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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Miércoles, 21 de noviembre de 2018

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Alter ego (2000)

¿Quiénes somos en realidad? ¿Podemos estar seguros de nuestra propia realidad?

Alter ego

Est amicus, enim is quidem tamquam alter idem ("el amigo, aquél que es como otro yo"). Cicerón, De amicitia 21, 80

Ensimismado con sus pensamientos, no oyó que alguien había llamado a la puerta. Entró un hombre alto, calvo, de sonrisa abierta. Se trataba de Antonio, veterano profesor de filosofía en los mismos grupos donde él comenzaba a impartir clases de literatura. Seguramente iría a ofrecerse para poner orden en su despacho. Claro. Como era profesor nuevo, todos le querían ayudar. Pero prefería estar solo. A los artistas les place la soledad para trabajar. Cuando uno hereda un despacho lleno de papelajos y la dirección le otorga potestad para colocar y tirar lo que desee, debe hacerlo como le venga en gana. Mejor ordenar a su manera. Para eso reconocía ser un tanto especial.

- Hola. ¿Qué tal estás? ¿Sabes que fuera ha empezado a nevar? Vaya enero que hemos tenido, ¿eh?... Oye, te veo muy atareado. ¿Te echo una mano?

- No, gracias. Estoy ordenando estos papeles y colocando mis cosas. A ver si lo consigo en estas dos horas libres.

- Si me necesitas, llámame. Ya sabes que me he trasladado al despacho de la izquierda.

- Lo sé. Gracias.

Al cerrarse la puerta, decidió que debía empezar por los cajones. Extrajo todos los papeles que contenían y los fue dejando en el suelo: modelos de examen, listas de asistencia, fichas de antiguos alumnos, ejercicios de clase, apuntes de la asignatura. Se formó un montón enorme. Sobre él, una carpeta azul. La observó detenidamente. Quizás le pudiera servir para guardar sus propios papeles. Dentro encontró unas cuartillas manuscritas.

Leyó algunos párrafos salteados. Parecía un breve texto literario. Sería de Roberto, el profesor al que él sustituía. Le habían advertido que era muy raro, depresivo, esquizofrénico. El propio director del colegio había comentado que constantemente hablaba solo, lo cual era objeto de burla entre los alumnos. Roberto terminó por marcharse y, por eso, él entró en el colegio, también como profesor de literatura, y heredó su mismo despacho. Pero, ¿cómo sería Roberto en verdad? Lo poco que le habían contado de él había logrado despertar su interés.

El texto daba la impresión de ser original de Roberto, pues se encontraba lleno de tachaduras y rectificaciones. Serían sus impresiones. Sí. ¡Qué interesante! Comenzó a leer.

"No sé por qué escribo. Supongo que es una necesidad. Desde que aprendí con seis años sentí el impulso de contar lo que me iba pasando. Además, el ambiente de mi casa favorecía el recogimiento, hermano de la creación. Tras la muerte de mi padre, cuando yo apenas tenía diez años, mi madre se volcó en mí - no puedo negarlo - pero sin poder ocultar que la vida, para ella, había concluido. Envejeció su mente y el hogar se llenó de esos largos silencios melancólicos, que riegan la vida interior y moldean la sensibilidad.

La lectura y la escritura acompañan a las almas nostálgicas y a mí me acompañaron. Leía con entusiasmo a Stevenson, Poe, Dostoievski. Y, al tiempo que leía, empezaba a tantear con la pluma universos análogos a los conocidos en las ficciones. Recreaba fantásticas islas repletas de tesoros, pobladas de misteriosos gatos negros, sometidas a brutales crímenes y castigos. Y en esas fantásticas islas reinaban mis palabras y mis propios personajes. Bueno, mi personaje. Porque fue entonces cuando inventé a mi "otro yo".

Empezó siendo el compañero de naufragio en el islote remoto o de descubrimientos detectivescos en sórdidos crímenes. Era el amigo íntimo que nunca tuve, el hermano que necesité. Y lo que nació como una ficción literaria, una técnica narrativa, terminó adoptando la forma, hasta hoy, de una sombra real. Real, sí, real. Jugaba con él en mi habitación. Cada uno, por ejemplo, diseñaba un distinto final para aquella aventura de nuestro cuento y nos enfrentábamos hasta discutir con vehemencia. Pero terminábamos muertos de risa y tirados por los suelos.

Nuestra relación correspondía a la de dos amigos. Dos amigos iguales, que compartían el mismo gusto, la misma madre, la misma clase, los mismos juegos. No existía más diferencia que la que da el encontrarse fuera o dentro del cuerpo. No niego, sin embargo, que muchas veces mi mente le pertenecía a él y yo me veía desde fuera.

Mi madre pronto conoció a mi alter ego. Adivinó en mi invisible interlocutor al personaje que me acompañaba en las narraciones que yo escribía. No le preocupó. Cosas de niños. Hasta tenía gracia contemplar a un hijo gesticulando y hablando con un infante invisible.

- Pregúntale a tu amigo si le gusta lo que he cocinado - se burlaba.

En mi adolescencia fui sospechando que mi doble terminaría convirtiéndose en un problema. Pero no había forma de hacerlo desaparecer. Llegó a adquirir una entidad superior a mis fuerzas. No podía con él. Me estaba volviendo loco. Imposible escribir sin que él apareciera, encontrarme solo sin que él hablara.

Lo empecé a odiar. Nos fuimos enemistando.

Y sucedía que, cada vez más, me iba diferenciando de él. Pero sin que pudiera eliminarlo. Él era él y se situaba ante mí, oponiéndose, invadiéndome. Ya en mis años de universitario no me permitía intimar con nadie. Nunca tuve una novia. Jamás una amiga íntima. No me lo quiso permitir. Celoso de todos aquellos que trataran de hacerse amigos míos, me hablaba, me importunaba, agitando mi cerebro con hirientes palabras, mientras mis interlocutores se dirigían a mí.

Aunque me atrajo la mirada de miel y la infinita sonrisa de Ana, una compañera de la Facultad, nunca conseguí salir con ella. No acertaba a atender con orden la conversación de nadie - ni siquiera de Ana - porque en mi mente resonaban sus sarcasmos hasta hacerme parecer un estúpido, que no se concentraba en la charla y que no cesaba de titubear.

Sólo llegué a tratar frecuentemente con un compañero: Manuel. Compartíamos la misma devoción por la escritura y nos intercambiábamos nuestras poesías y relatos. Manuel escribía muchos cuentos llenos de acción, ubicados en escenarios y tiempos exóticos. Quedábamos muchos días para comentar nuestras obras o simplemente conversar. Apenas me importunaba mi alter ego, pues también disfrutaba como yo - ¡qué ironía! - de su conversación.

Le asombraba a Manuel hallar en mis trabajos al omnipresente compañero de vivencias. Uno, tan parecido a mí. Los dos rubios y altos. Los dos tímidos y asténicos. El propio odio creciente entre ambos y la necesidad mutua los encontraba ingeniosos. ¡Si supiese cuánta realidad esconde toda ficción!

Gracias a Manuel ingresé como profesor de literatura en el colegio San Benito. Su padre, un sexagenario amable, era el director del centro. Mis comienzos en la docencia resultaron placenteros. Impartía clase a los estudiantes de bachillerato y podía hablarles - saliéndome del temario oficial - de mis propias fantasías líricas y galerías temáticas.

Yo, por mi parte, poco a poco estaba venciendo a mi sombra, que ya no lograba distraerme mientras me hablaban. Cada vez su influencia era menor sobre mí. Y dispuso el azar que me reencontrara a la salida de un teatro, donde se demostró que la vida es sueño, con aquella compañera de Facultad que siempre me atrajo, Ana. No sólo logré charlar en aquel momento con naturalidad, sino que incluso quedamos al día siguiente para ir a otro teatro, donde se demostraría que, en realidad, no existimos.

A partir de entonces, salimos juntos a menudo. Ella me gustaba. Me conquistó su alegría fácil. Sus ojos gigantes, bañados de miel. Llenó de luz mis más lúgubres rincones. Ana jamás notó nada raro. Si bien es cierto que me había sorprendido hablando solo, no le concedió mayor importancia. Todo el mundo habla solo en algún momento. ¿Para conversar con Dios un día?

Tras dos felices años de noviazgo, llegamos a fijar día para la boda. Pero en los días previos a la ceremonia notaba yo a mi alter ego más irascible y nervioso. Intentaba recobrar el terreno perdido.

Entonces ocurrió lo que siempre temí. En una tarde fría, mientras tomaba café con Ana en su apartamento, se apoderó de mi respiración, de mi cerebro y mis oídos, de mi lengua, hasta de mis ojos y mi sangre. Se abalanzó sobre ella y utilizó mis manos como férreas tenazas alrededor de su frágil cuello. Ana me miraba aterrada mientras yo increpaba a mi otro. Sus ojos -¿cómo olvidarlos?- me interrogaban entre incipientes lágrimas en cuyos cristales me contemplé. Al fin logré, no sé cómo, que la soltara y salí corriendo desesperado. Pobre Ana. Semiasfixiada por las crueles manos quedó tendida en el sofá. Pobrecilla. ¿Habrá empezado a comprender?

Mi alter ego no permitirá que nada acabe con su propia existencia. Mató mi esperanza de ser yo solo, sin contar con él. Lo detesto. La soledad se abatirá descarnada sobre mí. Es traicionero y celoso. Tengo que acabar con el engendro que yo mismo creé. Todavía no sé cómo. Pero o él o yo. ¿Me atreveré?"

Aquí terminaban las notas de ese tal Roberto. ¡Qué curioso drama! Ficción increíble pero con fuerza narrativa. ¿Sería Roberto el auténtico autor? Con tantas enmiendas y tachones, como aparecían en las cuartillas, sólo pudo extraerlo de su imaginación. Desbordante, por cierto.

Quizás se podría completar el relato... Con un asesinato... ¿Por qué no? Disponía de casi dos horas libres para proseguir con la ficción. A lo mejor adquiría mayores dosis de credibilidad. Sí. Era un juego estúpido pero tentaba de forma tan endemoniada que no encontraba fuerzas para evitarlo. Había que darle fin en ese preciso instante. Ya ordenaría el despacho después. Esa fuerza impetuosa que lo arrastraba a completar diálogos que escuchó en el Metro, a crear una ficción a partir del título de un cuadro o de una fotografía, ya la había experimentado otras veces. Leía una noticia en la sección de sucesos y, a continuación, escribía en una cuartilla el final que pudo tener la vida de aquel pirómano buscado por la Policía, de ese inmigrante apaleado por pandillas violentas.

El propio Fernando de Rojas se dejó enredar en este peculiar juego, tras encontrar un manuscrito en Salamanca, durante sus vacaciones, con el primer acto de lo que sería su Tragicomedia de Calisto y Melibea, y tampoco pudo remediarlo.

Además, brillaba en su mente el desenlace perfecto. Cogió su pluma y, esbozando una sonrisa, empezó a escribir:

"No volví a saber de Ana. Pero la sigo amando. Su risa rasga a veces mi mente en la noche. A partir de aquel suceso vi pasar los cursos dentro de una tranquilidad seca y una cerrada soledad. Y, aunque no la olvidé, procuré concentrarme sólo en mi trabajo.

Este año tuve que sumar a mis clases un grupo de sexto de primaria. Como es habitual, hallé niños torpes y listos, simpáticos y ariscos. A las pocas semanas de tratarlos, mi atención se concentró en un niño alto, muy delgado, solitario, llamado Adolfo Álvarez. Poseía un especial talento para la literatura. Leía con sentimiento en los ejercicios de clase y escribía con febril imaginación. No tardé en descubrir que mi tragedia vital se repetía en él.

A principios de enero pedí una redacción, como ejercicio de clase, sobre lo que habían hecho durante las vacaciones de Navidad.

Narró cómo, aburrido en casa, sin hermanos, jugaba a que tenía un doble, un otro Adolfo y que se hablaban y consolaban por la reciente muerte del padre. Mientras, la madre cocinaba. "Jugábamos - contaba - a las canicas y a las chapas y a los soldados en mi habitación. Mi madre, al sorprendernos, se reía y exclamaba: ¡Vaya dos!"

Su relación hasta ahora era de amistad. Pero Adolfo reconocía: "a veces me da miedo, aunque sé que soy yo mismo". Al leer esta confesión, tuve la sensación de que aquel niño de once años y yo éramos uno. Me encontraba ante mí mismo con su edad. Su vida y la mía transcurrirían paralelas. Él repetiría mi existencia. Lo sé. Estaría condenado a repetirme. Lo sé. Créeme. Es cierto. Sería de por vida un desgraciado. Su otro yo le impediría vivir. Terminaría como yo. El mayor favor, acabar con su enemigo. Él nunca podría, como yo no pude ni puedo. Es cierto. Lo juro.

Ayer mismo le dije:

- Te acercaré en coche a tu casa.

¡Pobre diablo! Lo llevé al lado del faro. El cielo amenazaba con nevar y por allí nadie pasaba. Detuve el coche bajo unos pinos que el viento azotaba. Adolfo empezó a tiritar. ¡Cómo me miraba el infeliz! ¡Qué cuello tan frágil entre mis manos! No sufrió apenas. Unos segundos escasos. A cambio el descanso eterno. Ya muerto, envuelto en una manta liada con varias cuerdas viejas que guardaba en el maletero, lo arrojé por el acantilado. Estalló un ensordecedor silencio. No pude hacer otra cosa. Sé que me lo agradecerá. Sí. Yo mismo me lo agradezco.

Ahora he descubierto que, para acabar con un alter ego, hay que convertirse en otro. Siendo otro, no tú mismo, lo puedes matar. Al de Adolfo lo derrotó Roberto. Al de Roberto lo ha de eliminar... alguien que yo me invente. Sí. Claro. Otro ente de ficción acabará con él. Me desdoblaré en otro personaje. Ya he pensado en quién. Será en..."

Aquí tuvo que dejar su relato. Alguien, inoportuno, llamaba a la puerta de su despacho.

- Adelante - gritó malhumorado.

Entró el director. Delicado y cordial, le había tratado como a un hijo desde que había empezado a trabajar en el colegio. Se apreciaban mutuamente. Pero ahora brillaba un momento exquisito y delicado de creación literaria. Ojalá se marchara pronto. El director, sin embargo, se quedó mirándolo muy fijamente, con el gesto descompuesto y la frente sudorosa. Temblaba.

- Roberto. Debemos hablar.

Le había llamado Roberto. A él, que sólo lo conocía por referencias. ¡Qué tontería! Sería la fuerza de la costumbre. Eso. Como ocupaba el mismo despacho de ese antiguo profesor. Claro.

- Han encontrado a un alumno tuyo... asesinado. Lo estrangularon y arrojaron por el acantilado, cerca del faro. Me refiero a... Adolfo Álvarez. Me acaban de asegurar que tú fuiste el último en verlo, que ayer se marchó contigo en coche. ¿Qué sabes?, Roberto... ¿Qué sabes?

César Fernández García

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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