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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Jueves, 17 de enero de 2019

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Artículos de: Campoamor Stursberg, Rutwig

Luces y sombras de la fantasía científica soviética II: de la guerra patria al deshielo de 1956

En esta segunda entrega dedicada a la ciencia ficción soviética, analizamos algunas de las obras y autores destacados publicados entre 1937 y 1956. La primera de las fechas marca el apogeo de la hegemonía estalinista, mientras la segunda se caracteriza por una tímida y efímera apertura del sistema, debida fundamentalmente a las tortuosas luchas y depuraciones llevadas a cabo después del deceso de Stalin. En términos generales, las décadas de 1930-1950 se caracterizan principalmente por la extirpación violenta de la disidencia, para cuyos fines la Gran Guerra Patria y el posterior establecimiento de la confrontación con Occidente fueron de gran ayuda. La otra característica es el finalmente fallido intento de uniformización total y un extendido hermetismo basado en una progresiva desconfianza mutua, que supone una sublime materialización moderna de la máxima romana divide et impera. Abandonada ya la época de la utopía, la literatura de ciencia ficción se vuelca, al menos de forma oficial, en una vía de educación, formación técnica y de exaltación de los logros que la construcción del socialismo habrá de aportar, moralmente sustentada por la victoria soviética en la II Guerra Mundial y el impresionante desarrollo científico e industrial que la sigue. La industrialización del país, defendida ya en tiempos de la Revolución, constituye la primera y principal obsesión del Estado, y será esgrimida como el principal estandarte ideológico hasta la época en que sea reemplazado por la carrera y conquista espaciales

 

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Luces y sombras de la fantasía científica soviética I: De la rusia zarista a la Gran Purga

Cuando se han cumplido recientemente los cien años de la llamada Revolución de Octubre, sobre la que tanto se ha escrito y disputado, parece adecuado aprovechar la ocasión para hablar, aunque sea brevemente, acerca de la literatura de ciencia ficción soviética, enorme en cuanto a producción se refiere, pero a la par escasamente conocida y editada en el ámbito occidental. No pretendemos en absoluto discurrir sesudamente sobre la génesis y evolución de la llamada fantasía científica soviética, así como de sus connotaciones filosóficas, políticas o sociológicas, tarea que por otra parte sería inmensa, y para lo cual existen ya profundos tratados y multitud de monografías específicas,[1] sino tan sólo indicar a grandes rasgos las tres principales etapas en las que puede dividirse, netamente diferenciadas por sus motivaciones, credibilidad científica y nivel de introspección. Reivindicamos asimismo algunos autores y obras que, por una u otra razón, siguen siendo mayoritariamente desconocidos por el aficionado a la ciencia ficción, pese a su calidad o relevancia en el género. Esta primera fase, que constituye el objetivo de la presente reflexión, sería la correspondiente a la transición de la literatura rusa de tipo fantástico a la ciencia ficción soviética propiamente dicha. En términos cronológicos, esta primera época finalizaría en 1937, año en el que turbulentos acontecimientos obligarían a los autores de ciencia ficción soviéticos verdaderamente creativos a permanecer en un estado de latencia que duraría más de una década.



[1] Véase el estudio crítico de Britikov citado en la nota 6, así como aquellos contenidos en la biliografía.

 

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La gran disciplina ausente en la literatura de ciencia ficción: la química

Es incuestionable que, al margen de las leyes físicas cuyos efectos todo el mundo experimenta en su quehacer diario, aunque sea de manera subliminal e inconsciente, la química juega un papel igualmente central y relevante, que determina el desarrollo o colapso económico e industrial de los diferentes países, así como marca el bienestar o la miseria material de la  población. Desde las industrias textil y alimenticia, pasando por los fertilizantes usados en la agricultura, la petroquímica, la metalurgia, los polímeros y otros materiales sintéticos, hasta los cosméticos, perfumes y fármacos, prácticamente cualquier sustancia que manipulamos diariamente está íntimamente ligada a la química. El llamado progreso, al margen de otras innovaciones sociales, se basa fundamentalmente en la eclosión decimonónica de la industria química, con todas las connotaciones negativas que dicho desarrollo nos ha legado, de las cuales la más importante es la contaminación medioambiental, un problema probablemente irresoluble debido a sus laberínticas implicaciones políticas y financieras, así como a las contradicciones éticas tan características del antropocentrismo. Todo ello convierte a la química en una disciplina ambivalente, fascinante para unos y minusvalorada e incluso despreciada por otros, aunque indispensable para la subsistencia de todos, o bien, en un contexto más frívolo, para la fabricación, mantenimiento y desarrollo de dispositivos de distracción masiva publicitados como irrenunciables para la realización personal. Ante esta indispensabilidad de la química en la sociedad contemporánea, resulta chocante, o cuanto menos llamativo, que la representación de esta ciencia en la literatura de ciencia-ficción sea, al menos desde el punto de vista formal, sumamente escasa.[1]



[1] No tratamos aquí su impacto en medios audiovisuales, que puede analizarse en la obra de Stocker citada al final.

 

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Computadoras en la ciencia ficción: por qué la CF no pudo predecir los ordenadores personales

En una era donde nuestra existencia como individuos depende esencialmente (para bien y para mal) de la computación,  la progresiva automatización de procesos y el crecimiento imparable de las redes de comunicación, resulta difícil recordar que, tan sólo un par de décadas atrás, la mayoría de los artilugios y aparatos que son ahora de uso plenamente cotidiano constituían el objeto de películas futuristas o quimeras tecnológicas, cuando no eran instituidos como entes de culto de un reducido grupo de personas aquejadas del trastorno de personalidad antisocial. Si bien a mediados de los años 1980 el ordenador ya era objeto de especulación por parte de los creadores del cyberpunk (Neuromancer de W. Gibson, 1984), todavía no constituía, al menos entre el público general, el objeto de reverencia y adoración que es hoy, sin el cual la supervivencia es virtualmente inimaginable, so pena de aislarse en el oscurantismo pretecnológico. La propagación imparable de los descendientes del ordenador personal tradicional, entre los que se cuentan los portátiles de tamaño ultrareducido, los reproductores de imágenes y sonidos y otros artefactos de bolsillo, pueden llevarnos a la equívoca creencia de que la existencia del ordenador (no los gigantescos cerebros electrónicos de la industria y organismos gubernamentales) fue una consecuencia lógica y natural en la literatura de anticipación. No obstante, nada más lejos de la realidad: el ordenador personal, constituyendo uno de los dispositivos esenciales en la rutina diaria de multitud de ciudadanos y sostén del sistema comercial y administrativo, es probablemente el más sonado fracaso de predicción en la historia de la ciencia ficción.  

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