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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Lunes, 10 de diciembre de 2018

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El e-mail del mal (2007)

Madrid, Alfaguara, 2007

La novela comienza con una escena que agarra al lector desde el primer párrafo. Ocurre en un despacho de la facultad de Filología de la Universidad Complutense. Es de noche y un joven becario trabaja solo en el despacho de su director de tesis. Es entonces cuando recibe un extraño e-mail en su correo. Quien sea quien lo haya enviado sabe que el estudiante se ha hecho con el Satanae legatum, un legendario manuscrito en latín del siglo XII que versa sobre el mal. Una vez que el e-mail se abre, la acción no deja tregua al lector.
Javier, un joven reportero de la revista Atlántida, recibe el encargo de descubrir qué pasó en realidad con el becario. Pronto el periodista descubrirá que nada es lo que parece y que son muchos los intereses que giran entorno al desaparecido Satanae legatum. Lo que el reportero no esperaba era que su propia vida se viese arrastrada por lo que, en un principio, sería un simple reportaje. Durante su investigación conocerá a una joven misteriosa llamada Eva, se acercará al mundo de las sectas luciferinas y se verá envuelto en una aventura.
Si no quieres que el mal exista, no obres mal. Todos los males del mundo provienen de que el hombre cree que puede tratar a sus semejantes sin amor.

Guía de actividades propuestas por Alfaguara en pdf

 Capítulo 1  (fragmento)

1

- No lo abras - se oyó decir Jorge a sí mismo, retirando la mirada de la pantalla del ordenador.

Pero no le sirvió de nada al becario. Incluso con los ojos cerrados, seguía viendo en la bandeja de entrada el aviso de que el mensaje esperaba ser abierto. Una lengua de aire helado silbó bajo la puerta del despacho. Se frotó los brazos para entrar en calor. El cuarto estaba tan frío y sombrío... Tener sólo la luz del flexo encendida le ayudaba a concentrarse, pero dejaba el despacho demasiado oscuro.

No le afectaba que el remitente se hiciera llamar Satanás. ¡Qué simpleza! Cualquiera podía ponerse ese apodo. Él mismo había utilizado pseudónimos absurdos en los chats. El escalofrío que trepaba por la espalda del becario se debía a las dos palabras que indicaban el asunto del correo: Satanae legatum.

¿Quién y cómo había averiguado que él tenía ese manuscrito? ¡Pero si nunca lo citó directamente! Recordaba a la perfección lo que él había desvelado en el chat de la página web de The Perseus Digital Library, una escueta descripción técnica:

 

"Manuscrito anónimo en latín. Consta de doce bifolios en pergamino, cosidos. Sin cubierta (seguramente separados de un códice). Óptimo estado de conservación. Tamaño: en cuarto (150 x 205 mm). No hay restos de pautado. Letra: gótica cursiva, de una sola mano. Dos tintas. Capitales iluminadas. Datación probable: último tercio del XIII. Versa sobre el mal.

Me gustaría conocer su posible valor económico en el mercado."

 

Esos datos podían corresponder a cientos o miles de manuscritos. Incluso muchos filólogos renombrados habían negado la existencia del Satanae legatum, argumentando que se trataba de una de tantísimas leyendas sobre escritos medievales. Entre los estudiosos, los doctores Meyer, Franceschini, Moure, Codoñer, Strecker, Bernt y Ermini.

Sin abrir el correo electrónico, Jorge sólo podía saber que la fecha de envío era de ese mismo lunes 17 de marzo y que no adjuntaba ningún archivo. Bueno, eso y que alguien sabía que él poseía el legendario y auténtico Satanae legatum.

Procuró serenarse. Se acomodó mejor en la silla hasta sentir el respaldo,  y estiró los brazos hacia la pantalla.

 - ¿De qué tienes miedo? - se preguntó en voz alta -. Anda, no seas ridículo.

Escuchó un ruido y volvió la cabeza. Aunque estaba solo en el despacho, de vez en cuando alguna tablilla de la tarima del suelo crujía como si la pisasen. Pero en esta ocasión no había sido un crujido corto, sino un sonido más prolongado y humano. Como una respiración.

Pero eso era imposible. Aquel despacho era el último del pasillo, el más alejado de todos los de Filología Clásica. Desde que había anochecido no oyó nada, ni siquiera una voz por el pasillo. Normal. Los profesores de los departamentos cercanos ya se habrían ido. El otro becario, que compartía el despacho con él y que acostumbraba a trabajar hasta muy tarde, se había marchado unas horas antes. Seguramente en la facultad se habrían acabado ya todas las clases del turno de noche.

Sin embargo...

Debía dominar sus nervios, antes de decidir si abría el correo electrónico. Por la ventana divisó la luz palpitante y ambarina de las farolas en el paraninfo de la Universidad Complutense. Buscó con los ojos el cielo oscuro. Durante un rato se quedó absorto, contemplando la negrura del firmamento. Se imaginó adentrándose en él, serenándose con la música que creaban planetas y estrellas allá en lo alto.

La noche, que había mordido la curvada orilla de la luna, le latió encima.

Bien. Ya estaba un poco más tranquilo. Ahora había que tomar la iniciativa. Volvió a la pantalla del ordenador. Tenía motivos para estar contento, aunque hubiesen descubierto que poseía el Satanae legatum. Aquel mensaje podía mejorar una oferta que le habían hecho la semana anterior. En la anterior ocasión el remitente se hacía llamar Mr. Brown y no parecía conocer que el manuscrito fuera el Satanae legatum. Aún así le había ofrecido un millón de euros.

Un millón de euros...

Todavía Jorge no había contestado a la oferta pasada por la misma razón que se resistía a abrir el correo electrónico: todo lo relacionado con el manuscrito le producía una inquietud que lo paralizaba. Prefería no dar ningún paso sin tenerlo bien pensado y medido.

Un millón de euros. Mucho dinero. Una fortuna impensable para un becario que subsistía con una beca de 600 euros al mes. Tal vez iba siendo el momento de aceptar una buena oferta. Eso sí, con mucha prudencia para no dejarse engañar. La gente obsesionada por ese tipo de manuscritos era inteligente y podía tenderle una trampa.

- Vamos a ver - murmuró para sí mismo. Tras acariciar el ratón inalámbrico, hizo doble clic sobre aquel correo.

Mediante el dibujo de un reloj de arena, el ordenador indicó que había que esperar. Intentaba abrirlo. Pasaron lentos los minutos sin conseguirlo.

Nervioso por la tardanza, Jorge se levantó de la silla. ¿Por qué hacía tanto frío?  Se acercó al radiador de la pared. Estaba helado. Sin duda habían apagado la calefacción hacía ya un buen rato. La política de ahorro en la facultad era despiadada. El nuevo decano se preocupaba de reducir los gastos como un contable cicatero. Si mostrase el mismo interés en mejorar la situación de los becarios...

Por primera vez, le pareció que la luz del flexo era insuficiente. Encendió la luz de los fluorescentes del techo. El ordenador continuaba en su intento de abrir el correo.

Mientras, había que pensar en otra cosa. Para distraerse, Jorge se fijó en los últimos libros que había conseguido. A todos los tendría que citar en su tesis doctoral. El ensayo El horror en la literatura de Howard Philliphs Lovecraft, Diccionario infernal de Colin de Plancy, Paraíso perdido de John Milton, El maestro y Margarita de Bulgakov, Azazel de Isaac Asimov, El diccionario del diablo de Ambrose Bierce...

Movió la nariz. Le estaba llegando un olor nauseabundo, como a aguas podridas.

- Los nervios me van a hacer enfermar - pensó.

Con sus manos heladas, cogió El diccionario del diablo. Apenas empezaba a hojearlo, cuando las luces del techo y del flexo se apagaron de golpe. La  impresora hizo el ruido de imprimir pero no sacó ningún papel. El correo electrónico seguía sin abrirse.

Aunque todo aquello tendría una explicación racional, ahora necesitaba irse. No pensar. Se precipitó hacia la puerta. ¿Por qué estaba cerrada? ¡Él no había echado la llave! Intentó girar el pomo, pero tuvo que soltarlo porque estaba congelado.

Por el cristal de la puerta comprobó que en el pasillo también se había ido la luz. Así, más que un pasillo, parecía una gruta. Detrás de Jorge, un fulgor rojizo brotaba de la pantalla. Un nuevo escalofrío escaló vértebra a vértebra su espalda hasta alojarse definitivamente en la nuca. Aunque no se giró para comprobarlo, entendió que el mensaje se había abierto ya. Y con el mensaje, una respiración profunda, en la que se podía distinguir con nitidez la fase de tomar aire con avaricia y soltarlo amenazante.

Inspiración. Espiración. Inspiración. Espiración...

- ¡Joder! - tembló aterrado.

El corazón le golpeaba el pecho hasta hacerle daño. La lengua se le secó de golpe. Le faltaba el oxígeno... Se volvió despacio hacia el ordenador, encogiéndose, como si temiera recibir el ataque de una bestia.

En la pantalla no había palabra alguna. Tan sólo un rostro semihumano que, tras una gasa roja, le sonreía con su boca desdentada. Jorge cerró los puños, contrajo cada uno de sus músculos e intentó chillar. Sólo fue eso, un intento. De su garganta no salió ni el más mínimo sonido.

La sutil tela que enmascaraba el rostro se deslizaba lentamente, sin ocultar la siniestra sonrisa. La imagen del ordenador pronunció su nombre silabeándolo.

Las palpitaciones del corazón de Jorge se mezclaron con un cántico que salía de los altavoces del ordenador. Un himno fúnebre que salmodiaban coros de voces sobrenaturales, una funesta invocación acompasada por golpes sordos y repetitivos. El crescendo de la melodía era frenético. El ritmo de aquella repugnante composición se hacía vertiginoso. Jorge no pudo evitar que su propia respiración y los latidos de su corazón acompañasen a ese cántico. Se abrazó en un gesto inútil que evitara el frío.

El becario sintió una presencia física en el despacho, rozándole la nuca. Había alguien junto a él, aunque no lo viese. No sólo oía su respiración brutal. También el olor, aquella pestilencia insoportable. Se dio media vuelta para tumbar la puerta de una patada y escapar. Entonces notó una gélida opresión en el cuello, como si unas garras de hielo lo atenazasen. Una risita aguda, casi infantil, se reventó dentro del despacho.

Jorge cayó de rodillas, con los brazos sueltos a ambos lados, la expresión vacía, los ojos perdidos. La boca abierta pero sin poder gritar.

Cuando su cuerpo se desplomó muerto contra el suelo, se apagó el ordenador.

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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