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La misma nada al cuadrado o algo peor

Javier Gimeno Perelló 2 de Julio de 2018 a las 12:01 h

Como toda la saga del detective y ex policía Mario Conde -una suerte de Sam Spade o Philip Marlowe cubanos surgido en la novela Pasado perfecto, 1991-, La transparencia del tiempo pertenece al género novela negra. Cuenta la historia de una virgen negra, una supuesta Virgen de Regla milagrosa que Roberto Roque Rosell, Bobby, un antiguo amigo de estudios de Mario Conde le pide rescatar de las manos de su amante, un joven muchacho que huyó llevándose parte de sus pertenencias y de su dinero. Pero no fueron tales pérdidas lo que a Bobby le dolió sino el robo de la virgen, su objeto de adoración, entregado en cuerpo y alma por igual a la santería y al culto católico. Las pesquisas del ex policía le van conduciendo a una trama con muchas aristas y cabos sueltos, con algunos muertos y una banda internacional de traficantes de obras de arte. A su vez, como la judería en el Amsterdam del s. XVII y un cuadro de Rembrandt en la anterior novela de Padura, Herejes, aparece aquí intercalada la historia de la escultura: desde sus orígenes a fines del siglo XIII y comienzos del XIV en la Orden del Temple en España, pasando por las peripecias que atravesó en la guerra de Cataluña del siglo XV, hasta finales del XIX y primeros del XX. Y por último, la Guerra Civil española, causa de su aparición en Cuba y origen de los acontecimientos policiales que cuenta la novela.

Como en otras obras de Padura, desfilan en La transparencia... muchos de los elementos dominantes de la Cuba actual, además del desencanto y la frustración de tantos cubanos, representados por el detective: la corrupción policial, que es la de toda una sociedad condicionada por la necesidad de supervivencia a cualquier precio; la persecución de la homosexualidad desde los comienzos mismos de la revolución, si bien atenuada en los últimos años, pero aún existente en un entorno machista donde la homofobia forma parte del imaginario colectivo; el anhelo de buscar otra vida fuera del país; la búsqueda de pequeñas dosis de felicidad en los pocos placeres que surjan, como alguna que otra comida muy excepcional con amigos, el disfrute del ron inexistente en la isla sólo conseguido de contrabando o el refugio de los encuentros sexuales.

Pero en esta novela, Padura da otra vuelta de tuerca y retrata lo más miserable de la miseria cubana, especialmente de La Habana, en la segunda década del siglo XXI, aquello que Conde bautizó como el mundo de los invisibles, el subsuelo habanero, las catacumbas de las catacumbas:

"Cuartones levantados con unos cuantos bloques y ladrillos, otros con maderas carcomidas, algunos con planchas de zinc en distintos niveles de deterioro y otros hasta con pedazos de cartón... Las leyes del urbanismo, la arquitectura y hasta la de la gravedad resultaban desconocidas en aquel enjambre de aposentos miserables, creando una distribución caótica y asfixiante" [...]
"- ¿Qué coño es esto, Conde?- preguntó el Conejo...
-La infravida- soltó el Conde... Es otra vida pero también es real.
-¿Esto es vida?- dudó el Conejo.
-Sí, Conejo, aunque quieran hacerla invisible... Te lo he dicho: siempre hay alguien que puede estar más hundido que uno... Más hundido que yo, por ejemplo..." (p. 353)

La lectura de esta nueva y -por ahora- última novela del gran escritor cubano invita a una cierta comparación entre lo vivido en su país por el personaje ya emblemático de Padura y lo que alguien de su edad o de edad aproximada ha vivido en el nuestro. En efecto, Mario Conde, a punto de cumplir los 60, ha nacido con la revolución, y por voluntad propia ha vivido toda su existencia en esa sociedad impregnada por grandes promesas de cambio, y sin embargo envuelta en continuas decadencias hasta el momento actual cuyo común denominador es una frustración enquistada en las entrañas del ser cubano. Quienes en España nacimos en torno a los años de aquella revolución, y por tanto, contemporáneos del ex policía, sentimos que lo que ocurría en Cuba pudo ser la panacea de todo cuanto soñamos en nuestra adolescencia. Testigos de una transición a la democracia, en no mucho tiempo comenzamos a sentir una suerte de frustración motivada por dos razones: de una parte, la deriva de la que para muchos estaba siendo una transición modélica, pero que para otros en absoluto estaba cumpliendo los anhelos de la primera juventud; y por otra, el desengaño que significó la revolución castrista con su autoritarismo, su falta de libertades y su pobreza y desigualdad endémicas para la mayoría de los cubanos, aún conscientes de que su principal origen era el bloqueo norteamericano. Pero hasta que no viajamos a Cuba, no conversamos con cubanos desencantados, fueran o no exiliados, o no leímos novelas como La Habana para un infante difunto, de Guilleromo Cabrera Infante; Boleros de la Habana o Nuestros años verde olivo, de Roberto Ampuero; Persona non grata, de Jorge Edwards; Padura y otros, no fuimos conscientes de aquella realidad.

Mario Conde es un hombre corroído por la frustración y el desencanto ya desde su primera aparición y ahora, a sus casi 60 años, no le queda ni siquiera la ilusión de un cambio por pequeño que fuera en un país que perdió todo atisbo de esperanza. Entonces, sus únicos estímulos son, por este orden, sus amigos de siempre -de ahí el desasosiego y una profunda sensación de soledad cuando alguno, como el Conejo, anuncia su marcha del país-, y más cuando muy de vez en cuando logra compartir con ellos lo que en Cuba son imposibles, como el buen ron -conseguido siempre por métodos poco ortodoxos-, un buen banquete a base de carne o pollo; y después, el refugio acogedor de la desnudez traslúcida, el olor a piel limpia y el sabor a frutas dulces que siempre, siempre, flotaba en la saliva y el aliento de Tamara (p. 37), su novia-amante de casi toda la vida. Fuera de eso, Conde padece la amarga sensación compartida por miles de cubanos de vivir en un país envuelto en la misma nada al cuadrado o algo peor.

 

 

 

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