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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Domingo, 20 de mayo de 2018

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"El Jardín de los Frailes", la novela adolescente de Manuel Azaña (1880-1940)

"EL JARDÍN DE LOS FRAILES", LA NOVELA ADOLESCENTE DE MANUEL AZAÑA (1880-1940)

Prof. Tomás Andrés Tripero

Director de www.e-innova.ucm.es

 

Azaña fue Jefe de Gobierno y de Estado en la II República Española

Marginado en el franquismo y en la evolución política posterior de nuestro país, se le reconoce, no obstante, uno de los más grandes prosistas de la lengua castellana.

 

Pero... ¿Qué representa Azaña en el campo de la literatura?

Ciertamente poco se conoce su labor como escritor,  ensayista y crítico literario.  Tal vez porque fue proscrito de las antologías por su significación política republicana, y tal vez porque su escritura exige una preparación intelectual del lector más superior a la normal.  

Su estilo es austero pero con una riqueza léxica exultante.

 

Veamos la descripción del Colegio de los Agustinos del Escorial por Azaña:

"Caserón prócer,  muros desplomados,  sobre el dintel armas en berroqueña (granito), suelo de guijas (guijarros) en el zaguán,  oscuras salas cuadrilongas, húmedas,  a los haces del patio   ensombrecido por la pompa rumorosa de laureles y cinamomos (árbol oriental ornamental).   En el estrado, a la diestra del director, sucinta diputación del reino mineral, en un armario.   Y en la mano siniestra, en cierta alacena, retortas con telarañas, probetas y tubos de ensayo en sus espeteras (tablas de la pared para utensilios, generalmente de cocina), desportillados,  y cantidad de tarros con substancias desusadas y temibles, que de primera intención parecían cosa de botica" (Alianza Editorial, S.A. 1997, 1ª ed. 1981. pag.17)

 

Su ensaño sobre la "Vida de don Juan Valera" (1926) consiguió Premio Nacional de Literatura. Su labor de ensayista siguió con "La invención del Quijote y otros ensayos" (1934)

Pero probablemente "La velada de Benicarló", en el "hundimiento" de 1939, y en donde se expone y representa el drama español, sea su trabajo teatral más  impactante y conocido.

Azaña prueba también en el campo de la narrativa.

El "Jardín de los frailes": es una novela publicada en sus primeras entregas entre septiembre de 1921 y junio de 1922 en los cuadernos de "La pluma", revista que el propio Azaña dirigió entre 1920 y 1924. Su luz impresa como libro se iluminará seis años después, en diciembre de 1926, faltaba diez años para el inicio del desastre y la pérdida del sueño de la República.

Se trata, y esto es interesante par aun profesor de psicología del desarrollo, de la novela de un adolescente bajo una rígida educación confesional católica que condicionaba una conciencia culpable, tan culpable que "Más de una vez dejándome adoctrinar pensé: ¿Cómo puedo hacer yo tanto mal?" (pág.54)

Pero, "El jardín...." No es precisamente un furibundo alegato anticlerical, como sí lo fuera la novela de Pérez de Ayala "A. M. D .G. (1910). Y como novela que es de adolescente, en ella aparece su despertar a la sexualidad, sus primeras epifanías estéticas y el descubrimiento psicológico de su mundo interior.

Y, en el  hombre político que se perfila, hay concesiones a la filosofía de la historia y, en particular, reflexiones - que no han parado de brotar desde entonces - sobre la idea de España y de los españoles. Leer la obra implica cierta simpatía con la actitud intelectual del autor, pero hay que tener en cuenta de que se trata "del primer encuentro de un mozo con lo grave y serio de la vida",  de un mozo de quince a veinte años,  aunque la escribiera con cuarenta.

Pero hay que preguntarse, tratándose de una obra tan especial, ¿qué experiencias personales podemos obtener de su lectura? Si traemos a nuestra memoria nuestro pasado colegial hallaremos, como en el libro de Azaña, y a eso precisamente, entre otras cosas, nos invita su lectura, muchos y variados recuerdos de nuestro pasado infantil y adolescente.

 

Sí, los recuerdos...

Hay, naturalmente recuerdo de los profesores, "padres del añoso tronco agustino", en el caso de Azaña, o, en nuestro caso de otros "frailes", "monjas" "padres", "madres", "hermanas" o "hermanos" o "seglares" de colegios religiosos, cuya memoria no ha abandonó la buhardilla de nuestra mente.

Profesores que, como en el caso de Azaña dejaron infausto recuerdo, pero también los hubo que dejaron huella en nuestra alma y en las suyas y con quienes - desde el respeto - nació alguna suerte de compañerismo.

"Padres", "madres" o "hermanas/os", según los casos, a quienes quisimos fraternal y entrañablemente. De quienes, en algunos casos que no en otros, aprendimos algunas de las más importantes lecciones de la vida.

Y, cómo no, algunos otros profesores que "en los albores de la pubertad dejaban las aldeas leonesas o la montaña para ser novicios, pintado en el semblante anguloso y en los ojos atónitos el candor rústico... y a éstos ¿qué horizontes les iban a descubrir el seminario y la aldea?" (pág. 98).

Recuerdo, en fin, de esas "aulas hostiles" del pasado, con las que yo me identifico al rememorar las mismas cenizosas tardes en mi colegio.

El Colegio del Pilar, de la calle Castelló de Madrid, era y es el colegio religioso de altísimos ventanales góticos, demasiado altos para nuestra estatura de niños que soportábamos horas interminables de cansancio, tedio y espanto, pero también de momentos fulgurantes que, de repente, arrebataban nuestro interés y hacían volar alto, como nunca desde entonces, nuestra imaginación.

Recuerdo de compañeros bestiales y embrutecidos: "Hay que ser un bárbaro para complacerse en la camaradería estudiantil. Por un punto general, entre escolares, los instintos bestiales salen al exterior en oleadas...una masa de estudiantes degenera velozmente en turba, ligada por la bajeza común..." (Alianza Editorial, S.A. 1997, 1ª ed. 1981. pag.24)

"Aridez, turbulenta grosería en colegio...Un espíritu tierno, como de niño, ambicioso de amor, empieza luego a tejer un capullo donde encerrarse con lo mejor de su vida, con todas esas apetencia, generosas o no, pero fervientes, que el mundo desconoce o pisotea" (Alianza Editorial, S.A. 1997, 1ª ed. 1981. pag.18)

¿Y quién no recuerda algún niño que murió mientras estábamos en el colegio?

Colegiales muertos para quienes aquellos años no pudieron convertirse en recuerdos. Chicos que padecieron enfermedades definitivas o accidentes mortales. Todavía nos resuena el eco de sus apellidos..., porque por ellos nos llamaban y nos llamábamos, más que por los nombres.

 

La edad de los prodigios

Pero era también la edad en la que vivíamos en un mundo prodigioso que, nunca como entonces, alimentaba el alma adolescente con un rico caudal de lecturas, descubrimientos y sugerencias. No hay mayor fracaso intelectual para un adolescente, señala Azaña, que el de no haber tenido la oportunidad, o haberla rechazado, de alcanzar la noción de lo bueno, justo y de lo bello. Verdaderamente aquellos colegios pasaban por buenos y para muchos de nosotros fue un auténtico privilegio estudiar en ellos.

 

La dialéctica negativa

Y en ellos aprendimos a practicar la dialéctica negativa. Cierto es que en ellos se aprendía a refutar a Kant, Spinoza y Hegel, por ser contrarios a la doctrina de la iglesia y llevarnos derechitos al panteísmo pernicioso. También resultaba inaceptable el positivismo de Comte, o las doctrinas desviadas de otros muchos.  Pero refutando a muchos autores, rechazando muchos escritores, criticando a otros tantos científicos, despotricando desde el metafórico pulpito de las aulas contra ellos, se sabía quiénes eran, y, de esta manera, se les ofrecía en bandeja a los jóvenes espíritus receptivos e inteligentes. Ahora ya no hace falta refutarlos, casi ningún estudiante, incluso de ciclos superiores, sabe quienes son, y a muchos ni les importa.

El entrenamiento de la inteligencia en las ideas filosóficas, que da lugar a la libertad de pensamiento, no resulta ya útil en la sociedad globalizada y fundamentalista, los nuevos planes de estudios universitarios van, si lo permitimos, en la dirección de la anulación de cualquier forma de pensamiento crítico.

Cierto es entonces que "adquiríamos un extracto del saber, resumido en conclusiones edificantes" (pág. 96), verdad es que no éramos llamados a saber ciertas cosas "que no eran para nosotros", que las lecturas se dividían en lícitas y prohibidas, que la calidad para conocer los contenidos de las asignaturas no era, en muchas ocasiones, la mejor.  Pero consiguieron que algunos no despreciáramos la sabiduría, sino más bien sus límites, unos límites impuestos con más torpeza que eficacia.

Fue en ese tipo de colegios en donde surgió entonces, y continuaría surgiendo después, la intelectualidad progresista que, de una manera directa o indirecta, desde la administración, la escuela, el instituto o la universidad, o creando el caldo de cultivo cultural y vital necesario, se preparaba para liderar y transformar  el país de la transición hacia la democracia.

Naturalmente entre aprendizajes valiosos había también un gran fárrago de textos pintorescos de historia o de filosofía. Pero no menos pintorescos que algunos de los que, en las horas actuales, caen en las manos de escolares sometidos a las mitologías educativas ultranacionalistas. Religión y ultranacionalismo eran rechazables como nociones vitales impuestas, sin respiro. Por todo ello "Tarde comencé a ser español" confiesa  Azaña en el capítulo XII.

 

Una religión sin Dios: la fe en el pueblo

En el capítulo XIV recuerda cómo dejaría de profesar la religión para rehacer el paganismo. Sin embargo los ideales sociales, el amor por el prójimo, la defensa del menesteroso, la lucha por la igualdad y los deseos de justicia, se habían ido configurando, en las mentes infantiles,  al amparo de las prédicas y las ceremonias.  

Azaña, como rechazo del torpe clericalismo, había sustituido al Dios cristiano por el alto ideal de la humanidad, o por el más próximo de la dialéctica materialista: el pueblo.  El humanismo cristiano puede fácilmente transformarse en humanismo izquierdista.

"Vino a consolarme la hombría natural del pueblo...La vena popular me traía una imagen literaria acorde con la piedad". Dice Azaña.

 

Nostalgias alcalaínas y alcarreñas, desde "El Jardín"....

De vez en vez hay, también, en "El Jardín..." semblanzas de su "hogar alcalaíno" de esta ciudad  culta y aún todavía  no ajena al lirismo rural, a las estaciones del año y a las fiestas que las señalaban.

 

Añoranzas de un colegial que desde el Escorial suspira por las lindes del Henares

Recuerdos del patrimonio universitario de Alcalá formaba parte principalísima la festividad de San Blas, Instaurar la vocación de San Blas en los claustros alcalaínos fue contagio de la gran villa de Meco que "se asoma al valle donde el Henares decrépito, carraspea y dormita" (Pág. 60)

"Nos persuadían - dice -  la grandeza única de Alcalá...Es verosímil que el suelo, el aire o el agua de la ciudad poseen una virtud que predispone para la gloria..." (pág. 90)

"El jardín..." es pues también un libro lírico rural y campesino, un libro de viaje interior en el que abundan descripciones de la Alcarria: "bermeja y torreada, abundante en historias que suspiran por un narrador" Una campiña, a veces..."tan árida que un girasol la decora" (pag.114).

Su mirada social, en el declive del estío alcarreño - profuso de ferias, caza y romería - descubre al señorito, al terrateniente, al explotador.

"El señorito que recorre campos y aldeas, que se hospeda en la mejor casa del pueblo, que habla a los labradores en su lengua de lo que el señorito no entiende: el trigo, la viña, las mulas, las ovejas"... (pág. 123)

Hospedajes en el que el señorito come cuanto le sirven, bebe cuanto le brindan, fuma cuanto le ofrecen, y si hay que bailar baila y no hay que agraviar al huésped pidiendo un trato ordinario y corriente, ni alabar aquello a lo que ya se supone que está acostumbrado: la abundancia o el esmero. Además "lo que hay se ofrece de corazón" - dicen siempre las buenas gentes.

La Alcarria como tierra mítica de rutas y sorpresas, que nos invita a convertirnos en caminantes empedernidos de su geografía física y humana,  está ya en "El jardín..." como lo estaría más tarde en Camilo José Cela. No es frecuente en la literatura de viajes, no lo era en Cela - que mantiene una mirada más brechtiana, más de distanciamiento -, transitar por veredas que de repente - como si de realismo mágico se tratara - convierten sus piedras o sus plantas, sus hondonadas o sus alturas, en sentimientos vividos que nos unen psicológicamente a su autor.

Y cuando la narración emprende ya el camino, en pocas páginas, de la retirada nos encontramos con una fotografía viva de la Alcalá de fines del XIX.  Urbana, con mesura, desde su origen romano. Tierra que fácilmente se ordena,..."parcela natural de juristas y labradores" (pág.125),

Pero Alcalá, de armonías severas, razonables y claras,  desdeña lo castizo, se esfuerza en desprenderse de los hábitos campesinos y se emplazan en la historia. (¡Hasta la ciudad tiene psicología, personalidad y carácter!).

Alcalá incluso tiene sentimientos y emociones: y su emoción es histórica. Una historia mágica en donde un procónsul degolló inocentes...."imagen de una infancia sonriente en el suplicio", porque esos niños sabían que estaban venciendo la vida mortal. (pág. 127)

Alcalá posee gracia amaestrada, grandeza y ascetismo, sabiduría elegante de un propósito trascendental que alcanza hasta este curso del tórrido verano del año 7 de la nueva era.

Incluso es una ciudad capaz, dice Azaña, de urbanizar los milagros campestres. Como el de la aparición de la virgen a un pastorcillo, en las alamedas del Henares...una Virgen, de ida y vuelta, que cada vez que la trasladaban a la "Magistral" huía al sitio de su epifanía, porque quería tener culto en la floresta.  (pág. 127)

Una ciudad en donde ya nadie tienen sentimientos agoreros ni temerosos: ni sobre las "brujas", que dan nombre a un barranco,  ni sobre el gigante Muzaraque, enterrado en la gran cuesta Zulema, ni sobre los otros de la llamada "Cueva de los gigantones".

"Los alcalaínos que por todo esculpen lápidas y se afanan en loores onomásticos, no han rebautizado plaza alguna en honra de Muzaraque, ni buscan su gran fosa, ni celebran su centenario". (pág...127)

¿Habrá en la actualidad algún bar de copas - de esos que Sabina prefiere porque detrás de su barra reina una bella alcalaína - bautizado con el honroso nombre de Muzaraque?

Si ustedes lo encuentran, o lo fundan, invítenme y brindaremos por los niños mártires, por las brujas y los gigantones, ¡ah!, y por el pastorcillo vidente,¡ que siempre nos olvidamos de alguien a la hora de brindar! Nada importa que los geólogos digan que en Alcalá no hay gigantes, porque su terreno es anterior a la edad de los gigantes; que si acaso lo que sí se han encontrado son viajes tortugas fósiles que en milenios remotos salpicaron las aguas del Henares.

Encontramos así en el Azaña nostálgico fotografías de la Puerta del Vado, en cuyos alrededores vivían dueños de posadas y herradores refraneros. Y en donde aún bullían los personajes populares del Quijote. Fotografía mental de calle de la Pescadería, en donde hacían su trabajo los matarifes, desgastadores de vino ( por no decir borrachines).

De la calle del Carmen Descalzo en donde buscaban las putas, entraditas en carnes, a sus clientes, "tábanos de la soldadesca" que pululaban junto a ventrudos esquiladores de la "Puerta de Madrid".

Retratos de un Alcalá  de barberos, curas de escopeta y perro, bigardos pescadores de río, viajantes tejeros de Valencia, segadores gallegos, mondejanos aceiteros o muleros de Maranchón,  y tantos otros que "pegados al suelo, como el olmo y la cepa" esparcían "el sabor genuino del pueblo"... "ralea aldeana que no participaba en los fastos complutenses" (pág. 128),  ni recibieron papel alguno en la historia, salvo el de, - llegado el momento que aún Azaña no percibía -, matarse entre sí.

Y entre ese paisaje de artesanos y labriegos Azaña encuentra, al cabo del tiempo, a un viejo compañero del colegio, menos afortunado. ¿Quién de nosotros no lo ha encontrado?

Azaña, entrado ya de lleno en el camino que conducía a la clase dirigente, encuentra en los paseos de sus vacaciones estivales, en una fragua de Alcalá, a un compañero del colegio, un colegio en el que "antes de aprender la diferencia de clase, parecíamos iguales en la escuela. ¡Qué rumbos divergentes luego!" (pág.129), piensa para sí.

Era el chico más despierto que reaparece en una de las descripciones más fascinantes que ha podido hacerse del trabajo en la fragua, visual, luminosa, sonora, con ritmo cinematográfico: sólo comparable en lo pictórico a la "Fragua de Vulcano" de Velázquez.

"Dentro del taller fuliginoso un mocito tiraba del fuelle, ladeándose -ritmo de cojo - a un costado y promovía el resuello intermitente de la fragua. Chorros de blanca luz escupía el fuego iracundo, entre ronquidos y silbos de pecho asmático. El bulto del herrero surgía en resplandores: el rostro pizmiento, el torso bermejo, y los brazos, uno a la tenaza que volvía y revolvía sobre el yunque un ascua de metal, otro martillando: golpes sordos en el hierro candente...Dejada la herramienta se enjugó la frente con un brazo, las palmas con el mandil y se adelantó a mi encuentro...

 

-         ¿Has terminado la carrera?, dijo. (Era lo importante)

-         Ya ves, chico - repuso a mis preguntas -, trabajando- (pág. 129)

 

Sonrisa humilde, humildad forzada del cíclope, su antiguo amigo de escuela, malestar e incomodidad mutua en uno de esos encuentros en los que no se sabe muy bien qué decir, pero "vino a consolarme la hombría natural del pueblo". (pág.138)

Cuando Azaña abandona el Escorial, la guerra estalla en Cuba y Filipinas. Comienza la Edad de Plata de la literatura hispánica.

"Nosotros viviremos cuanto el español futuro nos consienta vivir"  decía Azaña en "El Jardín" (pág. 140).

Hoy en Abril, el día 14 de Abril, será un buen momento para que ese futuro de entonces recupere el pasado de un niño y adolescente que se llamaba Azaña. Manuel Azaña. Jefe de Gobierno y de Estado de la II República Española.

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