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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Sábado, 21 de octubre de 2017

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Duplicado

—Seguramente ha sido un fallo en la transmisión de los pares de bits clásicos.

Cuando Bob Bennett se sacudió los restos de la masilla viscosa que lo aprisionaba y salió del nicho de teletransporte, dispuesto a disfrutar del golf Marciano, las vistas de Valles Marineris y otros lujos de unas vacaciones que sólo un puñado de bolsillos selectos se podía permitir, no pudo ni por un instante imaginar que acabaría encerrado allí, en aquella cutre y maloliente celda.

—¿Sabe lo que son los bits clásicos? —insistió la voz.

Bob sacudió la cabeza, ignorando de nuevo a su compañera. No, aquello era imposible. ¿Cómo iba a ser que él no fuese él?

La agencia de seguridad Quantum, que según parecía hacía las veces de policía en la pequeña colonia Marciana, había sido muy clara al respecto, cuando le detuvo al salir del telepuerto camino del hotel.

—Nos han llamado por un fallo en su teletransportación. Me temo que es usted un duplicado.

—¿Qué?

—Su documentación, por favor. Gracias. Según la circular B65 de la Ley de Teletransporte de Personas, todos los derechos, patrimonio e identidad son retenidos por el individuo ubicado en el nicho de origen, en caso de un fallo que pudiera provocar una duplicación.

—Pero…

—Lo sentimos, señor Bennett, pero nos vemos obligados a llevarle al Refugio para la reasignación de duplicados, donde se decidirá su destino lo antes posible.

De modo que ahora mismo, mientras Bob hundía la cabeza entre las manos y se acurrucaba entre las húmedas sábanas de la litera, había otro Robert Bennett a millones de kilómetros de allí, en la Tierra, maldiciendo seguramente —sí, eso sin duda— por el fallo en el sistema de teletransporte que le había privado de las vacaciones más caras de la historia.

Pero entonces, ¿quién era él? ¿Por qué seguían aquellos recuerdos en su cabeza? Sus memorias eran tan vívidas… Cuando su padre le regaló el Porsche, la excitación de absorber su primera empresa, el día en que se casó con Carol… Dios… ¿Por qué Dios permitía aquello?

—¿Quién soy? ¿Tengo… tengo alma? —murmuró.

—¡Ja! Será mejor que no se haga muchas preguntas, amigo, o se volverá loco.

—Métase en sus asuntos, ¿quiere?

Semioculta en la penumbra de la habitación, la mujer murmuró algo que Bob no alcanzó a oír.

El multimillonario pegó un puñetazo a la pared. ¿Cuándo iba a dignarse alguien, un embajador, un abogado, un juez, daba lo mismo, a aparecer por allí? ¡Llevaba cuatro horas esperando! ¿Es que no pensaban hacer nada?

Volver a pensar en la situación le provocaba vértigo. ¿En qué momento se habían separado sus consciencias, sus espíritus? Ensimismado, se encontró de repente preguntándose a sí mismo qué le ocurriría a su alma, si es que la tenía, en caso de morir. Era imposible aceptar aquello. Estaba tan seguro de ser Robert Bennett como de que ahora mismo estaba encerrado en una mugrienta habitación, con una loca obsesionada por algún estúpido conjunto musical.

—Posiblemente leyeron mal los bits clásicos y… —volvió a la carga una vez más.

—¡No me importan una mierda sus bits clásicos! —estalló Bob— ¡Cállese!

Sin mediar palabra, ella se levantó, cruzó la estancia como un torbellino y agarró a Bob por el pelo.

El multimillonario emitió un gemido ahogado.

—Se cree usted muy importante, ¿eh? —dijo la mujer con voz gélida—. Con toda su elegancia y su glamour… el primer turista Marciano… pues entérese, ¡ya no es usted nadie! ¡Nadie! ¡Se acabó!

Bob se quedó petrificado y la mujer le soltó, pero se quedó cerca de él, muy cerca, echándole encima aquel apestoso aliento mientras le miraba de hito en hito.

—Usted… —continuó— ¿Usted llega aquí y porque se pase cuatro horas lloriqueando y autocompadeciéndose se cree en la cima de algo? ¡Ja!, no tiene ni idea, ¿verdad? ¿Lleva cuatro horas? ¡Yo llevo aquí once meses!

—¿Cómo… cómo dice?

—Sí, once meses… once meses a solas con unos pensamientos que ya ni siquiera creo míos, once meses esperando cualquier noticia de reasignación, aunque lo que me aguarde sea una puñetera ejecución… y todo lo que veo es esa compuerta abrirse una y otra vez y escupir comida…

—¿Lleva aquí once meses? No tenía la menor idea —dijo Bob en tono de disculpa.

—¡Ja! Claro que no. Alice Brassard, quizá le suene. Aunque, ¡qué digo! ¿cómo le va a sonar una simple minera? Ocurrió en el cuarto viaje desde la Tierra, cuando aún estábamos excavando la parte interior del complejo. Alice se quedó allí, seguramente pillaría algún otro curro en la Tierra, y yo… bueno, yo aparecí aquí. Ocurre a veces —añadió encogiéndose de hombros.

—Pero… ¿por qué los medios no dicen nada? ¡La gente tiene que saberlo!

—¿Y fastidiarle el chiringuito a la Compañía de los Planetas Interiores? Ni lo sueñe.

—Ha de haber algo que nosotros podamos hacer. Mira, Alice, no sé tú, pero yo estoy muy seguro de ser quien soy, y…

—Ya. Seguro que no eres el único —dijo ella con sorna.

—… ¡y no pienso quedarme cruzado de brazos! —la ignoró Bob.

—¿Ah, sí? ¿Y qué piensas hacer, campeón?

Bob echó una ojeada por la ventana y se volvió hacia Alice.

—Largarme. Si me ayudas a trepar hasta ese tragaluz, quizás pueda arrancar la tapa, arrastrarme y saltar al patio. Son como tres pisos, pero la gravedad aquí es tan poca que…

—¿Y cuando estés fuera? Olvidas que estamos perdidos en una miserable colonia minera en Marte.

—Volveré a casa.

—¡Ja! ¿No te olvidas de algo?

—¿De qué? —contestó Bob intentando disimular la creciente irritación.ç

—¿De dónde vas a sacar el billete de vuelta en el primer carguero? Por no hablar de la documentación…

—Tengo dinero.

—Tenías dinero. Olvídalo. Probablemente a estas alturas tu otro yo ya lo habrá transferido todo a alguna cuenta a salvo de su doble.

—No si llego yo antes.

Salir del refugio fue menos trabajoso de lo que había supuesto en un principio. No había guardas a la vista, y aunque correr entre los árboles era muy difícil en aquella gravedad, trepar el muro exterior del refugio fue pan comido.

Afuera, la colonia estaba distribuida como un pueblo pequeño, bajo una cúpula de cristal gigantesca. Los primeros rayos de Sol teñían el cielo de un rojizo ceniciento. Al fondo de la calle se divisaba una cabina de comunicaciones.

Bob dudó un instante antes de dirigirse hacia allí. Sí, lo primero que tenía que hacer era transferir toda su fortuna a una cuenta nueva, cuyos códigos sólo conociera él. Pero no podía hacerlo en persona presentándose sin más en un banco, pues carecía de documentación, y además se exponía a que lo detuvieran de nuevo.

Rebuscó en sus bolsillos las monedas que aquella loca de Alice Brassard le había dado antes de partir, cuando él se dio cuenta de que no llevaba nada encima. Total, a aquella estúpida a quien once meses no le habían bastado para idear un plan de fuga no le servirían para nada allí adentro, y a él le bastarían para hacer las gestiones que necesitaba.

Pensó por un instante en mandarle un mensaje de texto a Carol, junto con su contraseña, pidiéndole que hiciera ella la transferencia en la Tierra, pero desechó la idea: ni se le ocurría una excusa para darle —ella creía tener un sólo marido, en la Tierra, capaz de hacer las transferencias por sí mismo—, ni el tiempo era algo que le sobrara.

Comprobó las tarifas. Tenía suficiente para abrir una cuenta electrónica nueva y ordenar una transacción desde la antigua cuenta en Suiza, en virtud de depósito inicial. Todo mediante mensajes no encriptados —la calderilla no le alcanzaba para más—, pero ya se ocuparía de cambiar los códigos de la cuenta nueva en cuanto tuviera el dinero a salvo. Después sólo tendría que acercarse a un cajero y ordenar la retirada de suficientes fondos como para sobornar al empleado de la oficina de cargamento más cercana.

Metió las monedas e inició la operación. Tras pedirle los detalles de identificación de su nueva cuenta, el banco procedió a comprobar si su cuenta en Suiza contaba con los fondos que había solicitado transferir, antes de permitirle continuar con la operación.

Un mensaje de «Manténgase a la espera» comenzó a parpadear en la pantalla. Algo nervioso, Bob recordó que la Tierra estaba a quince minutos-luz de distancia. Ahora todo dependía de que él, desde Marte, fuera más rápido que su otro yo desde la Tierra.

Se sentó a esperar en un portal junto a la cabina. Quince minutos después el altavoz hizo un ruido. El nuevo mensaje confirmaba que disponía de fondos en Suiza, y le pedía la contraseña para iniciar la transferencia. Bob introdujo los datos y respiró aliviado mientras esperaba la confirmación. Pero en lugar de eso, un cuarto de hora más tarde el altavoz volvió a sonar y se repitió el mismo estúpido mensaje.

¡Aquellos empleados del banco, pandilla de vagos y maleantes! ¡No había día que no le hicieran perder el tiempo con sus odiosos sistemas informáticos! Furioso, Bob introdujo de nuevo la contraseña y golpeó la tecla de enviar.

Por si aquello no hubiera sido poco para sus nervios, esta vez el mensaje tardó una interminable media hora en llegar. Y, cuando lo abrió, no fue una confirmación lo que se encontró, sino un error en la operación debido a que su saldo era 0. Un grande y redondo 0.

¡Él! ¡Él había llegado antes!

—¡Robert Bennett, bastardo! —exclamó Robert Bennet, y descargó su puño sobre la pantalla.

Lo mataría, sí, ese cerdo se lo merecía, merecía morir. Se deslizaría en el telepuerto y esperaría a la noche para transmitirse a sí mismo a la Tierra.

Nadie notaría nada. Y él recuperaría su vida.

Llegar hasta el telepuerto resultó más fácil de lo que había previsto. Nadie pareció reparar en él por el camino. Ni siquiera vio efectivos de Quantum buscándolo por las calles. Obviamente, se dijo, aún no habían notado su ausencia. Más relajado, entró en las instalaciones y se escondió en los lavabos, en cuclillas sobre un váter, hasta la caída de la noche.

Ahora sólo tenía que llegar hasta la sala de teletransporte y figurarse cómo usar los controles para hacer el camino de vuelta a casa. Se deslizó en silencio por el pasillo y cruzó la puerta, sólo para darse de bruces con un joven en bata que se había quedado trabajando hasta tarde.

Bob tensó los músculos, dispuesto a echar a correr.

—¡Ah! ¿Qué hace aquí, señor Bennett?

Le había reconocido.

—¿Se ha aburrido ya de sus vacaciones?

El ex multimillonario parpadeó, incrédulo.

—¿Cómo?… ¿no va dar… la alarma? —trató de coger aire—. Yo… he sido.. duplicado en la… en la… teleportación… Mi otro yo… se quedó en la Tierra y…

El joven se echó a reír.

—¿Duplicado? Pero eso es imposible, señor Bennett… El copiado cuántico implica necesariamente el borrado del original.

—Pero… la agencia de… seguridad Quantum… yo… ellos…

El científico frunció el ceño.

—¿Quantum? ¿De dónde ha sacado ese nombre? No suena mal…

¡Pues claro! Quince minutos. ¡La solicitud de su contraseña había tardado sólo quince minutos, cuando hubiera debido tardar el doble en hacer el camino de ida y vuelta! Y para cuando la orden que él había confirmado llegó a Suiza, hacía rato que el contacto de los ladrones en la Tierra había terminado el trabajo…

Derrotado, Robert Bennet cayó al suelo. Sólo entonces fue plenamente consciente de que no era él lo único que se había teletransportado.

Su fortuna también lo había hecho.

(CC) by-nc-nd Miguel Santander

http://www.ing.iac.es/~msantander/lit/

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