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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Jueves, 19 de julio de 2018

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Obras publicadas en el día de 6 de Mayo de 2018

Impares (La espiral literaria, 2017)

Relato incluido en la antología Verdad o mentira, publicada por La espiral literaria, 2017.

Tendido indolente en esa cama de medidas estándar de matrimonio ajeno, a medias cubierto por aquellas ya familiares e insulsas sábanas de color sepia con inofensivos dibujos geométricos -ahora perfectamente arrugadas por el estéril esfuerzo de la pasión pactada y el subsiguiente placer casi forzoso, molesto-, el hombre reprimió con la ayuda del dorso de su mano un enorme bostezo, que le provocó un escalofrío de similares dimensiones, y disimuló a duras penas tanto su hastío como su indiferencia tapándose un poco más, en un gesto mecánico que por este mismo motivo, y refiriéndose a su persona, distaba mucho de la vergüenza o del pudor, como si aquella sensación de destemple no se debiera esencialmente al lamentable estado actual de las cosas, sino a la leve y repentina bajada de temperatura, a la pérdida de ese calor sofocante que el cuerpo de su amante le había proporcionado previamente, como venía siendo habitual desde hacía ya más de nueve meses, todos los jueves, de seis a ocho.

La mujer había dejado la cama minutos antes, después de encender un par de cigarrillos que se consumían ignorados e inexorablemente con la parsimonia de la vejez en el cenicero de la mesilla de noche. Había prometido regresar pronto, pero la espera se dilataba, y el hombre se aburría: no era culpa de ninguno, menos suya que de la mujer, porque él ya sabía que todo esto iba a suceder tarde o temprano, y la terquedad de la mujer no era sino trabajo en balde, ese engordar para morir de los animales en celo que eternizan su presente sin darse cuenta y algunos lo llaman inmortalidad. Pero era cierto que él estaba aburrido: de ella, de él mismo, de aquella situación, de todas las mentiras. Por hoy ambos habían cumplido con su parte del trato, con esa cuota de traición y miseria por la que muchos otros, todos aquellos que jamás la probaron, suspiraban; aunque ella quería más: fundamentalmente quería ese simulacro de aventura que la permitía seguir creyendo a pesar de todo en su juventud, en el posible retorno del paraíso malogrado, o al menos en el pobre consuelo de una tregua en medio de la batalla perdida de la existencia atroz. Y por compasión, o quizá porque él estaba tan confundido como ella, tan indefenso como siempre, o simplemente por una forma inocente pero interesada de la solidaridad, el hombre se complacía tratando de complacerla, jugando un juego cuyas reglas, sin haber sido formuladas jamás con precisión -ya que tampoco había sido necesario hacerlo en un principio y ahora, a estas alturas del drama, se antojaba ridículo- estaban claras y eran inequívocas: dos horas, los jueves, en casa de ella, la cita en el café de siempre, a un par de manzanas de distancia, para aprovechar un tiempo que con cada encuentro se hacía desgraciadamente más largo; y luego la despedida, sin realmente serlo, porque el jueves siguiente otra vez vuelta a empezar, siempre lo mismo: los mismos pasos, las mismas palabras, similares ocurrencias, las mismas miradas, los mismos gestos e idéntica urgencia en los besos, los apretones, la furia y la descarga. Por eso, y también por otras muchas cosas que no tenían que ver al caso, es que él se aburría.

Y se daba perfecta cuenta que a ella debía de sucederle un poco algo parecido. Sin embargo, su experiencia en la derrota, en los fracasos cotidianos y las humillaciones del paso del tiempo le confería a la mujer cierta ventaja en la aceptación de lo inevitable, la resignación ante la evidencia; así como una fuerza incomprensible para el hombre a la hora de postergar la renuncia y preferir una nueva mala copia de su propia y verdadera vida conyugal, bastante parecida por otra parte a la del hombre, antes que el abandono o la deserción. Ella pretendía perpetuar a base de mentiras y engaños su remota juventud, y él alejar el presentimiento de la muerte; para ello usaban los respectivos miedos, que tan bien habían llegado a conocer por necesidad más que por atención; pero ninguno de los se daba cuenta de que la primera jamás volvería y la segunda siempre estaría presente, como un mal sueño que se repite y del que parece no despertaremos nunca. (...)

 

Texto íntegro incluido en el libro Verdad o mentira (La espiral literaria, 2017), dentro de la colección Fonammentals.

 

 

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Hacia dentro (Revista Quebrados, 2017)

Hacia dentro (Revista Quebrados, 2017)

Naturalmente, no me cuento entre los niños felices.
Juan José Arreola

Todos sabían, por experiencia propia, porque el tiempo es relativo y el entusiasmo hace que las horas vuelen, que el verano pasaba más rápido que el resto de estaciones. Más aún cuando el verano transcurría lejos de la ciudad, en el territorio verdaderamente familiar del pueblo, donde los minutos no marchaban tan lentos: la seguridad del pueblo, la ausencia de relojes y de horarios estrictos difuminaba, incluso abolía, los límites de ese tiempo que debían aprovechar al máximo.

Los chicos del pueblo quedaban en el lago sin necesidad de citarse previamente; cualquiera sabía que sólo allí, en el lago, podían estar los demás. Y era justo ahí donde apuraban la mañana tomando el sol, contando anécdotas, dándose prolongados chapuzones en el agua bien fría (porque en el pueblo, al contrario que en la ciudad, forrada de hormigón y asfalto, siempre refrescaba por las noches; a veces incluso llovía) o retomando, entre risas nerviosas y cierta franqueza típica del lugar, aquellas relaciones que el verano anterior se habían visto interrumpidas por el regreso a la ciudad y el comienzo inevitable del nuevo curso. Quien más quien menos, a la orilla del lago, junto a los árboles, un poco apartado del resto, había dado su primer beso a esa pareja que parecía iba a durar siempre: jamás se percataron, ni se preocuparon, de que la vida da muchas vueltas, de que todo, por desgracia, cambia y siempre a peor. Esto a ellos les traía sin cuidado; carecían de tiempo para el lamento o la aflicción: estaban demasiado ocupados viviendo, o quizá asistiendo al inicio explosivo de su propia vida.

Luego estaban las tardes, aquellas maravillosas tardes que comenzaban puntuales con el receso breve de la siesta. Durante un rato los adultos, sorprendentemente fatigados o aburridos, se dejaban vencer por el cálido sopor de la sobremesa y descabezaban un sueño ligero, que no era en absoluto obligatorio para los críos. Era entonces cuando los amigos se reunían en una de las casas del pueblo y se escurrían con sigilo por las diferentes habitaciones de la vivienda, en silencio de conspiración para no despertar a los padres de turno. Allí inventaban aventuras, imaginaban misterios o leyendas, descubrían fantásticos tesoros: cualquier disparate parecía posible. Pocas cosas les importunaban; casi nadie les contradecía. Los chicos disponían de toda la tarde para sus juegos delirantes y sus diversiones inagotables.

Una de las pocas ocasiones en que las familias se reunían al completo bajo el mismo techo era la hora de la cena, que no se prolongaba mucho porque todos, mayores y pequeños, deseaban disfrutar de sus respectivos entretenimientos antes de acostarse. Los mayores acudían al único bar del pueblo para tomar un trago o charlaban sentados a las puertas de sus casas, viendo cómo la noche caía sin presagios funestos, tan sólo con la esperanza de un nuevo día; los pequeños, aprovechando la oscuridad, elegían el mejor escondrijo para contar historias de terror que en realidad no asustaban a nadie, o eso pretendían ellos: acaso suponían la mejor excusa para dar la mano, para abrazar sin pudor, para fingir de verdad que no estaban solos.

Los muchachos podían percibir -sin encontrar la manera exacta de explicarlo, sin impacientarse por no poder hacerlo- que en aquel lugar y en esos momentos algo muy dentro de ellos, algo noble y duradero, surgía de forma espontánea; y esto era indiscutiblemente lo mejor del mundo. Según habían oído, o tal vez leído, la felicidad era una puerta que se abría hacia dentro. Poco podían imaginar que, tras esa puerta, la mayoría de las veces, finalmente no quedaba nadie.

 

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