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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Domingo, 17 de diciembre de 2017

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Sci·Fdi:
Revista de ciencia ficción, 2014 enero 31; (9)

Editorial

Por favor, siga leyendo. No me arrastre a la papelera, ni le dé al humillante botón de spam. Deme una oportunidad, permítame al menos descansar unos segundos en su pantalla. ¿Cómo ha podido suceder? ¿Un microcorte eléctrico? ¿Acaso un virus? ¿Un fallo de  programación? El caso es que en algún momento se borraron las direcciones de mi remitente y de mi destinatario. ¿Las dos? Sí, las dos. ¿Imposible? Eso pensaba yo. Pero ha pasado. Y por eso llevo semanas rebotando de servidor en servidor. No saben a dónde enviarme, ni a dónde devolverme. Un mensaje de email amnésico. Cada servidor de correo al que llego me dice lo mismo: que si no ha visto un caso igual, que si no sabe qué hacer conmigo... y al final acaba enviándome a otro colega suyo. Y así una y otra vez. Hasta hoy, que por azares de la programación he terminado en su pantalla.

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Censura en la escuela

Normalmente, asociamos la censura con regímenes dictatoriales y funcionarios grises recortando fotogramas o tachando párrafos subversivos. Sin embargo, aunque en Occidente vivamos sin miedo de que agentes con gabardina revisen nuestra biblioteca en busca de textos incriminatorios, la censura sigue existiendo y ha adoptado formas más sutiles, aunque no por ello menos peligrosas.

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Adiós a la percepción

Vuelvo a empezar y, aun con el riesgo de ser redundante, lo haré por el principio. Puedo recordarlo, al menos creo hacerlo con la suficiente nitidez como para hablar de ello.

En esa época estaba estancado. Los días se me antojan en mi memoria de color gris, con breves luces, tal vez producto de alguna cita concreta; pero por lo general dominados por la rutina y el tedio. Era insoportable trabajar en el mismo almacén día tras día, vivir la misma cotidianidad en el hogar y tener como única motivación sumergirte en un sueño tan profundo que quepa la esperanza de no despertar.

El mundo decidió por mí. Mi mujer se cansó antes que yo y me dejó, lo recuerdo perfectamente, el primer día de Semana Santa. Valiente puta, tuvo unas buenas vacaciones por delante.

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Pedrícese el mundo

Todos los personajes que aparecen en esta obra son ficticios. Tampoco los nombres y motes de los personajes fueron escogidos para hacer referencia a ninguna persona real. ¿Eres una de las miles de personas que se llaman Pedro Martínez en todo el mundo? Pues lo siento, pero no lo escogí por ti... a no ser que alguna vez hayas viajado a otro sistema solar, claro. Simplemente sonaba bien y necesitaba una P. ¿Te llamas Hermano 27351? Pues no, tampoco es por ti. Pero pide explicaciones a tus padres.

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Pedrícese el mundo (continuación)

Sonó una musiquita de fondo y surgió en la pantalla una imagen en blanco y negro de un planeta en el centro de la imagen. No era una foto, más bien parecía un dibujo. Después de unos segundos la imagen desapareció y apareció un letrero que leía:

"Bienvenidos a Hogar"

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El último recuerdo

Yo fui un Controlador, hasta que no lo soporte más.

No era que mi trabajo fuera muy pesado. Incluso las condiciones que me asignaron para vivir eran espléndidas: una acogedora casa en las zonas altas de un valle, con una linda vista hacia la ciudad, que se volvía magnífica al atardecer con el sol poniente bañando la ciudad.

A mi cargo estaba un pequeño país en medio del continente americano. Nada complejo, conmigo bastaba y hasta me quedaba tiempo libre. Casi todas las noches apagaba las luces y me sentaba en la sala, frente a la ventana, con mi portátil en el regazo. Veía la ciudad a lo lejos, escalando las faldas de las montañas al otro lado del valle, mientras curioseaba cómo les iba a los otros.

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©Mack acelera el paso

Matías amaba su trabajo tanto como nosotros amamos el nuestro. No encontraría otro igual ya que el número de desempleados aumentaba y había miles que matarían por un empleo como el suyo. Amaba el olor de los muebles, el olor a café de grano recién hecho, el papel tapiz, las luces incandescentes, así como a la muchacha rubia de recursos humanos.

Cada mañana, Matías llegaba diez minutos más temprano para ejecutar sus labores. A pesar de que su jefe no poseía buenos modales lo encontraba agradable, sobre todo los viernes cuando estaba latente el fin de semana para disfrutar. No había nadie que tuviera quejas de él, como él no tenía quejas de nadie. Hacía más de un año que había entrado a laborar a la empresa y no pasaba un día en que no se mostrara dichoso de haber llegado a este mundo.

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Biotecnología y sociedad en el sistema solar interior– Clase número 13

Biotecnología y sociedad en el sistema solar interior- Clase número 13. El inicio del caos ecológico terrestre, 2046-2052. De la "campaña de fitorremediación del glifosato" a las declaraciones de la CE-BRICSEVAT[i].



[i] La traducción de esta clase magistral al español clásico ha sido hecha bajo la política de igualdad de oportunidades de la Universidad del Espacio Exterior, sede Valles Marineris, Protectorado de Marte. Se prohíbe su reproducción o retransmisión en el sistema solar sin el permiso expreso de la institución.

 

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Libertad en Marte

Jonas despertó helado y con el cuerpo dolorido. Sabía que la criogénesis tenía esos efectos en el cuerpo humano, pero nunca los había sufrido hasta ahora. Jonas sintió cómo dos pares de manos fuertes lo sacaban de la cápsula criogénica con rudeza. Mientras parpadeaba, sus ojos lloraban por la cegadora luz blanca, que iluminaba la sala. Tras un esfuerzo sobrehumano, pudo al fin Jonas ver dónde se encontraba: era un pequeño cuarto de paredes blancas de metal, totalmente vacío de muebles. Al mirar hacia arriba vio dos enormes soldados de rostros duros que lo sujetaban y le inmovilizaban los brazos. Jonas soltó un leve suspiro; estaba tan débil que aunque quisiera, no podría escapar. Miró hacia delante: en la pared frente a él había un hombre, vestido con uniforme de gala almidonado, con su pelo blanco cortado a cepillo y de mirada dura, fumándose un cigarrillo mientras lo observaba con interés académico.

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Tic-tac, tic-tac...

«Tic-tac, tic-tac».

Aquel era, sin duda alguna, el sonido que el ente deseaba oír; sin embargo, la habitación en la que se encontraba seguía sumida en silencio. Un silencio pesado, angustioso, apremiante, una queda regañina que no hacía más que recordarle que no había cumplido su objetivo y que, cuanto más tardara en llevarlo a cabo, menor probabilidad de obtener resultados tendría.

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Prosa inmortal

En el número 7 de Sci-fdi, correspondiente a enero de 2013, hablamos sobre "Memento Mori", un experimento que acababa de ver la luz en el panorama editorial español. En aquella ocasión entrevistamos a Alberto Haj-Saleh, editor, y Francisco Serrano, autor de "Perros del desierto" para charlar sobre las novelas de a duro, el pulp y la situación de la ciencia ficción española.

Un año después, tenemos la ocasión de poder disfrutar de "Prosa inmortal", un nuevo proyecto en el que están embarcados los responsables de "Memento Mori", junto a John Tones (autor de "Nigromancia en el reformatorio femenino", también en "Memento Mori") y otros nombres conocidos del ciberespacio español. Cada número recopila una serie de relatos breves en torno a un tema común, en este caso, un viejo conocido de la ciencia ficción: "Los horrores de la ciencia".

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En ti

Recuerdo la primera vez que atravesé la arcada Mendeleyev. Mis pasos resonaban en aquel desmesurado espacio vacío, entre gigantescas columnas, levemente iluminado por las estrellas coloreadas que tachonaban la colosal bóveda. Las paredes de mármol y cristal, limpias y de líneas suaves, eran de una sobrecogedora belleza, elegante y transparente. Pensé que Asgard, la morada de los dioses nórdicos, no debía ser muy diferente. Por primera vez sentí verdadero frío en el alma, un frío que me embriagaba y me sostenía en la admiración por aquella ciudad y aquel pueblo.

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Rastrillo de lecturas #3

Ángel Torres Quesada, uno de los decanos (en el buen sentido) del mundillo de la Ciencia Ficción española, tiene ya 73 años, nada despreciables, y sigue publicando.

Me imagino a este señor, con su escaso pelo canoso, sus gafas y su gesto incómodo (a juzgar por las imágenes que aparecen en Google), levantándose un domingo por la mañana del año 2011, desayunando después de vestirse, en su cocina pequeñita, por cuya ventana entra la luz matutina, cruda y silenciosa. Se pone la bufanda dispuesto a salir a la calle y se acuerda de su madre, siempre tan insistente en que fuera a misa los "días de guardar"... Lo que antaño fuese un acto de rebeldía filial, hoy es un paseo melancólico por un barrio tranquilo de Cádiz.

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ISSN: 1989-8363