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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 11 de diciembre de 2018

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Siega

"Yes, there are aliens. No, we shouldn't contact them."

Stephen Hawking[1].

 

El sol parpadea, como una luz que agoniza bajo el soplido del viento.

Durante todo el día de ayer, apenas fue una candela.  Aguanté la respiración, rezando por que no se apagara, por que no fueran aquellos nuestros últimos ocho minutos de vida, y, por fin, esta mañana, los rescoldos parecieron avivarse.



[1] "Sí, hay alienígenas.  No, no deberíamos contactar con ellos."  Fuente: The Atlantic. com "Stephen Hawking: Don´t contact Aliens." 26 de Abril de 2010.

 

 

Miro por la ventana.  Veo el pequeño resplandor, un cincuenta por ciento más leve que el que hay durante una tormenta de nieve, y trato de atraparlo en mi mente: recordar el calor, la llama de la que tanto huí en los días de verano, molesta por la sensación asfixiante; preservar aquellos atardeceres color escarlata, engalanados de nubes azul añil.  Nunca me imaginé que sería testigo de este fenómeno.  Supuse que cuando ocurriese, ya nos habríamos extinguido.

El fenómeno comenzó el once de noviembre, hace ya veinte días. El Sol chisporroteaba de forma diferente, como si estuviera perdiendo su llama.  Podría deberse a un cambio de ciclo o a la aparición de alguna nueva mancha solar excepcional.  Nada más lejos de la realidad: la superficie del Sol estaba lisa e impecable.  Sin embargo, su color anaranjado había cambiado a  un rojo intenso.

No acabo de comprender el empeño humano por encontrar y contactar seres de otros planetas, de enviarles información detallada sobre quiénes somos, dónde estamos y cómo llegar.

En los primeros años, eran simples notas lanzadas al azar a la inmensidad del espacio: canciones enviadas desde antenas, placas adjuntas a sondas con la esperanza de que llegaran a algún receptor, tal y como los antiguos marineros habían hecho con los mensajes en botellas.

Hasta que descubrieron aquel sistema solar, gemelo al nuestro, a tan solo cuatro años luz. 

La distancia parecía ínfima, en comparación con la de otros posibles planetas habitables cuyo nombre había surgido en diversas ocasiones.  Era urgente buscar la forma de enviar unos dispositivos que fueran nuestros ojos, que revelaran la verdad y terminaran con las elucubraciones y deducciones en lo referente a la atmósfera, la existencia de agua y de vida.

No hubo consulta planetaria.  No les importaba nuestra opinión.  Como siempre,   los poderosos tomaron sus propias decisiones atendiendo a sus intereses; como siempre, no pensaron en las consecuencias de sus actos.  Las nano-naves guiadas por láser simplemente se lanzaron.

Y esperamos veinte años.

Esperamos tanto, que ya nadie recordaba la existencia de aquella misión.

Y allí estaba el vampiro cósmico, inmóvil, ileso, anclado de forma desconocida a nuestro astro: Un perfil negro indeterminado, que de alguna forma incomprensible para nosotros, esquilmaba la preciada energía.  Su emisión calorífica de miles de grados formaba el negativo de la imagen que nadie ha sido capaz de captar, ponía cara al Horror remoto que jamás confrontaremos; nos ayudó a comprender que el tamaño de "la nave" era equivalente al de un planeta como Mercurio. ¿Por medio de qué procedimientos extraerá la esencia a nuestra estrella? ¿Dónde almacenará la energía o a qué lugar la transportará si lo hace? ¿Por qué nuestro Sol y no otro? ¿Se habrán agotado los recursos en su civilización o serán unos simples piratas que pretenden vender el combustible al mejor postor?

-Se nos van a olvidar las palabras, mamá. -dice mi hijo de seis años.

- No te entiendo.

- De no ir al cole.

- Son solo unas vacaciones...

¿Cómo explicarle la verdad? ¿Cómo decirle que no hay futuro cuando ni siquiera ha comenzado a vivir? ¿Qué haré cuando las plantas y los animales mueran? ¿Cómo le protegeré del Horror cuando no queden alimentos?

-Tengo frío, mamá.

-Vamos a taparnos con la manta.  Abrázame.

Miro al cielo continuamente, esperando un milagro que sé que jamás ocurrirá.  La vida se apaga, la Tierra se enfría lentamente mientras una espesa capa de nieve y hielo lo cubre todo.  Ni siquiera los edificios son reconocibles.  Ya no recuerdo cómo era el mundo, cómo era nuestra existencia. Siento cómo la Nada avanza irrefrenable y un escalofrío recorre mi nuca.  De fondo, el zumbido continuo de las noticias, que, al intentar dar explicación de los hechos, buscan ayudarnos a encontrar la paz, a aceptar nuestro destino.  En continuo estado de alerta, apenas puedo dormir.

Somos meros espectadores, que asistimos impotentes a nuestra destrucción.  Jamás sabremos cómo son los Recolectores.  No han tenido la deferencia de permitirnos ver qué rostro tiene nuestra Muerte, de luchar.  Para ellos, debemos de tener la misma importancia que una inapreciable partícula de polen.  Nuestro orgullo humano nos llevó a pensar que, al saber de nosotros, vendrían a enseñarnos su avanzada tecnología y viviríamos juntos en un Universo de armonía ideal.  Deberíamos habernos fijado en cómo nos tratamos los unos a los otros para haber predicho lo que ocurriría de antemano.

Según los expertos, finalmente se acercarán a la Tierra para arrancarle el agua. Seguramente lo harán antes de que el Sol se apague definitivamente y el Planeta comience a errar, inerte,  por el espacio.

Recogemos lo que sembramos.

 

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