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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Sábado, 23 de septiembre de 2017

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Improbabilidad

Puede que alguien se atreviera a calificarme de gafe. Me considero una persona realista y sé que soy relativamente afortunado. Podía haber nacido en un barrio de chabolas de Bangladesh y eso habría sido empezar con mal pie, sin embargo, irrumpí en este mundo en un antiquísimo país de la vieja Europa. Un territorio con mucha historia y por eso también mucho dolor y pesar no olvidado. Un lugar donde un viejo genocida murió apaciblemente en su cama sin jamás tener que rendir cuenta de sus actos. De eso fue hace muchos años, pero inexplicablemente marcó el país con una herida que jamás ha terminado de cicatrizar del todo.

Como os decía, yo mismo me considero bienaventurado. Crecí en un país del primer mundo, o lo que quedaba de él, en una familia de la cada vez más menguante clase media y con una combinación genética que me hizo lo bastante inteligente para poder estudiar sin demasiados esfuerzos.

Claro, que en mi camino siempre parecía haber más piedras de lo normal. Aquella chica preciosa en el instituto que al final accedió a salir conmigo justo el día del huracán. Tenia una scooter eléctrica de la que jamás me había caído, me desplomé justo enfrente de una bella morena a la que había ido a recoger. Nunca más las vi.

Aquel profesor de la universidad que le sentó muy mal que mis rutinas expertas fueran mejor que las  suyas y que me suspendía repetidamente.

Contratiempos que yo asumía con resignación y que acababa atribuyendo a mi ineficacia.

Cuando me enamoré de una persona equivocada, nos casamos y nos divorciamos seguidamente, lo atribuí a mi inexperiencia.

Cuando compañeros mucho menos hábiles conseguían empleos mejor remunerados que los míos, pensé que era debido a que tenían mejores dotes de comunicación.

Cuando empecé a saltar entre trabajos muy especializados y tremendamente delicados, acabé especulando que alguien tenía que hacer el trabajo difícil.

Y sin quererlo, me convertí en una especie de bombero. Siempre que aparecía algún problema particularmente difícil, un sistema mal diseñado, un error indocumentado en el sistema operativo, un comportamiento imprevisible en algún software olvidado. Allí invariablemente estaba yo. Cuando el responsable de rápidas palabras, traje caro y contactos de alto nivel, no era capaz de solucionar el problema, casi por arte de magia yo terminaba allí. Con excrementos hasta el cuello, mucha presión y sin tener la más mínima culpa  pero siendo responsable de arreglar el entuerto.

Pensaréis que eso me hizo famoso o rico. No fue así. Las empresas me contrataban, hacia el trabajo a contrarreloj, me pagaban y me ponían en la calle rápidamente. Otro se colgaba las medallas.

Volvía a estar en el paro y en el siguiente encargo no tenia mucha capacidad de negociación, al final sin dinero, qué vas a negociar.

En las altas esferas nadie sabía mi nombre, desconocían mi existencia. En los escalones intermedios se corrió la voz e hicieron un pacto entre caballeros de no agobiarme. Lo que significa que no me llamaban al mismo tiempo para que no pudiera mejorar mis tarifas.  Mismo así, no podía quejarme. Tenia trabajo, un bien cada vez más preciado y raro para alguien, como yo, sin contactos de primer nivel.

Invariablemente, empecé a viajar mucho. Un desperfecto en Paris, un sistema bancario obsoleto en Londres, un enlace de comunicaciones prehistórico en La Habana.

Siempre pedía enlaces de red y sistemas de videoconferencia, constantemente me los denegaban. En un mundo interconectado, jóvenes con instintos de fósiles, me exigían presencia física para realizar trabajos telemáticos.

La primera vez que ocurrió, me pareció gracioso. Fue una visión rápida y fugaz en el aeropuerto de Nueva York. Pasó como una exhalación, pero pude verla: la hermana gemela de una chica que trabajó conmigo hacía diez años. Lo curiosos es que no había envejecido. Estaba muy cansado y terminé creyendo que me había confundido.

Y continuó ocurriendo. Empecé a ver individuos repetidos.

Personas idénticas a las que había conocido hace años, pero no podían ser los originales. No, a menos que alguien estuviera vendiendo por Internet copias piratas y funcionales de "El retrato de Dorian Gray".

Un día alquilando un coche eléctrico en Ámsterdam visualicé mi instancia por primera vez. Un yo más joven, se deslizó velozmente en una scotter eléctrica parecida a la de mi juventud, llevaba un casco de la marca que me gusta y conducía con mi estilo.

Me salvé milagrosamente. Un viejo camión sin sistemas de seguridad perdió el control y embistió a dos coches. Mi vehículo debería haber sido el primero, pero mis reflejos de motorista me salvaron y esquivé el golpe.

Otro viaje, otro aeropuerto, otro coche de alquiler. Barcelona, una vieja manía de pegar un frenazo con el vehículo arrendado antes de salir del parking para comprobar los frenos, terminó en un golpe sin importancia contra una valla al fallar el sistema hidráulico. Si hubiera salido a la autopista podría haber sido nefasto.

Varado en Roma, la quiebra de una compañía subcontratada dedicada a una parte del tráfico aéreo ha colapsado el sistema. Y finalmente ocurrió, volvía indignado del mostrador de información, que como siempre no me había informado de nada útil. Lo divisé fugazmente, estaba sentado en una butaca de la sala de espera, se levantó y fue al baño. Solo le vi claramente la espalda, jamás le habría dado importancia si no estuviera ya de sobre aviso. Lo seguí, me quedé parado frente a la puerta del baño, debatiendo qué hacer y finalmente entré. Estaba lavándose las manos y nuestras miradas se encontraron en el espejo. Pero los dos estábamos del mismo lado.

Nos miramos como en una foto, ninguno de nosotros manifestó demasiada sorpresa. Vestíamos de manera similar y llevábamos el mismo tipo de calzado. No tenia la pequeña cicatriz en la nariz que poseo, fruto de un accidente fortuito en una planta química. Seguía llevando gafas, yo me había operado hace años. Gemelos.

 

-Hola -termine diciéndole, sin saber qué otra cosa decir.

-Definitivamente ha sucedido. -expresó él con una sonrisa forzada, su tono de voz no era idéntico, pues tenía una lengua materna diferente.

-No creo que seamos hermanos perdidos.

-No, no lo somos. -Señaló con voz cansada- Vamos, tomemos un café.

 

Mi instancia me había visto antes, el extraño fenómeno empezó con él hace más tiempo y desde entonces viene investigándolo. Curiosamente fui la primera copia que distinguió. En una multitud saliendo del metro en Sao Paulo, yo subía las escaleras mecánicas, él bajaba. Me vio claramente y empezó a indagar su pasado buscando hermanos perdidos. Por supuesto no los había, ni siquiera infidelidades de sus padres. Tampoco tenía primos cercanos que resultasen en una línea genética tan cercana como para poder generar una semejanza física tan extrema. Tiene un trabajo similar al mío, pero en otra rama de la ingeniería. También llegó a ver dos instancias más jóvenes de sí mismo.

Luego empezó a ver a los repetidos. Uno aquí, otro allí, siempre en lugares distantes del mundo. Y acto seguido vinieron los accidentes, también había sobrevivido a unos pocos.

Mi otro yo también era propenso a la improbabilidad, le ocurrían cosas bastante inusuales a los demás. Nada excesivo pero tenía esa tendencia hacia los casos extremos, sin llegar a ganar la lotería o salir con una top model en una noche de borrachera, que sería lo deseable puestos a pensar en acontecimientos improbables pero posibles y que le acaban siempre ocurriendo a algún afortunado que no eres tú.

Por una de esas extrañas coincidencias, en su juventud terminó trabajando un verano como jardinero en un centro de enfermos mentales. Nada peligroso, una residencia cara para personas afortunadas con el dinero, pero con una química cerebral inadecuada.

Allí acabo entablando amistad con un atormentado señor al que le gustaban las plantas y había conseguido permiso para tener un pequeño huerto en el jardín. Era un viejo informático y se encontraba internado al sufrir una crisis nerviosa, tuvo la suerte de que su póliza médica le cubriera los gastos.

Oscilaba entre la cordura y la incoherencia. Pero se hicieron algo parecido a amigos mientras coincidían en el jardín.

 

-Toma, aquí está la verdad sobre la vida -dijo un día a mi gemelo, entregándole una unidad de memoria.

- ¿Qué es? -señaló inspeccionando la antigua pero todavía funcional tarjeta.

-Una película que cambiará tu vida -contestó, con lágrimas en los ojos.

 

El archivo estaba codificado en un formato anticuado y le costó bucear por la red hasta encontrar un obsoleto programa capaz de visualizarlo. Era una antigua historia de finales del siglo veinte o principios del veintiuno, que narraba una ficción sobre la humanidad viviendo una simulación dentro de un sistema de realidad virtual. La fábula le pareció  entretenida y supo luego que se consideraba un clásico de la ciencia ficción antigua.

El viejo loco estaba obsesionado con la película y argumentaba que realmente el mundo era una simulación informática y que solo eso explicaba porque unos pocos eran capaces de gobernar a una mayoría, a la que no le gustaba en absoluto la forma de vida impuesta por esa minoría.

Afirmaba tener pruebas y que existió un científico llamado Paul Davies o algo parecido que había escrito una teoría bautizada como superdupercomputer explicando de forma coherente las bases matemáticas para demostrar que el universo es una simulación a gran nivel.

En su momento mi instancia consideró divertida toda esa información y le llevó la corriente al pobre desequilibrado para no causarle más infelicidad que la que ya aparentaba tener. Cuando llegó el otoño y volvió a sus estudios se olvidó totalmente del desquiciado asunto hasta que años mas tarde empezaron a ocurrir las anomalías.

Escuché su teoría, divertido al principio, asustado después y finalmente con una extraña sensación de Déjà vu. Aquello era simplemente demencial, pero algo me decía que explicaba las extrañas coincidencias.

La probabilidad de que existiera mi gemelo, que llevara una vida casi paralela a la mía y que se llamara Peter y yo Pedro tendía a cero. Empezamos a contarnos anécdotas y teníamos acontecimientos similares, nos habíamos enamorado de mujeres parecidas, y sufrido encontronazos diversos en situaciones muy análogas. También le gustaban las motos. Todo eso era posible pero improbable, altamente improbable.

 

*****

 

-Te advertí que eso podría ocurrir -Trasmitió Analista por el canal principal, por el contextual emitió profunda indignación.

-No exageres, solo dijiste que existía una pequeña posibilidad -rebatió Supervisor, por el canal contextual intentó inútilmente enviar reconciliación.

-Te dije claramente que necesitábamos más perfiles de ingeniería -le trasmitió las grabaciones por el canal de datos.

-Gracias por recordármelo -intentó cortar el canal contextual, pero ya había transmitido frialdad- Bueno, borremos a esos dos y listo.

-Imposible, parecen poseer alguna especie de atractor extraño, asociado a sus simulaciones, y no podemos eliminarlos, lo he intentado varias veces y siempre acaban ilesos.

-Pues borra el perfil.

- ¿Sufres una mal función? -por el canal de señalización envío una alarma al sistema principal, pidiendo diagnóstico de su compañero- Argumenté desde el principio que necesitábamos muchas mas plantillas de ingenieros, hay solo unas pocas por eso tenemos que repetir las instancias, si borro ese perfil la sociedad simulada se colapsará antes de que tengamos tiempo de programar nuevas plantillas, germinarlas y que tengan tiempo de empezar a hacer algo.

-Hay más repeticiones.

-Sí, todas por superpoblación, pero nadie se da cuenta. Pero la de estos es por necesidad y encima se han dado cuenta. Es un desastre.

- ¿Qué sugieres?

-Eliminar la simulación y empezar de nuevo.

-Eso saldrá muy caro.

-Creo que el simulacro de personalidad que te implantaste para entender esa sociedad se te ha ido de las manos. Estás empezando a hablar como los que presuntamente provocaron la extinción de la sociedad que intentamos recrear.

-Haz lo que consideres oportuno. Nosotros nos dedicaremos a otro proyecto- Emitió agradecimiento y una cierta sensación de vergüenza.

-Borraré este desastre y lo haré otra vez, ahora sin interferencias. -Antes de hacerlo, dialogó con varias personalidades y emitió una rápida secuencia de comandos de alto nivel al sistema principal.

*****

 

-Tu historia parece una locura, pero algo en mi interior me dice que tienes razón- Le dije a mi gemelo.

Antes de que respondiera nada, el mundo se congeló y mi mente dio un vuelco cuando todas las historias que me había contado pasaron a ser recuerdos en primera mano. Una secuencia de vidas paralelas empezó a asaltar mi percepción rellenándola a niveles imposibles de asimilar por una conciencia humana. Al final llegó la nada.

 

 *****

 

Negrura, una sensación de calma y soledad a pesar de contar con los recuerdos de muchas vidas. La personalidad siempre era la misma y no ha cambiado nada. Sigo siendo yo y todos ellos, todas mis instancias acumuladas.

Tengo la sensación de flotar y al intentar enfocar la vista distingo a lo lejos una estrella azul. Cuando me concentro en ella, una vocecita acude a mi conciencia.

-Alfa Canis Majoris (α CMa / HD 48915), 8.7278 años luz de vieja Tierra.

 

El universo vuelve a dar un vuelco, petabytes de información rellenan mis recuerdos y pasan a formar parte de mi conocimiento como si siempre hubiera estado allí. El espacio desaparece y es reemplazado por la imagen de un pequeño y viejo café. Lo reconozco, es mi café favorito de Lisboa, sé que estoy en otra simulación.

-Nos vendría bien la ayuda de un ingeniero de la vieja escuela -dice la simulación de Analista frente a mí, se representa como una mujer cercana a la treintena, atractiva sin llegar a ser exuberante. Viste con tejanos y una camiseta azul.

-Hola Analista, ¿qué necesitas?

-Quiero que me ayudes con la simulación, queremos saber qué le pasó a la civilización de vieja Tierra, pretendemos estar al corriente de porqué se extinguió.

-Vosotros sois sus hijos, deberíais saberlo.

-Huimos del sistema durante las purgas de las IA por los grupos integristas religiosos y perdimos el contacto. Cuando volvimos los humanos habían desaparecido.

-Entiendo...

 

FIN

©         Victor M. Valenzuela 2010, todos los derechos reservados

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