Virtuosas de la música: cantar y tañer en la corte
En el marco de la Casa Real había pocos puestos de música para las mujeres. Ellas concentran su participación en la ópera de corte y en las actividades de la cámara, el ámbito más privado de la familia real y su círculo más cercano.
El teatro cortesano de Madrid se construyó, en buena parte, alrededor de intérpretes capaces de sostener una escena con la voz, el cuerpo y la música. Entre ellas destaca Manuela de Escamilla (1648–1721), celebrada por su gracia, su baile y su versatilidad, vinculada a títulos centrales del teatro musical del reinado, entre ellos Celos aun del aire matan. Junto a ella, Mariana de Borja fue apreciada por la calidad de su canto y por su destreza con el arpa.
Las hermanas Luisa y Mariana Romero, conocidas como “las Romeras”, fueron elogiadas por su eficacia en pasajes de gran carga afectiva como recitativos o lamentos. Bernarda Manuela, apodada “la Grifona”, aparece asociada a papeles de exigencia vocal, como el de Procris. Ana de Andrade, “la Toledana”, encarna el ideal de artista total que las fuentes celebran: representar, cantar, tañer y bailar. Conviene recordar que en esos años la mayoría de estas profesionales eran analfabetas: la música se transmitía y se aprendía de oído, dentro del trabajo diario de la compañía. Su maestría consistía en transformar ese aprendizaje en presencia escénica: hacer que la música “funcione” en escena, sostener el ritmo del espectáculo y conmover al público. Aclamadas como 'sirenas' y 'serafines', su maestría vocal e instrumental tuvo el poder irresistible de suspender los sentidos y conmover el ánimo de la corte y el corral.
Baccio del Bianco: Escena final de Fortunas de Andrómeda y Perseo, 1653 (detalle). Dibujo. Houghton Library, Harvard University, Ms Typ 258
Durante el reinado de Felipe V, Isabel de Farnesio asumía las decisiones sobre la música, cuando varias cantantes fueron contratadas como “virtuosas de cámara”. Eran voces extraordinarias, y estaban entre las más afamadas de su época, como Anna Peruzzi, Elisabetta Uttini o María de las Heras. La soprano Teresa Castellini fue la última incorporación de los músicos de la Real Cámara en tiempos de Fernando VI y Bárbara de Braganza. Llegó de Italia en 1748 adonde la reina había enviado al músico Antonio Marquesini a buscar una cantante. El salario que le ofrecieron fue altísimo, después de oírla cantar. La Castellini tuvo un papel muy importante en la vida musical de la corte madrileña. Recibió clases nada menos que de Farinelli, algo que no era común. La iconografía es testigo de la importancia de esta cantante en la corte y del aprecio que le tenía Farinelli. Este encargó a su amigo Jacopo Amigoni un retrato de grupo en el que Farinelli aparece en el centro del cuadro con las figuras más importantes de la música.
Jacopo Amigoni: El cantante Farinelli y sus amigos, c. 1750-52. Óleo sobre lienzo. National Gallery of Victoria (Melbourne), Legado Felton, 1950 (2226-4)
A finales del siglo XVIII se incorporan a la Real Cámara mujeres instrumentistas, principalmente arpistas y pianistas, y en casi todos los casos esposas de músicos. Algunas figuras destacadas fueron la arpista María Teresa Scheider, esposa del compositor y pianista Pierre Anselm Marchal, y Celesta Leonor Gallyot, también pianista (esposa del violinista Boucher). Desde principios del XIX otras mujeres fueron contratadas como maestras de piano de las reinas, el instrumento principal de la práctica femenina. Una de ellas fue Ana María Medeck, maestra de la reina María Josefa Amalia. Era esposa de Santiago Medeck, también pianista y compositor. Este matrimonio había servido a Fernando VII en su exilio en Valençay y le acompañaron en su regreso a la corte de Madrid. En la corte portuguesa fue contratada la arpista Luísa Piot en 1807 como maestra de arpa de “Sus Altezas Reales”. Piot acompañó a la familia real en su exilio a Brasil, donde continuó con su actividad.
Aunque comparativamente las mujeres que trabajaron en la Real Cámara fueran pocas, tenían las mismas condiciones contractuales que los hombres, recibían altos salarios y abundantes privilegios por servir directamente a la familia real.
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