Tejidos, colores y riqueza en la miniatura medieval
En la Edad Media, el valor de una prenda no solo dependía de las fibras con que se hubieran fabricado los hilos, de la relación de las urdimbres y tramas de las telas o de su forma tejida y confeccionada. Muy importantes eran los tintes empleados para colorear el tejido después de fabricado y los adornos que se sobreponían a la tela para enriquecerla, que constituían auténticos símbolos de prestigio. Vestir determinadas telas con determinados colores y adornos significaba hacer visible la riqueza, el poder y la posición social de quien las llevaba.
Los manuscritos iluminados reproducen con extraordinario detalle esa cultura del lujo. Los artistas utilizaron colores intensos, delicados motivos decorativos y abundantes aplicaciones de oro para representar sedas, brocados, pieles y joyas. Aunque las miniaturas no siempre reproducen fielmente los tejidos reales, transmiten la impresión de magnificencia que debía rodear a reyes, nobles y altos dignatarios.
Entre los materiales más apreciados se encontraba la seda, importada a través de las rutas comerciales del Mediterráneo y estrechamente vinculada al lujo cortesano. Junto a ella, los brocados con hilos metálicos, los bordados de oro y plata y las pieles de armiño, martas o ardillas distinguían las vestiduras reservadas a las élites. Por el contrario, la lana y el lino constituían los tejidos más comunes entre la mayoría de la población, aunque podían alcanzar gran calidad dependiendo de su elaboración.
El color desempeñaba un papel igualmente importante. Obtener tintes intensos requería materias primas costosas y complejos procesos de fabricación en las calderas del tinte que había en algunas ciudades. El azul elaborado con lapislázuli, el rojo obtenido de la grana o con la cochinilla, el púrpura obtenido del murex asociado desde la Antigüedad al poder, el verde o los dorados aplicados en las miniaturas comunicaban riqueza y solemnidad. Más que reproducir el aspecto exacto de una prenda, los iluminadores utilizaban el color para reforzar el significado simbólico de los personajes y destacar su posición dentro de la escena. En el siglo XV, en el Ducado de Borgoña, en tiempos de Felipe III el Bueno, el negro se convirtió en el color de la elegancia, el poder y el estatus. Este color, asumido por los Habsburgo en el siglo XVI, y el control del tinte de palo de Campeche, generaron el concepto vestir a la española.
La indumentaria medieval fue, por tanto, mucho más que una necesidad cotidiana. Constituyó un medio para expresar el acceso a recursos excepcionales, la pertenencia a una élite y la capacidad de participar en una cultura del lujo que se extendía desde las cortes europeas hasta los grandes centros comerciales del Mediterráneo.