Por favor, siga leyendo. No me arrastre a la papelera, ni le dé al humillante botón de spam. Deme una oportunidad, permítame al menos descansar unos segundos en su pantalla. ¿Cómo ha podido suceder? ¿Un microcorte eléctrico? ¿Acaso un virus? ¿Un fallo de programación? El caso es que en algún momento se borraron las direcciones de mi remitente y de mi destinatario. ¿Las dos? Sí, las dos. ¿Imposible? Eso pensaba yo. Pero ha pasado. Y por eso llevo semanas rebotando de servidor en servidor. No saben a dónde enviarme, ni a dónde devolverme. Un mensaje de email amnésico. Cada servidor de correo al que llego me dice lo mismo: que si no ha visto un caso igual, que si no sabe qué hacer conmigo... y al final acaba enviándome a otro colega suyo. Y así una y otra vez. Hasta hoy, que por azares de la programación he terminado en su pantalla.
[Seguir leyendo] Editorial

