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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Viernes, 21 de septiembre de 2018

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Cuentos de barrio y estío (2015)

 

En los cuentos de Santiago López Navia hay un deseo de recuperar un tiempo mítico, un tiempo sin espacios y, casi me atrevo a escribir, sin cronologías. Son tiempos que nos hablan de otras costumbres, de otras épocas; un tiempo en un barrio, un tiempo de juegos compartidos y del miedo y la desesperación cuando el balón de fútbol caía en el patio de la vecina más antipática, la más harta de estar todo el día aguantando las voces y gritos de alegría, de vida, más allá de los altos muros de su propio cementerio. Son cuentos que hablan de la infancia y desde la perspectiva de la infancia. Los escribe el adulto (el adulto que vuelve, una y otra vez, a la infancia queriendo encontrar momentos de felicidad plena, irrepetible), pero son los niños quienes hablan, son los niños quienes nos muestran su mirada, sus pequeños triunfos y sus grandes tragedias, esas que marcarán sus años de adulto.

 

José Manuel Lucía Megías

 

 

 

            Los personajes de estos cuentos se encuentran en las primeras encrucijadas, no menos serias ni cruciales por vivirse en la niñez. Al mismo tiempo, estos cuentos vigorosos  narran grandes resoluciones. Crear un club selecto para los amigos; mantenerse fiel al modelo heroico; renunciar a una victoria; criar una mascota que te abandona; marcar un gol; invitar a la primera niña a pasear en el primer coche, aunque sea un paseo imaginario; desear fervientemente tener un perro, o serlo con toda coherencia, por el espacio de una tarde. Los personajes infantiles de Santiago López Navia no intentan vanas chiquilladas, sino que se proponen objetivos concretos e incontestables, vistos desde su lógica infantil. El adulto se reirá de la gracia. El niño, si ha sabido mantenerse incólume, sonreirá con complicidad.

 

Dativo Donate

 

 

 

Artículos relacionados con el libro: Santiago López Navia, “Mi barrio en la memoria”, A vuelapluma.com, http://www.avuelapluma.com/mi-barrio-en-la-memoria

 

Vídeo de la presentación del libro en Madrid: https://www.youtube.com/watch?v=c231YpuAlv8

 

 

 

 

 

Abogadillo de los pobres

 

 

            Eso le había dicho un día la señora Amalia a Sergio delante de todos sus amigos: que era un abogadillo de los pobres. A diferencia de la señora Hortensia, que les daba agua todas las tardes del año después de jugar al fútbol tres horas seguidas, la señora Amalia tenía muy mala idea y lo demostraba cada vez que se les colaba el balón en su patio, que era el más próximo a la plaza. En esos casos, la situación era muy comprometida. La señora Amalia daba miedo. No sólo era fea hasta la humillación, sino que tenía una voz aguardentosa que inspiraba muy poca confianza, así que nadie se atrevía a ir personalmente a pedírselo. Lo normal era ponerse al otro lado del patio y reclamar el balón atenuando las voces con la mayor cortesía posible:

            -¡Señora Amalia, por favor, échenos el balón!

            Antes o después, tras una tensa espera y algo de insistencia, el balón salía disparado del patio siguiendo una trayectoria imprevisible que permitía suponer la potencia que alcanzaba la patada de la señora Amalia y las dolorosas consecuencias que podría tener en el trasero de quien se le pusiera a tiro. A veces acababa en otro patio próximo, pero recuperarlo entonces no era tan complicado. Bastaba una sonrisa que adornase una explicación amable y cantarina que el vecino de turno solía aceptar, devolviendo después el balón sin renunciar a una retahíla de edificantes consejos sobre la necesaria prudencia y precaución en el juego, la conveniencia de respetar la privacidad y el sagrado descanso de los vecinos y la actitud sumisa y discreta que la infancia debía mostrar para con quienes eran mayores en edad, dignidad y gobierno. El rostro seráfico y los rítmicos asentimientos con los que Sergio y sus amigos asumían la soflama solían facilitar las cosas, y el balón volvía pronto a sus manos.

            Aquella tarde, sin embargo, las cosas se complicaron de la peor manera. El balón llevaba un buen rato en el patio de la señora Amalia y aún seguía allí. Las reiteradas solicitudes del grupo eran recibidas con un silencio desconsolador que se convertía en el peor presagio. Algo terrible iba a ocurrir, y lo intuían.

            Por fin, del otro lado, como si brotase de lo más profundo del infierno, salió la voz cavernosa de la señora Amalia:

            -Ya no os lo devuelvo más. Estoy harta de que lo coléis en mi patio y lo voy a rajar con un cuchillo.

            Imposible resignarse a quedarse sin balón de esa manera tan cruel y además en la víspera de un partido vital contra los del bloque de enfrente. Había que hacer algo, y había que hacerlo pronto. La única manera de intentar torcer la voluntad de un adulto enfurecido era mandar una embajada de paz, y para eso no servía cualquiera: había que pedir perdón, hacer firme propósito de enmienda, aceptar humildemente las reconvenciones más feroces, a veces desmesuradas y humillantes, y por supuesto, en caso de volver a recuperar el balón, agradecer la generosidad del interlocutor como si fuese un acto de misericordia. Todo ello, claro está, sin olvidar la precaución de poner los pies en polvorosa con el balón bajo el brazo y sin mirar atrás por si acaso. Por eso no servía cualquiera, y José Luis lo sabía muy bien:

            -Que vaya Sergio, que habla raro.

            En efecto, Sergio hablaba raro. Lector compulsivo de tebeos desde que aprendió a leer, asumía nuevas palabras con una rara facilidad y además recreaba situaciones impropias de su edad que aprendía de su universo de papel para asombro de sus vecinos, y a veces también para su desconcierto. Una de las más comunes era sentarse en la escalera del jardín con una página de cualquier periódico entre las manos y un ademán de aplicación que, según se mirase, podía resultar jocoso o alarmante.

            - ¿Qué haces, Sergio?

            - Estoy leyendo la prensa, señora Leo.

            Por eso Sergio hablaba raro, y por eso era el más capacitado para parlamentar con la señora Amalia. No había otra. Por su parte, Sergio asumía su destino con una mezcla de orgullo y abnegación y se dirigía, resignado, a la puerta del hotelito en donde vivía aquella pesadilla, seguido a una prudente distancia por el resto del grupo, que andaba sin hacer ruido para no complicarle las cosas a su chivo expiatorio. Llamó al timbre y esperó. Al poco rato salió su enemiga, que le miró de arriba abajo con una inequívoca cara de estreñimiento. Vista desde tan cerca, parecía un chimpancé, y los rulos de colores desiguales no ayudaban a dulcificar la visión.    

            Tras unos segundos sin palabras, Sergio reaccionó haciendo acopio de todo el arrojo que podía demostrar:

            -Buenas tardes, señora Amalia.

            La respuesta de la secuestradora de balones no podía ser más lacónica. Estaba enfadada, eso era algo seguro.

            -¿Qué?

            "Qué", sin más. Muy mala manera de empezar una conversación conciliadora. Nada de devolver el saludo. Sólo "qué", simple y lapidariamente.

            -¿Podría hacernos el favor de devolvernos el balón?

            -No.

            A ver quién replicaba a un "no" huérfano de argumentos. Un porqué, una triste razón, habrían orientado la estrategia que, de modo intuitivo, intentaba desplegar Sergio en su embajada.

            -Es que lo necesitamos para jugar un partido mañana.

            -No haberlo colado.

            -Lo sentimos mucho, señora Amalia. Le prometo que tendremos más cuidado y que no chutaremos tan fuerte.

            Un compromiso. Pocas cosas eran tan persuasivas como un compromiso planteado con humildad y sincero arrepentimiento.

            -He dicho que no, y no. Sois unos gamberros y me quedo con el balón. Además ya os he dicho que lo voy a rajar.

            Un murmullo despavorido brotó del grupo que formaba el resto de los amigos de Sergio, apiñados, casi fundidos en un solo ser trémulo sobre cuya cabeza se cernía un destino trágico. En esos momentos, muy probablemente, cada uno pensaba en la mejor respuesta posible, pero la suerte estaba echada y Sergio era la última esperanza.

            -Por favor, señora Amalia, dénos una última oportunidad. Ya le digo que tendremos más cuidado. Es que a veces nos juntamos muchos en la plaza y con tan poco sitio para regatear es fácil que no veamos hacia dónde va el balón y se nos cuele cuando le damos fuerte para despejar, pero no volverá a pasar. De verdad.

            Quizá aturdida por tamaña profusión de táctica futbolística, quizá persuadida por la lógica de la explicación, pero nunca conmovida por sus causas profundas -muchos niños, poco sitio, candorosa energía infantil ajena a cualquier control-, la señora Amalia parpadeó varias veces seguidas y se quedó en silencio cuatro, cinco, seis segundos que Sergio aprovechó para rematar su despliegue falaz con un ejemplo de libro de argumentum ad misericordiam:

            -Si nos raja el balón ya no podremos jugar más, señora Amalia, y habrá que esperar hasta un cumpleaños o hasta Reyes para tener otro. Ni siquiera juntando las pagas de todos podríamos comprar uno en varios meses. Perdónenos. Le prometo que no volverá a ocurrir. Se lo prometo.

            Sin descomponer el rictus de enfado y sin pronunciar una palabra, la señora Amalia cerró la puerta con un portazo en las narices de Sergio, que intuía que su alegato había prosperado. Después de una tensa espera, volvió a abrirse la puerta y apareció con el balón debajo del brazo. Mirando a Sergio muy fijamente, y después de un lento movimiento de negación con la cabeza, dictó sentencia:

            -Eres un abogadillo de los pobres, Sergio, y tienes respuestas para todo. Es la última vez que os devuelvo el balón. Óyelo bien: la última.

            Y diciendo esto, le metió un puntapié a la pelota exactamente en la dirección opuesta al lugar en donde esperaban los demás mandándola a más de cincuenta metros. Un chut formidable, había que admitirlo. Sin duda, la potencia de su disparo y su aspecto intimidador podrían convertir a la señora Amalia en una defensa muy eficaz, pero no era cuestión de tentar a la suerte sugiriéndole ni en broma que formase parte del equipo. Mientras el balón volaba por los aires los amigos de Sergio corrieron a recuperarlo dejando salir de sus gargantas un alarido de celebración. Ahora sólo quedaba dar las gracias con una sonrisa beatífica:

            -Gracias, señora Ama...

            No fue posible acabar la frase. La puerta se había cerrado de nuevo con un portazo aún más violento que el anterior. Sergio se unió al grupo, en donde fue recibido en triunfo como si fuera un héroe de las comedias de Aristófanes, y todos se fueron a jugar aún con un poco de temblor en las piernas y un sabor amargo en la garganta que no tardarían en desaparecer gracias al poder balsámico de la reanudación del partido.

            Y fue, en efecto, la última vez que el balón salió entero de la casa de la señora Amalia. Tan sólo dos días después volvieron a colarlo, y en medio minuto lo tenían de nuevo a sus pies, abierto con una cuchillada atroz. Ellos no habían cumplido su promesa; la señora Amalia sí.

            Darío, el dueño del balón, se deshacía en lágrimas mientras el resto del grupo compartía su desconsuelo. Un balón rajado era un drama, un verdadero drama. Un balón era una garantía de muchas cosas: de juego sin complicaciones, de canalización alegre de energías y de convivencia incondicional. Bastaba que alguien apareciese con un balón en la plaza para que los niños de los bloques circundantes se arracimaran y, después de cumplir con la formalidad casi ritual de pedir permiso al  dueño, se jugase cada tarde un partido que sólo podría olvidarse cuando se jugase el del día siguiente. En aquellos partidos se sustentaban los liderazgos, las virtudes y también los peores defectos, las afecciones y las deslealtades: un esbozo de la vida. Y una vida sin un balón era un drama. Un drama inconsolable.

            Ante el drama, Darío propuso una reacción épica mientras que acababa de sorberse los mocos. Había que vengarse, y si alguien estaba autorizado a sugerir el procedimiento, ese era él:

            -¡A ponerle una lata en la puerta!

            Poner una lata en la puerta era, en efecto, una venganza tremenda. Primero había que cruzar la carretera y buscar en el solar cualquier lata vacía, después había que mear en la lata y por fin había que dejarla apoyada en la puerta de la víctima con la inclinación justa para que, al abrirla, su contenido se derramase en la misma entrada de la casa, y no pocas veces en los mismos pies de quien la abría. Muy sencillo y eficaz, pero repugnante.

            El sentido de la mesura y del decoro de Sergio era totalmente incompatible con algo así. Una cosa era mear en una lata para ejercitar la puntería, práctica noble e inofensiva, y otra muy distinta utilizarla después como un arma tóxica. Después del diagnóstico de la señora Amalia, él ya tenía muy clara su misión: era un abogadillo de los pobres en toda circunstancia, y esta era una de las más claras.

            -¿Pero cómo vamos a hacer eso? Será mejor decírselo al padre de Darío para que él venga a hablar con la señora Amalia y le pida el dinero del balón. Seguro que entre mayores se arreglan.

            Los demás ya ni le oían. A galope tendido se fueron al solar, trajeron una lata grande de judías verdes, se pusieron en corro y la llenaron en un abrir y cerrar de ojos, salpicándose los unos a los otros con ruidoso entusiasmo y saboreando el momento de la victoria entre risas y comentarios salaces sobre el tamaño, la flexibilidad y la forma de los instrumentos de su venganza. Dejaron la lata rebosante apoyada en la puerta de la señora Amalia, llamaron al timbre y desaparecieron de allí como alma que lleva el diablo, dejando a Sergio clavado ante la puerta y enfrentado al conflicto de elegir entre unirse a los vengadores haciéndose cómplice de su marranada o aguantar a pie firme pasase lo que pasase, con la conciencia tranquila de quien no tiene nada de que arrepentirse. Su precoz vocación quijotesca le hizo quedarse quieto, deshojando la margarita de la duda, incapaz de evitar que el desastre se consumase porque oponerse al designio de sus amigos y retirar la lata habría sido una traición imperdonable que ni siquiera se le pasaba por la cabeza. Ahí se debatían el honor y la elegancia y una persona como Sergio debía optar sin la menor duda por la suma de las dos fuerzas en litigio.

            Pasó lo que tenía que pasar. La señora Amalia abrió la puerta con el ímpetu acostumbrado y la lata se derramó desde la entrada hasta el salón inundando todo el pasillo y mojando además sus pies, embutidos en unas zapatillas de felpa que quedaron arruinadas para siempre.

            Allí estaba Sergio, digno e inmóvil ante la adversidad, como Gary Cooper en Solo ante el peligro pero sin revólver, sin más armas que su palabra y su inquebrantable sentido de la justicia, mientras que la señora Amalia, congestionada y atónita, empezaba a fabricar en sus intestinos el fuego que no tardaría en brotar de su garganta como si de un dragón terrible se tratase. Era urgente tomar ventaja:

            -Verá, señora Amalia, yo no quería. Ya les dije a mis amigos que...

            Imposible continuar. A esas alturas, la señora Amalia ya era todo grito y todo brazos. Mientras que Sergio la miraba en medio de su perorata airada, pensaba en todo lo que en ese momento le diría si ella se lo permitiese: que no suscribía los procedimientos vindicativos de sus compañeros de juego; que entendía que esa no era manera de hacer las cosas; que ella misma tendría que habérselo pensado dos veces antes de pincharles el balón, a quién se le ocurre, mujer, nos podríamos haber ahorrado el disgusto; que no era justo que le regañase a él, que había intentado disuadir a sus amigos y además se había quedado a dar explicaciones sin tener por qué, y que quién le mandaba a él, pedazo de tonto, quedarse ahí plantado habiendo podido escaparse en otra dirección contraria a la del resto del grupo sin comprometerse con la tropelía y sin afrontar responsabilidades innecesarias; que la vida era, sobre todo, injusta y desconsiderada, y que todo era mucho más difícil de lo que podría ser, caramba, hay que fastidiarse.

            Mientras que Sergio construía una argumentación irrebatible en su cabeza, no escuchaba a la señora Amalia que gritaba como una energúmena a voz en cuello, le nevaba con salivazos que no podía controlar y estirando sus dos brazos señalaba alternativamente el suelo, la lata, las zapatillas, la puerta y el cielo a quien ponía como testigo de que iba a matar a quien le había hecho eso y a la madre que lo parió, y además le acusaba tanto como a quien más de la faena, le llamaba perdulario, cochino y delincuente y amenazaba con darle allí mismo una paliza de espanto si no se marchaba al momento, y suerte tenía si no se lo contaba a sus padres, al director del colegio, al párroco y a la Guardia Civil.

            Derrotado, aunque seguro de sus razones, Sergio se dio la vuelta e inició una retirada triste con más rabia que resignación, sin volver la vista atrás y sin querer seguir oyendo una bronca que no le correspondía. Por eso no vio venir volando la lata de judías que le acertó exactamente en el cogote, acreditando otra rara habilidad de la señora Amalia, la puntería, que venía a completar un cuadro muy meritorio sumándose a su prodigiosa patada, de la que ya tenía sobrada constancia. En algo parecido a eso -supuso- consistía el oficio de abogado de los pobres: en retirarse dolido por el golpe que a uno le da alguien que cede a la ira provocada por otro que se esconde, después de intentar conciliar y contentar a ambos sin el menor éxito. En el dolor de su cabeza llevaba la huella de la incomprensión y la ingratitud, y en su ropa de diario, como un sello de ignominia, se secaban las gotas del orín que aún quedaba en la lata. La próxima vez se callaría.  Hablar raro no traía mucha cuenta.

            Aunque lo correcto habría sido tirarla en el cubo de la basura, Sergio dejó la lata abandonada en el suelo de la calle seguro de que más adelante, con el paso de los días, acabaría usándose para practicar la puntería con el tirachinas, para hacer de bote bolero en una mágica tarde de escondite o para volver a convertirse, quién sabe, en depósito de nuevas deyecciones justicieras. Y sin mucha confianza en la idea, impropia de un caballero, pensó que la próxima vez quizá él también contribuyera a llenarla.

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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Comentarios - 3

Ángel de la Villa

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Ángel de la Villa - 24-01-2013 - 17:22:22h

¡ Cómo echamos de menos y cuánto nos gusta recordar nuestra infancia, ahora que estamos en nuestra edad madura ¡

 

Sergio, digo Santiago, un fuerte abrazo de un antiguo compañero y amigo que anda rastreando por internet recuerdos de su infancia.

Fco Javier Baena

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Fco Javier Baena - 15-11-2010 - 10:53:08h

Me uno al anterior post. Yo soy otro de aquellos niños que "colaban" balones en los patios de las señoras Amalias de turno. Me temo que menos conciliador; ya que si no devolvían el balón, simplemente le hacíamos la vida imposible. Vivir en el barrio imprimía carácter. Ya lo creo.

José Luis Labad

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José Luis Labad - 25-10-2010 - 19:57:46h

Mientras leo tu cuento, me asomo a la ventana del viejo barrio, aquel de ladrillos rojos, el de las largas galerías, el de los niños/as merendando pan y chocolate en las tardes de verano.
Me veo entre aquellos pequeños que me hicieron tan feliz.


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