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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Domingo, 21 de octubre de 2018

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Hikikomori

Tiferet

La enorme torre repleta de apartamentos se alzaba ominosa como queriendo tocar el cielo... y sí, ahora que recuerdo, me dijeron que en el pasado le llamaban "rascacielos". Había decenas -cientos quizás-, como flores en un jardín, de distintos tamaños y formas, extendiéndose vastamente hasta el horizonte y limitando con la playa cuyas azuladas aguas chocaban con los arrecifes y la costa. En cada uno de ellos vivían cientos de personas, una por cada ventanita más o menos. Interminables aves mecánicas sobrevolaban las edificaciones como mosquitos alrededor de la basura. Unas reparaban las estructuras cuando se deterioraban o dañaban por el ambiente, otras recogían la basura que los habitantes dejaban caer por tubos y terminaban en un gran basurero común, y otras entregaban paquetes de cosas que la gente de los Edificios compraba.  

Sabía que los hombres de mi tribu me buscarían, así que no tenía más opción que dirigirme allí, a pesar de la desconfianza que me generaba esa gente extraña... la gente de los Edificios. ¡No tenía más remedio! Así que esperé entre unas cajas repletas de cables sueltos y chatarra al lado de la puerta principal de una de estas viviendas hasta que una de las aves llegó volando e hizo sonar el timbre. Ya de cerca no parecía un ave sino un cangrejo volador metálico con dos pinzas y un único ojo rojo y brillante en el centro. La puerta de la vivienda se abrió y de ella emergió un sujeto flaco y barbudo, de pelo largo. Se veía amable.

 -Le hemos traído su pedido Sr. Sakaro -anunció el cangrejo volador con una extraña voz mecánica. El tipo revisó los paquetes y dio su aprobación, y luego pasó una tarjeta por una de las ranuras del cangrejo, este pareció estar complacido pues su ojo rojo se tornó verde y se alejó en paz como si le hubieran alimentado.

 Y antes de que se cerraran las puertas entré sigilosamente a la vivienda, escondiéndome y caminando lenta y silenciosa a espaldas del dueño.

 Me mantuve oculta un tiempo detrás de unas cajas vacías. Robaría todo lo que pudiera y que fuera comestible, dormiría tranquila escapando del frío y luego me escaparía en la mañana a continuar mi trayecto... o eso pensaba hacer hasta que escuché la voz del sujeto.

 -¿Quién es usted y que hace aquí? -me dijo con ese acento extraño de la gente de los Edificios. Me apuntaba con un arma de fuego y por el aspecto de la misma era evidente que no eran como los viejos y destartalados rifles que usaban los hombres de mi tribu, sino tan moderna y adelantada como todas sus otras posesiones.

 Me levanté enseguida y alcé los brazos.

 -No me lastime, señor, por favor -rogué-. No quería molestarle ni hacerle daño, señor.

 -¿Qué hace en mi casa?

 -Sólo buscaba dónde pasar la noche y comer, señor.

 -Usted es una de ellos, ¿verdad? Una cavernícola.

 -¿Una qué...?

 -Una de esas personas que viven en la naturaleza y no usan tecnología.

 -Sí, señor. Sólo quiero comida, señor -dije-, y haré lo que usted me pida a cambio.

 El sujeto se quedó pensativo y finalmente pareció sucumbir a mi oferta. Bajó el arma y me hizo entender con señas que me dejaba quedar.

 -Ven -dijo amablemente-; primero come algo. Toma. -Me sirvió una aromática cena en un plato de un material que yo no conocía, pero que era un poco más duro que el papel aunque más suave que la madera. ¡Que delicia! Estaba caliente y muy sabrosa... más que nada que hubiera comido antes en mi vida. También me sirvió un refresco que sabía extraño, como ácido, y tenía burbujas.

 -¿Estuvo buena la comida? -preguntó.

 -Deliciosa señor -dije reclinándome en la silla con la panza bien llena.

 -Puedes llamarme Sakaro. A propósito muchacha, ¿cómo te llamas?

 -Jan.

 -Bien, Jan, te prestaré el baño para que te asees.

 Había escuchado que la gente de los Edificios tenía esas habitaciones, pero jamás me imaginé realmente cómo eran. El piso era como hecho de piedra laminada y las paredes tenían cuadritos miniatura. En el centro había una enorme pila donde cabía un hombre y de la pared manaba tanta agua como uno quisiera y además ¡tibia! También tenía un lugar donde sentarse que se llevaba la caca y a la par una mesa con papeles que él llamaba revistas en las que salían fotos de muchas mujeres desnudas.

 Me dijo que podía usar cualquier cosa que quisiera ahí en el baño y me enseñó como cerrar el agua y cambiarle la temperatura.

 -Pero ten cuidado de que no salga muy caliente o puedes quemarte -me advirtió. También me dio unos líquidos que hacían burbujas y olían muy bien para usar en mi cabello. Después de algo así como una hora de remojarme y enjabonarme, y tras relajarme un rato en el agua caliente, decidí salir. Empecé por batirme y saltar para secarme el cuerpo pero luego vi que me había dejado unas telas esponjosas y con ellas me sequé y luego tomé unas cosas azules terminadas en navajas que servían para remover el pelo y con ellas me rasuré las piernas, las axilas y el pubis ya que noté en las revistas de la mesa que así andaban las mujeres de los Edificios.

 Como ya no deseaba ponerme los harapos que traje cuando llegué porque estaban sucios, salí del baño tapándome con una de las telas esponjadas. Sakaro me observó y sonrió. Estaba sentado en una silla enorme como un trono, pero acolchada y que giraba y tenía rueditas, al frente de uno de esas... computadoras. Habían pasado años desde la última vez que había visto una ya que no las usábamos mucho, solo algunos sabios de algunas tribus las sabían manejar y todas las que había visto eran mucho más viejas que la de Sakaro. Pero sabía bien para que servían: pensaban más rápido que nosotros.

 -¿Mejor?

 -Mucho mejor -contesté-; gracias. -Y dicho eso removí la toalla y me coloqué de rodillas al lado de Sakaro. Era hora de darle el primer pago.

*

 No soy nada mala en satisfacer a los hombres, pero la reacción de Sakaro fue tremenda. Parecía como si fuera la primera vez que una mujer lo tocaba ahí. Una vez culminado el asunto y con cara de felicidad, Sakaro y yo nos sentamos en la mesa del comedor a conversar.

 -¿Vive solo? -le pregunté.

 -Sí. Vivía con mis padres pero murieron hace años. Mi madre fue la última en fallecer, solía estar en un cuarto del segundo piso.

 -¿Y no se siente solo?

 -Tengo muchos amigos y estoy casado.

 -¿En serio? ¿Y su esposa? ¿Por qué no vive aquí?

 -Ella vive en su propia casa. Muy lejos. En otro continente.

 -¿Nunca la ha visto?

 -En persona no, pero hacemos videochat con frecuencia.

 -¿Y cómo se conocieron? ¿Cómo se casaron?

 -Nos conocimos en una sala de chat para solteros y fuimos novios dos años, y hace cinco decidí pedirle que nos casáramos así que ambos cambiamos el estatus de "solteros" a "casados con..." en nuestros perfiles. Todos nuestros amigos nos dieron muchos likes.

 No entendí la mitad de lo que dijo, pero comprendí el concepto.

 -¿Y sus amigos? ¿Lo visitan?

 -No, ¿por qué lo harían? Los veo todos los días ahí -dijo señalando la computadora-; me publican cosas agradables en el muro.

 -¿Entonces no conoce a ninguno de sus amigos en persona? ¿Cómo trabaja? ¿Cómo gana dinero para pagar todo esto y la comida que se come?

 -Soy ingeniero de redes graduado en la universidad. Trabajo para una empresa en mantenimiento de su página web, a cambio se me deposita quincenalmente una suma de dinero en mi cuenta bancaria y con eso compro todo.

 -¿Alguna vez ha visto o tocado ese dinero?

 -Por supuesto que no. ¿Para qué querría hacer eso? ¡Es ridículo!

 -Entonces, ¿cómo compra las cosas?

 -Mira -me dijo y me llevó hasta la pantalla de su computador cuyas imágenes cambiaban constantemente según sus comandos de acuerdo a lo que tecleaba y a donde dirigía la flecha que se mueve dentro del monitor. Así llegó a un sitio que, según me dijo, se llamaba Supermercado.com en donde escogía un montón de cosas como víveres, ropa y artículos de higiene tocando las imágenes, luego la computadora le preguntaba: "¿Desea hacer una compra?" Él tocó con la flechita blanca un letrero verde que confirmaba la pregunta y luego le apareció un espacio para introducir números, allí introdujo un código que estaba también en la tarjeta que utilizó para alimentar al cangrejo mecánico.

 -¿Ves? Acabo de comprar todo eso. Un robot de entrega me lo traerá en un par de días. -Robot... así era que se llamaban esas cosas voladoras artificiales.

 -¿Y dónde aprendiste a hacer ese trabajo por el que te pagan?

 -Acá mismo -dijo señalando a la computadora-; así aprendí todo lo necesario desde primaria hasta la universidad.

 No entendí bien nada de eso. ¿Cómo podía vivir así? Me pareció una existencia horrible.

 Sakaro interpretó mal mi disconformidad.

 -¿Estás molesta por nuestro intercambio?

 -Toda mi vida he tenido que hacer ese tipo de cosas a cambio de comida, agua o protección y ni cercanamente de la misma cantidad o calidad que me ofreces.

 -¿Por qué dejaste tu tribu?

 -Guerra. Interminables guerras entre tribus por recursos, comida, mujeres... estaba cansada de tanta violencia.  

 -Eso suena terrible. ¡Que vida tan espantosa has sufrido!

 Me encogí de hombros. Él no parecía entender que, a pesar de la dureza, era mejor que su existencia ahí enjaulado como los animales comestibles que los cazadores de la tribu encierran para que no se escapen. Pero no era mi intención convencerlo, así que me quité la ropa que él me había prestado y procedí a darle otro pago, esta vez de cuerpo completo.

*

Pasé varios días con Sakaro... más de los que había pensado quedarme en un principio. Su cama era tan suave y sus cobijas tan cálidas... como todo ahí, tan cómodo y agradable, que no deseaba irme. No tenía que hacer nada allí, ni siquiera limpiar pues unos robots pequeños limpiaban la casa una vez al día, siempre a la misma hora.

 Sakaro dormía sobre su acolchada cama tan profundamente que parecía muerto. Supongo que había quedado demasiado cansado desde nuestro último encuentro apenas una hora antes y fui a sentarme frente a la computadora. Él me había enseñado muy rudimentariamente a usarla y ya había aprendido a iniciar esas imágenes con movimientos que cuentan una historia... ¿Cómo los llamaba? ¡Videos! Casi todos con historias de sexo, violencia y guerra. Películas con monstruos y seres fantásticos. Había también algunos donde los personajes hacían cosas tontas y se escuchaban risas en el fondo, unos con dibujos que se movían y casi la mitad del material conformado por historias sobre personas teniendo sexo en todas las formas y situaciones imaginables. ¿Por qué ver todo eso y no vivirlo? No me imagino a Sakaro soportando la violencia de la guerra como la ha vivido mi tribu, mucho más intensa que la mostrada por sus videos.

 Entonces pensé en el segundo piso... allí donde había muerto la madre de Sakaro. ¿Cómo se deshacían de sus muertos la gente de los Edificios? ¿Se los llevaría algún robot como con la basura? Decidí investigar así que subí por las escaleras y llegué hasta el piso superior que estaba casi cubierto por penumbras. Al final se observaba una puerta bien cerrada y caminé hacia ella con curiosidad.

 Toqué el botón que servía para abrir las puertas. Ésta se desplegó hacia un lado perdiéndose dentro del marco y el interior de la habitación quedó expuesto para mí. Estaba sumido en unas tinieblas impenetrables, en una lobreguez mucho más profunda que la del exterior. Aún así me adentré y percibí de inmediato el aire viciado y añejo. Pasé mi mano por el interruptor que bien sabía producía la luz y de pronto aquella oscuridad se disipó enteramente.

 Y allí estaba... una imagen grotesca de un cuerpo momificado y cadavérico. Prácticamente reducido a huesos sostenidos entre sí por los vestigios de carne y ropa, sentada sobre una silla por siempre reposaba la madre de Sakaro. No muy lejos, sobre la cama, la momia del padre que se veía aún más vieja. Pero lo más sorprendente es que ambos cadáveres debían de haber fallecido hace mucho tiempo... Los inspeccioné bien porque pensé que mis ojos me estaban engañando... no podían tener años sino siglos de muertos.

 En el suelo, cerca de las momias, yacía uno de esos discos miniatura que se utilizan para introducir información a la computadora. Algo me dijo que aquello era la respuesta al misterio así que lo tomé e inmediatamente después escuché la puerta abrise de golpe.

 Salí de la habitación y caminé por el pasillo escuchando la voz de Sakaro gritando y amenazando a los intrusos, quienes le contestaban airadamente. Luego escuché golpes y un cuerpo cayendo al suelo. La pistola de Sakaro colgaba de una pared al lado de un cilindro rojo con un dibujo de llamas grabado en un costado, así que la tomé y bajé las escaleras. Ahí encontré a tres hombres de mi tribu blandiendo garrotes y a Sakaro tirado en el suelo inconsciente o muerto.

 -¿De verdad creías que te nos ibas a escapar, Jan? -dijo Curax, el líder, sonriendo con sus dientes amarillentos. Lo conocía bien y sabía de lo que era capaz así que le apunté con el arma. Mis intenciones estaban claras.-. ¿Entonces te has convertido en uno de ellos? -dijo-, ¿en una gente del Edificio?

 -Lo que haga con mi vida ya no debe importarte.

 El cuerpo de Sakaro en el suelo comenzó a convulsionar y luego, para mayor sorpresa, produjo chispazos que salieron de su cráneo. Lo que brotaba de la cabeza no era sangre sino aceite y después emano de él un humo negro. ¡También era un robot!

 Al ver esto Curax y sus acompañantes entraron en pánico y escaparon de la casa. Observé el disco que tenía algo escrito en su portada, pero yo no sabía leer. Aún así, Sakaro me había enseñado lo suficiente de computadoras por lo que introduje el disco en la misma y escuché lo que decía en medio de imágenes ilustrativas que se mostraban en la luz nacarada del monitor.

 

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