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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Lunes, 10 de diciembre de 2018

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Ellos (2009)

Barcelona, Editorial Montena. 2009

Obtuvo el premio Ciudad Jaén de Narrativa Juvenil 2009

 

La protagonista de Ellos es Paloma, una veinteañera que tiene problemas de corazón. Su cardiólogo la aconseja pasar una temporada de descanso. La casa de su tía en Formentera parece el mejor sitio. Al fin y al cabo, Formentera es una isla tranquila, segura, bellísima, donde nunca pasa nada. Paloma conoce a algunas personas agradables. Entre ellas, el neurocirujano novio de su tía, a una pintora y un mago que viven en el chalet de al lado, y a Tomás, un joven tenista que demuestra estar muy interesado en Paloma. Sin embargo, la protagonista no va a encontrar tranquilidad precisamente. Antes de que ella llegara, ya ocurrió una muerte violenta de otro joven. Y pronto habrá más actos violentos.

Paloma comprende que algo oscuro late en el aparente sosiego de Formentera. Sus vecinos esconden una cara ante ella. Con la ayuda de Tomás, intentará descubrir de qué se trata. La sorpresa acecha en cada paso que dan. Y cada vez es mayor. El final los estremecerá, al mismo tiempo que el lector queda irremediablemente impactado. Quizás, su conciencia también.

La historia enganchará a los lectores más jóvenes. A los que no lo son tanto, no les defraudará porque, como dice la cita de Lord Byron con la que se abre la novela:

Es extraño, pero es verdad,

porque la verdad es siempre extraña,

más extraña que una ficción.

En la novela  laten, desde el principio, preguntas concernientes a la identidad del ser humano: ¿quiénes son los demás?, ¿quiénes somos nosotros?, ¿quién soy yo?

 

Críticas al libro:

http://elblogdepizcadepapel.blogspot.com/2009/11/novedad-juvenil-ellos-de-cesar.html
http://www.clubdellector.com/fichalibro.php?idlibro=8199
http://librosjuveniles.blogspot.com/2009/11/ellos-cesar-fernandez-garcia.html
http://www.libros2.ciberanika.com/DesktopDefault.aspxtabid=28&pagina=letras/f/p05023.ascx
http://comentounlibro.blogspot.com/2009/11/ellos-cesar-fernandez-garcia.html
http://www.casadellibro.com/libro-ellos-premio-jaen-narrativa-juvenil-2009/1610258/2900001346202
http://www.lecturalia.com/libro/40220/ellos
http://www.abretelibro.com/foro/viewtopic.php?t=39242
http://libros.fnac.es/a345396/Cesar-Fernandez-Garcia-Ellos-Premio-Jaen-de-narrativa-juvenil-2009
http://www.interrogantes.net/Cesar-Fernandez-Garcia-Ellos-/menu-id-46.html

 Capítulo 1 (fragmento)

1

                                                                  Es extraño, pero es verdad, porque la verdad es     

                                                                    siempre extraña, más extraña que una ficción.

                                                                                     Lord Byron

 

Imanol creyó oír voces en su propia casa.

Pero eso no era posible. Vivía solo en el chalet. Había convencido a sus padres de que le dejaran pasar una temporada en la casa de Formentera. Necesitaba romper con el círculo de amigotes que lo había arrastrado al alcohol. Y lo estaba consiguiendo. Desde su llegada a la isla, casi un mes atrás, no había probado ni una gota.

- Por la noche todo son ruidos - pensó el joven -. Habrá sido el viento.

No había viento. La bruma reptaba desde el mar hacia el chalet como un espectro acechante.

El veinteañero no se levantó del suelo y continuó intentando reparar la fuga de la cisterna del váter. Ya había cortado la llave de paso del agua. También había desenroscado el pomo y el embellecedor. Levantó la tapa de la cisterna. A la izquierda se veía la boya que cortaba el agua de llenado al subir. En el centro, el descargador. A la derecha, el mecanismo de entrada del agua. Pulsó la varilla del descargador. La cisterna se fue vaciando, a la vez que la boya bajaba.

Cuando en el baño se recuperó el silencio, de nuevo oyó voces.

Intentó controlar el temblor de su cuerpo y pensar con lógica. Vamos a ver, se dijo, en Formentera no hay delincuentes. Ni un solo delito en los últimos años. Es la isla más segura del Mediterráneo. Aquí nunca pasa nada.

Imanol levantó la mirada hacia la ventana del baño. La niebla se apoyaba contra el cristal.

- No hay nadie, idiota - se susurró entre dientes.

Como respuesta, oyó pasos que se acercaban hacia él.

Un sutil escalofrío le escaló, vértebra a vértebra, toda la columna. Ahora sí que no cabía ninguna duda. Alguien había entrado en la casa. Sintió miedo. Un miedo frío que le atenazaba los músculos.

Pero se defendería. No tenía más remedio. Quizás se tratase de un loco. Y con un loco podía pasar cualquier cosa. Agarró la llave inglesa y salió del baño.

- Voy armado - gritó con la esperanza de atemorizar.

Al fondo, la lámpara del salón se encontraba encendida. Él la había dejado apagada. Estaba casi seguro. Avanzó unos metros por el pasillo con la mirada fija en el haz de luz que salía a través de la puerta abierta. Sí. Alguien deambulaba por allí. Se produjo un ruido de cristal.  Seguramente se había caído un vaso. O, quizás, la jarra tan fea que su madre había comprado en el mercadillo de La Mola.

Intentó tragar saliva, pero le resultaba imposible. La garganta se le había cerrado.

Esgrimiendo la llave inglesa, Imanol pasó al salón. No había nadie. Sin embargo, por el suelo estaban esparcidos los pedazos de la jarra de cristal. Resultaba imposible que se hubiera caído ella sola desde la estantería. Además, ¿por qué estaban abiertos y tirados en el sofá los álbumes de fotografías? Lo mejor sería llamar a la Policía Local. Los guardias se presentarían en pocos minutos. La comisaría estaba cerca.

Había dejado el móvil en su habitación, así que se internó por el pasillo. Procuró no hacer ruido para no delatar su posición. Era posible que el loco o el ladrón se hubiera escondido en los cuartos que se abrían a izquierda y derecha del corredor.

Entró en su habitación. Dio al interruptor de la luz que encendía la lámpara del techo. Las piernas le temblaron aún más al ver que sus pertenencias habían sido registradas. La ropa estaba desperdigada por los rincones. Los cajones, sacados de los muebles. La cama, deshecha. Sus libros y revistas, tirados por el suelo. De la mesilla, faltaba el móvil. Manchas de barro de distintos calzados sobre las losetas demostraban que eran varios los intrusos. Al menos, tres.

Rápidamente hizo una deducción: no se trataba de un loco, sino de ladrones. Por una parte este pensamiento le tranquilizó un poco. En cualquier caso, había tenido mala suerte. Muy mala suerte. Allí a nadie le robaban. Con eso de que no se cometían delitos en Formentera, no se molestaba en cerrar con llave. En realidad, ningún vecino lo hacía. En la isla nunca pasaba nada malo. Él no había conocido a una víctima de un delito. Cuando lo contase, iba a ser difícil que le creyeran.

La cartera estaba abierta junto a la lamparilla de la mesilla. Seguramente ya no tendría los cuatrocientos euros que había sacado esa misma tarde de un cajero en el pueblo de Sant Ferran de Ses Roques. Sin esperanza, la abrió para comprobarlo. Entonces su rostro se descompuso. Sintió un miedo mayor que el que produciría un simple robo. El dinero permanecía, incluso las tarjetas de crédito. Faltaba la documentación: el carnet de conducir y el de identidad.

¿Qué sentido podía tener aquello?

El miedo se convirtió en terror y angustia cuando encontró, entre los libros y la ropa tirados en el suelo, los pedazos de sus carnets. Habían sido cortados en cuatro trozos. Eso delataba unas mentes perversas, una intención mucho peor que la de sustraer sus bienes personales. ¿Quiénes podían estar interesados en infligirle un daño de esa índole? No tenía enemigos. De hecho, conocía a poca gente en Formentera.

De repente, oyó un chasquido y se fue la luz de la casa. También las farolas del jardín se apagaron. Podían haber sido ellos.

¿Qué pretendían?

Un ruido de pasos se sucedió por el pasillo. A continuación, percibió el sonido de un grifo. Probablemente estarían en la cocina. Salió aferrando la llave inglesa con tanta fuerza que los nudillos se le blanqueaban.

Avanzó por la derecha en dirección a la cocina. Levantaba los pies para no hacer ruido. Llegaba a la puerta, cuando escuchó una respiración detrás de sí. Antes de que pudiera girarse, alguien le colocó un trapo sobre la nariz. El olor era muy intenso. Le bastó con inhalar una sola vez para que los músculos se relajaran de inmediato. Su cuerpo se derrumbó.

En torno a él todo empezó a dar vueltas y vueltas y vueltas... Una mancha oscura se apoderó de su mente.

Cuando entreabrió los ojos, creyó estar muerto. Lo único que vio fue un mundo blanco que lo envolvía igual que el sudario de la muerte. Cerró los ojos de nuevo y lo intentó otra vez. No estaba muerto. Sentía ganas de vomitar y le dolía el cuello.

- Quédate quieto - le ordenó una voz masculina, bastante ronca.

Imanol no consiguió ver quién le había hablado. Sólo podía ver el techo encalado de la estancia. Poco a poco fue abriendo su campo de visión. Un carrito con instrumental médico, dos vitrinas con medicamentos, una cortina limpísima. Por fin, descubrió al hombre. Le estaba sacando sangre con una jeringuilla. Una chapita en su bata blanca le identificaba como doctor. No entendió el nombre, porque las letras le bailaban, como burlándose de él.

La jeringa iba llenándose de sangre.

- ¿Qué me ha pasado?

- Nada.

- ¿Y qué me va a hacer?

En lugar de responder, el doctor exhibió una sonrisa despectiva, un rictus que dibujaba una línea hasta arriba en su rostro pecoso.

- Dios... - suplicó Imanol.

La jeringuilla acabó de llenarse. El doctor le frotó el punto rojo que la aguja le había provocado con una gasa empapada en alcohol. Se puso de espaldas al joven y echó la sangre en pequeñas dosis dentro de cinco tubitos.

Imanol se dio cuenta de que estaba sobre una camilla. A pesar de su debilidad, hizo un esfuerzo por incorporarse. Imposible. Estaba sujeto por los tobillos y las muñecas mediante correas.

- Por favor, déjeme ir.

El hombre escribió sobre una hoja. La dejó sobre una mesilla lateral, donde también dejó los cinco tubitos.

- Por favor... - insistió Imanol en voz más alta.

El doctor le puso una cinta adhesiva en la boca para que no gritara y se marchó. Cerró la puerta a su espalda. Imanol oyó cómo echaba la llave y se alejaba por un pasillo que fue tragándose el resonar de sus zapatos.

Procuró quitarse la cinta con la lengua. No hubo forma. Tampoco de soltarse de las correas. Lloró desesperado. ¿Qué le iban a hacer? ¿Qué le habían hecho ya?

¿Y por qué?

Jamás se había peleado con nadie. Con nadie. Había llegado un mes antes y se había limitado a pescar, tomar el sol, pasear por la playa, escuchar música y vivir en paz, venciendo la necesidad de beber alcohol.

De la pared de enfrente colgaba el escudo de Formentera: una torre sobre el mar, dos rombos y una espiga de trigo. Puesto ahí, en el muro, adoptaba un sentido amenazador o, cuando menos, simbólico. Igual le ocurría a aquel reloj de propaganda de una multinacional farmacéutica. Las manecillas se habían detenido en las doce en punto.

No se oía ruido alguno.

Tengo que escapar, tengo que escapar, se dijo.

Las correas lo atenazaban con fuerza. Las de los tobillos incluso le hacían daño, le estaban dificultando el riego sanguíneo. Su brazo derecho era el más hábil y el más fuerte. Hizo varios intentos por soltarse. Resultó inútil.

En la muñeca izquierda apenas tenía fuerza. Sin embargo, esa correa era la que más holgada estaba. Contra ella había que luchar. Empezó con tirones bruscos. Lo único que consiguió fue lastimarse. Prosiguió con tirones más suaves. También resultó en vano. Quizás si estirase los dedos y fuese retorciendo y deslizando la muñeca poco a poco... El dolor de los músculos y del cuero contra su piel resultó fatal. Aun así, no se rindió. Lo intentó, lo intentó...

Una infinidad de minutos más tarde, logró sacar la muñeca izquierda. Lo siguiente ya fue rápido. En poco tiempo, se quitó la correa de la muñeca derecha. En menos todavía, los tobillos quedaron libres.

Se puso en pie, arrojando la cinta adhesiva de la boca al suelo.

Sabía que no lograría huir por la puerta. Estaba cerrada con llave y, seguramente, daría a un pasillo donde cualquiera podría descubrirlo.

Se dirigió a la cortina. Detrás de ella tenía que haber una ventana.

Sí. La había.

Levantó la persiana, mientras rezaba para que comunicara con un lugar no vigilado. Suspiró aliviado al comprobar que daba a un jardín, apenas iluminado por una farola. La niebla se iba disipando, aunque permanecían extraños jirones. Bien. Además, estaba en un primer piso, a unos tres metros sobre el césped. Podía tirarse sin hacerse demasiado daño. La suerte empezaba a mostrarle su cara más agradable.

Abrió la ventana. Colocando las manos en el alfeizar, se dejó caer. La hierba amortiguó el golpe, aunque se lastimó un tobillo. Cojeando se dirigió a la tapia. Detrás de ella, tenía que estar la libertad.

La altura del muro resultaba excesiva para él. A pesar del dolor del tobillo, saltó. Sus manos ni siquiera llegaron a rozar la cima de la pared. No había que desesperarse. Con un poco de suerte, podría encontrar por el jardín algo que lo izase. No tardó en dar con unas decorativas rocas que rodeaban un pequeño estanque. Trasladó cuatro de ellas hasta la tapia. Logró superponer una sobre la base de las otras tres. Se subió sobre la de arriba. Fue suficiente para encaramarse a la cima.

Enseguida se estaba descolgando al otro lado.

Una alarma sonó detrás de él. De inmediato se oyeron voces y ruidos metálicos. Ya se habrían dado cuenta de su huida. Debía correr, aunque el tobillo le doliese. Frente a él, sólo existía una playa oscura. Buen sitio. Habría dunas donde esconderse o, si fuera necesario, se metería en el mar y nadaría.

Se había levantado un viento helado que había barrido la niebla. Protegido por la negrura de la noche, redujo la intensidad de su carrera. Terminó por limitarse a caminar sobre la arena húmeda. Sobre él, un relámpago escindió el cielo en dos.

Unas rocas separaban la playa de una cala contigua. Intentó acceder a ella subiendo por las piedras. Casi al final, resbaló y se raspó el brazo izquierdo. Apretando los dientes, se puso de nuevo en pie, y continuó la marcha por los peñascos. Por fin llegó a la cala. Apoyado en la pared de un acantilado, se levantaba un viejo cobertizo de madera. Pertenecería a los pescadores de la zona.

Lo más prudente era esconderse en él hasta que dejaran de buscarlo. La puerta disponía de un candado. Con un pedrusco pudo romperlo. Entró al tiempo que un rayo caía sobre el mar.

A través de las rendijas de los maderos del cobertizo, veía cómo la luna navegaba tras las nubes. Gracias a la cadavérica claridad del exterior que entraba, comprobó que el cuarto estaba lleno de útiles de pescadores: redes, remos, botes de cristal y aparejos de pesca. Se sentó en el suelo, apoyando la espalda en la puerta. El lamento agudo del viento se mezclaba con el quejido colérico de las olas que venían, o con el rumor moribundo de las que ya se habían reventado en la playa. La noche lo amparaba. Había que esperar a que amaneciera para salir. Con la luz de la mañana, sería fácil encontrar ayuda. Eso pensaba, cuando oyó una tos. Alguien chistó al causante del ruido.

Estaban fuera.

Las luces de sus linternas penetraban en el cobertizo a través de los múltiples resquicios. Se acercaban. Tragó saliva e intentó incluso contener la respiración. Pero ya no servía de nada.

Lo supo cuando notó el olor de la gasolina.

- Dios...

Primero fue una llamita en el tejado. Volvió a mirar por las rendijas. Allí estaban. Serían más de doce y permanecían un poco alejados. El eco de otro trueno se le figuró el redoble premonitorio de una batalla.

 Esperó un poco, pero el fuego se extendía con rapidez. Vencido, abrió la puerta y salió. A una distancia de unos diez metros, lo esperaba un grupo de lo más variopinto: ancianos, mujeres, adolescentes, hombres. Todos armados. Unos con palos, otros con navajas. Había quien portaba una simple cacerola. Un hombre con complexión de culturista, que vestía pantalón corto y camiseta de tirantes, empuñaba un bate de béisbol. Una anciana muy delgada, un destornillador.

Imanol comprendió que no podía huir. Avanzó hacia ellos. Notó sus ojos como puñales hundidos en su cerebro.

- ¿Qué queréis de mí? - logró articular.

Nadie atendió a la pregunta.

Detrás de Imanol, el fuego se apoderó del cobertizo. Las llamas se alzaron rugiendo y se retorcieron alrededor de la madera. El rojizo resplandor iluminaba sus caras: serios, impasibles. Empezaron a rodear al joven. No le dejaron escapatoria.

Los diversos ruidos del fuego se fundieron en una especie de redoble de tambores. Un humo negro giró sobre el cobertizo.

- ¿Quiénes sois?

Por respuesta, un joven encorbatado le lanzó un afilado cuchillo.

La hoja de metal se clavó en el pecho de Imanol. Levantando la cabeza al cielo, chilló. Las venas del cuello, perfectamente marcadas, estaban a punto de estallar.

Utilizando sus armas, todos se abalanzaron sobre Imanol.

Devoraron su grito.

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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Escritores complutenses 2.0. es un proyecto del Vicerrectorado de Innovación de la Universidad Complutense de Madrid
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