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Día de difuntos

30 de Octubre de 2018 a las 17:50 h

Naturales, enteros, irracionales e imaginarios

Naturales, enteros, irracionales e imaginarios

Naturales, enteros, irracionales e imaginarios. No hace mucho, hubo en algún lugar una biblioteca especializada en lo irracional y lo imaginario. Las gentes que la trabajaban manipulaban los libros según técnicas arcanas transmitidas oralmente. En el depósito había una habitación recóndita donde se encerraban viejos libros en armarios, como en cárcel que evitase su fuga. Los cristales de las vitrinas devolvían reflejos que no eran propios, y el temor a lo desconocido helaba el corazón. Por ese motivo irracional, sugestionados tal vez, nadie quería pasar por allí. Algunos bibliotecarios, obligados por una petición, entraban en parejas, nunca solos. Su permanencia se reducía a lo meramente imprescindible.

Un día, el más inconsciente de ellos, que se mofaba de los temores de los otros, haciendo caso omiso de advertencias y consejos de los veteranos entró solo, para despachar un encargo trivial: un libro- documento que se solicitaba para su consulta. Entrar y salir
no debía entrañar inconveniente alguno. No se debía dejar al usuario esperando por la necedad de los supersticiosos.
En cinco minutos se le vio volver, silencioso, con la barbilla pegada al pecho, sin decir palabra, extrañamente reservado. Se acercó a su mesa y se puso a mirar fijamente la pantalla del ordenador, muy rígido, clavado a su asiento.
Tras varios minutos de espera el lector preguntó por su petición a otro bibliotecario, y este inquirió al absorto compañero sobre la misma. No contestó, pálido y sin moverse, con la mirada presa de un punto en la pantalla, mudo.
Sorprendidos lo miraron sin saber qué hacer y se dieron cuenta que ante sus ojos, paulatinamente, el pelo se le volvía blanco. El lector sin esperar respuesta se dio la vuelta para jamás volver.
De aquel bibliotecario lo que hoy se sabe es que no volvió a articular palabra, que se pasa las horas sentado delante de un monitor apagado de un hospital a las afueras de la gran ciudad, sin apartar la vista, mirándolo obsesivamente.
Una de las bibliotecarias siempre sintió las sensaciones de su entorno y entre sus raras cualidades descollaba por su condición de "médium". Sin intención hablaba a sus compañeros de los espectros de las estancias. Solo ella ha ido a visitarlo y siempre volvía deprimida. Siente miedo y se pregunta si no habría sido la causante de todo. Se responsabiliza de lo ocurrido, ya que se cree el puente inconsciente por donde penetra lo irreal: "Se deben extremar las precauciones al estar rodeados de lo Irracional y lo Imaginario, campando a sus anchas por la biblioteca".
Cuando el silencio más atroz se enseñorea de las estanterías, ella, que antes fuera locuaz, calla, y de su boca no salen historias de aparecidos, o de esas presencias que veía.
Algunos creen que, en realidad, los ve; prueba de ello es que ha pedido un cambio de destino.

 

Por Felipe Fernández Sánchez

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