma, que durante décadas se ha entregado a la producción, comercialización y a una campaña de propaganda agresiva de su producto OxyContin, que no tiene precedentes en toda la historia de la Industria Farmacéutica. Al día de hoy se sabe que cuatro de cinco adictos y luego muertos por sobredosis de heroína, recibieron fórmulas médicas para OxyContin.
Quienes fundaron la compañía fueron tres hermanos de la familia Sackler, en 1952. Médicos, vinculados a la academia y con cientos de publicaciones en sus inicios, pronto dirigieron sus intereses a la fabricación de medicamentos que paliaran el dolor y vieron la veta pues empezaron a comercializar con muy buenos resultados los tranquilizantes Valium y Librium. Ya a mediados de 1980, el éxito vino con un analgésico innovador llamado MS Contin, una píldora de morfina patentada con una fórmula de "liberación controlada, lenta en la sangre". Exitoso y productivo, pronto se vio amenazado porque su patente iba a caducar y los ejecutivos de Purdue se lanzaron a la búsqueda de otro medicamento para reemplazarlo.
La solución vino con la incorporación de la oxycodona, una sustancia de origen alemán y de producción barata que se mezclaba con aspirina o Tylenol. La compañía desarrolló una pastilla de oxicodona pura, con una fórmula de liberación lenta similar a la de MS Contin. Purdue decidió producir dosis tan bajas como 10 miligramos pero también píldoras de 80 a 160, con una potencia que excedía la de cualquier opioide prescrito en el mercado. En términos de poder narcótico, el recién nacido OxyContin fue un "arma nuclear".
Seguida al nacimiento de la píldora se vino una campaña de propaganda que muchos expertos consideran una de las más agresivas de la historia. Incluyó, por un lado, boicotear los nacientes movimientos de médicos que alertaban sobre los peligros potenciales de los opioides y por otro, sumarse a la nueva corriente, vaya coincidencia, de algunos médicos que abogaban por lo contrario. Médicos de prestigio como Russell Portenoy, un especialista del dolor en el Sloan Kettering Center, se pronunció a favor del uso de opiodes para tratarlo. "Existe un creciente número de publicaciones que muestran que estas drogas pueden usarse por largo tiempo, con pocos efectos secundarios", declaró en 1993. Describiendo a los opiodes como "un regalo de la naturaleza", dijo que había que lavarles el estigma. Portenoy, financiado por Purdue, la cargó contra quienes él consideraba eran "opiofóbicos" y llamó "mito médico" a la reticencia a formular opioides para el dolor crónico.
La FDA aprobó el OxyContin en 1995 para su uso en el tratamiento de dolor moderado a severo. (Los anteriores opiodes estaban restringidos a casos de cáncer y enfermedad terminales). Purdue no había realizado ensayos clínicos sobre cuán adictivo o desencadenante de sobredosis podía ser el medicamento. Pero la FDA, en un paso inusual, aprobó un empaque con un letrero que anunciaba que el OxyContin era más seguro que los analgésicos rivales, pues el mecanismo patentado de absorción lenta, reduce riesgos de abuso. Curtis Wright, representante de la FDA en el proceso, dejó la agencia al poco tiempo. En dos años estaba trabajando en Purdue.
Una de las marcas de fábrica de las campañas de ventas fue que el OxyContin podía usarse para tratar un amplio espectro de dolencias: artritis, dolor de espalda, accidentes deportivos. El número se volvió infinito. Y la otra fue dirigir el foco de atención no a los médicos especialistas en el dolor sino a los médicos generales, muchos de los cuales, de forma errónea, pensaban que la oxycodona era menos potente que la morfina. Purdue se benefició de esa ignorancia y cómo.
El manejo responsable de una droga como el Oxycontin debía contemplar el darlo al menor número posible de pacientes y en las dosis mínimas. El apetito voraz de Purdue hizo justo lo contrario.
Y la historia ya conocida de organizar congresos lujosos, dar regalos a médicos y proveedores de salud, organizar campañas de adoctrinamiento para minimizar el efecto adictivo del Oxycontin se ha venido repitiendo por décadas.
De forma casi inmediata a la salida del Oxycontin ya fue evidente que personas en áreas rurales estaban abusando de ella. Y como, de manera perversa, el empaque venía con las instrucciones para potenciar su efecto: Tomar tabletas de Oxycontin trituradas o masticarlas, puede llevar a una liberación y absorción rápidas que potencian el efecto tóxico, pronto los usuarios siguieron la receta. Las consecuencias las vemos a diario en las noticias.
Y en su momento Purdue no retiró su producto. Lo que hizo fue echarle la culpa a "esos drogadictos" que abusan de todo. Luego llovieron las denuncias y las demandas, todas acalladas con los miles de millones de dólares que la compañía producía.

Cuando el pico de ventas y de beneficios del lucrativo negocio farmacéutico de Purdue llegaba a lo más alto, la reputada y respetabilísima familia Sackler, ahora ya en la tercera generación, incrementaba y extendía su rango de influencia a universidades, museos, galerías de arte. Algunos los consideran los Medici contemporáneos. Son omnipresentes en los eventos culturales y científicos pero muy pocos o casi nadie sabe o quiere saber la fuente de sus miles de millones, una fortuna mayor que la de los Rockefeller, la mayor de Estados Unidos, según Forbes, en 2016.
Pero lo que está pasando en estos días está haciendo saltar las alarmas. Y eso ha empezado a disminuir las ventas. Los Sackler, inteligentes y voraces comerciantes del dolor humano, han iniciado sus estudios de mercadeo para América Latina. En Canadá les dieron con la puerta en las narices. Lo que sí pudieron concretar, con la aprobación de la FDA es que el Oxycontin lo pueden tomar los niños a partir de los 11 años.

El problema serísimo de muertes por opioides que está asolando, por ahora a Estados Unidos, no surgió de la noche a la mañana. Ya tiene una historia de casi dos décadas y de lejos sobrepasa cualquiera de las explosiones de drogadicción que han ocurrido en el país. Miles de artículos se han escrito, otros tantos programas de televisión cuentan la vida de los adictos y sus desgracias, el Congreso pasa nuevas leyes y el ahora presidente ha declarado una "emergencia nacional". Pero hasta hoy ninguna medida seria y contundente aparece y no se apunta en lo que pueda ser una dirección correcta para una solución.
La adicción a los opioides y a la heroína en Estados Unidos no apareció de la nada. El uso de la heroína estaba localizado en su mayoría en las ciudades costeras pero se fue extendiendo a las ciudades pequeñas del interior, a las zonas rurales. El problema es el resultado de varios cambios críticos en la sociedad y en la economía: la reestructuración industrial, pobreza y afluencia, y los cambios en la ideología y la práctica de las instituciones médicas y farmacéuticas. De semejante caldo de cultivo no podría esperarse otra cosa que una crisis a la que asistimos atónitos.
El inicio hay que colocarlo en la aparición en el mercado del opioide legal OxyContin, a los engaños sobre su inocuidad y a las estrategias más que agresivas para aumentar su consumo.
Pronto los médicos lo recetaban para cualquier dolor, escondiendo siempre el altísimo potencial adictivo del fármaco y de los fuertes efectos de la abstinencia, que por supuesto llevaban a buscar más dosis.
Un pueblo pequeño, de trabajadores poco educados, en el estado de Ohio, puede contar la historia de primera mano. El pueblo vivió una edad dorada enmarcada en la prosperidad industrial anterior a 1970. Pero esa prosperidad se empezó a desbaratar por el cierre de, primero las fábricas de zapatos, seguidos por el acero, las fábricas de ladrillos, la energía nuclear y las plantas de Coca Cola. En su lugar quedaron comercios, destrucción y la clínica para tratamiento del dolor más grande del país. En esa clínica los médicos ponían a disposición de quien lo pidiera, como si de cajeros electrónicos se tratara, recetas para OxyContin, con frecuencia sin un diagnóstico o menos aún, seguimiento. Las clínicas se extendieron al igual que las franquicias de comida rápida. En 2000, las pastillas para el dolor eran ubicuas en Ohio, Tennesse, Kentucky y Virginia y mataban más personas que los accidentes de tráfico.
Los dealers locales consideraban el consumo de las pastillas como una respuesta directa a la catástrofe económica, de la misma forma como los mexicanos pobres de pueblos miserables ven en el tráfico su única posibilidad de salvación. En Estados Unidos el OxyContin era legal pero muchas veces ni siquiera estaba al alcance de quienes no tenían cómo alimentar a sus familias. Ahí aparece la oferta traída desde los cañaverales de un pueblo pequeño de México, Nayarit, la heroína negra y que los niños acarreaban en bolsas plásticas metidas en la boca, para los adictos en Estados Unidos. Ya lo hacían en California. Pero la demanda en otros estados extendió el tráfico de esa heroína poco procesada, barata y mortal. (Su nombre en inglés es black tar heroin). En los dos casos, proveedor y consumidor, sufren la miseria, la ausencia de educación, el abandono de quienes deberían cuidar de sus ciudadanos. Ambos son los dejados de lado.
Y no es que no traten de salir. Las noticias cuentan a diario las historias de padres desesperados que cuando ven a sus hijos consumiendo un opioide, empeñan primero sus recursos para llevarlos a centros de desintoxicación, centros que les quitan hasta el último centavo para luego verlos salir y pasar unas semanas "limpios". Como ya se ha agotado el dinero, el camino es la heroína barata y la muerte.
Se calcula que ahora en Estados Unidos, nacen al año veinte mil bebés adictos a los opioides. El horror de la rehabilitación es enorme. Separados de sus madres, no es descabellado pensar que un buen conjunto de traumas y desajustes emocionales los acompañará de por vida. Muchos médicos, que no deberían serlo y que ensucian la profesión se muestran proclives a dejarlos morir, que mejor para esos niños que serán un problema.
En contraste están los otros niños, los hijos de la tercera generación de los Sacker, quienes educados en los mejores centros del mundo, han encaminado su labor filantrópica a instituciones y fundaciones que velan por el bienestar de los niños pobres del planeta. Ellos dicen no conocer el origen de su descomunal riqueza, cuando lo dicen, pues han sido aleccionados por su familia para jamás mostrarse en público, o al menos hacerlo en situaciones que los asocien a la industria farmacéutica.
Pues como ya es sabido en algunos medios los líderes de la familia Sackler han logrados tres de los triunfos más grandes del marketing de la era moderna: el primero es vender OxyContin, el segundo es promover el apellido Sackler, y el tercero es asegurarse que, en la medida que el público lo perciba, lo primero y lo segundo no tienen nada que ver uno con otro.
Como algunas pequeñas medidas se están implementando para frenar la venta desbocada del OxyContin, los Sackler han redefinido el alivio del dolor como un derecho sagrado, para el que un tratamiento con narcóticos debe estar siempre disponible, no solo para los enfermos terminales sino para cada ciudadano. Así, su nueva compañía, -mantienen, claro, Purdue Pharma- Mundipharma, está preparando, siempre con sus mismas estrategias agresivas, ampliar su cobertura a países como Colombia, de quien se ha llegado tan lejos como decir en un comunicado de prensa, que un 47% de su población sufre de dolor crónico.
En este año, el último de los tres hermanos fundadores del Imperio del Dolor, murió a los 97 años. Le habían nombrado Caballero en Inglaterra, Oficial de la Legión de Honor en Francia y había recibido los más altos honores posible de la casa real holandesa. El broche de oro estuvo a cargo de la Universidad Tufts, cuando Anthony Monaco, su presidente, viajó hasta las instalaciones de Purdue Pharma, considerando la avanzada edad de Raymond Sackler, para concederle un doctorado honorario. En frente de una audiencia de familiares, un selecto grupo de autoridades universitarias y algunos empleados, Monaco se deshizo en elogios a su benefactor (Las donaciones de Sackler permitieron entre otras cosas, la existencia de la Sackler School of Graduate Biomedical Sciences). "Sería imposible calcular cuántas vidas usted ha salvado, cuántos campos de la medicina usted ha redefinido, y cuántos nuevos médicos, científicos, ingenieros y matemáticos están haciendo trabajos importantes como resultado de su espíritu emprendedor. Usted es alguien que ha cambiado el mundo".














No hemos traducido el contenido de los cuadros pero éste se puede leer. Todos llevan el título El sol nunca se oculta en el Imperio Sackler y hace una relación de las instituciones en las Artes y las Ciencias a las que la familia inyecta millones de dólares con continuidad, en el mundo.
La ilustración y los cuadros del final son tomados del artículo de Christopher Glazek, THE SECRETIVE FAMILY MAKING BILLIONS FROM THE OPIOID CRISIS ESQUIRE 2017.

Este escrito está basado en un artículo de Patrick Radeen Keefe, escritor y periodista norteamericano y que apareció en la revista New Yorker del 30 de octubre de 2017.

Fuente: A ciencia cierta. Josefina Cano

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