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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 30 de mayo de 2017

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Las reliquias modernas

La nave apareció por encima de las montañas curtidas por el sol de mediodía. Un anciano en silla de ruedas, salido de quién sabe dónde, se detuvo a un costado mío. Sus ojos marchitos y bastante secos atendían la llegada de esa extraña nave.

Preguntó:

-¿Viene a ver los escenarios bíblicos?

-Así es -dije-. Me informaron de que este es el lugar donde inicia el itinerario.

-Somos la guía oficial del recorrido, señor. Eh, ¿usted no es de por aquí, verdad? -Examinó mis ropas y escuchó el leve siseo de los ventiladores que refrescaban mi piel. Advirtió las gafas solares que tenía puestas. Otra cosa que me delataba era mi espigada altura.

-Sí -respondí-. Vengo de otro planeta. De Nancymg. Estoy aquí para tomar algunas imágenes tridimensionales. Me llamo Ylox.

-Mucho extranjero visita los escenarios bíblicos. Han venido de Luna y Marte, pero nunca de fuera del Sistema -Hizo una pausa y escupió en el suelo-. Si no fuera por esto, supongo que no habría otra atracción. Hay que explotar lo que se tiene, ¿no es así?

En aquel momento comenzó a escucharse el grave revoloteo de la nave. Descendió hasta estabilizarse a unos veinte metros de nosotros. La portezuela se abrió y dejó ver a un hombre poco más bajo que yo. Cabello esponjado y de color rojo. Portaba una chaqueta de cuero marrón, la cual mostraba signos de desgaste en los codos, con los cierres de sus bolsillos descompuestos. Sus ojos no dejaban de parpadear por ningún segundo.

Se dirigió hacia donde nos encontrábamos, sin quitarme la vista de encima.

-Errani, el caballero desea visitar los escenarios bíblicos -dijo el anciano-. Se hace llamar Ylox.

El piloto dijo:

-En seis horas se ocultará el sol, señor Ylox. Mejor haga una parada en el sanitario. No encontrará uno en quinientos kilómetros a la redonda.

Me extendió una mano. No supe cómo interpretarlo; decidí no hacer ningún movimiento. Errani rumió algo, guardó su mano en uno de los bolsillos de sus pantalones y dijo:

-Tendré que cobrarle el pasaje por adelantado. Y ya que usted viene solo y no es Semana Santa, el monto es de treinta dianas.

Me despojé de un guante y oprimí mi dedo pulgar en la superficie táctil que el anciano llevaba consigo. Luego de comprobar que tenía los suficientes fondos, Errani dijo:

-Partamos ya. -Accionó la puerta y en pocos minutos emprendimos el viaje.

Alrededor del paraje y hasta donde se dibujaba el horizonte pude advertir que no existía la más mínima señal de vegetación. Miré la llanura seca; me asombró la rigidez del aire y el enrojecido cielo. En su amplia y poco llamativa extensión brillaba la ausencia de más vehículos de vuelo. Los árboles se encontraban muertos, aún de pie, y las ruinas antiguas de poco valor aún imploraban por un recuerdo. La herrumbre y el abandono salpicaban por instantes la tierra gris y sucia. Cascajos de metal se hundían en el suelo. El viento patinaba a ras de tierra.

Errani rompió el silencio:

-Primero tiene que ver el lugar donde comenzó todo. Durante la Guerra del Gran Veneno los clérigos pidieron que los escenarios bíblicos fueran respetados -La nave entró a un valle dorado donde se podía vislumbrar por fin un terreno fértil y virgen-. Allí está. Prepare su cámara.

Tres veces por segundo capté el valle con las gafas. Enseguida contemplé un terraplén que protegía el primer escenario. La nave realizó varios giros hasta acercarse al centro. Enseguida se posó como una hoja en el terreno llano. Errani y yo tocamos el suelo.

La hierba estaba diseñada a base de musgo plástico; rodeaba un árbol artificial y poco convincente. Ni siquiera se bamboleaba al ritmo del viento.

Un grupo de clérigos se acercó. Me observaron con atención mientras intercambiaban comentarios entre ellos. Errani percibió su hostilidad y explicó:

-Es aquí donde Padre Adán ofreció a Madre Eva el fruto. Como puede notar, la serpiente aún permanece en su sitio.

Una extraña criatura alargada y sin extremidades apareció enroscándose en el tallo del árbol. Me miró por unos instantes, mostró su lengua bífida y regresó al mismo punto de donde vino.

-Fue en este lugar donde Gran Él concibió a Padre Adán -dijo Errani-. A partir de una costilla de Padre Adán reprodujo átomo por átomo a Madre Eva. Y para probar su fidelidad y obediencia dictó la directriz de consumir todos los frutos del árbol del huerto, excepto uno, llamado Árbol del conocimiento del bien y del mal. Por mucho tiempo vivieron en total armonía hasta que Madre Eva rompió la directriz al adquirir una manzana de descuento por el Señor Satanás. Se les exigió que firmaran su renuncia. Sus barcos, sus máquinas, sus alimentos... Todo les fue despojado.

Asentí con satisfacción. Las gafas registraban cada imagen. Los clérigos se mantenían apartados de mí a prudente distancia. De alguna manera yo provocaba temor en ellos. Era sabido por todos la exofobia que manifestaban los clérigos en la Tierra. Rara vez tendían a valorar en su justa medida una idea, un trabajo o un servicio que no fuera realizado en la Tierra. Sin embargo, los altos montos de dianas percibidas por el turismo lograban hacerlos más tolerantes.

-No se ha alterado este escenario desde hace miles de años. La serpiente es un mecanismo eléctrico y el árbol ha sido implantado desde hace doscientos años. Su historia puede contarse en el fichero Génesis, desde el versículo 26 del capítulo 1 hasta el versículo 2 del capítulo 5. Está certificado que fue exactamente en este lugar donde el Gran Él creó el complejo turístico como «Paraíso».

Los clérigos no entendían el idioma que el piloto y yo empleábamos. Susurraron algo. Errani escuchaba con atención. Toda su postura se había evaporado, como si estuviese comprometido a hacer algo desagradable.

Enseguida se dirigió a mí:

-Creo que será mejor que continuemos con el itinerario. El siguiente escenario se encuentra a diez kilómetros de aquí.

-¿Pasa algo? -pregunté.

-Dispénseme, señor. Los clérigos me comentan que no debe perderse todos los escenarios bíblicos que atestiguan la historia del hombre. Recuerde que su permiso aduanal expira en menos de cuarenta y ocho horas.

-¿El número de dianas depositadas no es suficiente?

-Se trata de una cuestión administrativa -argumentó Errani-, no económica. Espero que lo entienda.

La serpiente -al igual que los clérigos- me seguía con la mirada. Quise capturar una imagen de aquella especie extinta, pero la luz resultaba muy intensa. Ajusté las gafas y me acerqué al llamado Árbol de la Superciencia sin hacer caso de Errani y los clérigos. Tomé la instantánea, pero algo provocó que la serpiente dejara de enroscarse. Soltó algunas chispas de entre sus escamas de cuarzo. Sus ojos se apagaron. Enseguida cayó bajo su propio peso. Quedó oscilando hasta dejar de moverse por completo.

Los clérigos comenzaron a gritar y a mirar al cielo. Algunos de ellos cayeron de rodillas y juntaron sus dos manos. Otros me miraron con hostilidad.

-¿Qué sucedió? -pregunté, confuso-. La serpiente dejó de funcionar, pero yo no...

-Vámonos -dijo Errani. Me tomó de un brazo y me dirigió a la nave, sin que yo pudiera hacer algo para evitarlo.

-Debo saber qué fue lo que hice. Tenemos tiempo para discutirlo.

Errani se limitó a contemplar el horizonte mientras accionaba los controles de la nave. Después, como si yo mereciera una respuesta, dijo:

-Descompuso la serpiente; es muy sensible a los reflejos de luz. Ahora tendremos que conseguir a alguien que pueda repararla. Sólo limítese la próxima vez a no tocar nada y a no sacar ninguna imagen... -Se dominó. Accionó la palanca y la nave ganó velocidad. Bastante velocidad. Después, el aparato de radio se encendió y una serie de gritos inundaron la cabina. No lo soportó más y descargó un golpe en la parte superior del aparato. Los gritos fueron silenciados.

Me volví y escruté el valle debajo de nosotros, con doscientos metros de pista seca y limpia, bien asentada, mil metros cuadrados de aparcamiento para los aeroplanos, la carretera de acceso y la estrecha vía de asfalto para los bicitaxis. Una montaña baja constituida de rocas salientes sobresalía en el interior del valle, sin un solo helecho o arbusto en ella.

La nave aterrizó en la pista. Dentro de un paraje sin vegetación se encontraba un palacio de cristal. A medida que nos acercábamos alcancé a observar un grupo de clérigos que custodiaban el palacio. Sus túnicas de color negro estaban arrojadas hacia atrás revelando su revestimiento de cuero escarlata. Llevaban colgando sobre la espalda rifles con municiones y un cuchillo sujeto en la funda del cinturón.

Luego de que la nave dejara de moverse, la arena se asentó y permitió que los clérigos-guardias nos identificaran mejor. Mi condición de extranjero parecía hacerlos desconfiar de mí. Errani sacó a relucir una sonrisa para apaciguarlos. Mostró una tarjeta y los clérigos consintieron mi presencia.

-Esta es la ciudad judía de Shaarayim -comenzó Errani-. Adentro se encuentran los vestigios de la lucha entre los guerreros Goliat y David.

-¿Sucedió aquí?

-Así es. La antigua pelea sucedió en este terreno -Errani contempló la playa donde el gigante Goliat había caído decapitado-. Muy bien. Entremos.

Nos internamos en el palacio. Los clérigos-guardias se mantenían a la expectativa, sujetando con fuerza los rifles. Uno de ellos acariciaba la hoja de su cuchillo como si se tratara de un amuleto.

La luz dentro del palacio era clara y cálida. El palacio dejaba entrar la luz debido a las rejillas de acrílico en el techo. En el suelo estaba dispuesto un pequeño laberinto en el cual se mostraban algunas pinturas que representaban la batalla entre dos imperios. En una vitrina de vidrio y reforzado con latón se exponía un curioso objeto.

-La honda de David -dijo Errani-. Con este objeto dio muerte al soldado gigante de la ciudad de Gat y paladín del ejército filisteo, que durante cuarenta días asedió a los ejércitos de Israel. Por el camino David recogió cinco piedras lisas en un arroyo y se plantó delante del gigante Goliat. Este se burló de él, pero el pequeño David estampó una piedra en su frente. Cuando cayó Goliat, David aprovechó para cortarle la cabeza, con la espada del propio gigante. Para acceder a la información deberá consultar en el primer fichero de Samuel, capítulo 17, versículos 4 al 23 hasta el versículo 9 del capítulo 21.

Se adelantó algunos pasos y mostró en la siguiente vitrina una sandalia de gran tamaño dentro de un compartimento de cristal transparente. La luz blanca dio de lleno en el rostro de Errani.

-Perteneció al soldado gigante. La Iglesia la ha podido conservar a través de los siglos así como la honda de David. Vea el deterioro en las orillas y la huella del pie marcada en la suela. No hay mejor prueba de su existencia. El equipo de Arqueología de la Universidad Romana sigue conservado vestigios del Nuevo y Antiguo Testamento.

-Por lo que sé es la única universidad que sigue en pie -dije, en un intento por cambiar el tema.

-No hubo ninguna universidad que fuera tomada por comunidades sobrevivientes -afirmó Errani. Su aspecto de piloto tosco se tornaba un tanto delicado en su papel de guía-. La Iglesia subvencionó las investigaciones a cambio de salvaguardar los intereses de los antiguos decanos. Han tenido la confianza de seguir investigando el paradero de objetos históricos. -Cerró los labios con un chasquido y se inclinó de nuevo hacia delante, clavando su brillante y penetrante mirada en la sandalia. Había manchas de sangre en la suela. Aquello era visto como un premio, una victoria, un acontecimiento digno de celebración. La guerra y la muerte eran aplaudidas por los terrestres.

Me descubrí a mí mismo luchando por no ser el primero en desviar la mirada. Comencé a sentirme un poco ridículo, como si me hubiera visto obligado a trabarme en disputas y engaños en un mundo desconocido. Y en un mundo desconocido uno siempre las tiene de perder.

Estuve a punto de retirarme cuando Errani señaló la siguiente cámara. En ella se exhibía un mural grande que emulaba la batalla de David contra Goliat. Había satisfacción en el rostro de David y dolor en el de Goliat. Su sangre salpicaba en las rocas. Observé los ojos de David y en ellos pude advertir una locura bárbara. Las palabras y los argumentos no eran medios en su lucha. Su odio no tenía el menor significado.

Al fin, cuando fueron contempladas todas las vitrinas y pinturas en el palacio, nos dirigimos a la nave. Por un momento cerré los ojos y moví los labios sin pronunciar sonido alguno, como si esa atroz exhibición me hubiera dado el coraje de tomar la decisión de regresar al espaciopuerto y partir en el primer vuelo a mi planeta.

Esperé a que Errani abriera la escotilla. Sacudió la cabeza, luciendo su dispareja dentadura debajo del bigote.

-Lo están vigilando, señor Ylox -dijo en voz baja-. Creen que puede representar una amenaza.

-Solo me observan, pero no dicen nada.

-Deben estar seguros. Antes eran más intolerantes, pero luego del linchamiento de una pareja de ciudadanos de Luna, se formó un gran escándalo. Ciudadanos del Sistema Solar, así como las autoridades del Confederado Solar, exigieron una disculpa. Eso trajo consigo la Guerra del Gran Veneno. Luego de perder la guerra, la Santa Iglesia se vio obligada a pagar los daños morales causados a los ciudadanos lunares. Y esto derivó en un rechazo a los extranjeros. Pero tenemos que reconocer que son grandes turistas con grandes recursos, de modo que su ingreso al planeta Tierra es aceptado bajo nuestras leyes.

Eso no me había traído el más mínimo alivio.

-¿Eso pasa con todos los extranjeros? -pregunté-. Esta creciente hostilidad...

-Así pasa en ocasiones. Pero no se preocupe: mientras yo interceda por usted, estará seguro.

El siguiente punto en el itinerario correspondía a una de las mayores atracciones de los escenarios bíblicos. Mientras contemplaba el paisaje de la tarde, Errani, valiéndose de los sensores de la nave, pudo ver cerca de ahí el contorno de una costa. Aminoró el vuelo de la nave en una trayectoria recta. Al llegar a los cien kilómetros por encima del océano volvió a disminuir la velocidad.

La descomunal masa que descansaba sobre la suave arena podía observarse desde cualquier punto. La peculiar forma en la que se asentaba sobre los riscos de la montaña llamaba mi atención.

-El Arca de Noé -anunció Errani-. Tan fuerte y sólida como el primer día que zarpó por las aguas provocadas por el gran diluvio. La historia del Arca de Noé, según los capítulos 6 al 9 del libro del Génesis, dice que el Gran Él observó que los hombres se estaban multiplicando sobre la faz de la Tierra. La maldad crecía en ellos y el propósito de su creación no se cumplía, por lo que decidió destruir esas generaciones. El Gran Él dijo a Noé que construyera un arca y que llevara con él a su esposa, a sus hijos Sem, Cam y Jafet, así como ciertas parejas de animales. Noé no tenía los conocimientos ni las herramientas para construir tamaño proyecto de barco, pero el Gran Él se los proporcionó. Cuando Noé completó el Arca, entraron con él su familia y los animales. El diluvio cubrió toda la tierra hasta las montañas más altas. Todas las criaturas de la Tierra murieron. Solo Noé, su familia y los animales en el Arca sobrevivieron. Finalmente, después de muchos días, el Arca se asentó en el monte Ararat, y las aguas retrocedieron por algunos días hasta que emergieron las cimas de las montañas.

Una vez estabilizada, la nave se dirigió hacia la playa. Descendió hasta quedar a la altura de las copas de los árboles artificiales. Respirar me resultaba difícil, pero mi atención se fijó en aquella magnifica construcción de madera. Era de un perfecto acabado, según los estándares antiguos. Se hallaba en posición horizontal sujeto a una base de hormigón y fierro retorcido. Sus curvaturas se elevaban en arcos monumentales que intentaban tocar el cielo. No podía creer que después de la Guerra del Gran Veneno y la posterior devastación fuera a sobrevivir algo tan grande y magnífico como esto.

Estaba siendo resguardada por muchos más hombres, algunos de ellos con lanzas. Llevaban puestos viejos cascos con visera que los protegían de los ojos. Repararon en mi presencia y entraron en alarma.

-No se fije en ellos -dijo Errani con el propósito de aplacar mi nerviosismo-. No están acostumbrados a ver extranjeros, mucho menos con esas ropas tan vistosas que usted lleva consigo. -Me condujo hacia una rampa. Podían notarse con claridad las marcas de llantas en su superficie. Adelante reinaba la más absoluta de las oscuridades. Errani dijo algo, y de inmediato se encendió una bujía. El Arca se encontraba llena de desgaste y en deterioro. Los años no habían pasado en vano por ella. En todas partes se alzaban vigas y columnas de madera. Olía bastante a humedad, y el aire circulaba a través de ondas de calor.

Una vez dentro no mostré señales de emoción. Miraba hacia cada punto con indiferencia, sin una sola palabra y sin expresión.

-Aquí fue donde Noé reunió a las parejas de cada especie de animales para salvaguardarlas del diluvio. Algunos arqueólogos la habían dado por perdida, pero hace doscientos años fue descubierta en el fondo del mar por un explorador marino. Fue arrastrada al mar por un diluvio. Nunca se supo qué había ocurrido con el hermano Noé.

Errani notó mi desconcierto. Se acercó y me preguntó:

-¿Sucede algo, señor Ylox?

-Espero que usted me excuse, Errani, ya que mi sentimiento nace de un profundo respeto por el noble pasado de su gran planeta pero, ¿dónde están las parejas de animales? No las veo por ningún lado.

Errani bajó la vista y contempló los compartimentos dentro del arca.

-Bueno, en realidad no pudo salvarse mucho después de la Guerra del Gran Veneno. Esos animales, la mayoría, habían dejado de existir desde hacía mucho tiempo. No se sabe a ciencia cierta dónde está su paradero, aunque corre el rumor de que debajo de nosotros, en el subsuelo, se hallan resguardados a consecuencia de la Guerra del Gran Veneno.

-No tenía idea de que fueran a sobrevivir en ese lugar.

-Oh sí. Por supuesto. El Arca de Noé no sobreviviría ni siquiera a las amenazas diplomáticas acontecidas, pero un refugio atómico puede hacerlo. La tierra por sí misma provee una barrera natural, reduciendo de manera efectiva los niveles de radiación.

Salí de ahí y apoyé una rodilla en el suelo. Tomé un puñado de tierra seca y murmuré casi para mí mismo:

-Aquí fue donde comenzó todo. Aquí es donde se formaron las primeras moléculas orgánicas. Cuando duermo, sueño con cascadas, nubes blancas y hierbas retozadas de suavidad. Vivo bajo los árboles y cohabito con las criaturas del bosque. Ahora no tiene el menor sentido.

Errani me tomó de un brazo y me puso en pie con delicadeza. Su voz se tornó un tanto suave y cortés:

-Está perturbando a los guardias. No los mire. Pueden pensar lo peor.

Me encontré a mis espaldas con una decena de rostros cubiertos. Esta vez modulé la mirada con antipatía. Uno de ellos mantuvo la lanza al frente, preparado para justificar en cualquier momento su ataque. Errani se dirigió hacia él y el resto de los guardias para tranquilizarlos.

Apreté la mandíbula y acaricié las articulaciones de mi arma. Me habían dicho que me cuidara de los habitantes de la Tierra, pero no tenía idea de a qué grado.

-Eso es una escopeta sónica -dijo Errani alarmado-. Debió declararla en la aduana.

-¿Cómo sabe que no la he declarado?

-La agencia de Turismo me lo hubiera informado.

-Por favor -dije-, arreglemos esto como hombres de negocios.

-Estoy listo para facilitar la rápida transferencia al siguiente punto del itinerario cuando usted disponga, señor Ylox.

Por una vez lo obedecí y guardé el arma. Errani ya tenía preparada la nave. No demoró en poner en marcha el motor. El aire acondicionado me repuso y recuperé el ritmo de mi respiración. Partimos con rumbo al sur.

Abrí los ojos y contemplé el paisaje. Gris por doquier. Un sol vengativo. Un mundo que comenzaba a ser devorado por la entropía absoluta. Las sombras de los riscos y de las dunas comenzaban a alargarse. El sol se tornaba cada vez más opaco y redondo, casi a punto de hacer contacto con el horizonte.

-¿Adónde nos dirigimos? -pregunté.

Después de algunos segundos alcanzó a decir:

-Estamos cerca del Mar Rojo donde el Gran Él dividió las aguas del mar por mediación del iluminado Moisés, permitiendo que lo cruzaran los hebreos con seguridad y escapar así del ejército egipcio. Este hecho logró que se sistematizara y se inculcara una nueva forma de teoingeniería. Los ingenieros civiles fueron consultados por el Vaticano debido a sus conocimientos matemáticos y su alto grado de divinidad y concentración. -Enarcó las cejas-. Tal vez el viaje no resultó como usted esperaba, pero créame que esto lo va a dejar con un buen sabor de boca.

La moribunda tarde hacía acto de presencia sobre los terrenos. Después de traspasar un complicado grupo de montañas, Errani apuntó con el dedo y anunció:

-Hemos llegado. El Mar Rojo.

El piloto se mostró más excitado que yo al arribar al último escenario bíblico. El Mar Rojo resplandecía bajo el manto oscuro. Sin embargo, una luz más poderosa logró que pudiera distinguir la orilla de la playa. Justo ahí se hallaba la instalación improvisada de un anfiteatro, donde algunas personas con los torsos descubiertos y los cabellos largos se desperdigaban en las tarimas. Sus semblantes eran serenos. Al mismo tiempo se encontraban ansiosos de que comenzara la presentación.

Errani desconectó el motor. Tocó la ventanilla con la llave codificada y los cierres magnéticos se soltaron.

Mi negra piel y mis ropas de extranjero excitaban la curiosidad de los niños. Los presentes se apretujaban en el anfiteatro los unos a los otros hasta que sus movimientos se convirtieron en una ola apacible. Errani pensó que sería buena idea observar el escenario a prudente distancia.

Una cortina deshilachada y bastante polvorienta corrió a los lados. Sobre una pared descansaban dos planchas de piedra con una serie de inscripciones grabadas:

 

1. - Amarás a Dios sobre todas las cosas

2. - No tomarás el nombre de Dios en vano

3. - Santificarás el día del Señor

4. - Honrarás a tu padre y a tu madre

5. - No matarás

6. - No cometerás actos impuros

7. - No robarás

8. - No levantarás falsos testimonios ni mentirás

9. - No consentirás pensamientos ni deseos impuros

10. - No codiciarás los bienes ajenos

 

Caía ya la noche. Permanecí solo, con una mirada clavada en la playa plateada y las estrellas pendiendo de un hilo en la magra oscuridad.

Errani se acercó y dijo:

-Creo que eso es todo, señor Ylox. No hay otro punto más por ver en este planeta.

Permanecí callado algunos segundos y dije:

-Escuché algo sobre la Tierra. Es acerca de otro mundo, uno paralelo a éste. No se ha podido comprobar su existencia, pero... Hubo un acontecimiento entre esto -señalé el anfiteatro-, y la Guerra del Gran Veneno. ¿Qué fue lo que ocurrió entre tanto? ¿Por qué se empeñan en ocultarlo?

Errani guardó silencio. Luego de unos minutos emprendimos el vuelo. Era muy tarde ya para conseguir un transporte que me llevara al espaciopuerto. El piloto mantenía fija la vista en el panorama nocturno. Yo, por mi parte, miraba a través de la ventanilla.

Había llegado la hora de decir:

-Cambie el curso, Errani. Diríjase a las siguientes coordenadas...

-¿Qué dice? -Por la expresión en su rostro, supe que Errani estaba familiarizado con esas coordenadas-. El itinerario terminó. No hay más a dónde ir. Ese lugar es altamente radioactivo.

Fue entonces que tomé el arma entre mis manos y dije:

-Puedo cortar la sinapsis de su cerebro. No sentirá nada, pero tampoco podrá ser capaz de mover un solo músculo para lo que le queda de vida si no cambia el curso de la nave.

-¡Miserable! No tengo por qué...

Hundí la punta del arma en sus costillas. Eso fue suficiente para convencerlo. El aparato volvió a girar y tomó la dirección correcta.

Tardamos dos horas en llegar. Pequeños destellos de luz comenzaban a ganar altura no mayor que la de una montaña. Una torre se alzaba ahora por arriba de los cien metros sobre la llanura desértica. No era más que un remanente hueco, sin tejado y sin recubrimiento.

Enseguida, Errani dijo:

-Es un pueblo perdido, señor Ylox. No tiene mayor importancia.

-Tengo que verlo. Ese edificio... Y los otros.

-No encontrará nada -dijo Errani con seriedad-. No hay nada que le interese.

Alrededor de la torre se agrupaban los otros edificios en un radio de mil metros.

La radio llamó. Errani tomó el micrófono y atendió. Después de unos segundos se volvió hacía mí y dijo:

-Los guardias exigen que retornemos.

El sol estalló como una ola de fantástico brillo en el horizonte, revelando la lejana línea de unos edificios arruinados, montados en un enorme terreno en el que nada crecía. Sólo se destacaba allí una gran plataforma de cemento gris.

-Era cierto... -musité-. Era cierto. Sí existe una historia oculta. Ellos, los clérigos... Quisieron ocultarlo por temor. Y los hombres solo destruyen lo que más temen. Pero, ¿cómo lograron apilarlos en un solo sitio?

-¿Por qué quiere saberlo?

-Porque las autoridades del Confederado Solar desean saber la historia oculta. Desean saber qué otros sucesos acontecieron en la Tierra. Al fin y al cabo, todos provenimos de este planeta.

La nave continuó su vuelo bajo la luminosa mañana. Las edificaciones permanecían inmóviles, frías, aún resplandecientes, como si se trataran de una promesa y una amenaza al mismo tiempo. Montados en sus estructuras se encontraban varios técnicos que desmantelaban piezas y las trasladaban mediante grúas y vehículos de carga. Grandes monumentos antiguos cubiertos por rojiza herrumbre y musgo verde, a punto de ser arrastrados por el fuerte viento del olvido.

Los monumentos ocultos no tenían ningún significado para ellos, pero mi formación me había enseñado a reconocerlos: La Pirámide de Giza, el Coliseo de Roma, el Cristo Redentor, la Muralla China, El Big Ben, la Torre Eiffel, la Estatua de la Libertad, la Acrópolis de Atenas...

 

FIN

 

 

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