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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Miércoles, 18 de octubre de 2017

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Hastío

Todo este hastío comenzó con la mordedura de una ardilla.  El pobre excursionista no le dio importancia, se curó la herida y siguió con su paseo.  Quién le iba a decir que esa decisión iba a causar este cataclismo mundial...

En las primeras fases del nuevo virus RS1H0 (Rabid Squirrel 1-Hiker 0), éste permaneció completamente asintomático, contagiándose de forma aérea, y viajando a gran velocidad por todo el mundo.  Pasado un mes, se desató el Apocalipsis: las personas infectadas se volvieron violentas. Sentían unas ganas irrefrenables de morder al resto de seres humanos.  Con la confusión inicial, era fácil que un zombie los pillara por sorpresa y los desgarrara la yugular, dejándolos muertos sobre el pavimento.

Una vez que una persona pasaba a la fase zombie de la enfermedad, ya no era contagiosa.  No se sabe por qué algunas personas eran inmunes y otros no, pero tras un tiempo nadie más fue infectado.  La población terminó tan mermada que sólo quedamos un tercio de vivos, y otro tercio de zombies que no han sido eliminados por el ejército o los grupos vecinales.

Después de dos años, los que seguimos en este mundo luchamos por seguir con nuestras vidas intentando que los zombies no nos den mucho la lata.  Ya nos conocemos muy bien, demasiado.  Y es que son unas auténticas "moscas cojoneras" que están dando día y noche la murga.

Hay un zombie al que mi hijo llama Frankie porque ya tiene un color muy verdoso, como Frankenstein, que siempre anda por el barrio.  Algunas noches le da por ponerse a gruñir y dar vueltas debajo de nuestra ventana y no para... No hay quien duerma. ¿Quién se levanta a las 5 de la mañana para ir a trabajar al día siguiente?   El otro día pillé a Carlos, mi hijo, tirándole un filete de ternera por la ventana y le castigué.  ¿Cómo vamos a librarnos de Frankie y sus noches en vela si le alimenta?  Un zombie no es un perro.  Tampoco puedo culpar a Carlos, ya que no queda ni un solo animal que se pueda tener como mascota porque los zombies se han comido todo lo que anduviera suelto y fuera susceptible de ser alimento: perros, gatos, pájaros, peces...

Con la disminución de la población, los típicos atascos habían terminado.  ¡Qué relax llegar al trabajo de un tirón! Pero nos duró poco.  Los zombies van andando sin control por todas partes en busca de comida, y a veces se meten por la carretera.  Siempre hay zombies atropellados tirados por la calzada a los que hay que andar esquivando para no destrozar los bajos del coche, o zombies que deambulan y se lanzan contra el parabrisas, a los que no hay más remedio que atropellar.  Con tantos partes cada vez tengo que pagar más por mi seguro a terceros (ya desistí de tenerlo a todo riesgo).

Es un tostón tener que llevar siempre un bate de béisbol o un instrumento contundente con el que defenderte si algún zombie te ataca cuando vas andando.  Pesan muchísimo y además tienes una mano ocupada.  No hay quien salga a dar un paseo relajado: se oye su gruñido característico (anda que intentan disimular), miras a tu alrededor y ves un zombie que va despacito, despacito hacia donde tú estás, pensando que vas a ser parte de su almuerzo.  Coges el bate, te preparas... Y ¡hala! Otro zombie espachurrado más.  Me dan pena los que trabajan en la patrulla de limpieza: no paran de higienizar y desinfectar zonas, porque los zombies lo dejan todo perdido de podredumbre y pus.

En resumen, ésta es nuestra vida.  Dicen que el ser humano es muy versátil, porque logra adaptarse a todas las circunstancias... ¡Qué remedio!  Tengo la esperanza de que llegará un momento en el que logremos librarnos de los zombies que quedan y podamos vivir nuestra estresante existencia de siempre con su agobiante operación bikini, sus molestos móviles, y sus incómodos números rojos.  Justo igual que antes de que ocurriera este tedioso desastre mundial.

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