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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 23 de octubre de 2018

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La Flecha Intenpestiva y otros relatos (2009)

Madrid, Pórtico, 2009.

La Flecha intempestiva es una colección de relatos que su autor ha ido escribiendo a lo largo de su ya dilatada existencia. Las historias tienen lugar en los tres países donde ha transcurrido su vide: España, Ecuador y Venezuela. Los relatos ilustran las vida urbana o rural de dichos países. El volumen concluye con la sección española, donde se encuentran los únicos cuentos fantásticos y un texto que evoca en clave poética la prisión de un soldado de la República al final de nuestra querida guerra civil.

 

 AMALUZA       

         El señor gobernador de la provincia del Azuay llegó en su coche a Palmas con tres amigos suyos. Habían viajado casi dos horas desde la capital de la provincia por una mala carretera sin asfaltar. Cuando se detuvieron junto a la casa del teniente polítíco, eran ya las ocho de la mañana. El cielo estaba nublado y amenazaba con ponerse a llover de un momento a otro. Aquiles Bravo, que era la primera autoridad del pueblo, y los hermanos Llorente, en representación de las fuerzas vivas, recibieron a los visitantes.

         El doctor Benjamín Quintanilla, gobernador del Azuay se apeó de su automóvil y echó una ojeada a la plaza principal del villorrio, que era una explanada rectangular presidida por la espadaña de la iglesia. Acotaban el recinto varias casas de uno o dos pisos, bien enjalbegadas, que debían de pertenecer a las mejores familias del lugar. La carretera formaba el cuarto lado de la plaza y en él, precisamente, se hallaba la casa de Aquiles Bravo, el teniente político de Palmas.

         Entre los acompañantes del gobernador, estaba su secretario, un muchacho flaco, de ojos azules y gruesos lentes, que en los últimos tiem­pos se había dejado crecer su barba de color zanahoria para tener aspecto de intelectual. También formaban parte de la comitiva el doctor Ru­perto Íñiguez, joven diputado por el partido conservador, y dos arqueó­logos españoles pagados por la Unesco para desenterrar, si es que lo encontraban, el palacio de Huaina Capac a orillas del río Tomebamba.

         El señor gobernador del Azuay era un hombre que frisaba con la treintena. Tenía rostro aguileño y afilada nariz inca. Era el único del grupo que no llevaba gafas y sus ojos amarillo‑verdosos miraban a la gente sin pestañear, con molesta fijeza. Pertenecía también al partido conservador o, como dicen los ecuatorianos, "curuchupa", vocablo quechua que significa "rabo podrido". El presidente Camilo Ponce lo apreciaba en extremo y lo había nombrado gobernador del Azuay tan pron­to como había subido al poder.

         El gobernador entró con sus cuatro amigos en casa del teniente político. Los hermanos Llorente, abrigados por sus gruesos ponchos de  rayas rojas y amarillas, entraron también con los visitantes. Sentáronse todos en unos bancos rústicos que corrían a lo largo de las paredes de adobe y después de cambiar unas cuantas frases protocolarias con el go­bernador, Aquiles Bravo fue a la cocina para ordenar a las sirvientas que preparasen un refrigerio. Cuando se reunió de nuevo con el gobernador y sus amigos, la imagen del viejo zorro, gordo, sonriente y campechanote, se copió en siete pares de ojos mientras avanzaba por la sala hacia la mesa envuelto en su traje negro para las ocasiones solemnes y tocado con un sombrero de fieltro gris. Aquiles Bravo era prácticamente blanco y tenía los ojos castaños. Cuando hablaba con el gobernador se ponía de lo más zalamero y se deshacía en risitas empalagosas. Lo que pasaba es que había sido teniente político en la época del presiden­te Velasco Ibarra y quería seguir siéndolo también con los "curuchupas". Quin­tanilla lo había confirmado en el puesto, a cambio de que hiciese campaña a favor de los conservadores entre los habitantes de Palmas. Aquiles Bravo se había portado muy bien hasta entonces y quería aprovechar la visita de Quintanilla para tratarlo a cuerpo de rey y de este modo ase­gurarse el cargo.

         Una muchacha india de largas trenzas que le llegaban hasta la cintura, vestida con blusa roja y pollera de lana verde hasta los pies descalzos, entró en la sala con una bandeja en la que traía una botella de "trago", agua caliente con canela y azúcar, un gran plato con trozos de pernil y otro con maíz cocido. Al gobernador se le hizo la boca agua. Otro tanto le ocurrió al barbudo secretario, al rígido y seco diputado conservador y a los dos arqueólogos españoles, que ya les iban tomando el gusto a las francachelas azuayas.

         Aquiles Bravo escanció dos dedos de aguardiente Uzhupud en los va­sos de sus visitantes y luego añadió a cada uno de ellos infusión de canela y azúcar. A esta bebida la llaman los azuayos canelazo o también, a veces, "drake", como el nombre del pirata inglés.

         - ¡Salud! - exclamó el teniente político levantando su vaso en honor de Quintanilla.

         ‑¡Salud! ‑ corearon los demás.

         Después de echarse el primer trago de aquella bebida azucarada y bravía, empezaron a hablar del viaje a Amaluza.

         ‑ ¿Creen ustedes que podemos aventurarnos hasta allí? ‑ inquirió Quintanilla.

         ‑ No sé ‑ dijo Galo Llorente ‑. El cielo está muy oscuro y en es­tos últimos días ha llovido bastantísimo.

         ‑ Yo creo que con ponchos de lluvia y sombreros impermeables pueden ustedes arriesgarse ‑ opinó el otro Llorente, que se llamaba Estuardo como los reyes de Inglaterra.

         ‑ Sí, creo que podemos llegar sin contratiempos ‑ intervino Aquiles -. Además en Amaluza le están esperando a usted, señor gobernador.

         ‑ Bueno, pues entonces nos sacrificaremos un poco por los amalu­censes ‑ exclamó Quintanilla con un tono levemente irónico -. ¿Están ustedes de acuerdo? ‑ preguntó después dirigiéndose a sus amigos.

        El secretario, el diputado y los dos arqueólogos españoles mani­festaron intrépidamente que también estaban dispuestos a sacrificarse por Amaluza.

        - ¿Han preparado ya los caballos? ‑ se informó Quintanilla con la boca llena de pernil y mote[1].

         - ¿Cómo no? ‑ respondió Aquiles Bravo ‑ Cuando ustedes gusten, po­demos partir.

         - Bueno, pero antes vamos a tomarnos el del estribo para coger fuer­zas -

sugirió el secretario Agucho Jara.

         - Me parece muy razonable ‑ dijo uno de los arqueólogos españoles, que tenía el pelo blanco y era bastante borrachín.

         Todos soltaron la carcajada y aprobaron la moción por unanimidad. Estuardo Llorente preparó nuevos "drakes".

  - ¡Salud! - exclamó el diputado "curuchupa".

  ‑ ¡Salud! ‑ repitieron todos.

         Poco después, Aquiles Bravo y un par de sirvientas trajeron a los visitantes ponchos de agua y sombreros de paja recubiertos por tela en­cauchada que los hacía impermeables. El gobernador y sus amigos se pusie­ron los ponchos, se calaron los sombreros y salieron a esperar los caba­llos a la puerta de la casa.

         Lloviznaba. La suave garúa mojaba el suelo de la plaza vacía. Las grandes puertas de la iglesia estaban cerradas. "Soy el teniente políti­co y lo seguiré siendo. El gobernador está de mi parte". Los viajeros se sentían un poco destemplados. "Con este viaje ganaré muchos votos pa­ra las próximas elecciones ‑ pensaba Quintanilla ‑. Los diez billetes de a mil que les llevo a los amalucenses, los harán partidarios nuestros. Ganaremos en toda la provincia. El próximo presidente será "curuchupa" y yo saltaré de la gobernación a un ministerio. Seré el ministro más jo­ven de la república". Los hermanos Llorente, con sus ponchos de rayas rojas y amarillas, vinieron por la carretera con una recua de caballos. Sonreían al gobernador con sus caras mestizas en las que apuntaban sus barbas canosas de tres o cuatro días. "Hay que agasajarle bien a este pez gordo para que nos siga concediendo la explotación de la hacienda. Es hermosa y feraz. Lástima que sea del gobierno; de la Asistencia Pú­blica para ser más exactos; pero lo que produce es privado en su mayor parte, es decir, de nosotros. El arriendo que pagamos es irrisorio. Los indios hacen el trabajo y nosotros nos llevamos la parte del león. Somos los leones de este valle. Nosotros y Aquiles Bravo, por supuesto".

         ‑ Cuando quiera su merced, podemos iniciar el viaje ‑ le dijo Estuardo Llorente al gobernador.

         ‑ Bueno, sí, cuanto antes ‑ exclamó Quintanilla.

         Todos montaron a caballo, Los dos arqueólogos estaban inquietos. No tenían mucha experiencia como jinetes y la perspectiva de cabalgar más de seis horas por las trochas andinas, les hacía muy poca gracia. "En qué aventuras se mete uno por culpa de la ciencia. Con lo bien que se estaría ahora bebiendo cerveza con patatas fritas en un bar de la Cas­tellana. Pero somos unos tipos tan absurdos que tenemos que viajar en estos pencos por un país "supersubdesarrollado" que ni siquiera tiene carreteras como Dios manda para ir a los sitios. Además va a llover a cántaros.

         Con los caballos al paso, cruzaron el villorrio, que se reducía a una doble fila de casas de adobe situadas a lo largo de la carretera. Indios con ponchos rojos u obscuros e indias con polleras hasta los tobillos, contemplaban sonriendo la comitiva del gobernador. Ellas y ellos se cubrían con sombreros de paja estilo "panama hat" y estaban descalzos. "Indios pata en suelo", pensó el arqueólogo borrachín, sonriendo al re­cordar esta curiosa expresión azuaya.

         Cuando salieron de la aldea, pusieron al trote los caballos. Avan­zaban ahora por un tramo de la carretera que se había construido recien­temente. Las bestias eran regularzonas, pero como estaban frescas, tro­taban con gusto. El gobernador y sus amigos disfrutaban haciéndolas ga­lopar de vez en cuando. El más joven de los arqueólogos españoles, un tipo alto y desgarbado, gozaba de lo lindo espoleando a su caballo. Pero ninguno de ellos podía competir con los hermanos Llorente, que montados en espléndidos corceles, se adelantaban al grupo. La carretera contorne­aba las abruptas laderas de las montañas situadas a la derecha de los via­jeros.  A la izquierda se abría un ancho y profundo valle que se perdía en el horizonte. Una amplia gama de verdes intensos matizaba el paisaje. Al doblar un recodo del camino hacia la derecha, el gobernador y sus ami­gos se encontraron con los hermanos Llorente que habían desmontado y los estaban esperando al pie de una cañada. Galo tenía una botella de aguar­diente en la mano y Estuardo hizo señas a los viajeros para que se detu­vieran a tomar un trago. Todos se sintieron gratamente sorprendidos. Los dos hermanos fueron de caballo en caballo dando de beber a los jinetes en el mismo vaso. El "Uzhupud" estaba fuertecito, sobre todo bebido así, seco y volteado, como suele decirse; pero resultó muy reconfortante para el húmedo fresco de las alturas.

         A partir de entonces, cada quince o veinte minutos, cuando menos se lo esperaban, volvían a toparse con los hermanos Llorente que les aguar­daban escondidos, y se repetía la operación entre risas cada vez más  ale­gres. Los caballos corrían ahora al galope tendido por la carretera sin asfaltar.

‑ ¿Cómo va usted? ~ preguntó Quintanilla al arqueólogo borrachín

‑ Perfectamente. Para mí esto es un juego de niños. Serví en caballería.

         Lo que no dijo el arqueólogo es que de eso hacía treinta años; aparte de que había hecho el servicio militar en las oficinas del regimiento y el caballo apenas lo había olido,

         Cuando se acabó la carretera, continuaron el viaje por caminos ape­nas transitables y, a veces, a campo traviesa. Por fin, al cabo de mucho trepar, coronaron una loma de la cordillera. Desde este punto se iniciaba el descenso hacia Amaluza. Hicieron un alto en el camino para despedirse de los hermanos Llorente, que sólo les acompañaban hasta allí, Todos es­taban ya bastante bebidos y cuando se bajaron de los caballos para esti­rar las piernas, se pudo ver que algunos se tambaleaban un poco. El jo­ven gobernador fue el último en apearse. Desde la silla, contemplaba a sus amigos y se reía de ver lo húmedos que estaban por dentro. Mas él tampoco les iba en zaga, pues, aunque disimulaba mejor que los demás, también se hallaba a punto de entrar en órbita. Un escaso mechón de pelo castaño le caía sobre la frente. Y miraba la escena con ojos congestio­nados. Al saltar de su cabalgadura para reunirse con los otros, le ocurrió un percance que estuvo a punto de malograr la expedición. Con el esfuerzo que hizo para bajarse del caballo, se le cayó la cartera. La había llevado hasta entonces en el bolsillo posterior del pantalón y parece ser que con el ajetreo de la marcha, se le había roto el botón que la aseguraba. Afortunadamente, no la había perdido por el camino y, al caérsele allí, Aquiles Bravo, que no le quitaba ojo de encima, se ha­bía apresurado a recogerla y se la había devuelto. De no haber sido por el teniente político de Palmas, los amalucenses se habrían quedado sin el dinero, ya que el gobernador no se había dado cuenta de la caída.

         Se despidieron de los hermanos Llorente e iniciaron el descenso ha­cia Amaluza por unas trochas inverosímiles. A veces, los caminos eran cauces pedregosos que en ciertas épocas se transformaban en torrentes. Los caballos resbalaban sobra las piedras y los jinetes debían hacer grandes esfuerzos para guardar el equilibrio. De vez en cuando, les ve­nían senderos planos y arcillosos, pero ondulados como un tobogán, debi­do a que los cascos de las bestias pisaban siempre en el mismo sitio y en aquellos días la tierra estaba reblandecida por las lluvias. Los caballos avanzaban levantando sus patas sobre los montículos y metiéndolas, a veces, casi por completo, en las partes bajas que estaban llenas de agua fangosa. En uno de estos caminos, tropezó el caballo del arqueólogo bo­rrachín del pelo blanco y tiró por la cabeza a su jinete, que fue a dar con sus huesos en el barro. Cuando lo volvieron a ver sobre su montura, todos se echaron a reír.

         ‑ ¿No decía usted que había servido en caballería? ‑ preguntó bur­lonamente el gobernador.

         ‑ Sí, pero hace ya muchos años - replicó el arqueólogo sonriendo.

         Continuaron su viaje por un estrecho sendero que descendía suavemen­te contorneando laderas escarpadas, cubiertas de tupida vegetación. De vez en cuando, como la cabellera luminosa de un cometa, un torrente se desplomaba casi vertical sobre el camino.

         Llevaban más de cinco horas viajando y Amaluza debía de estar cerca. El teniente político de Palmas cabalgaba detrás del gobernador. "Esos diez mil sucres me hubieran venido al pelo. Poncho encauchado color castaño oscuro. Y debajo la cartera que yo podía haberme guardado. No se habría dado cuenta. La otra noche perdí quince mil sucres jugando al póker con los Llorente. No tendré más remedio que pedir un préstamo al Banco del Azuay sobre hipoteca de la casa. Poncho brillante color marrón con pliegues rectos. Joven gobernador. Está en el saco. Me confirmará en el cargo. Espero que mis dos hijas le harán un buen recibimiento. Maestras en Amaluza. Donde Cristo dio las tres voces. Mejor no le hubiese devuel­to la cartera. ¿Quién iba a sospechar de mí? Le pediré que las trasladen a Cuenca. Allí podrían casarse mejor. No quiero que se entierren en Ama­luza". La vegetación se hacía cada vez más densa y el sendero más estre­cho. El cielo seguía encapotado y gris. De pronto, entre los matorrales que se metían  casi en el camino, surgieron seis o siete indios con pon­chos rojos y sombreros de paja.  Cuando llegaron a la altura del joven gobernador, se descubrieron en señal de respeto y uno de ellos propuso:

         ‑¡Tres glorias por el señor gobernador!

         ‑¡Gloria! ¡Gloría! ¡Gloria! ¡Señor gobernador del Azuay! - corearon todos.

         -¡Gracias! ¡Gracias! ‑ exclamó Benjamín Quintanilla.

         Uno de los indios  sacó una  botella  de aguardiente de  debajo  del  poncho y se la ofreció al gobernador. Pero éste no quería seguir bebiendo has­ta que pronunciara su discurso en Amaluza. De modo que se excusó con mu­cha cortesía para que no se ofendieran, y espoleando a su cabalgadura, continuó su camino.

         Llegaron a un pequeño llano en la ladera, donde se alzaban seis o siete casas de adobe. Una de ellas era la escuela y delante de la misma, unos cincuenta niños de ambos sexos, con falditas o pantalones azules y blusas o camisas blancas, según el caso, aguardaban formados y en si­lencio la visita del gobernador. Todos ellos tenían en sus manos bande­ritas ecuatorianas. Muy abajo y a lo lejos, encajonado entre montañas cubiertas de selva, el río Méndez se perdía serenamente hacia la cuenca amazónica

         Benjamín Quintanilla se apeó del caballo y se encaminó hacia un pe­ralte del terreno que dominaba la explanada. Aquiles Bravo, el diputado Ruperto Íñiguez y el más joven de los arqueólogos españoles se coloca­ron junto al gobernador,

‑ ¿Y los otros? ‑ preguntó Quintanilla,

‑ Se quedaron atrás ‑ respondió Aquiles Bravo.

‑ Entonces esperaremos un poco ‑ dijo el gobernador.

         ‑ No es aconsejable ‑ manifestó don Aquiles ‑ Cuando yo los vi por última vez, habían desmontado y estaban pegándose el trago con los indios. Así que sabe Dios cuándo llegarán.

         - Bueno, pues entonces vamos a empezar el acto ‑ decidió Quintanilla.

         Las dos hijas de Aquiles Bravo, que eran las maestras, se pusieron delante de los niños y empezaron a cantar el himno nacional junto con sus discípulos. Benjamín Quintanilla y sus amigos escucharon respetuosa­mente las frescas voces juveniles. Cuando terminaron de cantar, el gobernador improvisó un breve discurso en el que dijo, entre otras cosas, lo siguiente:

         "Hemos venido desde la capital del Azuay para testimoniaros nuestro afecto y felicitaros por vuestros incesantes sacrificios en favor de es­ta parroquia. Ha venido con nosotros un ilustre legislador de nuestra provincia, el doctor Ruperto Íñiguez, que celoso de vuestro bienestar, ha querido ver con sus propios ojos vuestras necesidades y progresos, con el fin de luchar por Amaluza en el Honorable Congreso Nacional, También nos honran hoy con su presencia dos científicos españoles de la Unes­co, que están realizando valiosísimos estudios sobre el pasado de nuestro país. Estos dos caballeros de la Madre Patria me hacen pensar en aquellos esforzados colonizadores peninsulares que en los siglos XVI y XVII fun­daron casi todas las ciudades iberoamericanas. Su presencia es un dicho­so presagio para el futuro de vuestra parroquia. Porque hoy, amigos míos, fundamos con esta visita nuestra la gran Amaluza del porvenir. Y para que veáis que no son meras palabras las que os traigo, mañana a primera hora, en una ceremonia sencilla a la que están invitados todos los amalucenses, os entregaré diez mil sucres a nombre del Gobierno Nacional."

         "Unos diez mil sucres que a mí me hacen tantísima falta", volvió a pensar don Aquiles. "Esos Llorente son unas fieras para el póker. Me importa un bledo el progreso de Amaluza y al gobernador le pasa igual. Lo que importa es la platita, la platita, la platita. El destino de to­dos estos chazos[2] de mierda es deslomarse a trabajar en estos andurria­les. Tengo que dejar el juego. Mis hijas no lo aprueban. Claro, para algo son maestras. Y ¡qué maestras! Sólo tienen hasta quinto año de primaria.  Pero, en fin, para esta porquería de pueblo, está más que de sobra. Tengo que hacer algo por mis hijas: Sacarlas de estos montes y casarlas en la ciudad".

         Aparte de los escolares, había muy poca gente escuchando al gobernador. La mayoría de los amalucenses vivían dispersos por la montaña dedicados al cultivo de la tierra y al pastoreo del ganado. No acudían a la plaza sino los domingos o en las ocasiones solemnes. Como no sabían la hora exacta de la visita gubernamental, casi todos ellos habían deci­dido seguir trabajando hasta que les comunicasen la llegada de Quintanilla.

         El teniente político de Amaluza, que era muy amigo de don Aquiles, se acercó al gobernador después de los aplausos que siguieron a su dis­curso.

         - Vengan ustedes a mí casa - le dijo -. Me imagino que estarán muy cansados.

         - Sí, bastante ‑ exclamó Quintanilla -. Seis horas a caballo no son ninguna

tontería.     

        El gobernador y sus amigos se instalaron en el porche de una de las casas de adobe que flanqueaban la explanada. Se sentaron en bancos alre­dedor de una mesa cubierta por un hule estampado con flores de colorines. El teniente político de Amaluza también de traje negro y sombrero gris, mandó traer comida y chicha en abundancia. Llevaban allí casi media ho­ra, cuando por fin aparecieron el secretario barbudo y el arqueólogo del pelo blanco. Estaban como una uva, pero aún podían mantener el equilibrio. Entre las bromas de sus compañeros, se acomodaron muy risueños en la me­sa y empezaron a comer carne de chancho[3] profusamente regada por grandes vasos de chicha.

Cuando terminaron el almuerzo, eran ya las cuatro de la tarde.

         ‑ Bueno; ahora, si quieren ustedes dormir un rato, los repartiremos entre mi casa y la de las maestras ‑ propuso el teniente político de Ama­luza.

         - Muy bien ‑ aceptó Quintanilla ‑. A mí me gustaría descabezar un poco el sueño. 

         - El gobernador puede venir a casa de mis hijas ‑ sugirió don Aquiles.

-  Me parece bien ‑ dijo el amalucense -. Yo me encargaré de los otros

señores.

         La casa en que vivían Dora y Piedad, las hijas de don Aquiles, es­taba pegada pared por medio con la del teniente político de Amaluza. Las maestras eran dos muchachas rubias que no llegaban a los veinte años. No estaban mal, pero tampoco eran ninguna cosa del otro mundo. No obstante, Quintanilla pensó en el derecho de pernada cuando don Aquilea se las pre­sentó.

         Dora y Piedad entraron con el gobernador en una pieza que servía a la vez de oratorio y de alcoba para huéspedes. Al entrar, a mano izquier­da, se alzaba una mesa llena de imágenes. Había pequeñas estatuillas de madera policromada que representaban a Santa Rosa de Lima, San Martín de Porres, San Antonio y Santa Marianita de Jesús, la Azucena de Quito. En el centro de la mesa y un poco más grande que las demás, se veía una imagen de la Virgen con manto azul. En la pared una talla en madera de Cristo Crucificado presidía la habitación y al fondo de la misma, se ha­llaba un amplio y alto lecho que prometía ser muy confortable.

        ‑ ¿Qué le parece a su merced?‑ preguntó Dorita al gobernador, refi­riéndose a la pieza y a la cama.

‑ Estupendo. Con tanta imagen, creo que voy a dormir como un bendito.

Las dos hermanas soltaron unas risitas vergonzosas y dijeron que ojalá.

‑ Pero tiene que disculpar un pequeño fallo ‑ añadió Dorita.

‑ No creo que sea grave ‑ exclamó Quintanilla.

‑ Se trata de que la cerradura está dañada ‑ explicó la muchacha.

‑ ¿Y qué le ocurre?

‑ Que no funciona el seguro ‑ dijo Piedad.

        Quintanilla se acercó a la entrada y examinó la cerradura. Era una de esas que tienen un botón detrás para aplastarlo cuando se quiere cerrar la puerta. Comprobó que el sistema estaba estropeado y que, por lo tanto, no se podía cerrar ni por dentro ni por fuera.

         - Bueno, creo que no tiene importancia - dijo el gobernador.

         - No; creo que no ‑ corroboró Dorita ‑. Puede usted dormir tranquilo.

         Con el ojo pegado a un pequeño orificio practicado en el tabique de madera que se alzaba al fondo de la habitación, don Aquiles había obser­vado esta escena desde la pieza contigua, que era la alcoba de sus hijas. El viejo abrigaba la esperanza de que al gobernador, que era soltero y sin compromiso, le hiciera tilín alguna de las dos. Por eso cuando Pie­dad y Dorita salieron del oratorio, don Aquiles, que era un curiosón y hasta un poco "voyeur" si me apuran ustedes, todavía se quedó un buen rato contemplando a aquel joven triunfador de la provincia del Azuay. "Qué tal y lo que sería lindo que llegara a ser mi yerno. Aparte de ser un buen mozo, es también un talentazo y no tendría nada de extraño que llegase a presidente de la república. Ahora se esta desnudando. Coloca la camisa en la silla. Saca la cartera del pantalón y la pone sobre la cama. Diez mil sucres. Tengo que dejar el juego. Se quita los pantalones y los pone sobre el respaldo. Está en calzoncillos. Vuelve a coger la cartera. Vacila. ¿Dónde la esconderá? Probablemente debajo de la almoha­da. Pero no. Se dirige al altar y la coloca debajo de San Martín de Po­rres. Claro. Es el lugar más seguro. ¿Quién va a pensar que está debajo de una imagen? Vuelve a la cama. Se acuesta. Ya está roncando".        

         El teniente político de Amaluza acomodó a los cuatro amigos de Quin­tanilla en dos camas de matrimonio que se hallaban en una enorme sala de su casa. Era tan grande la habitación que se podía celebrar un baile con treinta parejas y aun sobraba espacio para las camas. El diputado y el secretario se echaron a dormir en una de ellas y los dos arqueólo­gos españoles, en otra.

         El primero en levantarse fue el barbudo y flaco secretario, que sa­lió de la cama y volvió a sentarse en el porche en compañía de dos ama­lucenses. Cuando media hora más tarde se les reunió Quintanilla, los encontró enfrascados en una apasionada discusión acerca de si la futura Amaluza debía construirse en torno de la escuela o unos trescientos me­tros más abajo, en otro llano de la ladera, donde ahora se alzaba la ca­pilla.

         ‑ La verdadera Amaluza es la de arriba, porque fue la primera ‑ defendía acaloradamente uno de los nativos ‑. La Amaluza de abajo no es más que un brote separatista creado por unos cuantos resentidos. Pero no consentiremos que prospere. No, señor. No lo consentiremos.

         ‑ El secretario se atizó un lingotazo de aguardiente con pepsicola y se quedó mirando al nativo con gesto contrariado.

         ‑ No sean burros, ¡carajo! ‑ exclamó de pronto ‑. No me vengan ahora con pendejadas de que si Amaluza de arriba y Amaluza de abajo. Vivimos una época de unidad planetaria y eso no tiene ningún sentido. Ni Ama­luza de arriba ni Amaluza de abajo. Donde haya un amalucense, ahí está Amaluza.

         Los dos arqueólogos y el doctor Ruperto Íñiguez, que se habían acer­cado al grupo, sumaron sus carcajadas a las de Quintanilla y se mostraron de acuerdo en que el secretario tenía toda la razón. Con tan fausto motivo, tornaron a menudear los tragos y así, libando en agradable compañía, les fue cayendo encima la noche inmensa de los Andes.

         El teniente político de Amaluza ordenó que les trajeran mote y carne de vaca a la parrilla. Indios y cholos de los alrededores iban llegando desde sus chacras para ver al gobernador. Frente al porche se había for­mado un grupo numeroso que contemplaba a los visitantes con curiosidad.

         ‑ ¿Qué les parece si vamos dentro? ‑ propuso el teniente político de Amaluza.

         ‑ Como ustedes gusten ‑ dijo el gobernador.

         Los visitantes entraron en la gran sala donde habían dormido los cuatro amigos de Quintanilla. Al fondo se hallaban las dos camas de ma­trimonio que les habían asignado. A lo largo de las paredes, corrían rústicos bancos de madera sin barnizar en los que se acomodaron los viajeros y gente seleccionada por el teniente político de la parroquia. La mayoría de los amalucenses llevaba pesados ponchos rojos hasta las rodillas y se cubría con sombreros de paja. Había también algunas mujeres con polleras de lana hasta los pies y largas trenzas de color azabache. La luz de la sala era bastante mortecina y acentuaba el cobrizo color de los rostros. Muchos de los amalucenses eran indios "pata en suelo" y sus an­chos pies embarrados destacaban sobre la madera del piso. Sin hablar casi nada, contemplaban muy serios al gobernador y a sus amigos.            

         Los dos tenientes políticos, el de Amaluza y el de Palmas, empeza­ron a servir aguardiente en el mismo vaso a todo el mundo, a partir del gobernador. Cada uno de los bebedores decía "¡salud!" y se endilgaba de un solo golpe el corrosivo líquido.

         Un par de cholos jóvenes empezaron a tocar el acordeón. Dorita y Piedad, muy emperifolladas, sacaron a bailar al gobernador y al diputado "curuchupa". La fiesta se generalizó. El teniente político de Amaluza se acercó muy galante al arqueólogo del pelo blanco y le invitó a dan­zar con él. Se echó a reír el español al verse solicitado como una señorita; pero notando que era una costumbre del país, salió a bailar con el dueño de la casa. Los amalucenses bailaban entre hombres mientras sus mujeres, arrebujadas en sus mantos, contemplaban sus movimientos. De vez en cuando, se interrumpía la música y volvía a correr el aguardiente.

         A las doce de la noche, Dorita y Piedad se despidieron de los visi­tantes y se fueron a dormir a casa de una amiga con el fin de cederle su habitación a don Aquiles. Una hora más tarde, la farra llegaba a su punto álgido. Tanto es así que abandonaron la casa de la primera autori­dad amalucense y salieron a bailar en la plaza. Casi en el cenit y lige­ramente opacada por una tenue gasa de neblina, la luna alumbraba la escena. Los dos arqueólogos bailaban ahora con los dos tenientes políticos y todo el mundo tocaba palmas formando corro en derredor de los cuatro danzantes.

         Eran las dos de la madrugada cuando los viajeros se retiraron a descansar. El gobernador se metió en el oratorio y el Aquiles Bravo en la alcoba de sus hijas. Benjamín Quintanilla estaba tan bebido que apenas pudo encender la luz de su extraña habitación. Don Aquiles, con el ojo pegado al orificio del tabique, se puso a observar sus idas y veni­das. "¡Cómo se tambalea! Gesticula con los brazos y se ríe en silencio. Está en la última. Ahora se tumba en la cama sin desnudarse. Creo que ya está dormido.¡Cómo ronca el "hijoaputa"! Esos diez mil sucres me es­tán haciendo mucha falta. Si me los embolso, nadie sospechará de mí. Ten­go miedo. Pero ¡qué diablo!, el que no se arriesga no pasa la mar. De todas formas pediré un préstamo de quince mil sucres al Banco del Azuay sobre hipoteca de mi casa. Así nadie sospechará que me robé la plata de los amalucenses. Al carajo con estos chazos de mierda. Total con los diez mil o sin los diez mil, van a seguir siendo una partida de indios brutos. Yo soy más importante que todos ellos juntos. Abro la puerta. Ya no hay nadie en la plaza. Algunos todavía deben de estar pegándose el trago en casa de mi colega. Nadie me observa. Sólo la luna. Abro la puerta del ora­torio. No me dan miedo los santos. Además ellos comprenden mi situación. Pobre San Martín de Porres. Te voy a robar. No podrás darme con tu esco­ba. Ja, ja, ja. Soy un ladrón. Bueno, siempre lo he sido; sólo que de guante blanco. Perdona que te levante un poco, San Martín. ¡Cómo ronca el "hijoeperra"! Aquí está la cartera. Lo que me interesa es el billetaje. Me lo guardo en el bolsillo. La cartera te la dejo a ti, San Martín de ­Porres. El que roba a un ladrón tiene cien años de perdón. Ja, ja, ja. Vuelvo a salir. No hay moros en la costa. Entro en mi casita. Enciendo la luz. Saco los billetes. Cuento. Son diez mil. Sí, señor. Diez bille­tazos de los grandes. Ni más ni menos".

         Don Aquiles puso el dinero debajo de la almohada y después de que­darse en calzoncillos y camiseta, se metió entre las blancas y frescas sábanas que habían sacado del arca expresamente para él las solícitas manos de Piedad y Dorita. Como había ingerido gran cantidad de aguardiente durante todo el día, tan pronto como colocó su cabezota calva sobre la almohada, se quedó como un pajarito.

         En la gran sala del teniente político amalucense, los bancos permanecían llenos de indios y cholos bebedores. Los acordeonistas seguían tocando incansablemente. Los dos arqueólogos españoles, el diputado y el secretario se habían metido ya en sus respectivas camas de matrimonio. Estaban tan borrachos que, a pesar de la música y las voces, se quedaron profundamente dormidos.

         Pero los amalucenses no los descuidaban y,  de vez en cuando, se acercaban a los ilustres huéspedes y los despertaban para brindarles un trago. Ellos se incorporaban como sonámbulos, decían ¡salud!, ingerían el aguardiente y volvían a desplomarse en el lecho. Poco a poco, se fueron derrumbando los bebedores más resistentes y a las cuatro de la madrugada, el suelo del salón estaba lleno de amalucenses que dormían arrebujados en sus ponchos.

         El sol estaba ya bastante alto cuando el gobernador y sus amigos salieron a la explanada. Todos andaban medio alelados y la luz de la mañana les hacía daño en los ojos. El teniente político de Amaluza, que deseaba quedar bien con Benjamín Quintanilla, ordenó matar un puerco de pocos meses para brindar a sus huéspedes corteza de cerdo asada. Al efec­to, dos peones de su hacienda agarraron a un cerdo que pululaba por la plaza, y lo tumbaron sujetándole el uno las manos y el otro las patas. El mismo teniente político de Amaluza le puso un pie sobre la cabeza y con una barra de hierro puntiaguda, empezó a buscarle el corazón. El animal gruñía agónicamente y trataba de zafarse. Pero la barra de hierro hundida en su costado izquierdo, se estuvo moviendo implacablemente has­ta que lo liquidó.

         Luego hicieron una fogata y colocaron al cerdo sobre las brasas pa­ra que se le asase la corteza. Cuando lo consideraron a punto, lo llevaron al porche de la casa del teniente político amalucense y lo colocaron sobre una mesa. Los invitados de honor, con sendos cuchillos, acotaban trozos de corteza y repelaban al animal. La "cáscara de chancho", como llamaban por aquellos lugares a la piel de cerdo, estaba negra y sabrosa. Regada abundantemente con cerveza y acompañada por el inevitable mote, era un excelente remedio para componer el cuerpo después de una borrache­ra.

         El sol estaba ya en el cenit cuando el gobernador y sus amigos volvieron a la explanada. Como era domingo, muchos amalucenses habían veni­do a presenciar la entrega del dinero. Un corro de nativos rodeaba al gobernador, que departía amigablemente con ellos sobre los problemas de la parroquia. De un momento a otro, Benjamín Quintanilla pensaba sacar la cartera y entregar los diez billetes grandes para el desarrollo de la comunidad amalucense. Con ello iba a lograr un golpe de propaganda muy efectivo para los próximos comicios.                 Aquiles Bravo contemplaba la escena con sus claros ojos saltones y mostraba sus dientes separados en una sonrisa enigmática. Por fin, el gobernador sacó la cartera del bolsillo trasero de su pantalón y con ella en la mano, reclamó silencio. Mirando al teniente político de ­Amaluza, que lo contemplaba emocionado, pronunció las siguientes pala­bras:

         - Y ahora, queridos hermanos comprovinciales, tengo el honor de en­tregaros a nombre del Señor Presidente de la República, doctor Camilo Ponce Enríquez, diez mil sucres para el progreso de vuestra parroquia.

Benjamín Quintanilla abrió la cartera, extrajo los billetes y, uno por uno,

se los entregó al teniente político de Amaluza. Estruendosos aplausos acompañaron la operación. El Aquiles Bravo seguía sonriendo y aplaudía más que los otros. Pensaba en el miedo que estaría pasando ahora, si hubiera conservado los diez billetes grandes en su bolsi­llo. Gracias a Dios, o tal vez a San Martín de Porres, se había despertado al amanecer y asustado por lo que pudiera sucederle, había entrado de nuevo en el oratorio, mientras el gobernador todavía roncaba, y había restituido la plata. "Sos un pendejo, Aquiles", se reprochó con rabia mientras el dinero desaparecía en el bolsillo de su colega amalucense. "A vos de bravo no te queda más que el nombre".

 

 

 


[1] Granos de maíz cocido.

[2] Mestizos palurdos.

[3] Cerdo.

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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