Ir al contenido

Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Miércoles, 21 de noviembre de 2018

Inicio | ¿Quiénes somos? | Editar mi portal

Canciones y otros vasos de whisky (2006)

Madrid, Sial, 2006. Prólogo de Jaime Jaramillo Escobar

 

Desde que los profesores decidieron escribir también la poesía, ésta entró en decadencia porque los profesores manejan moldes. Por excepción, la que en este momento tenemos en las manos, usted y yo, y que aparece firmada con el nombre de José Manuel Lucía Megías, puede leerse como se ha leído siempre la poesía, sin la tutela académica. Dichas estas palabras, nos disponemos a leerlo, cada quién en el resguardo de su casa. No es para leer en el tráfago de las vías públicas. Aunque parece fácil, requiere privacidad y atención, como toda gran poesía. Porque cada autor es la suma de sus maestros, y en estas canciones se encuentran, con la claridad del clásico las sugerencias del Simbolismo, las intuiciones del Surrealismo, las imágenes del Modernismo, el tono engañoso de la poesía conversacional y los imprevistos recursos de los posmodernistas.   (por Jaime Jaramillo Escobar)

 
Canción para Ana

 

Sentado en medio de la Plaza de las Comendadoras,

en un banco rodeado del eco de risas y gritos infantiles,

acunado por miles y miles de gatos (blancos y negros),

gatos grandes, gatos enanos, gatos en vías de procreación,

gatos miseria y gatos de Angola, gatos, en fin, como tus ojos,

miro tu ventana y te imagino detrás de ella,

y así veo:

una sábana por techo y un corazón de lana con colchón

en donde alguna vez todos hemos dormido nuestros mejores sueños;

unas manos que cuando se ofrecen -siempre se ofrecen-

forman el mágico cuenco de un rosario sin reproches,

como la premonición de un bautismo que huye del agua,

de ese bautismo de unos hielos escondidos en la nevera de la vecina

y de ese color rubio que sólo reconoce el whisky entre tus manos.

¿Quién puede negar entonces tu nombre?

 

Y dos niños a mis espaldas se cuentan historias de miedo

con finales de brazos disecados y de uñas que hacen juego con los escaparates,

y terminan por morderse las manos y los codos y los hombros,

y mejor así, mejor sin manos, mejor sin brazos, mejor que esos yonquis

que se esconden en un rincón podrido de la iglesia

mientras una aguja brilla entre las velas y las oraciones pálida.

 

Pero tú no estés triste,

tú que reinas sobre la Plaza de las Comendadoras.

Tú que tienes el mundo a tus pies:

sólo has de alzar la mirada por encima de las antenas y los tejados.

 

Detrás de tu ventana imagino una multitud de recuerdos a tu espalda,

y todos los recuerdos llevan nombres y apellidos de caricias.

Y de pronto, te levantas -¡por fin!- y ese libro que te rodeaba las rodillas

huye asustado porque ha olvidado su definición académica,

y los folios se han convertido en palomas que no se equivocan,

porque revolotean alrededor de una luz que lleva tu nombre.

Y esa luz es un faro, es ese faro al que todos nos giramos

cuando nuestro corazón se inunda en los días sin nombre de oscuridad,

cuando las olas de la tristeza hacen naufragar las arrugas de nuestra frente.

 

Y una anciana parece un árbol caído en medio de la calle;

se mueve tan lentamente que parece haber descubierto el silencio de la inercia.

Y detrás, un perro, un diminuto perro que se ha olvidado de recordar,

la edad que un día sus amos le sonrieron mirándole a los ojos.

Y entonces la anciana cae al suelo,

y entonces las bolsas de basura gris caen al suelo,

y entonces el perro se aleja lentamente buscando la sombra de un árbol.

 

Pero tú no estés triste;

tú que te has alzado por encima de los tejados de la Plaza de las Comendadoras.

Tú que miras el café Moderno, el restaurante mexicano como una estrella.

 

Y de pronto, la Plaza de las Comendadoras se ilumina, como un volcán,

en el momento en que abres de par en par las ventanas de tu corazón.

Y nadie en la agencia espacial ni en los sesudos despachos de las academias

es capaz ni de imaginar la puesta en belleza de este espectáculo;

y tu corazón es un mundo, un universo de caricias y abrazos;

y unas lágrimas que se confunden con una tormenta de verano

terminan por arrancar los recuerdos podridos de tus aceras,

y en ese instante me atrevo -¡por fin!- a mirarte, a alzar los ojos a tus ojos,

y te veo con ese corazón palpitante entre las manos,

y te miro y entonces tú también te das cuentas de que existo,

de que dos ojos te observan desde un banco de tu Plaza,

y me haces una seña con las manos y tu sonrisa todo lo ilumina,

y me levantas por los aires y me ahorras los trescientos escalones

que te separan de las calles inundadas de botes de coca-cola.

Y cuando entro por tu ventana, corazón abierto de par en par,

disfruto con ese sonido tan cercano, con ese sonido que tan bien recuerdo,

que unos dirán que debe ser el hielo en los vasos de whisky,

otros que el viento que intenta resbalar como el susurro de un secreto,

pero yo sé que no, que tú sabes que no; nosotros sabemos que no.

Entro desde tu ventana a tu silencio, a esa soledad que compartes,

dejándome llevar por el cálido ronroneo de tu corazón.

 

Y así, sentado en medio de la Plaza de las Comendadoras,

te veo sonreír desde tu ventana de sílabas cariñosas,

desde tu tacto que necesita palpar para poder creer

y esta sonrisa es toda la felicidad que necesito,

y esta sonrisa es toda la felicidad que necesitamos.

 

Y así, tú no estés triste;

tú que reinas por encima de las ventanas de la Plaza de las Comendadoras;

tú que acompañas el milagro del día cada mañana al levantarte;

tú que iluminas nuestras noches con el tono cálido de tus palabras;

tú que necesitas hablar cariños como otros deshojar margaritas;

tú que santificas el nombre, en ocasiones amargo, de la amistad;

tú que nos dejas okupar sin resistencia las cuatro esquinas de tu casa;

tú que nos dejas hacer nuestra voluntad en la tierra y en el cielo.

 

Tú no estés triste:

no hay dolor que se resista a la corona de tu sonrisa.

 

 

Canción de la lectora de poesía

A ti, que nunca te reconocerás en estos versos

 

1

¿Y si al subir al tren, de improviso

te encontraras con la mujer de tus sueños

leyendo tu último libro de poemas?

Dime, ¿qué harías tú entonces?

 

Yo sólo supe estar callado

y mirar por la ventana,

sin atreverme a fijar en ella mis ojos,

viendo pasar los atascos de la mañana,

los campos cuadriculados y los postes de luz,

y viendo cómo los montes se alejaban

y un avión delineaba lentamente el cielo

sobre nuestra cabeza metálica;

entonces, sólo entonces, me imaginé una sonrisa

rozando velozmente sus labios...

...y, entonces, sólo entonces...

 

2

... entonces me acomodé en el asiento,

cerré los ojos tras las gafas de sol,

y estiré como una bandera el cuello,

ladeando ligeramente la cabeza,

como si el aire me ayudara a izarme,

y entonces, esperé, esperé, esperé...

... un tierno mordisco de poesía.

 

3

No me imagino qué podría ofrecerle

por leer una sola de sus anotaciones.

Le miro leer y sonreír.

leer y subrayar,

leer y escribir en los márgenes de mi libro,

leer y morderse el labio inferior,

leer y tocar ligeramente sus gafas,

leer y acariciarse una uña,

leer y cerrar a veces los ojos,

leer y agitarse su pequeña nariz de gata,

leer y volver a acariciarse las puntas del pelo,

leer y respirar adjetivos de primavera.

 

No me imagino qué podría sacrificar entonces

a cambio de ojear -sólo de pasada-

una sola de sus rápidas anotaciones.

Tengo que ese adjetivo subrayado,

que ese verbo que se alza emperador en el verso,

que ese sustantivo que todo lo nombra

puede, ahora mismo, darme la vida.

 

4

Le arrebataré mi libro en uno de los túneles,

o cuando cierre los ojos,

o cuando mire por la ventana

apoyando su barbilla entre las manos,

o cuando se evapora en el perfume

de una rosa recién cortada.

 

No. No mi libro,

no, entonces le arrebataré un beso...

... sí, ese beso que se dibuja en sus labios ahora.

 

5

Ahora siento que me mira,

hace como que lee, pero sus ojos

se debaten en esquizofrénicas miradas,

y las palabras tienen forma de ojos,

y un adjetivo es puntiagudo como una nariz,

y dos verbos se abrazan copulativos

mientras las siempre preposiciones de carrerilla

se colocan en hileras de dientes;

son los adverbios de modo la barbilla

y los de tiempo sus lóbulos vírgenes,

y las oraciones subordinadas adjetivas

la piel ruborizada que todo lo cubre.

Siento que ahora me mira,

aunque vuelve los ojos a las páginas,

y su sonrisa se esculpe igual que un verso

mientras mi libro se deshoja entre sus manos.

 

Siento que ahora me mira...

                ... y que sonríe, me sonríe,

ya que al fin entiende, sí, ahora ya sí,

que este leerme, al mirarme, al subrayarme,

en realidad encierra la ternura de un beso.

 

6

Y ya llegan los últimos versos,

y las últimas estaciones sin parada,

y ya las últimas páginas de mi libro,

y el sol a través de los cristales,

y las torres dormitorios insomnes,

y la triste contaminación de Madrid,

y el cansancio de un anuncio antiguo,

y la alegría de encontrar aquel adjetivo

que se creía perdido en un diccionario,

y los últimos lamentos de una ópera,

y el marcial taconeo de unas pisadas...

 

... y entonces, vuelve mi libro al bolso,

las gafas a los ojos,

y el sol,

y el sol se pierde, se descubre y ahora se pierde

-irremediablemente-

entre los techos rajados de la estación de tren,

mientras ella busca en su bolso un pintalabios;

y sin mirarme, sin regalarme siquiera una mirada,

se levanta enloqueciendo de rojo sus labios.

 

Canción para Charo

(con un inicial y final homenaje a Jaime Jaramillo Escobar)

 

Hoy tengo deseo de encontrarte en la calle,

de compartir la dulzura del aire de tu boca,

de ver a través de la escultura de piedra de tus palabras

y sonreírte las cosquillas de un recuerdo entre veras y bromas.

 

Hoy tengo deseo de encontrarte en la calle,

y gritarte a los cuatro vientos: Dame una palabra antigua,

una palabra que ilumine tu cara

y con ella, una nueva estrella en el universo.

Pitahaya (nada de masticar y tragar sus negras pepitas),

granadina, guayaba, guanábana, chirimoya, papaya

o las bolas dulces del tamarindo de Cartagena o el zapote

saltan del poema a tus manos, a los vasos matutinos de zumo.

Sabores que me vienen a emborrachar el paladar,

que me devuelven a la lengua la alegría de la conversación.

 

Y tengo deseo de encontrarte detrás de una esquina

y Madrid (este Madrid de obras casi con alevosía y nocturnidad)

se convierte en un laberinto, y no sé dónde perdí el hilo

de tus palabras,

de tus sonrisas,

de tus manos.

Escucho la vihuela de la canción del emperador.

Tú también eres eso: una vihuela que me suena triste

pero no ahogada en la distancia del océano,

de esa manta azul que arropa el recuerdo de nuestros recuerdos,

de ese hilo azul de olas y adioses que se mueven

en el acompasado ritmo de la luna y de las gaviotas.

 

Dame una palabra antigua,

una de esas palabras bacanas que vencen el pulso

de las tristes y monótonas horas del olvido.

Una de esas palabras que arrastran el tesoro de tu risa,

que se ofrece en los postres como una tarta helada.

 

Santa Fé de Bogotá, Guandalay, Tunja, Villa de Leyva, Ráquira,

y de nuevo la geografía cuadriculada de esa ciudad de los cerros,

de esa ciudad que lucha por no verse enterrada en el asfalto del olvido.

 

Hoy tengo deseo de encontrarte en la calle,

porque una manifestación de palabras gritan las consignas de tus lágrimas,

y no me gusta cambiar el color y los guiones de los cuadros de mis recuerdos,

y no deseo que tus pies se ensucien en los charcos de la tristeza,

esa tristeza, como también la alegría, que no es más que una palabra,

una palabra antigua, sí; pero una palabra sin esquinas, sin encuentros,

una palabra que debería olvidarse en un oscuro rincón del diccionario.

Ni tristeza ni alegría, ni palabras como risa o lágrimas,

me quedo con la sombra de los amaneceres de Guandalay,

ese amanecer a través de unas montañas nacidas en el horizonte

(sólo en algunos rincones de Colombia uno puede imaginarse el paraíso).

En ese amanecer me encontré estos versos que te envío

envueltos en las cintas azules y explosivas que se confunden con un abrazo:

 

Los caimanes se acercan sigilosos hasta el umbral de la casa

con sus promesas de agua negra que encharca los caminos,

dejando inundado de lágrimas las lagartijas del cielo

que anoche revolotearon ante nuestros ojos asombrados

en una danza de luces nunca soñada por la vía Láctea.

 

La casa amanece en el ritual de los pájaros de trinos vanguardistas

y en el redoble de Semana Santa de los murciélagos trasnochadores;

atrás quedaron las luciérnagas que sembraron de parpadeos el jardín,

el agua transparente en donde nadaron los peces artificiales

y una conversación dibujada con whisky y líneas de barajas francesas.

 

Amanece en el interior de esta domada selva amazónica

con una luz de ojos de Adán al conocer a Eva,

con el suave ronronear del aroma de flores de pétalos desconocidos.

Amanece mientras mi cuerpo permanece a mi lado como muerto,

sin querer romper la cadena del cálido abrazo de tu recuerdo.

 

Hoy tengo deseo de encontrarte en la calle;

hoy necesito, más que el aire que embrutece mis pulmones,

más que las líneas geométricas que enmarcan mi mirada de vanguardia,

más que ese pan que se niega a caer del cielo de Kosovo,

más que la triste silueta que dejan mis zapatos en la arena de las aceras,

más que el cielo azul, ese cielo que se esconde tras las nubes de Colombia,

más que la luz, más que las tinieblas en que caen a veces mis recuerdos,

más que esa música de vihuela que acaba de dar paso a las trompetas del silencio,

más que todas las sonrisas de los niños que todavía crecen en tu vientre,

hoy necesito intuir por un segundo (milésima de segundo) tu sonrisa.

 

Pero hoy no podré encontrarte porque tú vives en otra ciudad.

 

 

Canción del músico en el metro de Madrid

 

Están vacíos los pasillos del metro de Madrid.

Es agosto.

Afuera dicen que llueve, que están maduros algunos racimos de agua,

pero el asfalto nada sabe ni de geografías ni de humedad.

Están vacíos los pasillos, sólo el crujir de las escaleras mecánicas

recuerdan el ritmo frenético de las piernas madrugadoras.

Así que las notas de tu flauta son serpientes casi acuáticas

que se deslizan entre los anuncios y los carteles de salida.

Notas que invaden el silencioso y lento caminar de mis zapatos,

de los pocos pasos de zapatos que teclean las baldosas del metro.

Es agosto.

Y las notas de tu flauta son en realidad ecos de un grito

que me devuelve a selvas y montañas de los libros de historia.

Sentado en un pasillo, apoyada la espalda en un anuncio,

y con un sombrero en el centro de la circunferencia de tus piernas,

intento evitar el baile de tus dedos sobre la flauta;

y a mi paso las notas se convierten en hacha y el hacha en bronce

y entonces siento sed...

una sed de milenios y de monedas de oro en la cuenca de los ojos,

y entonces me doy cuenta de que sonríes tras el velo de tu flauta

mientras voy dejando a mi paso un rastro de gotas de sangre.

 

Las notas de tu flauta parecen ahora una alfombra,

un prado de alfombras de hojas secas, de un otoño veraniego.

Pero sólo lo parecen.

Nadie a mi alrededor se asombra de verme sin cabeza.

En realidad, estoy solo,

tan vacío como los pasillos del metro de Madrid.

Que nadie se sorprenda:

es agosto y estamos de rebajas.

Que nadie se sorprenda:

también las cabezas pueden ser una buena limosna.

Género al que pertenece la obra: Poesía
Bookmark and Share


Escritores complutenses 2.0. es un proyecto del Vicerrectorado de Innovación de la Universidad Complutense de Madrid
Sugerencias