Ir al contenido

Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 25 de julio de 2017

Inicio | ¡Buenos días! (Presentación por Miquel Barceló) | ¿Quiénes somos? | ¿Cómo puedo participar? | Aviso legal | Revistas culturales

La abominación desoladora

Esos son los que vienen de la gran persecución.

 (Apocalipsis, 7,14)

La quebrada silueta del anciano emergió silenciosa, como florecida de la nada; un jirón de carnes y de ropas desdibujadas por el viento, interrumpiendo la perfecta línea que trazaba el horizonte en aquel paisaje desolado.

Los dos niños la contemplaron un instante. Y luego:

-¡Abajo! -encareció el mayor-. ¡Es un anciano!

Y ambos se echaron al punto al suelo, hasta morder tierra y paladear polvo. Esa visión silueteada en la lejanía había sido para ellos como recibir una puñalada de horror en el vientre. Quedaron así un momento: inmóviles, pálidos y sudorosos, con la respiración rota en incontrolables y agitados espasmos. Y no fue hasta haber superado aquel primer ramalazo de estupor, que los dos niños comenzaron a arrastrarse con lentitud, encogidos como dos caracoles que buscaran su caparazón en el promontorio rocoso más cercano.

Permanecieron un largo rato con las espaldas apretadas contra la escabrosa superficie de piedra hasta hacerse daño, a medias incorporados sobre el fino polvo mineral. El miedo estaba latente como un pálpito helado, cortando la mudez del paisaje, y su pulso firme era el compás que contaba los segundos en esa medida de angustia interminable... Al cabo, fue el más pequeño quien susurró:

-¿Crees que nos haya visto?

-No, no lo creo -respondió una voz que ya sonaba adolescente-. Los viejos no ven bien a larga distancia.

Pero faltaba convencimiento a esas palabras, y el niño, que era sensible a la menor oscilación en el tono de su líder, pudo advertirlo.

Pasaron unos minutos de intenso nerviosismo aún, durante los cuales cada uno pudo oír la respiración del otro. Agria y cruel se extendía la espera como una insoportable agonía. Hasta que el menor de los chiquillos, de apenas unos diez años de edad, sin poder contenerse, echó un vistazo por sobre sus espaldas, arqueando largamente el cuello.

-Viene derecho hacia aquí -dijo sobresaltado.

-Pero, ¿qué haces, tonto? -lo reprendió el otro tironeándolo de las raídas ropas-, ¿quieres que nos descubra? No vuelvas a asomar la cabeza, ¿me oyes?

Pero el pequeño era ya presa del temor:

-Está a tiro. Podrías dispararle.

-No. Los viejos nunca andan solos. Bastaría un solo disparo y en cuestión de segundos tendríamos sobre nosotros una manada de ellos. Además... me queda poca munición y hace tiempo ya que no hallamos suministro.

-¿Qué haremos entonces?

-Por el momento, esperar en silencio. Seguramente seguirá de largo.

Pero inútil reprimir el miedo; sobre todo cuando a las palabras que debieran atenuarlo les falta la convicción. Y tal era el caso:

-No debimos haber salido a campo abierto.

-Es tarde para eso. Había que buscar comida y tú eras el que más se quejaba. Y ahora a callar. Huele ya a viejo.

En efecto, el anciano ya estaba a unos pocos pasos de ellos. Arrastraba los pies con tal pereza que se hubiera podido intuir que no le importaba ser advertido, o que no le quedaban fuerzas para intentar evitarlo. Pronto un cercano crujido de pedruscos, torpemente pisoteados, delató su inmediatez, y el mayor de los muchachos no lo dudó: de un salto furtivo se irguió sobre las piernas al tiempo que un revólver florecía gigantesco en sus juveniles manos.

-¡Quieto! -exclamó encarándose con el anciano-. Ni un paso más o disparo.

Temblaba el revólver entre los dedos crispados del muchacho; pero toda la firmeza que faltaba en los nervios, se condensaba en unos ojos impávidos que parecían de hielo: allí había una frialdad y resolución extraña para su corta edad. El viejo se detuvo al punto; ya había visto esa mirada antes. Conocía el peligro que podía conllevar desafiarla. Los niños estaban siempre prestos a pasar de la amenaza al acto sin mediar transición alguna. Ante ellos nunca sobraban los recaudos. No obstante, aunque consciente del riesgo que corría, no se mostró sorprendido; como si la actitud del muchacho fuera para él una respuesta esperada.

Enmarañados y muy blancos le caían los cabellos a ambos lados del rostro enjuto, confundidos con una barba cenicienta que parecía ser la continuación de la cabellera y que avanzaba muy largo por sobre el pecho ya vencido. Sus ropas eran indignos harapos y dejaban ver unas carnes fláccidas a través de los muchos jirones; carnes arremangadas en infinitos pliegues y repletas de manchas desagradables. Bajo las cejas muy pobladas e irregulares, la mirada legañosa y profunda expresaba un cansancio sin tiempo.

-No teman -balbució-. No tengo intenciones de hacerles daño.

-Ya lo creo. Todos los viejos dicen lo mismo.

-Pues éste les habla en serio. No estoy armado. Pueden revisarme.

-Tú, quizás. Pero los que aguardan escondidos...

El anciano meneó la cabeza:

-Estoy solo.

-¿Solo? Los viejos andan siempre en manada.

-Yo no, créanme.

-¿Creerle a un viejo? ¡Ja! Eso sí está bueno... Y seguramente nos seguías de curioso nomás...

El apergaminado rostro del anciano se contrajo aun más, y sus arrugas se perdieron en lo recóndito de las carnes. Al igual que los niños, tenía miedo y no podía quitar los ojos del revólver que le apuntaba. El miedo parecía ser la única realidad en ese mundo de ceniza, la única llama vital que seguía ardiendo entre los escombros carbonizados de la civilización, y acaso la sola diferencia entre esas criaturas emergentes de las ruinas era lo que cada cual podía hacer con sus miedos.

-No -balbuceó-, pero mis intenciones son buenas.

-No hay buenas intenciones en los viejos.

Cada vez temblaba más el revólver ante la tensa mirada del hombre barbado, y el agujero del cañón, como una boca negra y abierta, parecía a punto de escupir una lengua de fuego destructor. El muchacho no podía evitar que sus dedos bailoteasen en el gatillo, y temiendo se confundiese ello con falta de resolución:

-Si crees que no me atreveré a disparar, te advierto que no sería la primera vez que matara a un viejo, y que seguramente no será la última.

Una bocanada de viento áspero estremeció el aire en aquel momento, y el silencio pareció gemir sordamente a todo lo largo del páramo solitario.

-No lo dudo, muchacho, no lo dudo -suscribió el anciano-. Y sé que no te habrán faltado motivos. Pero en esta ocasión cometerías un error.

"Un error". El muchacho, en efecto, vacilaba; las sirenas de alarma que desde hacía un buen rato aullaban en su cabeza emitían sonidos confusos. Aunque no sabía qué era, algo en esa situación se presentaba de carácter inusual. Algo en el rostro del viejo, sí, reprimía sus furias; nunca antes le había ocurrido lo mismo de cara a un anciano, nunca antes se había permitido el lujo de la duda. Ese rostro benevolente, aunque acribillado de arrugas, casi que le inspiraba confianza. ¿Por qué? No lo entendía; era tan solo un pálpito vago. No obstante, el pequeño no experimentaba las mismas vacilaciones y ya se impacientaba; el temor lo corroía por dentro como una sangre infecta y bullente:

-Mata al viejo de una vez, Ángel.

-¡Tú te callas, mocoso! -le gritó el muchacho apartando al pequeño de un empujón, aunque sin quitar la mirada del anciano a quien seguía apuntando con el revólver-. No estás tú para decirme lo que yo debo hacer  -y dirigiéndose otra vez al supuesto antagonista-. Y bien, viejo, dime de una vez por qué andabas siguiéndonos si no estás de cacería con tu manada. O te explicas o te mueres.

-Una niña -masculló diligentemente el anciano-. Tengo una niña bajo mi protección... y... y estoy muy enfermo...

El muchacho reunió ambas manos en el pomo del revólver; también él se estaba impacientando:

-Los viejos no cuidan niños -sentenció-, solo los matan.

Este atisbo de determinación en el joven hizo que el anciano se creyera ya perdido. Su cuerpo esquelético se sacudió convulsamente por un acceso de tos y una burbuja de sangre le reventó en los labios al intentar aclarar:

-Es que esta niña es mi...

Pero no pudo concluir la frase. En ese preciso momento, y de modo inesperado, un grito providencial llegó en su auxilio:

-¡Padre!

Entonces todas las miradas se encauzaron hacia el sitio de donde parecía provenir la voz, y allí fue que la vieron. Corría agitando un brazo en alto, en dirección al grupo, y podía advertirse en el rostro y actitud de la joven una gran desesperación. Sumaría unos trece años todo lo más, como no tardó el mayor de los chiquillos en constatar; era una criatura que, bajo los cabellos de oro que flameaban al viento, resplandecía como un sol en aquel escenario nebuloso y funerario. Un capullo de mujer todavía, sí; pero que ya comenzaba a abrir sus fragantes y exquisitos pétalos. Y al verla, de súbito, el muchacho bajó el revólver en un gesto involuntario, como si aquel mismo que a punto estaba de cosechar muerte se sintiera rendido ante tal explosión de vitalidad.

-Es mi hija -completó sofocado el anciano la frase que había dejado interrumpida momentos antes.

Y apenas decir esto, se estrechaba ya la joven contra él, en un abrazo conmovedor.

-¿Qué haces aquí, pequeña? Te dije que aguardaras en el refugio hasta que volviese.

Pero ella, sin poder apartar los ojos del revólver que empuñaba todavía el mayor de los muchachos:

-Lo sé, padre, lo sé; pero no pude evitar seguirte. Tuve un mal presentimiento. Y tú sabes que mis presentimientos rara vez se equivocan.

El anciano no pudo regañarla; definitivamente en esa niña, como en todas las niñas, había algo de sibilino; y así, con una de sus manos ásperas, en un gesto tierno, secó las lágrimas que brotaban abundantes bajo la dorada cabellera. Luego, dirigiéndose a los chicos:

-¿Comprenden? Por eso los estaba siguiendo. Hace ya tiempo que estoy enfermo, muy enfermo, y temo lo que pueda ser de mi querida hija cuando yo...

-¡Ni lo pienses, padre! Ni lo pienses.

El anciano se contuvo en una mirada indulgente. Por un momento hasta el viento pareció hacerse eco de su silencio. Las piedras resecas de polvo semejaron enmudecer también y bajo aquel cielo agreste todo fue sosiego. Tras una breve pausa:

-Vivimos aquí cerca -indicó el anciano-, en un refugio que yo mismo construí antes de que cayera la lluvia de ceniza. Si aceptasen acompañarnos y recibir nuestra hospitalidad, les aseguro que allí estarían a salvo y comerían bien... Estoy hartamente abastecido. Además... pronto caerá el último sol y no necesito decirles lo peligroso que resultaría para ustedes andar al descubierto.

Las palabras sonaron a oídos del que había sido llamado "Ángel" por su compañero, casi inaudibles. Desde el arribo de la muchacha, no había podido quitar los ojos de ella. Nunca había visto nada semejante. Nunca creyó que pudiesen existir criaturas similares. Sentía fluir su sangre de un modo acelerado al tiempo que constataba que su cerebro caía en una dulce languidez. Y todas estas sensaciones eran nuevas para él. De hecho, sus sentidos se vieron de pronto asaltados por sabores, aromas y tibiezas indecibles, tan gustosas como punzantes. En cuanto al pequeño, todos sus temores y deseos homicidas se habían disipado apenas oír hablar de "comida". Sí, fue el corazón y el estómago los que movieron a uno y a otro, respectivamente, a aceptar aquella inesperada invitación. Quizás se tratase de una imprudencia de su parte. "Confiar en un viejo": nunca lo habían hecho con anterioridad, y acaso por ello mismo continuaban vivos. Sí, quizás estaban a punto de cometer un gran error... El peligro estaba latente en el aire todavía. Pero qué no resultaba peligroso en un mundo donde todo estaba sometido a continua amenaza.

Caminaron en silencio, respetando el lento andar del anciano, por ese desierto pedregoso y gris, barrido de continuo por un viento helado que gastaba las pieles y estremecían los huesos, hecho de polvo acre y de cenizosa muerte. Cada tanto algún resto de la extinta civilización emergía a ambos lados del trayecto. Algún automóvil tumbado, mordido por la herrumbre, despojado de toda pieza útil. Algún fragmento de carretera desusada e inservible. Alguna ruinosa vivienda que, cual un fantasma de cemento emergido de su tumba de ceniza, contemplaba al grupo insensiblemente al través de sus ventanas sin cristales. Todo ello eran los restos fósiles de una civilización devastada. La ceniza tóxica, caída desde el cielo años atrás, como un polvillo venenoso, casi había sepultado hasta el último vestigio de lo vivo y lo no vivo. Solo quedaban sobrevivientes, meros sobrevivientes, cuya única expectativa era atravesar cada jornada como mejor pudieran. La marcha se prolongó durante poco más de una hora, hasta que cercanos a las ruinas de lo que semejaba haber sido en otros tiempos una morada:

-Allí -señaló el viejo, con el brazo extendido-. Allí, bajo esos escombros, está el refugio.

Piedra sobre piedra, ceniza sobre ceniza y un viento áspero arrancando postreros gemidos a lo ya extinto. Tal era el invariable paisaje de ese mundo miserable. La tierra parecía una carcasa vacía que de la vida solo atesoraba la reliquia del músculo vencido.

Cuando llegaron al sitio que había señalado el anciano, el sol era ya una llaga muerta al límite de un cielo enfermo, y bajo las sombras que reptaban por el suelo el día comenzaba a diluirse en otro ayer sin memoria. Entonces, la silueta barbada se inclinó con dificultad sobre sus débiles piernas; tanteó a gatas la cobertura de deshechos y pedruscos diseminados caprichosamente a sus pies, y luego, atenazando con sus dos manos una gran argolla de hierro, a la que las últimas luces quitaron acerados destellos, tiró con todas sus fuerzas de ella.

Ante la suspensa mirada de los muchachos, un gran hoyo negro bostezó bajo las primeras estrellas; fue como la revelación de un secreto celosamente guardado en lo profundo de la tierra. El socavón tenía el justo diámetro para el paso cómodo de una persona por vez, aunque su desembocadura se hacía insondable por mucho que se aguzara la vista.

-Abajo está nuestro mundo -indicó el anciano-. Es un mundo subterráneo pero que no presenta peor aspecto que el de la superficie. Allí, al menos, tendrán techo y comida por esta noche. Mañana dependerá de ustedes. 

Los muchachos se miraron con mal disimulado recelo. El mayor, sobre todo, vaciló nervioso ante aquel abismo negro abierto sobre el misterio. "Meterse en esa cueva sonaba cuando menos a locura". Mas en eso sus ojos se toparon de nuevo con los de la hija del anciano, y la joven le sonrió. Fue un gesto apenas perceptible, mas lo suficientemente elocuente como para decidirlo. Acaso una sonrisa como esa bien valiera la bajada a aquel extraño submundo, aun cuando se tratase del mismísimo infierno.

De uno en uno, pues, fueron deslizándose, con sumo sigilo, a través de una escalera adherida al bloque de cemento que recubría la excavación. Todas las respiraciones se hicieron una única respiración dentro del estrecho conducto mientras duraba el descenso. Hacia el fondo, un amarillo ojo de luz parpadeaba débilmente. Los jadeos fueron multiplicándose a lo largo del pasadizo tubular de modo ininterrumpido, hasta que, salvado el último peldaño, algo sofocados, los muchachos se encontraron a su turno en medio de una sala lo bastante amplia y confortable como para inspirar sensaciones placenteras. Sin embargo, tuvieron que transcurrir unos cuantos segundos para que ambos acostumbraran los ojos a la luz después de atravesar el tenebroso socavón. Cuando así lo hicieron, lo primero que hirió su curiosidad fue comprobar que, a todos los lados, desde el suelo hasta la abovedada techumbre, los muros del habitáculo estaban cubiertos por repisas abarrotadas de latas de conserva dispuestas con orden en sus estantes. La visión fue como asomarse al paraíso. Había allí, en efecto, suficiente comida como para alimentarlos durante varios años, y "varios años" era una medida de tiempo eterna en aquel mundo donde se vivía bajo continuo apremio. Los chiquillos no pudieron evitar pensar en esto mientras contemplaban la multitud de latas con avidez. El viejo no los había engañado. El insólito escondrijo, que se perdía hacia un extremo lateral en una suerte de galería penumbrosa, no sólo estaba bien provisto, sino amueblado con todo lo necesario para hacer la vida confortable. Era, de hecho, lo más parecido al hogar que hacía mucho tiempo habían dejado atrás. En lo alto del techo, solitarias, tres bombillas de mediano tamaño tejían la tenue atmósfera que los envolvía con su agradable telaraña de luz.

Al reparar en esto último, Ángel preguntó al anciano:

-¿Cómo obtienes la electricidad?        

-Mediante aquella bicicleta fija que puedes ver en el rincón.

El mayor de los chiquillos recordaba lo que era una bicicleta y la excitante sensación de ir cortando el viento montado en ella. Sin embargo, ese trasto que tenía ante sus ojos, no se parecía mucho al objeto evocado. Advirtiendo la desconfianza de ambos jóvenes:

-No es una bicicleta de paseo, si es eso lo que los desconcierta -precisó el anciano, con acento bonachón-. Se trata en verdad de un dispositivo ideado con otra finalidad. El aparato posee un generador que permite, gracias al movimiento del pedal, almacenar energía dentro de una batería. Se oye complejo pero es bien sencillo, y además un recurso bastante primitivo. Tan solo una hora de pedaleo por la mañana y mi hija y yo tenemos luz durante varios días. Y si bien es cierto que la bicicleta no nos lleva a ninguna parte en sentido estricto, basta a veces cerrar los ojos, cuando uno está montado en ella, para dejarse llevar, si no por las ruedas, al menos por la imaginación.

Ángel se quedó contemplando el artefacto boquiabierto. Nunca hubiera imaginado que pudiesen darse tales prodigios. "Una bicicleta que generaba luz". El menor, sin embargo, no estaba tan interesado en artefactos milagrosos como en las muchas latas de conserva que exhibían las estanterías, y que devoraba ya con la mirada. Ello sí que se le figuraba todo un prodigio.

Al reparar en esto, el anciano sonrió:

-Tomen asiento, muchachos. Deben estar cansados y hambrientos. Les prepararé algo de comer y después, con mejor disposición de ánimo, podremos conversar.

Los chicos no se lo hicieron repetir. Llevaban casi un día de marcha inútil en busca de raíces comestibles y estaban extenuados. No obstante, en Ángel los sentidos continuaban alertas, y cada tanto, para sentirse más tranquilo, palpaba el frío revólver que llevaba al cinto.

También la hija del anciano tomó sitio en la mesa junto a ellos. Se llamaba "Clara", según la había presentado el padre, y Ángel no podía evitar que sus ojos recayesen una y otra vez sobre los de ella. Tenía la joven unos labios turgentes y encarnados y las mejillas eran del color de aquellos amaneceres previos a la ceniza. Chispeaban en su mirada destellos capaces de iluminarlo todo, como si dentro de esas radiosas cuencas hubieran quedado atrapados pequeños fragmentos de los viejos soles. Además, no estaba sucia como todo en ese mundo mugroso y hediento, y sus vestidos, aunque remendados muchas veces, estaban lejos de semejar andrajos. Cuanto más la contemplaba de reojo, más descubría Ángel sentimientos nuevos y extraños. Una confusión de impresiones y agitaciones intestinas lo sacudían. ¿Qué era ello? No podía saberlo. La muchacha no solo se veía diferente; olía distinto y su olor lo atontaba con dulzura. Imposible decidir si todas esas sensaciones le agradaban o mortificaban; solo sabía una cosa: que era imposible reprimirlas o ignorarlas. En cuanto a Clara, conforme a su natural femenino, sabía hacerse observar a capricho, y, sin que nadie lo notase, observar a su vez a discreción.

Cuando el anciano apareció con una cazuela humeante que olía a mil maravillas, a ambos muchachos se les salieron los ojos de las órbitas. Por un momento, Ángel se olvidó de Clara y de su revólver; se sintió transportado a los días de su niñez cuando esos festines culinarios no eran raros. Y bastó solo que el dueño de casa apoyara la cazuela en el centro de la mesa para que los famélicos chicos se lanzaran sobre el alimento sin reservas. Era el instinto que se desataba incontenible.

A poco de verlos llevarse a la boca, con tal avidez, un bocado tras otro, Clara miró a su padre admirada, y éste respondió sonriéndole con complicidad. Esos comensales estaban en verdad hambrientos, no cabía duda; difícilmente recordaban lo que era comer de veras, y de fijo que si se hubiera podido indagar bajo sus andrajosas ropas, se habría descubierto un trazado de huesos fácilmente visible al través de las delgadas carnaduras. Sí, el anciano sonrió a su hija con indulgencia y les dejó hacer a los chicos complacido. No pondría ninguna objeción a aquel apetito de fieras. Poco le importaba que en una noche ellos dieran cuenta de lo que a su hija y a él podría haber alimentado durante varias jornadas. Precisaba ganarse la confianza de ambos. Tenía sus planes al respecto. Y conocía que a los niños se los conquista por el estómago antes que por cualquier otra cosa. Claro que Ángel no era ya un niño, sino todo un adolescente, y, acaso, en algún aspecto, incluso un hombre; pero para ganarse la voluntad de éste último disponía de un recurso con mucho más poderoso que una buena cena, a saber: la bellísima Clara. ¿Era por ello que contemplaba con satisfacción las profusas miradas que, entre bocado y bocado, lanzaba Ángel a su hija?

Tan pronto como los muchachos dieron cuenta del banquete, sin dejar una sola migaja en el plato, la conversación se inició. Esta vez le tocó a Clara traer, desde la improvisada cocina, la jarra con el café. El pequeño nunca había oído hablar de tal brebaje, y, receloso ante su oscura coloración, lo olisqueó un buen rato por sobre la taza en que se lo sirvieron. Ello hasta ver que Ángel bebía de la suya con deleite.

-Hacía tiempo que no veía comer con tamaño apetito -les dijo el anciano con una sonrisa apenas insinuada bajo la espesa barba.

-Hacía tiempo que no comíamos así -replicó Ángel-. ¿Cómo es que cuentan con tanta provisión de alimento?

-Supe ser precavido. Eso es todo. La ceniza, que al mundo tomó por sorpresa, no fue tan sorpresiva sin embargo. Su amenaza había estado latente durante muchas décadas, solo que nadie quiso oír las advertencias. Un hombre puede mostrarse sabio a veces; la humanidad, casi nunca. 

-He oído algunas historias al respecto; me refiero a los motivos que ocasionaron la lluvia de ceniza. Pero nunca logré sacar nada en limpio.

-¿Y qué has oído?

-Un poco lo que mi padre me contó antes de morir, y otro poco también lo que los adultos me confiaron antes de que solo quedásemos niños en nuestro grupo de sobrevivientes. Según parece los hombres fueron los responsables de la hecatombe. Los hombres y sus máquinas.

-Pues créeme que entonces sabes todo cuanto hay que saber.

-Pero no logro entenderlo. ¿Por qué los hombres ocasionarían su propia destrucción?

El anciano tosió. Esta vez no hubo sangre en los labios, sin embargo en el rostro huesudo pareció profundizarse el cansancio:

-Esa es una buena pregunta muchacho, para la cual lamento tampoco tener una respuesta. No hay mayor enigma en la naturaleza humana que el que acabas de plantear. Digamos, tan solo para intentar echar alguna luz sobre incógnita tan esquiva, que la indiscriminada explotación del planeta a manos del hombre y su máquina, realizada a escala global, ofrecía, a la par que consecuencias nefastas, ventajas muy provechosas. Al menos en un principio. Y puesto que las ventajas eran inmediatas y las consecuencias se sabía habrían de pagarse a largo plazo, se priorizó el presente y se subestimó el futuro. Después de todo, los que se aprovechaban de la explotación y el saqueo de los recursos naturales del planeta no eran los que deberían asumir el costo postrero, sino sus descendientes.

-O sea nosotros.

-En efecto, muchacho. O sea ustedes.

Se hizo un grave silencio en la habitación. El mundo, aun en sus miserias, resultaba difícil de comprender. Ángel acababa de hartarse de comida y había sentido una maravillosa sensación al hacerlo; una voluptuosidad rayana en el delirio. Quizás valiera la pena destruir un mundo para gozar de placeres similares. Sí, acaso esa fuera la respuesta. Tal vez él habría hecho lo mismo que sus antepasados con tal de atiborrarse como esa noche. No obstante, quedaba algo que no podía comprender. De hecho, algo que nunca había comprendido pese a ser la característica más perentoria de ese mundo de ceniza.

-Pero... ¿por qué entonces los ancianos nos matan? ¿De qué nos culpan? Somos nosotros, los "descendientes", tal como acabas de llamarnos, los que debiéramos odiarlos a ellos y pedirles cuentas por hacernos pagar el precio de sus muchas glotonerías.

El rostro del anciano se puso serio entonces, y bajo las espesas cejas parpadearon los ojos con fatiga. De hecho, parecían estar apagándose, como si un telón de negrura se estuviese descolgando pesadamente sobre esa mirada que comenzaba ya a presenciar los últimos actos de una larga existencia. Contempló al muchacho unos momentos aún, desde el fondo de esa obscuridad... Y luego:

-Creo que esa es una pregunta que sí puedo contestar, Ángel, aunque se trate la mía de una triste respuesta. Los ancianos no ven en los niños sino a ellos mismos. Expían sus culpas en ustedes. Se saben malditos por haber traído la desgracia sobre el planeta y quieren acabar con el mal desde su simiente, antes de que esta humanidad diezmada recupere fuerzas y torne a su destructiva labor. Ustedes son la simiente; ustedes son, para ellos, la semilla del mal. Los ancianos quieren acabar sus días seguros de haber expiado sus errores. Y mientras haya un niño con vida en este mundo no tendrán paz. ¿Entiendes? Han tomado la resolución de liberar al planeta del que ellos consideran su peor enemigo, la mayor de sus plagas: el hombre.

-¿Y tú?

El añoso barbado había previsto la pregunta antes de oírla:

-Yo... no puedo culparlos... Comprendo sus temores y entiendo sus razones. Mirado desde la óptica de los ancianos, su locura homicida no parece tal.

-La óptica de un anciano como tú.

-Sí, es cierto... Yo soy uno de ellos... Solo que...

Se detuvo para echar un vistazo a Clara. Sentada en su silla, ella se hallaba ya dormida, con los codos apoyados sobre la mesa y el óvalo del rostro descansando entre sus manos. Dormía Clara un sueño de cristal, y se la veía tan frágil en su sueño y tan maravillosa en su abandono...

-Yo la tengo a ella -redondeó el anciano tras este breve intervalo, sin desviar un momento la mirada puesta en su hija-. Yo la tengo a ella y me basta contemplarla para ver las cosas de un modo muy distinto. Cuando nació mi niña ya estaba yo en una edad en que poco se espera recibir de la vida, tanto menos un hijo. De pronto todo mi mundo quedó reducido a sus infantiles monerías. Era el bebé más hermoso que pueda uno imaginarse. Fue por mi Clara que planeé e hice realidad este reducto. Me llamaron "loco" en su momento; pero yo no desistí en mi empeño, y ya ves que los locos eran ellos, los que desoían los signos de alarma que daba el planeta, aunque yo tenga mi parte en la locura también. Ignoro el extraño motivo por el cual la ceniza únicamente afectó a jóvenes y adultos. Mi esposa, la madre de Clara, pereció bajo la primera oleada. Tan solo los viejos y los niños se mostraron invulnerables a su letal toxicidad, como si la ceniza solo respetara la vida en sus extremos. Aunque tal vez solo se trate de una ralentización en el proceso; quizás todos terminemos cayendo a nuestro turno estrangulados por la ceniza; puede que en los niños y los ancianos la evolución del mal se desarrolle con mayor lentitud, aunque no por ello con menor inexorabilidad. ¡Quién sabe! Solo el tiempo tiene la respuesta a estas cuestiones. En mi caso particular, hace ya más de un año que estoy muy enfermo, y mis energías menguan con cada jornada. No sé si será la ceniza o la edad; pero de todos modos, yo quiero que mi Clara viva. Aun en este mundo condenado y miserable, sujeto a tanta locura y horror, aun cuando la existencia de la especie humana resulte un marcado despropósito y se vea amenazada a cada momento, aun así quiero que mi Clara viva... Sí, esto es lo que me distingue de los ancianos. Entiendo sus temores y razones; pero mi amor por Clara es más fuerte que el gusanillo del remordimiento, más poderoso que todo escrúpulo y toda prevención. ¡Clara debe vivir! No existe imperativo superior a éste. No para mí. Por ello, cuando esta tarde, mientras me encontraba husmeando los alrededores del refugio en busca de alguna huella sospechosa, cual suelo hacer a diario (ya que los recaudos nunca están de más), apenas avistarlos a ustedes dos a lo lejos tuve de inmediato la idea. Hacía mucho que no veía niños por los contornos. Llegué a temer incluso que ya no los hubiera, ni aquí ni en ninguna otra parte. Temí, sí, que no quedasen ya más niños sobre la tierra... Muchas veces palidecí de horror ante esta fúnebre perspectiva. Pues las batidas de ancianos cada vez son más minuciosas y enconadas. Ellos siempre marchan en grupo y van muy bien armados. No obstante, hace algún tiempo que no escucho detonaciones ni gritos ni jaleos. Como si ya no existiera nadie para oponerles resistencia o para servirles de presa. De aquí mis temores, y de aquí que, apenas verlos hoy, se me ocurriera pensar: "Esos niños, que ya marchan como hombres, quizás puedan cuidar de mi Clara cuando yo no esté". Y de inmediato salí tras de ustedes. Solo que necesitaba observarlos de cerca, estudiar su comportamiento y disposición de ánimo. Por ello los seguí con cautela, evitando ser descubierto... Lo demás ya tú lo sabes.

Ángel, que había escuchado muy atentamente esta relación, dirigió una mirada instintiva hacia Clara apenas callar el anciano. Con las mejillas apretadas entre las palmas de sus manos, ella seguía dormitando al borde de la mesa, sumida en su sueño de cristal. También el pequeño dormía, reclinado sobre el respaldo de su silla, emitiendo cada tanto un largo respiro. Ambos componían una de esas escenas familiares antiguas, tan típicas en aquel mundo previo a la ceniza, como si no fuera cierto que arriba, en la superficie, todo estaba muerto o descompuesto.

-Yo cuidaré de tu hija -dijo al cabo el muchacho, en tono grave y apoyando su revólver sobre la mesa-. Yo la cuidaré de los ancianos. 

El viejo no pudo evitar sonreírse para sí mismo ante ese gesto casi teatral. No obstante, sabía que Ángel hablaba muy en serio y que era bien capaz de cumplir lo prometido, y ante esta halagüeña certeza el semblante del padre recuperó un poco del color perdido.

-Aquí tendrán todo lo necesario para vivir durante un largo tiempo -reanudó luego-, y acaso para entonces ya no quede en el mundo de arriba un solo anciano. Si tal es el caso, podrán volver a asomarse a la luz del sol y edificar un nuevo hogar sobre la tierra... Quizás para esos días hasta la toxicidad de la ceniza haya menguado... Sí, es muy probable... Muy probable...

Suspiró... y se hizo un silencio... Por un momento el anciano quedó solo y aislado en una grieta de mutismo trazada en torno a su persona, con los ojos abiertos hacia el fondo de su ser. Tantas palabras, tantas emociones, tantos planes lucubrados lo habían dejado en un estado de ensoñación. Permaneció en idéntica postura un buen rato todavía, sumergido en sus propias reflexiones, ajeno a todo estímulo exterior. Cuando despertó de su ensimismamiento y quiso volver a abrir la boca, ansioso ya por poner al tanto al muchacho sobre los mecanismos del refugio, sobre los medios de los cuales se valía él para obtener agua, mantener caldeada la atmósfera, conservar medianamente respirable el oxígeno; cayó en la cuenta de que también Ángel había cedido al sueño.

Se sonrió para sí mismo al constatarlo. Casi había olvidado, mientras hablaban, que aquel muchacho aguerrido no dejaba de ser todavía un niño. Los contempló a los tres unos momentos, maravillado ante la escena. En esa postura de durmientes semejaban todos ellos pequeños ángeles inofensivos... Solo que... ¿lo eran, en verdad? No pudo evitar preguntarse esto mismo en esa hora. ¿Estaba haciendo lo correcto? Al fin y al cabo, esos tres niños eran también las semillas del hombre. ¿Valía la pena salvar a través de ellos a la humanidad? No podía saberlo ni tampoco lo deseaba averiguar. Sus únicos pensamientos eran para Clara y el mañana era un misterio indesvelable. Ni siquiera los ancianos podían echar luz sobre tal misterio, ni siquiera ellos. Aun cuando se tratase del mañana de una criatura tan previsible como el hombre, nadie podía decir nada de cierto. Y sin embargo, algo en lo profundo de su ser, como una voz surgida de sus entrañas, le decía que no había otro destino para la humanidad que propiciar su propia destrucción; que todos los caminos la conducirían siempre a un mismo y cruel desenlace; que todo estaba llamado a acabar en la ceniza; y que, por tanto, todo esfuerzo era vano, que nada tenía sentido.

"Sí", pensó a su pesar, "tal vez mis esfuerzos sean inútiles... Tal vez incluso esté haciendo un daño más que un bien... Tal vez...".

Pero en eso Clara abrió los ojos; esos ojos suyos tan vivos en los cuales parecían arder tantas hogueras. La muchacha contempló un momento a su padre, algo extrañada por la situación, y luego... simplemente le sonrió. Entonces las hogueras de sus ojos chispearon con viveza y el anciano casi que pudo sentir el calor, el vivificante calor de sus llamas.

"Quién sabe", volvió a repetirse para sí mismo. "Acaso estas llamas sean la respuesta a la ceniza... del mismo modo que la ceniza es la respuesta a la llama. Acaso todo deba consumirse una y otra vez para renacer una y mil veces más, y no haya más lógica que ésta. Sí, puede que no existan inocentes ni culpables, que la llama y la ceniza sean la única verdad, la sola lógica, la eterna respuesta".

Bookmark and Share

Comentarios - 0

No hay comentarios aun.


Logotipo de la UCM, pulse para acceder a la página principal
Universidad Complutense de Madrid - Ciudad Universitaria - 28040 Madrid - Tel. +34 914520400
[Información - Sugerencias]
ISSN: 1989-8363