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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Jueves, 15 de noviembre de 2018

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No digas que estás solo (2009)

Madrid, Bruño, 2009

 

Género de miedo e intriga.
La acción se circunscribe básicamente a Cotela, un pueblo abandonado del Pirineo aragonés que, en realidad, supone un universo de perfiles alegóricos. Hasta allí se trasladan dos jovencísimos becarios y dos veteranos periodistas para filmar un documental sobre las aldeas que perdieron a todos sus habitantes y que ahora yacen caidos por la podredumbre y el olvido. El trabajo parece sencillo y atractivo, sobre todo para los dos jóvenes becarios, Begoña y Alberto. Sin embargo, uno tras otro van sucediendo hechos inexplicables, escalofriantes. Una extraña presencia los acecha. No están solos. Nunca se está solo.

Capítulo 1  (fragmento)

 

Cuando estés de noche en tu habitación, aun cuando tengas las puertas y las ventanas cerradas y apagada la luz, no digas que estás solo: nunca se está solo.        EPÍCTETO

1

El viejo Eusebio sospechaba que no era el único habitante del pueblo.

Por eso, la tarde en que él también se disponía a abandonar Cotela sintió que lo dejaba en manos de aquél (quienquiera que fuese aquél). Pero, ¿qué podía hacer? Aunque amaba su aldea de las montañas de Huesca, ya no aguantaba tanta soledad. El mes anterior había muerto Amparo, su mujer. Durante esas cuatro semanas había vivido completamente solo. El reúma lo martirizaba y quería terminar sus días rodeado de sus nietos y de su única hija.

Tras cerrar la puerta de su casa por última vez, el pueblo muerto le devolvió la mirada desde los ojos huecos de las ventanas. Eusebio metió las maletas y algunos trastos en su destartalada furgoneta. Antes de meterse en el vehículo y abandonar Cotela definitivamente, se quedó un rato contemplando la calle, invadida de ortigas. El pueblo se asemejaba a un cadáver insepulto. Los recuerdos de su mujer y de su hija, cuando ésta era pequeña, se pasearon delante de él.

El cielo lloraba una lluvia menuda y monótona sobre las casas abandonadas que el olvido pudría. Lloraba sobre las chimeneas vencidas, los cristales rotos, las maderas carcomidas, la vida pasada. El repiqueteo del agua sobre los charcos puso música a esos momentos de despedida. La luna en fase menguante se iba asomando, afilada como una hoz.

El viejo se quedó sumido en un estado hipnótico hasta que oyó un bisbiseo. Luego el murmullo de unas palabras incomprensibles que parecían pronunciadas por la voz de un muchacho. Varias noches había sentido hablar a aquel joven (o lo que demonios fuese), aunque siempre de una forma tan indescifrable que deseó pensar que el cierzo o una alimaña emitían esos sonidos.

Tras un breve silencio, le llegó un grito. Un grito humano, de eso no cabía ninguna duda.

Ahora sabía que esa persona andaba por allí.

Cerca. Muy cerca.

Tal vez escondido dentro de alguna casa. Miró alrededor. Tanto a la izquierda como a la derecha y frente a él había construcciones que tenían la puerta o una ventana rota por donde podría haber entrado. Bastaron unos instantes de atención para saber dónde se encontraba. Una luz fugaz, seguramente de una linterna, había resplandecido en la vivienda de la esquina. Sí. Justo en la segunda planta de lo que quedaba de la casa de Sagrario.

¿Quién era el intruso? ¿Qué quería?

Eusebio se acercó hacia allí con pasos lentos. Las ventanas seguían conservando sus cerraduras de hierro, pero la puerta estaba arrancada del marco y yacía en el suelo. La ruina se había apoderado de la construcción. El musgo crecía por el tejado. Las ortigas se disponían lentamente para invadir la entrada. De nuevo oyó algo. Algo como un llanto o una risa estúpida. Sólo duró unos instantes.

- ¿Quién anda ahí? - preguntó con energía.

Aquella casa le producía un cierto rechazo. Allí vivieron Sagrario y su nieto Luis hasta que él fue asesinado. Nació marcado por una rara enfermedad y los vecinos, más ignorantes que malvados, le dieron la espalda. A la muerte del muchacho cayó en sus conciencias el peso de haberlo arrinconado, de no haber permitido que sus hijos jugaran con él, de participar con sus comentarios en humillaciones verbales. El fin del pobre Luis resultó coherente con la vida que había arrastrado. Poco después del crimen, la abuela murió de dolor.

Según afirmaban los más fácilmente impresionables, desde entonces el mal se había instalado en Cotela. El pueblo empezó a echar a sus propios habitantes. Se sirvió desde una epidemia hasta desapariciones inexplicables. Pretendía sembrar su venganza en cada uno de los vecinos. El hospital de tuberculosos cerró porque se le morían demasiados pacientes, según se decía. También se rumoreaba que resultaba excesivo el número de presos fallecidos en la cárcel que había en las afueras. Cotela no quería cobijar a ningún ser humano. Eusebio nunca creyó en esas tonterías. No. En absoluto. Lo único que ocurría era que la gente se consideraba merecedora de un castigo y que sus propios remordimientos levantaban fantasmas vengadores. Cuando alguien veía a un fantasma, en realidad se estaba viendo a sí mismo. Lo demás eran majaderías.

Majaderías pero... Su mujer había fallecido así, sin más, sin previo aviso. Los médicos hablaron de una embolia cerebral. Ella, que nunca tuvo el más mínimo dolor, le decía que el pueblo se iba a vengar también en ellos y que, en cualquier momento, amanecerían muertos. ¿Acaso no lo notas?, preguntaba ella mirando a través de la ventana por la noche. Y Eusebio respondía que no, que él no notaba nada y cerraba los postigos de todas las ventanas. Pero sí que notaba algo, una presencia. Aunque achacase los ruidos al viento, los olores a la humedad o las sombras a la excesiva aprensión de la mente... A veces presentía que había alguien invisible a su lado observando cómo cenaban. Inexplicables escalofríos le recorrían el cuerpo cuando apagaba la luz y se metía con su mujer en la cama. Su hija decía que por Internet circulaban muchos comentarios  sobre una energía maligna que dominaba Cotela.

Sin controlar el temblor de su cuerpo, traspasó el umbral de la casa.

Aunque la luz había resplandecido en la segunda planta, empezó registrando la inferior. Podía estar en cualquier sitio. Primero, buscó en el comedor. Ni detrás de los sofás ni de las sucias cortinas se escondía más que algún ratoncillo. Continuó su inspección en las dos pequeñas habitaciones y en el baño. Tampoco halló al intruso. Sin embargo, percibía el ritmo acompasado de una respiración jadeante.

Sólo quedaba la segunda planta donde, si no recordaba mal, correspondía por completo a un desván enorme. El hombre seguramente continuaba allí con la luz de una linterna.

Sobre el primer peldaño de la escalera se apoyaba una guadaña. El mango estaba ennegrecido pero la cuchilla, alargada y curva, parecía casi nueva. Tentado estuvo de armarse con ella pero quizás fuera contraproducente. Subió arrancando crujidos a los escalones. Llegó al desván. La luz del crepúsculo se colaba con generosidad por el ventanuco. La buhardilla estaba repleta de maderos tirados por el suelo y trastos viejos: sillas rotas, espejos agrietados, restos de armarios, libros deteriorados, telas, cajas con fotos y papeles... Arrugó la nariz. Si bien el hedor de la madera podrida resultaba frecuente en Cotela, esta vez le mareaba.

Con un nudo en la garganta fue apartando los obstáculos. Imaginaba que, tras cualquier cachivache, hallaría a un joven que intentaba esconderse. Pero no. Llegó hasta el final y no había nadie. Entonces reparó en que la luz del crepúsculo daba de lleno en el muro del fondo y dejaba ver una pintura a modo de grafitti.

Se trataba de un dibujo casi pueril: un monigote caía desde un acantilado hasta un lago. Luis murió así. Alguien lo empujó por el acantilado que había a las afueras de Cotela. La sencillez de los trazos imprimía mayor dramatismo a la escena representada. Era muy reciente porque parte de la pintura negra se escurría poco a poco pared abajo.

Un ruido de pisadas le sacudió. Había sido en la planta inferior. Aunque creyera haber mirado bien, el intruso se encontraba abajo.

El miedo envolvió los ojos y los pasos de Eusebio. Se acercó a las escaleras pero cambió de opinión cuando oyó que alguien subía. Lo hacía sin prisa. Demorándose en cada escalón. Seguramente para provocar un efecto de terror sobre el viejo, había dejado una luz fija debajo de forma que su silueta se iba proyectando en el desván.

Su silueta y la guadaña.

El cuerpo de Eusebio se quedó paralizado unos momentos. Luego recogió del suelo un tablero. Primero había que intentar asustarlo, ahuyentarlo. Así que lanzó el madero contra la pared donde crecía la sombra. El impacto contra el muro surtió efecto. La sombra retrocedió hasta desaparecer. El viejo agarró con ambas manos otro tablero y, lentamente, descendió los escalones.

Una vez en la planta de abajo, se quedó quieto un rato con la espalda pegada a la pared. Si recibía cualquier ataque, le estamparía el madero en la cabeza. No había ninguna luz, no se oía ningún ruido más que el del agua que caía fuera. Eusebio aguantó un par de minutos así, sin moverse pero con los músculos tensos.

¿Dónde estaba esa persona? ¿Dónde se había escondido?

Bien pensado, permanecer en la casa suponía una imprudencia que podía resultar fatal. Si el otro contaba con una guadaña, lo mejor era huir.

Contó hasta tres y salió corriendo hacia la calle. La lluvia se había hecho más densa. Temió encontrarlo fuera, esperándolo con la guadaña. Hubo suerte. La calle estaba tan desierta como durante los últimos tiempos.

Quizás se hubiera quedado agazapado en el comedor o en alguna habitación de la casa. Ojalá, porque entonces a Eusebio le daba tiempo para meterse en su furgoneta y escapar. Con este pensamiento corría hacia su vehículo. Para ir todavía más rápido, soltó el tablero. Lo iba a conseguir... Había dejado la llave puesta. Sólo tenía que entrar y arrancar el coche.

Sin embargo, cuando estaba a unos escasos metros de él, las luces de la furgoneta se encendieron.

El viejo sintió el terror apretándole la garganta. No acertaba a ver quién se había metido en su coche. Tampoco había tiempo para eso. Retrocedió y echó a correr calle abajo. Aunque era irremediable que lo persiguiera con el vehículo, no se lo pondría fácil.

El instinto de supervivencia se impuso a sus achaques reumáticos, al miedo paralizante, a la torpeza propia de viejo, a la maldita lluvia. Corría. Como un pato, pero corría.

Si llegase hasta la chopera... La furgoneta no podría pasar entre los árboles. Además, allí podría coger un buen palo con el que vender cara su vida. Inexplicablemente no oía el ruido del motor. Calándose por completo, pisando charcos, consiguió salir del pueblo y alcanzar los primeros chopos.

Miró hacia atrás. Nadie lo perseguía. El corazón le golpeaba el pecho y casi no conseguía respirar. Ya no podía más. Se sentó sobre un pedrusco para evitar desplomarse en el suelo.

Sonaron contundentes las campanas de la iglesia. Otra vez. Y otra. Y otra... Amenazaban con no callar nunca.

Desde hacía algunos años la iglesia de San Ginés estaba a punto de derrumbarse. La llave de la puerta no era problema porque se hallaba escondida dentro de un boquete en el muro. Pero ese hombre debía estar completamente loco para subirse a la torre. ¿Qué es lo que pretendía? ¿Asustarle y ya está? ¿Se trataba de una gamberrada? ¿O era un demente?

Cuando las campanas enmudecieron, Eusebio buscó a la luz de la luna una piedra o un palo con lo que defenderse. Recogió una rama caída junto al pequeño riachuelo que corría con un murmullo alegre, casi burlón. Las hojas de los chopos se arremolinaban en el agua, como estrellas siniestras, oscuras y de formas absurdas. Aunque la rama pesaba bastante, Eusebio la estrellaría contra las narices de quien lo atacase. ¡Vaya si lo haría!

La oscuridad se iba apropiando de la chopera. La lluvia caía con hostilidad sobre Eusebio. Tosió sin lograr contenerse. Se puso una mano en la boca para no ser oído.

No tenía sentido pasar la noche allí. La humedad y el frío acabarían con él. Lo mejor sería caminar hasta la carretera que llevaba a Biescas. A lo mejor pasaba un coche y lo recogía. No era probable, claro que no, pero debía intentarlo. Blandiendo la rama, anduvo hasta el final de la chopera. A su derecha salía un sendero que un par de kilómetros más allá desembocaba en la carretera. Antes de avanzar por el camino, se fijó en el lago que se desplegaba frente a él.

No pudo evitarlo.

Era el lugar que acababa de ver dibujado. Con un monigote que caía desde el acantilado. Justo por donde ahora se precipitaban las aguas del río formando espumas al impactar con el lago. La luna incidía en la superficie arrancando destellos de plata.

De repente, divisó una luz de linterna en la orilla. A continuación, una silueta humana. Portaba con la mano derecha la guadaña. De vez en cuando, la manejaba como si estuviera segando el cuello de un contrincante... Sin duda, seguía buscándolo.

Eusebio se puso en cuclillas detrás del tronco de un chopo para no ser descubierto. El viento movía los extremos de una bufanda larga que el hombre llevaba envuelta al cuello. Continuó por la orilla del lago para aproximarse al chorco, la antigua trampa para lobos.

El individuo avanzó por la empalizada en forma de embudo que conducía al recinto cilíndrico de piedra denominado chorco. La empalizada sirvió en sus tiempos para que el lobo huyese del acoso de los cazadores. Una puerta al fondo escondía una fosa donde el lobo caía sin remedio.

Tras comprobar que la puerta se encontraba cerrada por un cerrojo, deshizo el camino. Por un lateral pedregoso subió al acantilado. Eusebio entendió que tenía una buena oportunidad para escapar. Tal vez la furgoneta continuase en el mismo sitio, con la llave metida. El viejo se puso en pie. Pero no terminaba de irse. Ni él mismo se explicaba por qué. Era como si algo de aquella persona lo retuviera, le obligara a seguir espiando a su perseguidor.

Eusebio se colocó tras el tronco de otro chopo desde donde podía observarlo aún mejor.

Una vez que quien fuese aquél coronó la cima del acantilado, Eusebio se estremeció. Tal vez se lo había imaginado, tal vez había sido un efecto de un haz de luz de la luna pero... Le había parecido que aquel rostro irradiaba una luminiscencia maligna. Así sería el semblante de la Muerte.

Hundiendo la cara entre las manos, Eusebio susurró:

- Aquí ya sólo viven los muertos.

Regresó al pueblo a grandes zancadas, levantándose tras cada tropezón con las ramas caídas. Respiró aliviado cuando comprobó que la furgoneta permanecía en el mismo sitio. Como esperaba, la llave seguía puesta. Se metió en el vehículo y cerró por dentro.

Arrancó.

El único camino de salida obligaba a pasar cerca del lago. A pesar de que el terreno estaba muy resbaladizo, aplastó el acelerador con el pie. Derrapó en la primera curva y casi se salió en la siguiente. La lluvia no daba tregua al limpiaparabrisas. Era una temeridad ir tan deprisa. Tarde o temprano se estrellaría. Pero el pánico no le permitía soltar el acelerador. Poco después los faros delataron, entre la cortina de agua que cubría todo, una silueta humana al borde del camino.

Él.

Lo esperaba empuñando la guadaña con ambas manos.

Eusebio sabía que si perdía los nervios, no dispondría de una segunda oportunidad. Agarró el volante con todas sus fuerzas. Aguantó la respiración sin levantar el pie ni un centímetro del acelerador. El motor tronaba amenazando con reventarse.

Al pasar a la altura de aquél, Eusebio bajó la cabeza y se hundió en el asiento.

Fue justo antes de que la guadaña impactara contra su ventanilla. En ningún momento perdió el control de la furgoneta. Ni siquiera cuando la nube de cristales y la propia guadaña lo sobrevolaron.

Una vez calculó que ya se había alejado lo suficiente, tomó aire y se arrellanó en el asiento. Nunca, nunca más volvería a Cotela. Aunque tampoco el pueblo permitiría que nadie más lo habitara. Por el espejo retrovisor, creyó ver de nuevo el rostro refulgente de la Muerte bajo algún haz de luna. Tal vez hubiera sido su imaginación, tal vez, pero del grito que estalló a continuación nunca dudó. El infernal alarido anidó en su cerebro durante el resto de su vida.

El grito se extendió por la chopera, por el valle, por el río. Alcanzó hasta la última casa de Cotela. Las paredes rocosas de las montañas lo prolongaron con su eco.

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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Escritores complutenses 2.0. es un proyecto del Vicerrectorado de Innovación de la Universidad Complutense de Madrid
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