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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Miércoles, 21 de noviembre de 2018

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Artículos de: González, Daniel

Hikikomori

Tiferet

La enorme torre repleta de apartamentos se alzaba ominosa como queriendo tocar el cielo... y sí, ahora que recuerdo, me dijeron que en el pasado le llamaban "rascacielos". Había decenas -cientos quizás-, como flores en un jardín, de distintos tamaños y formas, extendiéndose vastamente hasta el horizonte y limitando con la playa cuyas azuladas aguas chocaban con los arrecifes y la costa. En cada uno de ellos vivían cientos de personas, una por cada ventanita más o menos. Interminables aves mecánicas sobrevolaban las edificaciones como mosquitos alrededor de la basura. Unas reparaban las estructuras cuando se deterioraban o dañaban por el ambiente, otras recogían la basura que los habitantes dejaban caer por tubos y terminaban en un gran basurero común, y otras entregaban paquetes de cosas que la gente de los Edificios compraba.  

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Solipsys

Cada vez que escucho el rechinar de la puerta me estremezco. Siento mi corazón estrujándose aprisionado en una extraña sensación entremezcla de ansiedad y desolación. Es estúpido... especialmente después de haber escuchado ese sonido cientos de veces, docenas de veces al día.

La habitación donde trabajo es una repulsiva recámara estrecha y pequeña... o al menos así me parece a mí. Puede que sea más grande pero el hecho de que sea mi prisión quizás influye en mi percepción de ella y la siento como una celda asfixiante y claustrofóbica.

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Las doce campanadas

-Bienvenido al Castillo Paracelsus -me dijo el viejo Señor Casavetes cuando entré a la gigantesca edificación. La estructura arquitectónica, de diseño inusual para estas tierras, era una definitiva remembranza de los antiguos castillos medievales y se extendía a lo largo de una basta propiedad boscosa, rodeada por un muro y con intrincados pasillos, escalinatas y aposentos que se distribuían a través de sus atalayas, torres y pisos.

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La soga al cuello

Argentina, año 2022.

-El viaje en el tiempo -decía el joven profesor Hirsh, que enseñaba física cuántica en la Universidad de Buenos Aires a su nutrida y atenta clase- es teóricamente posible. La teoría de la Relatividad...

Mientras daba la clase, no notó que una misteriosa figura se introdujo furtivamente al salón. Se trataba de un hombre de poblada barba y de brillante calva, algo regordete, que vestía un traje negro.

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Las fauces de la bestia

Una niña...

Era tan solo una niña. Rostro grácil de piel blanca y ojos azules. Largos y rizados cabellos rojos. Todos pensaban que sería hermosa cuando creciera.

Caminando por la nieve esa noche. Las estrellas tintineantes se reflejaban en la quietud acuosa del enorme lago. Una densa capa de blanca nieve, tan blanca como mi piel, cubre el ambiente, y graciosos copos caían del cielo.

Escucho el ruido...

Una presencia siniestra. Una mirada hambrienta, deseosa, oscura...

La bestia olfatea. Se escucha un leve chapoteo.

Luego pasos entre la nieve. Pasos espeluznantes.

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