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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Lunes, 10 de diciembre de 2018

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Prometeo condenado (2004)

 

Madrid, Calambur , 2004

Disponible en Google Libros

 

 Prometeo permanece encadenado a una roca. ¿Venganza del nuevo dios o consecuencia de su soberbia? Prometeo permanece encadenado a una roca durante una noche. La noche de un poema. Poema que atardece y que amanece ante sus ojos llenos de preguntas. Ante unos ojos que deberían estar acostumbrados a las respuestas. Prometeo permanece encadenado a una roca solo. Siempre solo. Acompañado por las voces de las Oceánidas. Acompañado por el sueño de encuentros nocturnos. Acompañado por la visita de hombres y mujeres que huyen, que se han quedado sin tierra, que han visto morir sus entrañas, apagarse el fuego de sus vientres. Y Prometeo, desde su roca, desde su soberbia, desde sus insignificantes preocupaciones, calla. Parece que les habla, que conversa pero calla porque, Prometeo -como también nosotros-, no entiende el mundo que le ha tocado vivir. El mundo que se prometió de luz en las promesas del nuevo dios. Las palabras en boca de Prometeo han dejado hace tiempo de ser una profecía.

            Prometeo condenado no es la recreación de un mito clásico. Prometeo condenado es la metáfora de nuestro propio mundo, de este mundo occidental, próspero, egoísta, cotidiano al que nos encadenamos. Mundo que termina por transformarnos en el águila que al amanecer se alimenta con los restos de nuestras entrañas. Prometeo condenado pone delante de nosotros un espejo de egoísmo, de silencios, de vendas, con las que cubrimos nuestros ojos para no ver más allá de nuestra soberbia, de nuestras insignificantes preocupaciones cotidianas.

 

[1]

Unas rocas. En medio de las rocas, una roca. En medio de la roca, Prometeo. Su piel del mismo tacto que las piedras; su mirada, de la misma materia que el viento. No se mueve. Parece una estatua del mismo Prometeo. Una estatua que respira, que abre y cierra los ojos. Un monumento antes que un personaje; un símbolo antes que una metáfora. Anochece como siempre: como si se tratara de un plano cinematográfico, una de esas secuencias en que se olvidaron los títulos de crédito, pero que se reconoce porque puebla la geografía de las postales.

 

Prometeo

Si en algo aprecio mi nombre, este nombre al que estoy encadenado,

si en algo el destino se ha grabado en las sílabas de mi nombre,

debería ahora descubrir vuestras caras y cifrar con exactitud su número

más allá de la oscuridad de esos ojos que comienzan a observarme.

Siento en vuestras miradas gramos de duda y kilómetros de asombro.

¿Quiénes sois, ojos que os internáis en el interrogante de las miradas,

ojos que os dejáis arrastrar hasta el abismo caprichoso de las letras?

¿De qué bruma se pinta la sombra de vuestros ojos?

¿De qué pesadilla cotidiana intentan huir vuestros ojos?

¿De qué incendio de cuerpos nacieron las cenizas de vuestros ojos?

Me hieren vuestras miradas que se retuercen como una pregunta.

¿Con qué excusas os han convocado a esta montaña perdida?

¿Qué os movió a recorrer la distancia interminable de una duda

para regalarle un tono ácido a este grito que posee el nombre de Prometeo?

Triste espectáculo, patético lamento que es eco de los grillos en la noche

y de esa luna que olvidó hace años el misterio de la maternidad.

¡Triste espectáculo, triste en verdad, el de vuestro silencio,

el de vuestro nombre que quedará anónimo en el silencio!

¡Gritad vuestro dolor! Que los adjetivos me hieran los tímpanos

desde el anónimo telón de vuestro rostro sin sonrisas, sin boca, sólo ojos;

ojos que me vendan las heridas que yo deseo sangrantes,

ojos que me lavan lágrimas que yo añoro vertidas,

ojos que me saludan, que me abrazan como a un amigo,

ojos que resbalan por mi silueta repartiendo lentas caricias,

ojos que me buscan como quien se esconde en un espejo roto.

¿A qué habéis venido, ojos anónimos a esta montaña solitaria?

¿Con qué intención os han convocado al aquelarre de los verbos?

No me miréis así, ojos hechos añicos en la circunferencia de una vocal,

ojos cuadriculados en las imágenes cotidianas de las salas de prensa,

ojos que han perdido la sensibilidad de los sueños infantiles,

que sólo se conmueven ante las líneas descendentes de la Bolsa

que parecen buscar las cosquillas más íntimas de las estadísticas,

que permanecen inalterables ante el sacrificio de los ojos de un niño.

Ojos que miran, pero que no ven.

Ojos que miran, pero que no entienden.

Ojos que miran, pero que están ciegos.

Yo soy Prometeo. El dios del fuego y el de este poema,

que hasta hoy era sólo un grito amenazado en el horizonte de una roca,

hasta hoy en que vuestros ojos lo van llenando de volúmenes, siluetas y recuerdos.

Yo soy Prometeo y mi nombre es el ataúd de mi destino,

las páginas en blanco donde algunos vienen a esconderse de su futuro.

Yo soy Prometeo, el condenado a conocer todas las preguntas,

el condenado a tener que hacerse día a día cada una de las preguntas.

Yo soy Prometeo, el condenado a la soledad de las cadenas

por ser el único en seguir amando el corazón de los hombres,

el único en acercarse a distinguir las caricias entre los gruñidos.

Yo soy Prometeo, el que les regaló la vida a partir de la arcilla,

a partir de las letras, los números y el fuego que calienta sus hogares,

el que enseñó a los hombres a sacrificar a los dioses sus animales,

quien levantó al nuevo dios hasta el calor de su trono omnipotente.

¡Estas cadenas son la recompensa con que el nuevo dios del fuego y del rayo

premia los favores que un día me suplicó entre sollozos!

Pero, ¿acaso también estoy condenado a no poder reflejarme en vuestros ojos,

a no poder reflejaros en el espejo de las pupilas de mis ojos?

Vuestra mirada es una caricia.

Vuestra mirada es mi destino y mi única razón de ser.

Vuestra mirada devuelve la vida a mis palabras,

a cada uno de los segundos que recorre la circunferencia de mi aliento.

Sentid cómo el latido de mi saliva acompasa el ritmo de vuestras sílabas.

No os detengáis ahora que habéis sido capaces de acercaros a la roca,

no os tiemble el pulso ante la apuesta de una escalera.

Pasad página y condenadme una y otra vez a vivir ante vuestra mirada.

Pasad página y dejadme dormir en el tibio tacto de vuestros oídos.

Pasad página y acariciad las esquinas sangrantes de mi deseo.

Pasad página y que no os detenga el abismo del silencio.

¡No hay mayor castigo que el que se vierte eterno en el silencio!

¡No me condenéis a esa prisión, a la solitaria prisión del silencio!

Escuchadme un momento, dejad que viva en vosotros unos instantes,

que sea libre entre las alas desplegadas de vuestra imaginación.

¡Escuchadme! Que sean vuestras palabras las que yo pronuncie,

vuestros deseos y miedos los que afloren en el desierto de mi piel.

 

Antes de cerrar los ojos de los pasillos,

   levantadme

y seguid caminando.

¡No me condenéis a la prisión del silencio!

¡Dejad atrás los segundos de un día condenado a la huelga de los sentidos

y abrid de par en par vuestros ojos cristalizados por la monotonía!

 

 

Prometeo sonríe como una invitación. No vendría mal ahora un poco de música de fondo, pero en las rocas sólo se oye una orquesta de viento afinando sus instrumentos... y unas pisadas, el ritmo de unas pisadas que antes de llegar parecen que están huyendo; unas pisadas que vienen acompañadas de gritos lejanos.

 

[2]

 


Aparece un hombre más que desnudo. Sólo ojos y boca. Llega gritando. En ocasiones intenta arañarse la cara y arrancarse los cabellos, azotarse el pecho y destrozarse el corazón. Mira alrededor buscando su cuerpo... pero su cuerpo está lejos. Demasiado lejos para oír, demasiada oscuridad para ver las palabras. Sólo ojos y boca conserva, ojos con los que se admira de su voz, el único sonido familiar que recuerda su infancia. Sería falso decir que llega corriendo, pero no hay otras palabras para expresarlo. Llega corriendo y gritando.

 

Exiliado

¡Añoro mi tierra de mar y de olor a caña de azúcar recién cortada,

añoro mi tierra de tierra que comía en el campo de la infancia!

¡Añoro la caricia de mi tierra sobre el vientre salado,

el lento balancearse de las estaciones en las hojas de los calendarios!

¡Añoro mi tierra de mar, mi tierra de sol sobre los mástiles,

mi tierra que dibuja en medio del mar la silueta de los barcos!

Silencio.

Se queda durante una eternidad en silencio.

 

Pero un día alcé el vuelo y me levanté por encima de la tierra

del recuerdo, de una cárcel con la cerradura de una pesadilla,

del hambre en la piel como el polvo en los zapatos de los mercados,

del deseo escondido en la esquina de un cuerpo oscuro y anónimo,

de esa lengua en servicios mínimos que me había devuelto la tortura,

de esa luz que un día se convirtió en el espejo de una noche ciega,

del gris de mis ropas y del frío asfalto de mis manos cansadas.

Me alcé una noche entre las sirenas de los ojos de mis perseguidores

con otro nombre, otra cara, otro pelo, otra mirada, otro cuerpo...

y en ese instante dejé de ser yo para convertirme y empezar a ser nadie.

Ahora este suelo ya no es de mar ni de tierra, ni del norte ni del sur,

suelo que desconoce de mi familia la semilla de su nombre.

Mi tierra se ha evaporado en el infierno dejándome extranjero en este suelo

en el que no soy nadie, menos que nada: un incómodo convidado de piedra.

Vengo a estos montes en busca de una respuesta en forma de árbol,

sin huir, porque sin tierra no hay huidas, sin tierra no hay regresos.

Grito tu nombre Prometeo con la esperanza de compartir tu don profético...

 

Prometeo

¡Mira al cielo de las rocas de estas montañas que sin saberlo te rodean

y me verás encadenado por un ejército de suspiros y lamentos!

 

Exiliado

¿De qué te lamentas con esos suspiros que se confunden con palabras?

¿Por qué tus exclamaciones, que se clavan como lanzas en el cielo?

Al menos, tú te amarras a una roca: roca de sangre y de miserias,

pero roca también en donde el amor te amaneció un rosal en la lengua,

y tus labios aún recuerdan el torrente y la inundación de otros labios.

Al menos, tú contemplas ese árbol y ese monte y esa luna de neón

reconociéndote en el niño que un día arrancaste del centro de tu destino.

¿Dónde quedó el bosque de mi primer amor entre las ramas del deseo,

de aquel primer beso que aún recuerdo dulce como la miel caliente?

¿Dónde el primer libro lleno de naufragios y de aventuras bajo la tierra?

Todos los escenarios que la naturaleza improvisa en nuestra memoria,

todos, todos se quemaron en el instante en que me atreví a alzar el vuelo.

Al menos, tú te levantas con el orgullo y la soberbia del triunfo

sabiéndote digno de tu prisión y de esas cadenas que te ennoblecen.

Al menos, tú miras al norte y en el norte reconoces tu mirada,

y desde aquí, desde esta roca, el mundo gira sobre tu circunferencia.

¡Deja ya de mirarme con esos ojos turbios y derramados de consuelo

mientras desgrano la historia más antigua que imaginaron los hombres!

No quiero tu sonrisa ni ese abrazo que las cadenas te prohíben;

no necesito las migajas de libertad que me ofreces como una ofrenda.

¡Deja de mirarme como quien ve entre penumbras la sombra de un fantasma!

Soy un hombre sin tierra, nada más; un hombre que vive a dos palmos

de cualquier tierra; un hombre que no reconoce la geografía del horizonte.

¡Deja de mirarme y vuelve tus ojos a mis playas, a mi azúcar, a mi mango,

a mis ricas ciudades hoy incendiadas por las fotografías del deseo!

Vuelve tus ojos a las marchas militares con que acallan nuestros sones,

a esos cuerpos dichosos que ayer bailaron delante de mi cuerpo desnudo

y que hoy me señalan con sus afilados dedos como jabalinas envenenadas,

sólo con sus dedos porque dejaron ojos y cerebro en las celdas del olvido.

Repito: ¡Deja de mirarme con esos ojos que me compadecen y me delatan

y contéstame a esta pregunta que me corona de espinas las tardes,

a esta pregunta como cientos de azotes que abraza una columna,

como una cruz de madera sobre mis hombros condenados a ser huesos!

¡Contéstame como quien llueve sobre la siembra que añora el agua!

Mi piel se abre en surcos; en ella germinará la profecía de tu respuesta:

¿Por qué delito me condenaron a vivir sin tierra el resto de mis días?

¿Acaso la libertad ha de disfrazarse de traición antes de que anochezca?

 

Prometeo

Ya veo que no soy el único blanco herido por la flecha de la tiranía

del nuevo dios, que se lanzó desde su montaña ebrio de libertad y justicia;

ya veo que sus rayos hieren más allá del horizonte de mi mirada.

Robé el fuego nocturno de los dioses en el cuenco de mis manos

y con él creí quemar las amenazas de destrucción del nuevo dios.

Levanté un resplandor en medio de la noche del tiempo,

pero sólo sirvió para iluminar el fondo de la caja de Pandora.

¡Maldito regalo que arranca los ojos a quien osa mirarlo!

¡Cómo deseo abrazarte, amigo, para compartir tus pasos sin norte!

 

exiliado

¿Cómo compartir lo que es sólo humo y palabras que como el humo se esfuman?

¿Por qué no compartes, en cambio, esa roca a la que tus sueños te encadenan?

¡Qué no daría yo por estar ahora en mi tierra, la del mar, azúcar y mango,

en lo más alto de su más alta montaña encadenado a una roca de sangre y fuego!

Desde allí podría ver esos amaneceres que han vuelto míticas sus playas,

oiría los gritos de los santeros poseídos por dioses con cabezas de toro,

de las jóvenes que se dejan perseguir y atrapar en la arena de los ríos,

de esos viejos que en las playas se olvidan la lengua y maldicen en silencio.

Desde allí aún podría recibir el agua bendita de las lágrimas de mi madre

y la visita diaria de los amigos que un día se fueron acompañando la luna.

Al menos, allí respiraría mi aire y no esta brisa de olores que no reconozco,

allí comería de nuevo mi tierra, aunque me repugne el olor de sus muertos sin nombre,

allí oiría el ligero contoneo del lagarto verde a mis pies como un susurro,

y al fin podría ver y gozar allí el atardecer de la vida de mi tierra sin tierra,

y no este vacío al que el tirano me condenó sin la defensa de una palabra.

Sólo he vivido. ¿Acaso es ése el delito que me condena a la eternidad

de unos pies que jamás podrán de nuevo sentir la caricia de su tierra?

 

Prometeo

Tienes razón: no puedo ahora mirarte sin derramarme en lágrimas

de impotencia, que me anegan el corazón después de comprender tu deseo

anhelante de una roca como ésta, roca a la que un día el tirano me encadenó

por atreverme a mantenerle la mirada y vencerle en el pulso del poder.

Injusta es su venganza, pero yo la padezco con la refrescante resignación

de quien se enfrentó al poder y un día gozará la miel de la victoria.

A mí me lo debe todo. Sólo yo conozco los detalles de su destino.

Pero, ¿cómo hacer frente a la vida cuando la vida es tu propia muerte?

¡Arrancarle a un hombre su tierra, condenarle a no volver a ver sus horizontes!

 

exiliado

Sólo la noche es compañera de mi absurdo caminar hacia nada;

sólo en la noche las sombras me devuelven el espejismo del horizonte;

sólo por una puerta se me escapa la vida: un cuchillo en la mano derecha.

El espectáculo de mi corazón alimenta los sueños de mis torturadores,

pero aún no ha llegado el día; todavía mi mano me responde débil

y la vida brota de mis venas con la fuerza de un caballo desbocado.

Mil brazos serían necesarios para acallar el grito que exige justicia,

mil gritos antes de conseguir que aparezca ante tu mirada tranquilo.

Aún no ha llegado el día de volver a mi tierra con pies de barro,

con manos abiertas y con la muerte dibujada a fuego lento en mi frente.

A mi tierra volverá mi alma después de muerto, a ese amanecer en la playa,

a esos matorrales que aún esconden entre sus ramas mi primer beso,

a esas paredes desangradas con corazones colmados de iniciales y de flechas,

a esas calles que aún recuerdan el alegre ritmo de mi caminar

y a esas esquinas que han fosilizado gritos con nombres sin diccionario.

A mi tierra volverá mi alma cuando muera; pero nunca mi cuerpo,

nunca permitirán que mis cenizas se confundan con las de mis antepasados.

Cuerpo condenado a vagar por las aceras de calles con nombres jeroglíficos.

 

Parece que se diera la vuelta.

Parece que se hubiera quedado tranquilo,

pero para eso sería necesario

que hubiera conservado el recuerdo del corazón.

 

Desde esta roca, frente a tus ojos y tus suspiros que al fin por nada se quejan

verás venir otros hombres que te desgranarán su historia, que es mi vida,

y todos gritaremos nuestro dolor para formar una interminable cadena

que termine por encadenar a los tiranos a las rocas de sus traiciones.

¡Gritemos como quien recuerda la letanía de los nombres de los nuevos dioses!

¡Gritemos para que no se confundan con el terciopelo de sus sillones ensangrentados!

¡Gritemos para que los coros de grillos no canten su marcha disecada!

¡Gritemos, que también nosotros podemos firmar sentencias de muerte!

 

Silencio.

Ni un grito, ni el grito sordo de la caída de una hoja en otoño,

que en el silencio de las rocas se hubiera convertido en un estruendo.

 

Vine en busca de agua y sólo cenizas de compasión encontré en la tumba de tus pies.

Vine en busca de unos ojos pero tú estás ciego atrapado en la circunferencia cotidiana.

Vine en busca de respuestas y me voy arrastrado por un vendaval de preguntas:

¿Por qué un día nos creaste, Prometeo? ¿Por qué un día abandonaste tu creación

en la más cruel de todas las esperanzas que tiene en justicia su certero nombre?

Ni la letra ni los números eran la balsa de nuestra salvación,

ni incluso la agricultura o la sutil matemática de la música.

Nos regalaste el don de las palabras, el don de nombrar el mundo,

sin intuir la verdadera geografía de nuestros deseos más ocultos.

Tú me creaste y contra ti me rebelo. El fuego de tu nombre es mi pesadilla

y sólo negándote encontraré mi camino recto en el desierto de las palabras.

Sin palabras, sin el deseo de buscar respuestas, el dolor se enmudece.

Tus palabras han perdido, hace tiempo, el norte de los oráculos:

sólo sirven para llenar de polvo y de cristales las esquinas de los salones.

Me iré sabiendo que ya nada puedo esperar, que tiene plazo mi sufrimiento,

que los recuerdos nada saben de círculos ni de segundos, de atajos ni de respuestas,

que los miedos caen como tatuajes sobre una piel que comienza su otoño,

que el futuro se escribe con palabras que no aparecen en los diccionarios.

Me voy sabiendo que estoy condenado a vivir siempre de noche,

en lo más oscuro de la noche, siempre, siempre antes de que amanezca.

 

Se aleja dejando tras de sí

un inesperado olor a caña de azúcar recién cortada, mar y mango

 

Prometeo

¡Triste hombre el que cava su tumba sin tierra para poder hacerlo!

¡Triste hombre el que no tiene tumbas para acallar su sufrimiento!

 

Los recuerdos parecen que quieren volver a serlo: todo se ilumina y da la impresión de que del camino del olor a azúcar recién cortada, mar y mango aparece un paisaje y un horizonte, y un grito y una carcajada, y una ráfaga de metralla y una sirena, y un disparo y un cuerpo que cae al suelo, y un cuerpo que ya no es un cuerpo y cae al suelo, y un nuevo disparo en la nuca... y una sonrisa. Y todo queda a oscuras. Es de noche. De nuevo, noche cerrada y oscura.

Género al que pertenece la obra: Poesía
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